Versículo destacado

Job 9:25 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Ahora mis días son más veloces que un mensajero; huyen y no ven ningún bien. "

Job 9:25

menu_book El versículo en contexto

23 Si el azote mata de repente, él se reirá de la prueba del inocente.

24 La tierra ha sido entregada en manos del malvado; él cubre los rostros de sus jueces. Si no es él, ¿dónde y quién es?

25 Ahora mis días son más veloces que un mensajero; huyen y no ven ningún bien.

26 Pasan como naves veloces, como el águila que se apresura hacia la presa.

27 Si digo: «Olvidaré mi queja, abandonaré mi tristeza y me consolaré»,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Job se vuelve cada vez más amargado, y no termina el capítulo con la misma reverencia por la sabiduría y la justicia de Dios que mostró al principio. Quienes permiten que crezca en ellos un espíritu de queja no saben hasta dónde puede llevarlos, incluso hasta faltarle el respeto a Dios. El primer paso en una disputa con Dios es como abrir una compuerta: una vez abierta, el agua se desborda. Por eso es sabio detenerse antes de comenzar. Cuando sufrimos, podemos presentarle nuestras quejas a Dios, como lo hicieron muchas veces los salmistas, pero no debemos quejarnos de Dios, como Job lo hace aquí.

Es bastante comprensible que Job se queje de que sus días felices han pasado. Dice que sus días, es decir, todos sus días buenos, se fueron y nunca volverán. Pasaron con tanta rapidez que apenas se dio cuenta de que se habían ido. Ningún mensajero que llevara buenas noticias se movió tan rápido como sus momentos de bienestar cuando lo abandonaron. Ningún barco llegó a su puerto ni ningún águila voló tras su presa con tanta velocidad; y su prosperidad no dejó más rastro que el que deja un águila en el cielo o un barco en el mar (Proverbios 30:19).

Esto nos enseña lo rápido que pasa el tiempo. Siempre avanza apresuradamente y nunca espera a nadie. Por eso no debemos desperdiciarlo, sino esforzarnos por aprovecharlo bien, porque el tiempo siempre avanza hacia la eternidad. También muestra lo vacíos que son los placeres de esta vida, pues pueden quitarnos mientras el tiempo sigue su curso. Una vida puede durar más que nuestra temporada de éxito, pero cuando ese éxito desaparece, es como si nunca hubiera existido. Más adelante nos consolará recordar que hicimos lo correcto. No nos consolará mucho recordar que alguna vez tuvimos grandes riquezas si lo hemos perdido todo.

Es más fácil excusar la queja de Job acerca de su angustia presente. Parece que intentó tranquilizarse, tal como sus amigos le habían aconsejado. Quería olvidar sus quejas y alabar a Dios. Quería dejar a un lado su tristeza y consolarse para poder hablar correctamente tanto con Dios como con las personas. Pero descubrió que no podía hacerlo. Dice: «Tengo miedo de todos mis sufrimientos». Cuando se esforzaba más por luchar contra su aflicción, esta lo oprimía aún más y demostraba ser demasiado fuerte para él.

En situaciones así, es más fácil saber lo que debemos hacer que hacerlo. Es más fácil decir qué actitud debemos tener que asumirla y mantenerla. Es sencillo predicarles paciencia a quienes sufren y decirles que olviden sus quejas y se consuelen. Pero hacerlo no es tan fácil como decirlo. El temor y la tristeza son amos crueles, y no ceden fácilmente ante la religión ni ante la razón sensata.

Sin embargo, no se puede excusar la queja de Job contra Dios, como si Dios fuera inflexible e imposible de complacer. Esa era la voz de su naturaleza pecaminosa, no la expresión de su fe firme. Él sabía que no era así, y en otro momento jamás habría pensado cosas tan duras acerca de Dios. Las personas buenas no siempre hablan de una manera que corresponda a sus verdaderas convicciones. Aun así, Dios conoce nuestra debilidad y la fuerza de nuestras tentaciones. Más adelante permite que nos retractemos mediante el arrepentimiento de lo que dijimos mal, y no nos lo toma en cuenta.

Job parece hablar como si no tuviera ninguna esperanza de recibir alivio de parte de Dios, aun si demostrara claramente su inocencia. Dice: «Sé que no me tendrás por inocente». Sus problemas habían durado tanto y habían empeorado tan rápido que ya no esperaba que Dios lo reivindicara restaurándolo a una buena condición. Fuera culpable o inocente, sentía que tenía que ser tratado como un malvado. Sus amigos seguirían pensando eso, y Dios continuaría enviándole sufrimientos que parecían confirmar su juicio. Por eso se pregunta qué sentido tenía seguir defendiéndose y demostrando su integridad.

También parece pensar que intentar demostrar su inocencia solo empeoraría las cosas. Aunque se lavara con agua de nieve y dejara su inocencia lo más clara posible, no serviría de nada. Dice que Dios lo hundiría en el hoyo, ya fuera el pozo de la destrucción o una alcantarilla inmunda, y que eso lo volvería tan repugnante ante los demás que hasta su propia ropa lo aborrecería, y él sentiría vergüenza de tocarse. Job veía que sus sufrimientos venían de Dios, y que esos sufrimientos lo hacían parecer ennegrecido ante los ojos de sus amigos. Por eso se quejaba de la aflicción y de su larga duración, porque parecía arruinar no solo su bienestar, sino también su buen nombre.

Sin embargo, estas palabras pueden entenderse de una manera más provechosa. Aunque nos esforcemos por justificarnos ante las personas y conservar nuestra reputación, y aunque evitemos los pecados públicos que todos pueden ver, Dios conoce el corazón. Él puede acusarnos de un pecado secreto que destruye toda afirmación de pureza e inocencia, y puede mostrarnos cuán impuros somos ante su mirada santa. Cuando Pablo era fariseo, mantenía muy limpia su conducta exterior. Pero cuando el mandamiento expuso los pecados de su corazón, le mostró su codicia y lo humilló.

Job también habla como si no pudiera recibir un juicio justo de parte de Dios, y eso ciertamente sería algo muy difícil. Se queja de que no está en igualdad de condiciones con Dios. Dice: «Él no es un ser humano como yo». Podría discutir con alguien igual que él, pues los fragmentos de barro pueden contender con otros fragmentos de barro de la tierra. Pero Dios está muy por encima de él, y Job no se atreve a entrar en una disputa con Dios. Piensa que seguramente sería derrotado si intentara contender con él.

Esto nos recuerda que Dios no es un ser humano como nosotros. Hasta los príncipes más grandes siguen siendo seres humanos, pero eso no se aplica a Dios. Sus pensamientos y sus caminos están infinitamente por encima de los nuestros, y nunca debemos juzgarlo según criterios humanos. Nosotros somos necios y débiles, frágiles y cambiantes; Dios no es así. Somos criaturas dependientes que tenemos que morir, mientras que él es el Creador independiente, vivo y eterno. Pensar en esto debería hacernos humildes y aquietarnos delante de Dios. No debemos ponernos a su nivel, sino recordar siempre que él está muy por encima de nosotros.

Luego Job dice que no hay mediador entre ellos, nadie que se coloque entre él y Dios para resolver la disputa.

Esta queja, al decir que no hay mediador, en realidad expresa el deseo de que hubiera uno. La Septuaginta, la antigua traducción griega, comunica ese sentido: «¡Ojalá hubiera un mediador entre nosotros!». Job estaría dispuesto a dejar el asunto en manos de alguien que pudiera resolverlo, pero ninguna criatura era apta para actuar como juez entre él y Dios. Por eso todavía tenía que dejar el caso en manos de Dios mismo y aceptar su juicio.

Nuestro Señor Jesús es ese bendito mediador: el que se coloca entre Dios y la humanidad y ha puesto su mano sobre ambos (Job 9:25; 1 Timoteo 2:5). El Padre le ha dado todo el juicio, y debemos acercarnos a Dios por medio de él. Pero esta verdad todavía no se había revelado con tanta claridad en los días de Job como ahora mediante el evangelio. Por eso la queja de Job era comprensible, mientras que el evangelio no deja lugar para una desesperación semejante.

Job también dice que los terrores de Dios se habían preparado para luchar contra él, y que esto lo había dejado demasiado angustiado para hablar con Dios con la confianza que antes tenía (Job 9:34-35). Además de la distancia que sentía debido a la grandeza de Dios, la manera en que Dios estaba actuando con él lo desanimaba profundamente. Cuando dice: «Quita de mí tu vara», habla menos de sus sufrimientos externos y más de la pesada carga que sentía en su espíritu por temor a la ira de Dios.

Job anhela que esa carga sea levantada. Quiere volver a ver la misericordia de Dios y no sentirse abrumado únicamente por el terror. Entonces, dice, podría hablar con libertad y presentar su caso. Pero esa no era su condición en ese momento. La nube no se había apartado, la ira de Dios todavía parecía oprimir su alma, y Job no sabía qué hacer.

De esto debemos aprender cuatro cosas. Primero, debemos reverenciar a Dios y temer el poder de su ira. Si incluso personas piadosas han sido llevadas a una angustia tan profunda por ella, cuánto más terrible será la situación de los malvados y los pecadores. Segundo, debemos compadecernos de quienes tienen el espíritu herido y orar fervientemente por ellos, porque en ese estado muchas veces no pueden orar por sí mismos. Tercero, debemos cuidar nuestros pensamientos acerca de Dios, porque pensar mal de él abre la puerta a mucho daño. Cuarto, debemos darle gracias a Dios porque no estamos en una tristeza tan profunda como la del pobre Job, y debemos caminar en la luz del Señor. Alegrémonos en esa luz, pero hagámoslo con reverencia.

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