Versículo destacado

Job 38:25 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" ¿Quién ha abierto un cauce para el desbordamiento de las aguas, o un camino para el relámpago del trueno, "

Job 38:25

menu_book El versículo en contexto

23 que he reservado para el tiempo de angustia, para el día de batalla y guerra?

24 ¿Por qué camino se divide la luz, la cual esparce el viento del este sobre la tierra?

25 ¿Quién ha abierto un cauce para el desbordamiento de las aguas, o un camino para el relámpago del trueno,

26 para hacer llover sobre la tierra donde no hay hombre, sobre el desierto donde no hay ningún hombre,

27 para saciar la tierra desolada y devastada y hacer que brote el retoño de la hierba tierna?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Hasta ahora, Dios le ha hecho a Job preguntas destinadas a mostrarle cuánto desconoce y cuán limitada es su perspectiva. Ahora continúa de la misma manera para mostrarle su debilidad e incapacidad. Puesto que Job sabe tan poco, no debería juzgar los planes de Dios. Y puesto que puede hacer tan poco, no debería oponerse a lo que hace la providencia de Dios, es decir, su gobierno sabio sobre todas las cosas.

Que Job piense en las grandes obras de Dios y considere si puede hacer algo semejante. ¿Acaso es igual a Dios? Dios tiene bajo su mando el trueno, el relámpago, la lluvia y la escarcha, pero Job no. Por eso, Job no debe compararse con Dios ni discutir con él. El clima es una de las realidades más evidentes que no podemos controlar. Llega como Dios dispone, no como nosotros queremos, a menos que aprendamos a desear lo que le agrada a Dios.

Aquí Dios muestra su grandeza de varias maneras. Primero, gobierna sobre las aguas y les ha señalado un cauce, aun cuando parecen desbordadas y fuera de control (Job 38:25). Él ha preparado un canal para la lluvia y dirige el lugar donde cae, incluso en medio de una tormenta intensa, con tanta precisión como si el agua corriera por tuberías o canales. La Escritura dice que el corazón de los reyes está en la mano de Dios; de la misma manera, él dirige las lluvias, esos «ríos de Dios», adonde quiere. Cada gota va al lugar que él le señala. Dios prometió que las aguas del diluvio de Noé nunca volverían a cubrir la tierra, y podemos ver que es capaz de cumplir esa promesa porque la lluvia está bajo su control.

También gobierna sobre el relámpago y el trueno. No se mueven al azar, sino que siguen el camino que él les establece. Se mencionan aquí porque él prepara el relámpago para la lluvia (Salmo 135:7). Quienes temen a Dios no tienen que vivir atemorizados por el trueno o el relámpago. No son fuerzas ciegas. Van adonde Dios las dirige, y él no pretende hacerles daño a sus hijos.

Cuando Dios dirige la lluvia, no se olvida del desierto, esa tierra árida donde no vive nadie (Job 38:26-27). Allí no hay personas que cuiden el suelo, pero el cuidado de Dios también llega hasta ese lugar. Su providencia va más lejos que el trabajo humano. Si él no cuidara de muchas criaturas pequeñas más de lo que los seres humanos lo hacen, pronto sufrirían. Dios puede hacer fructificar la tierra sin nuestra capacidad ni nuestro esfuerzo (Génesis 2:5-6). Cuando todavía no había nadie que trabajara el suelo, una neblina subía y lo regaba. Pero nosotros no podemos hacer fructificar la tierra sin Dios. Él es quien da el crecimiento.

El desierto también es un lugar donde no hay nadie que disfrute de la cosecha; aun así, Dios lo cuida. No pasa por alto a las criaturas inferiores, aunque tiene un cuidado especial por las personas. Él hace crecer la hierba tierna para alimentar a todos los seres vivos, además de proveer alimento para el uso humano. Incluso los asnos salvajes reciben agua de él (Salmo 104:11). Dios tiene suficiente para todos y provee de manera admirable aun para criaturas que no le prestan ningún servicio y que no reciben cuidado de parte de los seres humanos.

En cierto sentido, Dios es el Padre de la lluvia (Job 38:28). Ella no tiene otro padre. Dios la produce con su poder, la dirige y la usa como quiere. Incluso envía a la tierra las pequeñas gotas del rocío como Dios de la naturaleza. Y como Dios de la gracia, también hace descender sobre nosotros la justicia y es para Israel como el rocío. Véanse Oseas 14:5-6 y Miqueas 5:7.

El hielo y la escarcha, que congelan las aguas y cubren el suelo con una capa dura, también proceden de su providencia (Job 38:29-30). Son cosas comunes, así que quizá no les prestamos mucha atención. Pero si pensamos en la rapidez con que transforman el mundo, deberíamos maravillarnos. Las aguas quedan ocultas como si sobre ellas se hubiera colocado una piedra, incluso una piedra funeraria, pues el hielo puede ser muy grueso y resistente. Hasta la superficie de las profundidades puede congelarse. Por eso podemos preguntar: «¿De qué vientre salió el hielo? ¿Qué poder creador pudo hacer algo así?». Solo el Creador mismo. La escarcha y la nieve vienen de él y deberían dirigir nuestros pensamientos hacia él, porque hace cosas grandes que están más allá de nuestro entendimiento. También soportaremos con más paciencia las incomodidades del invierno si aprendemos a verlo de esta manera.

Entonces Dios pasa a mostrar cuán débil es el ser humano. ¿Puede Job hacer alguna de estas cosas? No. No puede ordenar ni una sola lluvia para sí mismo o para sus amigos (Job 38:34-35). ¿Puede llamar a las nubes, esas reservas del cielo, y hacer que derramen suficiente agua para cubrirlo y regar los campos secos? Si acudimos a Dios para pedir lluvia, podemos recibirla (Zacarías 10:1). Pero si habláramos con las nubes como si estuvieran bajo nuestro mando, pronto nos demostrarían que no es así, y nos quedaríamos sin lluvia (Jeremías 14:22). Los cielos no ayudan a la tierra a menos que Dios haga que lo hagan (Oseas 2:21). Esto muestra cuánto dependemos de él. No podemos vivir sin lluvia, ni conseguirla cuando se nos antoja.

Job tampoco puede enviar un solo destello de relámpago si quisiera usarlo contra sus enemigos (Job 38:35). ¿Puede enviar el relámpago a cumplir una misión, para que haga lo que él quiere? ¿Acaso vendrá cuando lo llame y responderá: «Aquí estamos»? No. Los servidores de la ira de Dios no estarán al servicio de nuestra ira personal. ¿Por qué habrían de estarlo, si la ira humana no produce lo que es justo delante de Dios? Véase Lucas 9:55.

En segundo lugar, Dios tiene bajo su gobierno y conocimiento las estrellas del cielo, pero nosotros no. Ahora nuestros pensamientos se elevan mucho más alto, por encima de las nubes, hacia las luces brillantes de lo alto. Dios menciona especialmente las estrellas fijas, no los planetas que se mueven por trayectorias más bajas, sino las estrellas que están más lejos y parecen más constantes. Las personas pensaban que esas estrellas influían de alguna manera sobre la tierra, a pesar de su gran distancia; no porque controlaran las decisiones humanas o determinaran los acontecimientos, pues el destino de las personas no está determinado por las estrellas, sino porque ayudaban a regir el orden ordinario de la naturaleza. Fueron establecidas para señalar las estaciones, los días y los años (Génesis 1:14). Si las estrellas tienen algún dominio sobre la tierra (Job 38:33), aunque solo son criaturas, cuánto más gobierna Dios, su Creador y el nuestro, la Mente eterna.

Aquí también vemos nuestra debilidad. No podemos cambiar las fuerzas de las estrellas (Job 38:31), ni siquiera las que ayudan a traer las alegrías de la primavera. ¿Podemos soltar las ataduras de Orión, esa impresionante constelación cuya influencia se percibe en la dureza del invierno? No podemos controlar ni alejar el verano o el invierno. Dios puede cambiarlos si quiere. Puede hacer fría la primavera y así restringir la dulce influencia de las Pléyades, o hacer cálido el invierno y así soltar las ataduras de Orión. Pero nosotros no podemos hacerlo.

Tampoco podemos dirigir los movimientos de las estrellas, ni se nos ha dado la tarea de guiarlas. Dios, que llama a las estrellas por su nombre (Salmo 147:4), también las hace aparecer en sus estaciones y establece los momentos en que salen y se ocultan. Pero esa no es nuestra tarea. No podemos hacer salir a Mazzarot, las estrellas de las constelaciones del sur, ni guiar a Arcturo, las estrellas del cielo del norte (Job 38:32). Dios puede convocar a las estrellas para la batalla, como lo hizo cuando lucharon contra Sísara, y dirigirlas en la obra que les asigna. Los seres humanos no podemos hacer eso.

No solo estamos fuera del gobierno de las estrellas —tanto del gobierno al que ellas están sometidas como del que ejercen—, sino que tampoco lo entendemos en absoluto. No conocemos las leyes de los cielos (Job 38:33). Estamos tan lejos de poder cambiarlas que ni siquiera podemos explicarlas. Permanecen ocultas para nosotros. Entonces, ¿por qué fingiríamos conocer los planes de Dios y las razones de esos planes? Si se nos encargara administrar las estrellas desde la tierra, pronto estaríamos perdidos. Cuánto menos deberíamos intentar enseñarle a Dios cómo gobernar el mundo.

Dios es la fuente y el dador, el padre y manantial, de toda sabiduría y entendimiento (Job 38:36). El alma humana es un ser más noble y excelente que las estrellas, y brilla con mayor intensidad. Las facultades de la razón, la capacidad de pensar y la obra asombrosa de la mente nos asemejan en cierta medida a los ángeles bienaventurados. ¿De dónde proviene esta luz, sino del Padre de las luces? ¿Quién más ha puesto sabiduría en lo íntimo del ser humano y ha dado entendimiento al corazón?

El alma racional misma, y todas sus capacidades, proceden de él como Dios de la naturaleza, porque él forma el espíritu de la persona dentro de ella. Nosotros no creamos nuestra propia alma y no podemos explicar por completo cómo funciona ni cómo está unida al cuerpo. Solo quien la hizo la conoce y sabe cómo gobernarla. Él forma los corazones humanos de manera semejante en algunos aspectos, pero diferente en otros.

La verdadera sabiduría, con todo su crecimiento y utilidad, proviene de él como Dios de la gracia, el dador de todo don bueno y perfecto. ¿Por qué actuaríamos como si fuéramos más sabios que Dios, cuando toda nuestra sabiduría viene de él? ¿Y por qué intentaríamos ser sabios más allá del lugar que él nos ha dado? Dios quiso que nuestro entendimiento nos ayudara a servirle y a cumplir con nuestro deber, no que nos convirtiera en gobernantes de las estrellas o del relámpago.

Dios también tiene las nubes bajo su cuidado y autoridad, pero nosotros no (Job 38:37). ¿Puede alguna persona, con toda su sabiduría, contar las nubes o describir cómo son? Aunque están cerca de nosotros, en el aire que nos rodea, sabemos poco más de ellas que de las estrellas lejanas. Y cuando las nubes derraman tanta lluvia que el polvo se convierte en lodo espeso y los terrones se pegan unos a otros (Job 38:38), ¿quién puede contener las aguas del cielo? ¿Quién puede detenerlas para que nunca vuelva a llover? En esto debemos reconocer el poder y la bondad de Dios. Él le da a la tierra suficiente lluvia, pero no demasiada. La humedece, pero no la inunda. La prepara para el arado, pero no la vuelve inútil para la semilla. Así como no podemos ordenar que llueva, tampoco podemos disponer de un día despejado sin Dios. Nuestra dependencia de él es constante y completa.

Dios también provee alimento para las criaturas más pequeñas, y ellas reciben sustento por su providencia, no por nuestro cuidado ni nuestro trabajo. El capítulo siguiente trata por completo del poder y la bondad de Dios hacia los animales; por eso, algunas personas unen los últimos tres versículos de este capítulo con el siguiente. Estos versículos hablan primero del alimento que él provee para los leones (Job 38:39-40). En esencia, Dios dice: «No pretendes que las nubes y las estrellas dependan de ti, porque están por encima de ti. Pero en la tierra crees que tú tienes el control. Entonces pongamos eso a prueba. ¿Cazarás la presa para el león? Te enorgulleces de tu ganado, tus bueyes, tus burros y tus camellos, que alguna vez fueron alimentados en tu propio pesebre. Pero ¿cuidarás de los leones y de sus cachorros cuando se agachan en sus guaridas esperando comida? No necesitas hacerlo, porque ellos pueden arreglárselas sin ti. No puedes hacerlo, porque no tienes suficiente para saciarlos. Y tampoco te atreverías, porque si intentaras alimentarlos, te atacarían». Pero Dios dice: «Yo lo hago».

Observa la suficiencia completa de la providencia de Dios. Tiene lo necesario para satisfacer el deseo de todo ser viviente, incluso de las criaturas más hambrientas y violentas. Observa también su bondad: dondequiera que Dios da vida, también da alimento, aun a criaturas que no son útiles para los seres humanos y que con frecuencia son peligrosas. Observa además su autoridad, porque Dios permite que unas criaturas sean sacrificadas para alimentar a otras. Ovejas inocentes son despedazadas para satisfacer el apetito de los cachorros de león; y, sin embargo, en ocasiones esos mismos leones quedan hambrientos para castigar su crueldad, mientras que quienes temen a Dios no carecen de ningún bien.

Dios también alimenta a los cuervos jóvenes (Job 38:41). No solo las bestias salvajes, sino también las aves silvestres reciben alimento por la providencia divina. ¿Quién, aparte de Dios, provee comida para el cuervo? Las personas no suelen hacerlo. Por lo general, solo cuidan de las criaturas que les sirven o que algún día podrían servirles. Pero Dios cuida de todas las obras de sus manos, incluso de las más pequeñas y menos valoradas. Los cuervos jóvenes suelen encontrarse en una necesidad especial, y Dios los sustenta (Salmo 147:9). El cuidado de Dios por las aves, especialmente por estas aves (Mateo 6:26), nos anima a confiar en él para nuestro pan de cada día.

Considera primero la angustia que con frecuencia enfrentan los cuervos jóvenes. Andan de un lado a otro porque no tienen alimento. Se dice que los cuervos adultos los descuidan y no les proveen como lo hacen otras aves con sus crías. En realidad, las criaturas que son duras con los demás también suelen ser crueles con sus propios hijos y mostrar poco cuidado natural por ellos. Considera después lo que se cree que hacen los cuervos jóvenes en medio de esa angustia. Claman, porque son criaturas ruidosas y escandalosas, y ese clamor se entiende como un llamado a Dios. Puesto que es el clamor de la naturaleza, se considera un clamor al Dios de la naturaleza. Esta manera compasiva de entender el clamor de los cuervos jóvenes debería animarnos a orar, aunque lo único que podamos decir sea: «Abba, Padre».

Considera finalmente lo que Dios hace por ellos. De algún modo, les provee lo necesario para que crezcan y lleguen a la madurez. Aquel que cuida de los cuervos jóvenes ciertamente no abandonará a su pueblo ni a los hijos de su pueblo. Este es solo uno de muchos ejemplos de la compasión de Dios, y debería recordarnos cuánto bien hace nuestro Dios cada día sin que nos demos cuenta.

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