Versículo destacado

Job 37:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Escucha esto, Job; detente y considera las obras maravillosas de Dios. "

Job 37:14

menu_book El versículo en contexto

12 Y esta gira de un lado a otro según sus designios, para que ellas hagan todo lo que él les mande sobre la faz del mundo en la tierra.

13 Él hace que venga, ya sea para corrección, para su tierra o para misericordia.

14 Escucha esto, Job; detente y considera las obras maravillosas de Dios.

15 ¿Sabes cuándo Dios las dispuso e hizo resplandecer la luz de su nube?

16 ¿Conoces el equilibrio de las nubes, las obras maravillosas del que es perfecto en conocimiento?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Eliú habla directamente con Job y quiere que tome en serio lo que se ha dicho. Le pide que escuche con atención y que se detenga por un momento: «Detente y considera las obras maravillosas de Dios» (Job 37:14). Lo que escuchamos no nos ayudará si no reflexionamos en ello. Y por lo general no pensamos bien a menos que nos detengamos, calmemos la mente y prestemos mucha atención.

Las obras de Dios son maravillosas, por lo que merecen nuestra cuidadosa consideración. Cuanto más meditamos en ellas, más nos ayudan a confiar en el gobierno de Dios, aun cuando no entendamos sus caminos. Entonces Eliú humilla a Job al mostrarle que no comprende las causas que operan en la naturaleza ni puede ver cómo conducen a sus resultados (Job 37:15-17). Le pregunta: «¿Sabes esto? ¿Conoces las obras maravillosas de aquel que es perfecto en conocimiento?». Esto nos recuerda dos cosas: el conocimiento perfecto de Dios y nuestros propios límites.

El conocimiento de Dios es completo e impecable. Él ve las cosas directamente, no por informes de otros. Las conoce plenamente, no de manera parcial. Nada está lejos de él, nada es futuro para él y nada está oculto de su presencia. Cuando no podemos entender alguna de las obras de Dios, basta con saber que procede de aquel que sabe exactamente lo que hace.

Nuestro conocimiento es muy limitado. Incluso los pensadores más grandes comprenden mucho menos de lo que creen. Somos un misterio incluso para nosotros mismos. La fuerza que mantiene unidos los cuerpos y la manera en que la materia permanece unida son realidades ciertas, pero todavía difíciles de explicar. Es bueno que reconozcamos nuestra ignorancia. Algunas personas la admiten con honestidad; otras la ponen en evidencia al intentar ocultarla. De esto debemos aprender cuán incapaces somos de juzgar el gobierno de Dios sobre el mundo, cuando entendemos tan poco del mundo mismo.

No sabemos qué órdenes ha dado Dios a las nubes ni qué les ordenará hacer (Job 37:15). Sabemos que todo sucede por su decisión y de acuerdo con su propósito, pero no sabemos qué ha planeado ni cuándo lo planeó. A veces Dios hace que brille la luz de su nube, ya sea en el arcoíris o en el relámpago. Pero no podríamos predecir cuándo lo hará. Tal vez podamos pronosticar un poco el clima mediante la observación común o con instrumentos, una vez que los cambios ya han comenzado. Aun así, eso nos dice muy poco acerca del propósito de Dios en esos cambios.

Tampoco sabemos cómo las nubes se sostienen en el aire, una de las obras maravillosas de Dios. Están distribuidas y equilibradas de tal manera que no impiden la luz del sol. Aun un día nublado sigue siendo día. También están equilibradas para que no caigan todas de una vez ni estallen en aguaceros violentos o trombas de agua. El arcoíris es una señal del favor de Dios en este equilibrio: él impide que las nubes inunden el mundo. Además, las nubes están dispuestas de modo que la lluvia caiga sobre la tierra de manera apropiada, y cada lugar reciba su porción a su debido tiempo.

No sabemos cómo llega el cambio agradable cuando termina el invierno (Job 37:17). No comprendemos del todo cómo el aire vuelve a calentarse después del frío. Sabemos que nuestra ropa puede sentirse tibia porque el aire que nos rodea está caliente. Sin la bendición de Dios, podemos vestirnos y aun así no tener calor (Hageo 1:6). Pero cuando Dios así lo dispone, nuestra ropa nos abriga, aunque de otro modo el frío intenso podría vencerla.

Tampoco sabemos cómo el tiempo se calma después de los días de tormenta. Dios aquieta la tierra con el viento del sur cuando llega la primavera. Tiene un áspero viento del norte, helado, y también un viento del sur, suave y cálido. De esa manera se compara al Espíritu con ambos vientos, porque él convence de pecado y también consuela (Cantar de los Cantares 4:16).

Entonces Eliú dice que Job no tuvo ninguna participación en la creación del mundo (Job 37:18). Le pregunta: «¿Extendiste tú con él los cielos?». Job no podía afirmar que había extendido los cielos sin Dios, ni siquiera que los había extendido junto con él. Dios no necesitó ayuda para planearlos o hacerlos. La amplia extensión de los cielos visibles, que Dios creó al principio (Génesis 1:6-8), permanece delante de nosotros como una gran demostración del poder divino.

Estos cielos son algo maravilloso porque son firmes y vastos a la vez. Parecen algo fluido, pero permanecen estables. Son fuertes, y su mismo nombre señala su firmeza. Permanecen como fueron hechos, sin deteriorarse, y el orden de los cielos no cambiará hasta que el tiempo mismo llegue a su fin. También son brillantes y de una belleza perfecta. Son como un espejo pulido, liso y sin defecto ni grieta. En ellos vemos la gloria de Dios y la sabiduría de su obra (Salmo 19:1). Cuando miramos hacia arriba, debemos recordar que el cielo no nos fue dado para mostrarnos nuestro propio rostro, sino para ofrecernos una imagen tenue de la pureza, el honor y el resplandor del mundo de arriba y de sus gloriosos habitantes.

Eliú también dice que ni él ni Job pueden hablar de la gloria de Dios de una manera que esté a la altura de la grandeza del tema (Job 37:19-20). Con cierta ironía, desafía a Job a ser su maestro si es capaz: «Enséñanos qué le diremos». Job había querido razonar con Dios y quería que otros defendieran su causa. Así que Eliú le dice, en efecto, que si tiene una comprensión superior, se las comunique. Si Job puede ver más profundamente que ellos en estos asuntos, que comparta lo que sabe.

Eliú reconoce su propia debilidad al hablar con Dios y acerca de él. «No podemos ordenar nuestras palabras a causa de la oscuridad». Aun las mejores personas comprenden muy poco de la naturaleza gloriosa de Dios y de su gobierno sobre el mundo. Quienes por gracia conocen mucho de Dios todavía saben muy poco en comparación con todo lo que queda por conocer. Cuando llegue lo perfecto y se quite el velo, veremos más. Al hablar de Dios, a menudo lo hacemos con confusión e incertidumbre. Pronto se nos acaba la claridad, no porque el tema sea pequeño, sino porque nuestras palabras son débiles.

Por eso siempre debemos comenzar con cuidado, con temor y reverencia, para no hablar de manera equivocada. Incluso decir cosas verdaderas acerca de Dios puede ser peligroso si las tratamos con descuido. También debemos terminar con vergüenza y humildad, porque no hemos hablado tan bien como debíamos. Eliú considera que ha hablado correctamente en favor de Dios, pero no cree que Dios le deba algo por ello ni que él sea apto para servir como asesor legal de Dios. Incluso se avergüenza de lo que ha dicho, no porque la causa fuera incorrecta, sino porque la manera en que la trató fue tan débil: «¿Se le hará saber que yo hablo?» (Job 37:20).

¿Debería informarse a Dios como si esto fuera un servicio digno, algo que mereciera su atención? Por supuesto que no. El que habla teme que, en realidad, la causa haya sufrido en sus manos, como un rostro hermoso que un pintor inepto ha dejado desfigurado. Su trabajo está tan lejos de merecer agradecimiento que necesita perdón.

Cuando hemos hecho todo lo que podemos por Dios, todavía debemos admitir que somos siervos inútiles y que no tenemos nada de qué jactarnos. Eliú incluso teme decir algo más: si una persona habla, si intenta defender a Dios, y mucho más si trata de discutir con él, seguramente será consumida. Si habla con atrevimiento y de manera equivocada, la ira de Dios pronto lo devorará. Pero aun si habla tan bien como puede, pronto se perderá en el misterio y quedará sobrecogido por la gloria de Dios. El asombro lo dejará sin palabras e incapaz de actuar.

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