Versículo destacado
Job 2:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando los tres amigos de Job oyeron hablar de todo este mal que le había sobrevenido, cada uno fue desde su propio lugar: Elifaz el temanita, Bildad el suhita y Zofar el naamatita. Ellos habían acordado reunirse para ir a lamentarse con él y consolarlo. "
Job 2:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Entonces su esposa le dijo: ¿Todavía mantienes firme tu integridad? Maldice a Dios y muere.
10 Pero él le dijo: Hablas como habla una de las mujeres insensatas. ¿Acaso recibiremos de la mano de Dios el bien y no recibiremos el mal? En todo esto Job no pecó con sus labios.
11 Cuando los tres amigos de Job oyeron hablar de todo este mal que le había sobrevenido, cada uno fue desde su propio lugar: Elifaz el temanita, Bildad el suhita y Zofar el naamatita. Ellos habían acordado reunirse para ir a lamentarse con él y consolarlo.
12 Cuando alzaron los ojos desde lejos y no lo reconocieron, alzaron la voz y lloraron. Cada uno rasgó su manto y esparció polvo sobre su cabeza hacia el cielo.
13 Entonces se sentaron con él en el suelo durante siete días y siete noches, y ninguno le dijo una sola palabra, porque veían que su dolor era muy grande.
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Aquí vemos la visita bondadosa de los tres amigos de Job mientras él sufría. Las noticias sobre sus problemas tan extraordinarios se habían difundido por todas partes, porque Job era un hombre de gran importancia y bondad, y su sufrimiento resultaba tan extraño. Algunos enemigos se burlaban de su desgracia y quizá hasta le componían canciones, como parecen sugerir versículos posteriores (Job 16:10; Job 19:18; Job 30:1). Pero sus amigos se preocupaban por él y trataron de consolarlo. El amigo ama en todo momento, y el hermano nace para los tiempos difíciles.
Aquí se mencionan tres amigos: Elifaz, Bildad y Zofar. Más adelante conocemos a un cuarto hombre, Eliú, quien parece haber estado presente durante toda la conversación. No se nos dice claramente si llegó como amigo de Job o solo como oyente. A estos tres se les llama amigos de Job, sus compañeros íntimos, como el amigo especial de la corte que se menciona en las vidas de David y Salomón.
Estos hombres eran sabios y buenos, como lo muestran sus discursos posteriores. Eran hombres muy ancianos, respetados por sus conocimientos, y la gente escuchaba con atención sus opiniones (Job 32:6). Es probable que fueran hombres importantes en sus propias tierras, quizá príncipes o jefes de familia. Job había entablado amistad con ellos mientras prosperaba. Si eran sus iguales, no los trataba con celos; si estaban por debajo de él, no los despreciaba. Tales amigos contribuían más a su felicidad que todo su ganado.
Gran parte del consuelo de la vida proviene de la amistad con personas prudentes y virtuosas. Quien tenga aunque sea unos pocos amigos así debe valorarlos mucho. Se cree que los tres amigos de Job descendían de Abraham, y que durante algunas generaciones esa familia todavía conservó parte de los buenos resultados de la enseñanza de Abraham, aun fuera del pueblo del pacto. Elifaz descendía de Temán, nieto de Esaú (Génesis 36:11). Probablemente Bildad provenía de Súaj, hijo de Abraham y Queturá (Génesis 25:2). Algunos piensan que Zofar era la misma persona que Zefó, también descendiente de Esaú (Génesis 36:11).
Esta conservación de la sabiduría y la reverencia entre personas que estaban fuera del pacto era una señal esperanzadora de la gracia de Dios para los gentiles, cuando más adelante se derribaría el muro divisorio. Esaú fue rechazado, pero muchos de sus descendientes todavía recibieron algunas de las mejores bendiciones.
Estos amigos también conservaron su amistad con Job durante su sufrimiento, cuando muchos otros lo abandonaron (Job 19:14). Lo demostraron de dos maneras. Primero, fueron a visitarlo en medio de su sufrimiento, para llorar con él y consolarlo (Job 2:11). Probablemente también lo habían visitado cuando prosperaba, no para divertirse, sino para disfrutar de su conversación sabia y piadosa. Ahora iban a compartir su dolor, así como antes habían compartido su alegría. Eran hombres sabios cuyo corazón estaba en la casa del luto (Eclesiastés 7:4).
Visitar a los afligidos, los enfermos, los huérfanos y los que sufren es parte de la religión pura y sin mancha (Santiago 1:27). Cuando se hace con un corazón sincero, recibirá una gran recompensa (Mateo 25:36). Al visitar a quienes están afligidos, nosotros mismos podemos crecer en la gracia, porque aprendemos muchas lecciones buenas de sus sufrimientos. También podemos ayudar a consolarlos, porque nuestro respeto y nuestras palabras amables pueden fortalecerlos.
Los amigos de Job no fueron para satisfacer su curiosidad sobre sus problemas ni para hablar mal de él, como lo hacían los falsos amigos de David (Salmo 41:6-8). Fueron a llorar con él, a compartir sus lágrimas y así consolarlo. Es mucho más fácil visitar a las personas cuyo consuelo es evidente que a quienes primero necesitan convicción y corrección.
Observemos también que no fueron invitados, sino que acudieron por iniciativa propia (Job 6:22). Es una buena costumbre presentarse sin invitación en una casa de luto y acercarse antes de que llegue una invitación. Además, se pusieron de acuerdo para ir juntos. Las personas buenas deben hacer planes unas con otras para hacer el bien, a fin de animarse y apoyarse mutuamente. Cuando se quiere llevar a cabo una buena obra, es necesario unir esfuerzos. Ellos fueron con el deseo sincero de consolarlo, pero más adelante su falta de sabiduría los convirtió en consoladores miserables. Muchas personas tienen buenas intenciones y, sin embargo, no logran su propósito por falta de buen juicio.
En segundo lugar, mostraron una tierna compasión cuando vieron cuánto había cambiado por causa de su sufrimiento. Desde lejos casi no lo reconocieron, porque sus llagas lo habían desfigurado (Job 2:12). Su rostro estaba manchado de lágrimas (Job 16:16), como el de los habitantes de Jerusalén que antes gozaban de salud, pero que se habían vuelto oscuros y demacrados por el hambre y el dolor (Lamentaciones 4:7-8). ¡Qué cambio pueden producir en poco tiempo una enfermedad, o incluso una profunda tristeza y preocupación! «¿Esta es Noemí?», preguntaban sorprendidos en otra ocasión (Rut 1:19). De la misma manera, podríamos preguntar: «¿Este es Job? ¡Qué bajo has caído y cómo tu honor ha sido arrojado al polvo!». Dios permite cambios así para que estemos preparados para enfrentarlos.
Al verlo en ese estado tan lamentable, no se apartaron por miedo ni por repugnancia. Al contrario, mostraron todavía más ternura. Lloraron en voz alta, y el dolor de Job volvió a intensificarse al ver la tristeza de ellos; entonces él también lloró, y sus lágrimas se mezclaron con las de sus amigos. Se rasgaron la ropa y se echaron polvo sobre la cabeza, mostrando dolor y humildad junto a su amigo herido. Luego se sentaron con él en el suelo, porque ese era el lugar donde recibía a sus visitantes. No lo hicieron como un gesto de cortesía, sino por verdadera compasión. Muchas veces se habían sentado con él en sofás y a su mesa cuando prosperaba; por eso estuvieron dispuestos a compartir su dolor y su pobreza, así como antes habían compartido su alegría y abundancia.
No fue una visita rápida y cortés, de esas que se hacen solo para pasar a saludar y marcharse. Se quedaron porque no podían disfrutar mientras su amigo se encontraba en tanta miseria. Así que se alojaron cerca de él, aunque Job ya no podía recibirlos como antes y ellos tuvieron que pagar sus propios gastos.
Durante siete días, cada día fueron y se sentaron con él en la casa donde recibía a sus visitantes. Permanecieron a su lado como compañeros en el sufrimiento, lo cual ya era algo extraordinario, pues los amigos suelen desaparecer cuando se pierde la riqueza. Se sentaron con él en silencio. Escuchaban con atención los detalles de sus problemas, pero no decían nada.
Su silencio mostraba lo sorprendidos y abrumados que estaban. Los problemas pequeños pueden hablarse, pero el dolor profundo muchas veces deja a las personas sin palabras. Permanecieron callados durante tanto tiempo para mostrar respeto ante un sufrimiento tan grande. No hablaron, aunque quizá conversaban entre ellos sobre lo que esa prueba podía enseñarles. Al principio no dijeron nada que pudiera afligir más a Job (Job 4:2), porque su dolor ya era demasiado pesado y no querían añadirle más sufrimiento.
Hay un tiempo para guardar silencio, especialmente cuando las palabras podrían endurecer a alguien malvado (Salmos 39:1), o cuando podrían ofender al pueblo de Dios (Salmos 73:15). El hecho de que esperaran hasta el séptimo día también puede significar que aplazaron la conversación hasta el día de reposo, que probablemente se observaba incluso en la época de los patriarcas, para que los visitantes que llegaran entonces pudieran unirse a Job en la adoración y escuchar algo útil. O quizá simplemente querían demostrar que habían reflexionado cuidadosamente sobre lo que después dirían.
La persona sabia piensa antes de responder. Debemos pensar dos veces antes de hablar una vez, especialmente en un caso como este. Si nos tomamos el tiempo para pensar, estaremos mejor preparados para hablar de manera breve y al punto.
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De este capítulo
Job 2:1
"De nuevo llegó un día en que los hijos de Dios fueron a presentarse ante el SEÑOR, y Satanás también fue entre ellos a presentarse ante el SEÑOR."
Job 2:2
"Y el SEÑOR le dijo a Satanás: ¿De dónde vienes? Satanás respondió al SEÑOR y dijo: De recorrer la tierra de un lado a otro y de andar por ella."
Job 2:3
"Y el SEÑOR le dijo a Satanás: ¿Has considerado a mi siervo Job, que no hay nadie como él en la tierra, un hombre perfecto y recto, que teme a Dios y se aparta del mal? Todavía se mantiene firme en su integridad, aunque tú me incitaste contra él para destruirlo sin causa."
Job 2:4
"Y Satanás respondió al SEÑOR y dijo: Piel por piel; sí, todo lo que un hombre tiene lo dará por su vida."
Job 2:5
"Pero extiende ahora tu mano, toca sus huesos y su carne, y te maldecirá en tu propia cara."
Job 2:6
"Y el SEÑOR le dijo a Satanás: Mira, él está en tu mano; pero salva su vida."
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