Versículo destacado

Job 15:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Te mostraré algo; escúchame. Declararé lo que he visto, "

Job 15:17

menu_book El versículo en contexto

15 Mira, él no confía en sus santos; ni siquiera los cielos son limpios ante sus ojos.

16 ¡Cuánto menos el hombre, que es abominable y corrupto, y bebe la iniquidad como agua!

17 Te mostraré algo; escúchame. Declararé lo que he visto,

18 lo que los sabios han contado, procedente de sus padres, y no lo han ocultado:

19 solo a ellos les fue dada la tierra, y ningún extranjero pasó entre ellos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de reprender a Job por sus respuestas, Elifaz ahora intenta respaldar la acusación que ha hecho. Está convencido de que las personas malvadas siempre viven en desgracia y, a partir de ahí, concluye que quienes sufren deben ser malvados; por eso piensa que Job es culpable. Aquí comienza con una introducción solemne, como si fuera a ofrecerle algo digno de ser escuchado. Sin embargo, ya ha demostrado poco respeto por lo que Job dijo, así que tiene pocas razones para pedirle que le preste cuidadosa atención.

Elifaz afirma que lo que va a decir proviene de dos fuentes: su propia experiencia y la sabiduría de las generaciones anteriores. Dice que le contará a Job lo que ha observado en muchos casos. Hay un verdadero valor en reconocer el cuidado y el gobierno de Dios en la vida humana, porque podemos aprender mucho de ello. Lo que nosotros mismos hemos aprendido bien, debemos estar dispuestos a compartirlo para el bien de los demás.

También apela a la enseñanza de los sabios de tiempos pasados, hombres que aprendieron de sus padres y transmitieron esa sabiduría. Mucho de lo que saben las generaciones posteriores proviene de quienes las precedieron. Los buenos hijos aprenden de buenos padres, y lo que una generación aprende debe transmitirse fielmente a la siguiente (Salmo 78:3-6). Si una generación rompe descuidadamente esa cadena, todos los que vienen después sufren las consecuencias.

Los hombres a los que Elifaz se refiere eran personas de rango e importancia, a quienes, según dice, les había sido entregada la tierra. Él piensa que su posición da mayor peso a sus observaciones. A menudo, quienes ocupan lugares elevados tienen ciertas ventajas para adquirir sabiduría, como sucedió con Salomón. Aun así, también existe una sabiduría que los gobernantes de este mundo no conocieron (1 Corintios 2:7-8).

El punto principal de Elifaz es que las personas sabias y buenas normalmente prosperan en este mundo. Aquí solo lo insinúa, al decir que la tierra había sido entregada a la clase de hombres que tiene en mente y que ningún extraño se mezclaba entre ellos para molestarlos o robarles. Job había dicho: «La tierra es entregada en manos del malvado» (Job 9:24). Elifaz rechaza esa idea y afirma que la tierra es entregada a los santos, quienes no son arrollados por enemigos invasores como Job lo había sido por los sabeos y los caldeos.

Sin embargo, aunque muchos del pueblo de Dios hayan prosperado grandemente en esta vida, como Abraham, Isaac y Jacob, eso no significa que todos los que sufren pérdidas dejen de pertenecer al pueblo de Dios. Luego Elifaz pasa al caso opuesto y dice que los malvados, especialmente los gobernantes violentos y los opresores, viven con miedo y mueren en la miseria. Describe al malvado como alguien cuya conducta parece ir más allá de la de un pecador común: alguien que desafía abiertamente a Dios y perjudica a los demás. Algunos piensan que tiene en mente a Nimrod o quizá a Quedorlaomer, un gobernante poderoso y «cazador» delante del Señor. Otros creen que en realidad está señalando a Job.

La primera característica de este pecador es su rebelión descarada contra Dios. Rompe los mandamientos de Dios como si fueran cadenas y se niega a someterse a su Creador. También actúa como si los juicios de Dios no significaran nada, como si el Todopoderoso pudiera hacer lo peor y aun así él continuara siguiendo su propio camino. Esta es la clase de rebelión desvergonzada que se ve en quienes odian a Dios (Romanos 1:30), cuyas mentes no solo son hostiles a él, sino que están llenas de hostilidad contra él (Romanos 8:7).

Sin embargo, este orgullo es tan impotente como arrogante. ¿Qué puede hacer realmente un pecador contra Dios? Aun así, intenta fortalecerse contra el Todopoderoso, como si pudiera igualar el poder divino. Se comporta como si pudiera cambiar los tiempos y las leyes, y abrirse paso por medio de la violencia y la injusticia (Daniel 7:25). Esta es la gran locura de los pecadores orgullosos: entablar una lucha contra el Todopoderoso. «¡Ay del que contiende con su Hacedor!».

Elifaz continúa diciendo que este hombre se lanza directamente contra Dios, como un combatiente desesperado que ataca aun sabiendo que no tiene ninguna posibilidad de vencer. En sentido figurado, corre contra Dios, incluso contra su cuello, aunque una embestida así solo le acarrea su propia ruina. La mayoría de los pecadores huye de Dios, pero el pecador insolente corre hacia él en abierto desafío. El resultado puede preverse.

Después, Elifaz dice que este hombre se envuelve en comodidad y placer. «Cubre su rostro con su gordura», lo que significa que consiente su cuerpo con comida y bebida abundantes, mientras endurece su corazón ante las advertencias de Dios. Cuando el cuerpo se alimenta sin moderación, el alma suele sufrir. Las personas se olvidan de Dios porque convierten su estómago en su dios y ponen la felicidad en los placeres de los sentidos. Quienes se llenan de vino y bebidas fuertes dejan de preocuparse por lo serio y actúan como si el mañana siempre fuera a ser igual que el día de hoy (Isaías 56:12). ¡Ay de los que viven tranquilos en Sion! (Amós 6:1, 3-4; Lucas 12:19). Las mismas cosas que hacen que este hombre parezca valiente y cómodo serán un refugio muy pobre cuando llegue la ira de Dios.

Elifaz también dice que este hombre se enriquece con el botín de todos los que lo rodean.

Vive en ciudades que él mismo ha dejado desoladas al expulsar a sus habitantes, para poder vivir allí solo (Isaías 5:8). Los hombres orgullosos y crueles incluso encuentran una extraña satisfacción en las ruinas que ellos mismos han causado, destruyendo ciudades (Salmo 9:6) y jactándose de los escombros. No pueden adueñarse de las ciudades si no es convirtiéndolas en montones de ruinas y atemorizando a sus habitantes hasta hacerlos huir.

Observemos esto: quienes intentan poseerlo todo pierden el consuelo de todo y se hacen miserables en medio de sus riquezas. ¿Cómo logra este tirano controlar ciudades que muestran claramente las señales del paso del tiempo y de una larga ocupación? El texto dice que lo hace mediante la malicia y el engaño, las dos partes principales de su maldad. Es como aquel que fue mentiroso y homicida desde el principio. Planea el mal y luego lo lleva a cabo preparando mentiras, fingiendo proteger precisamente a las personas que pretende aplastar y haciendo tratados de paz para continuar la guerra con mayor eficacia. Que Dios libre a todas las personas buenas de hombres tan malvados.

Veamos ahora la miserable condición de este malvado, tanto bajo los juicios espirituales como bajo los juicios externos. Su paz interior siempre está perturbada. Ante quienes lo rodean puede parecer tranquilo, y por eso ellos lo envidian y desean ocupar su lugar. Pero Aquel que conoce lo que hay en el corazón humano nos dice que el malvado tiene tan poco consuelo en su interior que merece más compasión que envidia.

En primer lugar, su propia conciencia lo acusa, y con esos dolores atraviesa la vida en miseria, todos sus días (Job 15:20). Siempre lo perturban las crueldades que ha cometido y la sangre que mancha sus manos. Sus pecados aparecen delante de él a cada paso. La culpa consciente deja a la persona aturdida y confundida.

En segundo lugar, lo inquieta la incertidumbre de cuánto durarán sus riquezas y su poder: los años del opresor están ocultos. Sabe, aunque diga lo contrario, que no durarán para siempre, y tiene razones para temer que tampoco durarán mucho. Esa incertidumbre lo consume.

En tercer lugar, vive bajo la expectativa aterradora del juicio y de la ira ardiente (Hebreos 10:27). Esto lo mantiene en un estado constante de terror y pánico. Habita con Caín en la tierra de Nod, cuyo nombre se relaciona con la inquietud o el vagar (Génesis 4:16), y llega a ser como Pasur, cuyo nombre fue cambiado a «Terror por todas partes» (Jeremías 20:3-4). Un sonido espantoso resuena en sus oídos (Job 15:21). Sabe que el cielo y la tierra están contra él, que Dios está enojado con él y que todo el mundo lo aborrece. Como no ha hecho nada para estar en paz con Dios ni con los demás, piensa que cualquiera que encuentre podría matarlo (Génesis 4:14). Es como alguien que se esconde de sus deudas y cree que cada persona que ve podría ser un alguacil.

El temor entró en el mundo con el pecado desde el principio (Génesis 3:10), y todavía acompaña al pecado. Incluso en medio de la prosperidad, el malvado teme que llegue el destructor, ya sea un ángel enviado por Dios para juzgarlo o súbditos heridos que busquen vengarse. Quienes son el terror de los poderosos en la tierra de los vivientes por lo general descienden muertos al sepulcro (Ezequiel 32:25), y el final que esperan los convierte en un terror para sí mismos. Esto queda claro en Job 15:22, donde el malvado vive, en su propia mente, esperando la espada. Sabe que quien mata a espada debe morir a espada (Apocalipsis 13:10). Una conciencia culpable le muestra al pecador una espada encendida que se mueve en todas direcciones (Génesis 3:24), y él mismo corre directamente hacia ella.

Además, Job 15:23 dice que sabe que se acerca el día de la oscuridad, o más bien, la noche de oscuridad. Ese día está señalado para él y no puede evitarlo. Se acerca rápidamente y no puede retrasarse. Este día de oscuridad es más que la muerte. Es el día del Señor, que traerá oscuridad y no luz para todos los malvados, y ellos serán condenados a una oscuridad absoluta y eterna. Algunos malvados, aunque parezcan tranquilos, ya llevan dentro de sí la sentencia de muerte eterna y pueden ver claramente cómo el infierno se abre delante de ellos.

Por eso no sorprende que Job 15:24 hable de aflicción y angustia: esa inquietud interior del alma mencionada en Romanos 2:8-9 lo hará temer algo aún peor. ¿Qué es el infierno que tiene delante si ya lleva el infierno dentro? Puede intentar sacudirse sus temores, ahogarlos en la bebida o hacerlos desaparecer con la risa, pero nada funcionará. Lo dominarán como un rey listo para la batalla, con fuerzas demasiado numerosas para resistir. Si alguien quiere conservar la paz, debe mantener una buena conciencia.

Cuarto, si llega la aflicción, desespera de poder salir de ella (Job 15:22). No cree que regresará de la oscuridad; se da por perdido en una noche interminable. Las personas buenas esperan que haya luz al anochecer, luz que surja de la oscuridad. Pero ¿qué razón tienen para esperar salir de la aflicción quienes no quisieron apartarse del pecado, sino que siguieron avanzando en él (Salmo 82:5)? Esta es parte de la miseria de los pecadores condenados: saben que nunca saldrán de esa profunda oscuridad ni cruzarán el abismo que ha quedado fijado.

Quinto, se desgasta con una preocupación constante, especialmente cuando la providencia parece estar en su contra aunque sea un poco (Job 15:23). Tiene tanto miedo de quedar en la pobreza y ve tantas pérdidas en sus bienes que, en su mente, ya anda buscando pan, pidiendo comida y preguntando dónde conseguirla. El rico insensato, en medio de su abundancia, preguntó qué debía hacer (Lucas 12:17). Tal vez finge temer la necesidad para justificar su avaricia, pero al final puede ser llevado realmente a esa condición. Leemos de quienes estaban satisfechos, pero tuvieron que emplearse para conseguir pan (1 Samuel 2:5); sin embargo, este pecador ni siquiera hará eso. No puede cavar porque está demasiado gordo (Job 15:27), y quizá le da vergüenza pedir. Véase Salmo 109:10.

David nunca vio al justo abandonado ni a sus hijos mendigando pan, porque Dios los alimenta, muchas veces mediante la bondad de otros y sin que tengan que pedir (Salmo 37:3, 25). Pero los malvados terminan en necesidad y no pueden esperar ayuda con tanta facilidad. ¿Cómo encontrarán misericordia quienes nunca mostraron misericordia?

Su prosperidad exterior pronto llegará a su fin, y con ella desaparecerán toda su confianza y su consuelo. ¿Cómo puede prosperar cuando Dios se levanta contra él? Esta es una manera de entender Job 15:26. A quien Dios enfrenta, ciertamente lo derribará, porque cuando juzga, siempre vence. Los juicios de Dios se oponen a este malvado mundano en todos sus planes, deseos y maquinaciones, y así completan su miseria.

Primero, está ansioso por obtener más, pero no llegará a enriquecerse (Job 15:29). Su propio corazón codicioso le impide ser verdaderamente rico. Una persona no es rica si nunca tiene suficiente, y nunca tiene suficiente si no cree tener lo necesario. Solo el contentamiento es verdadera riqueza.

La providencia de Dios a menudo impide que las personas se hagan ricas. Él arruina sus planes, desbarata sus proyectos y siempre las deja por debajo de lo que desean. Muchos obtienen grandes ganancias mediante el fraude y la injusticia, pero nunca llegan a ser verdaderamente ricos, porque lo que entra por un pecado con frecuencia se gasta en otro.

Aun cuando intentan proteger lo que han adquirido, no dura. Sus riquezas no continuarán: disminuirán hasta desaparecer. Dios puede marchitarlas, y lo que parecía crecer de la noche a la mañana puede desaparecer de la misma manera. La riqueza obtenida de forma vacía o deshonesta siempre terminará reduciéndose. Algunas personas incluso viven lo suficiente para ver cómo se desmoronan sus bienes, construidos sobre la opresión. Y si no llegan a verlo, lo que queda suele pasar a sus herederos con una maldición. Las propiedades mal habidas difícilmente son disfrutadas siquiera por la tercera generación.

Pueden comprar tierras para ellos y para sus descendientes para siempre, pero ¿de qué les sirve? No conservarán en la tierra toda la fuerza y el esplendor de sus riquezas. Cuando desaparecen el crédito y el bienestar, ¿qué queda de su perfección? En realidad, nada en este mundo permanece perfecto por mucho tiempo, porque todo aquí es temporal.

Ese hombre también puede esperar dejar sus riquezas a sus hijos, para que su familia prospere y continúe su nombre. Pero también en eso será frustrado. Las ramas de su familia morirán. No permanecerán verdes, sino que se secarán por el fuego, y él las sacudirá como flores que nunca llegan a producir fruto o como uvas inmaduras (Job 15:30-33). Morirán antes de tiempo y nunca alcanzarán la madurez. Muchas familias han sido arruinadas por el pecado de un solo hombre.

También quiere seguir disfrutando de sus riquezas durante mucho tiempo, pero incluso esa esperanza fracasa. El aliento de la boca de Dios puede apartarlo de ellas; es decir, el juicio de Dios las destruye con la misma seguridad con que lo hace el fuego (Isaías 30:33). Dios habla, y se cumple de inmediato. Así, el malvado es expulsado en medio de su maldad, y el hombre mundano, en medio de su mundanalidad.

O quizá sus riquezas le sean quitadas y vuelen como un águila hacia el cielo. Su prosperidad terminará antes de tiempo (Job 15:32). Puede seguir viviendo después de que sus bienes desaparezcan y verse despojado de ellos. Cuando llega la aflicción, solo espera escapar de ella, no aprender de ella. Pero aun allí es derrotado: no saldrá de la oscuridad. Como a Amán, una vez que comienza a caer, todos claman por su caída. Ya temía que su miseria nunca terminaría (Job 15:22), y Dios lo entrega precisamente a los temores en los que había confiado. Como Dios hizo con Israel, aquí confirma su desconfianza y desesperación (Isaías 66:4; Números 14:28).

También espera protegerse uniéndose a otros. Piensa que sus socios lo defenderán, pero eso también fracasa (Job 15:34-35). Toda su compañía, junto con sus tiendas, quedará desolada y será consumida por el fuego. Se les acusa de hipocresía y soborno; es decir, de engañar tanto en su relación con Dios como en su trato con las personas. Honran a Dios con una religión falsa y perjudican a otros bajo la apariencia de justicia. Tales prácticas nunca pueden terminar bien. Aunque se mantengan unidos y se apoyen unos a otros, los malvados no quedarán sin castigo.

La lección es clara. Si la prosperidad de los pecadores arrogantes termina de manera tan miserable, nadie que esté siendo engañado debe confiar en cosas vacías (Job 15:31). Los daños que les sobrevienen a otros deben servirnos de advertencia. No debemos apoyarnos en esa caña quebrada que siempre ha fallado a quienes confiaron en ella.

Quienes confían en maneras pecaminosas de ganar dinero están confiando en la vanidad, y la vanidad será su recompensa. No obtendrán lo que esperaban. Sus artimañas pueden engañarlos y hasta arruinarlos en este mundo. Quienes confían en sus riquezas después de haberlas obtenido, especialmente si las adquirieron de manera deshonesta, también están confiando en la vanidad. Tales riquezas no producen verdadera satisfacción. La culpa que las acompaña destruirá el gozo que podrían dar. Siembran viento y cosecharán tormenta. Al final tendrán que admitir, con profunda vergüenza, que un corazón engañado los apartó y que se engañaron a sí mismos con una mentira que sostuvieron en su propia mano.

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