Versículo destacado

Job 1:20 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Job se levantó, rasgó su manto, se afeitó la cabeza, se postró en tierra y adoró. "

Job 1:20

menu_book El versículo en contexto

18 Mientras él todavía hablaba, llegó otro y dijo: Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en la casa de su hermano mayor.

19 De repente, vino un gran viento desde el desierto, golpeó las cuatro esquinas de la casa, y esta cayó sobre los jóvenes, y ellos murieron. Solo yo escapé para contártelo.

20 Entonces Job se levantó, rasgó su manto, se afeitó la cabeza, se postró en tierra y adoró.

21 Y dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El SEÑOR dio y el SEÑOR quitó; bendito sea el nombre del SEÑOR».

22 En todo esto Job no pecó ni acusó neciamente a Dios.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El diablo había hecho todo lo que se le había permitido hacer contra Job, tratando de lograr que maldijera a Dios. Había tocado todo lo que Job poseía, y lo había hecho con dureza. El hombre a quien el sol de la mañana había visto como el más rico del oriente quedó, antes de que anocheciera, más pobre de lo que nadie pudiera imaginar. Si las riquezas hubieran sido la única razón de la fe de Job, como Satanás insinuaba, entonces Job habría renunciado a su fe al perder sus bienes. Pero lo que leemos aquí acerca de su humilde respuesta al sufrimiento demuestra que el diablo era un mentiroso y que Job era un hombre íntegro.

Job actuó como un hombre profundamente afligido, no como un bloque de madera o de piedra. No estaba frío ni indiferente ante la muerte de sus hijos y sus siervos. Al contrario, cuando escuchó la noticia, se levantó, rasgó su manto y se afeitó la cabeza, señales acostumbradas de un dolor intenso. Así mostró que sentía la pesada mano del Señor sobre él, pero no se comportó de manera descontrolada ni vergonzosa. No se desmayó ni se desplomó. Se levantó como un campeón listo para la batalla. No se arrancó la ropa con furia, sino que rasgó con calma su prenda exterior, como lo exigía la costumbre de aquella tierra. No se jaló el cabello con desesperación, sino que se afeitó la cabeza deliberadamente. Todo esto mostró que conservó el dominio propio y mantuvo la paz aun bajo una presión extrema.

También vale la pena observar cuándo expresó su dolor. No lo hizo hasta enterarse de que sus hijos habían muerto; solo entonces se levantó y rasgó su manto. Un corazón mundano e incrédulo podría haber dicho: «Ahora que se acabó la comida, qué bueno que también se acabaron las bocas». Pero Job pensaba de otra manera. Habría estado agradecido si Dios hubiera perdonado la vida de sus hijos, aunque le quedara muy poco para darles, porque confiaba en que el Señor proveería.

Algunos intérpretes creen que Job rasgó su ropa, en parte, porque los judíos acostumbraban hacerlo al escuchar una blasfemia. Según esta interpretación, estaba reaccionando con una indignación santa contra los pensamientos blasfemos que Satanás estaba poniendo en su mente, tentándolo a maldecir a Dios. Fuera o no esa la razón principal, Job no estaba insensible al dolor. Estaba profundamente herido, pero no se dejó arrastrar por el pecado.

Job también actuó como un hombre sabio y bueno en medio de su sufrimiento, como alguien que verdaderamente temía a Dios más que a las dificultades externas. Se humilló bajo la mano de Dios y se adaptó a la providencia en la que se encontraba, como quien sabe vivir con poco tanto como vivir en abundancia. Cuando Dios lo llamó al llanto y al lamento, lloró y lamentó, rasgó su manto, se afeitó la cabeza y cayó al suelo. En esa postura mostró un sentido arrepentido de su pecado y una sumisión paciente a la voluntad de Dios, aceptando el castigo que había venido a causa de su propia maldad. Esto también demostró su sinceridad, porque los hipócritas no lloran cuando Dios los derriba (Job 36:13). Además, lo preparó para obtener un bien espiritual de la aflicción, porque no podemos sacar provecho del dolor si nos negamos a sentirlo.

Entonces Job calmó su propio corazón mediante recordatorios reflexivos, para que aquellos acontecimientos no le robaran la paz. Razonó a partir de la condición común de la vida humana y la aplicó a sí mismo: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá». Quería decir que volvería a la tierra, nuestra madre común, así como un niño vuelve al pecho de su madre cuando está cansado o enfermo. Comenzamos como polvo y al polvo volvemos (Génesis 3:19); regresamos a la tierra, tal como éramos (Eclesiastés 12:7), y volvemos al barro del que fuimos formados (Job 33:6). Pablo se refiere a esta verdad tomada de Job en 1 Timoteo 6:7.

No trajimos al mundo ninguno de los bienes materiales de esta vida; los recibimos de otros. Es seguro que no podemos llevarnos nada cuando partimos, sino que debemos dejarlo todo atrás para los demás. Entramos al mundo desnudos, no solo sin ropa, sino también indefensos e incapaces de protegernos. El pecado con el que nacemos nos deja desnudos y avergonzados delante del Dios santo. También salimos desnudos del mundo, por lo menos en cuanto al cuerpo, aunque el alma santa sale vestida (2 Corintios 5:3). La muerte despoja de todos nuestros consuelos, porque la ropa no puede calentar ni honrar a un cuerpo muerto. Este pensamiento silenció a Job en medio de todas sus pérdidas.

En primer lugar, simplemente había vuelto al punto de partida. Se veía a sí mismo desnudo, no mutilado ni herido. Seguía siendo él mismo, aunque nada más le perteneciera; solo había regresado a su condición inicial. Nadie puede ser tan pobre como lo fue al nacer. Si llegamos a ser pobres, no se nos está haciendo una injusticia, o al menos no se nos está perjudicando gravemente, porque solo hemos vuelto a donde comenzamos.

En segundo lugar, simplemente había llegado al lugar donde de todos modos tendría que terminar, solo que había sido despojado un poco antes de lo esperado. Quitarse la ropa antes de dormir es incómodo, pero resulta más fácil de soportar cuando ya se acerca la hora de acostarse. De la misma manera, es más fácil soportar la pérdida de los bienes materiales cuando recordamos que pronto tendremos que dejarlos todos.

Job también dio gloria a Dios y habló de la providencia divina con profundo respeto y amable sumisión. Nos alegra encontrarlo con esta actitud, porque esa era precisamente la cuestión que estaba siendo puesta a prueba, aunque Job no lo sabía. El diablo había dicho que Job maldeciría a Dios bajo presión, pero Job bendijo a Dios en vez de maldecirlo, demostrando que era un hombre íntegro.

Reconoció la mano de Dios tanto en las bendiciones que había disfrutado como en las aflicciones que ahora enfrentaba: «El Señor dio, y el Señor quitó». Debemos reconocer la providencia de Dios en todos nuestros consuelos. Él nos dio la vida, nos hizo, y no nosotros mismos. También nos dio nuestras riquezas. No fue nuestra capacidad ni nuestro esfuerzo lo que nos hizo ricos, sino la bendición de Dios sobre nuestro trabajo y nuestros esfuerzos. Él nos dio el poder para obtener riquezas, no solo al crear el mundo, sino también al darnos nuestra parte en él.

También debemos reconocer la mano de Dios en todas nuestras pérdidas. El mismo que dio es quien ha quitado, y ¿acaso no puede hacer lo que quiera con lo que le pertenece? Job mira más allá de los agentes humanos y mantiene la vista en la Causa primera. No dice: «El Señor dio, y los sabeos y los caldeos quitaron», ni: «Dios me hizo rico, y el diablo me hizo pobre». En cambio, dice: «El que dio ha quitado». Y por eso guarda silencio: porque Dios lo ha hecho. El que da todo puede quitar lo que quiera, cuando quiera y en la medida que quiera.

Job también honró a Dios tanto en la prosperidad como en la pérdida. Cuando lo había perdido todo, cayó al suelo y adoró. Las pruebas no deben alejarnos de la fe, sino impulsarnos a acercarnos más a ella.

Las lágrimas no deben impedirnos sembrar, ni tampoco adorar. Job no solo contempló la mano de Dios en su sufrimiento; también contempló el nombre de Dios y le dio gloria: «Bendito sea el nombre del Señor». Siguió teniendo acerca de Dios los mismos pensamientos grandes y buenos que siempre había tenido, y estaba tan dispuesto como antes a expresarlos para alabarlo. Podía bendecir a Dios cuando Dios quitaba, igual que cuando Dios daba.

Debemos cantar tanto acerca de la misericordia como acerca del juicio, como dice el Salmo 101:1. Job bendijo a Dios por lo que había recibido, aunque ahora se lo hubieran quitado. Cuando nuestros consuelos desaparecen, debemos agradecerle a Dios que alguna vez los tuvimos y que los disfrutamos más tiempo del que merecíamos.

Job también honró a Dios en el acto mismo de quitar. Mostró una sumisión voluntaria y hasta dio gracias por el bien que Dios se proponía producir mediante su sufrimiento. Le agradeció a Dios por la ayuda que recibía en medio de su angustia y por la esperanza de que al final tendría un desenlace feliz.

Este es el testimonio honorable que el Espíritu Santo da acerca de la firmeza y la buena conducta de Job en la aflicción. Job salió aprobado de sus pruebas, como dice Job 1:22. En todo esto, Job no pecó, porque no acusó a Dios de actuar neciamente ni puso en duda su sabiduría por lo que había hecho. La insatisfacción y la impaciencia son, en efecto, acusaciones de que Dios ha actuado neciamente.

Por eso Job se cuidó de esos sentimientos, y nosotros debemos hacer lo mismo. Debemos reconocer que Dios ha obrado correctamente, mientras que nosotros hemos obrado mal. Dios ha actuado con sabiduría, mientras que nosotros hemos actuado neciamente, muy neciamente. Quienes mantienen el dominio propio en medio de la pérdida y la presión, y además conservan buenos pensamientos acerca de Dios y una comunión cercana con él, tal vez no reciban elogios de la gente, pero serán aprobados por Dios, tal como Job lo fue aquí.

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