Versículo destacado
Esdras 9:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" A la hora del sacrificio de la tarde me levanté de mi abatimiento y, con la túnica y el manto rasgados, caí de rodillas y extendí las manos al SEÑOR mi Dios, "
Esdras 9:5
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Cuando oí esto, rasgué mi túnica y mi manto, me arranqué cabellos de la cabeza y de la barba, y me senté consternado.
4 Entonces se reunieron junto a mí todos los que temblaban ante las palabras del Dios de Israel, a causa de la transgresión de los que habían sido llevados cautivos; y permanecí sentado, consternado, hasta el sacrificio de la tarde.
5 A la hora del sacrificio de la tarde me levanté de mi abatimiento y, con la túnica y el manto rasgados, caí de rodillas y extendí las manos al SEÑOR mi Dios,
6 y dije: Dios mío, estoy avergonzado y me sonrojo al levantar mi rostro hacia ti, Dios mío, porque nuestras iniquidades han aumentado hasta sobrepasar nuestra cabeza, y nuestra transgresión ha crecido hasta los cielos.
7 Desde los días de nuestros padres hasta hoy hemos vivido en gran transgresión; y por nuestras iniquidades, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a la espada, al cautiverio, al saqueo y a la vergüenza pública, como sucede hoy.
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Podemos imaginar lo que Ezra pensaba durante aquellas horas en que permaneció sentado, aturdido por su dolor. Cuando finalmente habló, sus palabras revelaron una oración profundamente conmovedora a Dios en medio de aquella crisis. Presentó su súplica a la hora del sacrificio de la tarde (Esdras 9:5). Probablemente, en ese momento, personas devotas acudían a los atrios del templo para honrar a Dios mediante el sacrificio y orar junto con él.
Ezra decidió hacer su confesión delante de ellos, para que sintieran la gravedad del pecado de su pueblo. Algunos no se habían dado cuenta de lo que ocurría, y otros lo habían tomado a la ligera. En ese sentido, la oración también puede proclamar un mensaje. El sacrificio, especialmente el de la tarde, señalaba de antemano al gran sacrificio expiatorio: el sacrificio que aparta la ira de Dios, el bendito Cordero de Dios que quitaría el pecado al entregarse a sí mismo. Al confesar ante Dios el pecado de su pueblo, Ezra parece haber mirado con fe hacia ese sacrificio.
Es probable que también recordara el mensaje que el ángel Gabriel le había dado a Daniel años antes, a la hora del sacrificio de la tarde, acerca del Mesías, el Príncipe (Daniel 9:21, 24). Tal vez eso ayudó a orientar su elección de ese momento. Sus acciones antes de orar también muestran una profunda humildad. Se levantó de su aflicción lo suficiente para elevar su corazón a Dios y aquietó su espíritu turbado para entrar en comunión con él.
Después se arrodilló, adoptando la postura de una persona arrepentida, que se humilla ante Dios, y de alguien que pide misericordia. Se presentó como representante del pueblo por el que intercedía; es decir, rogaba en su favor. También extendió las manos, mostrando tanto la profundidad de sus sentimientos como la sinceridad con que se ofrecía delante de Dios. Era como si esperara con confianza recibir una respuesta bondadosa del SEÑOR, su Dios poderoso y lleno de gracia.
En realidad, esto no era una oración en el sentido más limitado, porque Ezra no pidió nada. Sin embargo, si entendemos la oración de manera más amplia, fue la entrega a Dios de afectos santos y devotos. Esos sentimientos eran completamente sinceros y profundamente conmovedores. Las palabras de Ezra fueron una confesión penitencial del pecado; no de su pecado personal, sino del pecado de su pueblo. Habló movido por su preocupación por la honra de Dios y por el bien de Israel, y sus palabras ofrecen una imagen vívida del verdadero arrepentimiento.
Primero confesó el pecado mismo y luego insistió en su gravedad, para que tanto su propio corazón como el de quienes estaban con él experimentaran un dolor santo, vergüenza y temor. Aunque personalmente no era culpable de aquello, se incluyó entre los pecadores porque pertenecía a la misma comunidad: habló de «nuestros pecados» y «nuestra infidelidad». Tal vez incluso pensó en su propia falta por haberse quedado tanto tiempo en Babilonia junto con sus compatriotas, en vez de apartarse antes de los pueblos de aquellas tierras.
Cuando lamentamos la maldad de otros, también podemos descubrir que algo parecido existe en nosotros, aunque sea en menor medida. Al menos, Ezra expresó lo que era —o debió haber sido— la queja común de todos. Dijo que sus pecados se habían vuelto muy grandes: «Nuestras iniquidades han crecido hasta cubrirnos» (Esdras 9:6). Era como si se estuvieran ahogando en ellos. El pecado se había extendido, había cobrado fuerza y estaba lleno de peligro para ellos.
Su culpa había crecido tanto que llegaba hasta los cielos. Se había atrevido a desafiar al cielo y, como el pecado de Sodoma, clamaba por juicio. Sin embargo, esto también es un consuelo para quienes se arrepienten de verdad: aunque sus pecados lleguen hasta los cielos, la misericordia de Dios está en los cielos (Salmo 36:5). Donde el pecado se hace grande, la gracia puede hacerse aún mayor.
Su pecado también era antiguo y se había prolongado durante mucho tiempo: «Desde los días de nuestros antepasados hemos estado en una gran infidelidad» (Esdras 9:7). Ezra no consideraba que el ejemplo de sus antepasados fuera una excusa. Más bien, entendía que hacía más grave su culpa. Debieron haber aprendido a tener cuidado de los fracasos del pasado, no repetirlos. El pecado se vuelve aún más serio cuando echa raíces profundas y empieza a parecer normal.
Los severos juicios de Dios también hacían más grave su culpa. A causa de sus pecados, habían sido entregados a la espada y al cautiverio (Esdras 9:7), pero aun así no habían cambiado. Los habían abatido, pero no habían aprendido la lección. Como el grano que se tritura en un mortero, su necedad no se había apartado de ellos (Proverbios 27:22).
La misericordia reciente que habían recibido también hacía más grave su pecado. Ezra explica esto con más detalle en Esdras 9:8-9. Había pasado muy poco tiempo desde que recuperaron cierta libertad, y era poco probable que esa libertad durara mucho. El hecho de que acabaran de salir de una situación tan difícil hacía que su desobediencia fuera aún más sorprendente. Después de todo lo que habían sufrido, no tenían razón para sentirse seguros.
Ezra dice que aquella misericordia provenía de la gracia del SEÑOR. Los reyes de Persia fueron los instrumentos que Dios utilizó, pero Ezra atribuye el mérito a Dios y a su gracia gratuita, no a algo que el pueblo hubiera ganado. Dios no los había abandonado durante el exilio. Incluso en Babilonia habían tenido señales de su presencia. Eran un remanente sobreviviente, un pequeño grupo que había quedado de entre muchos, y habían escapado de sus enemigos gracias al favor de los reyes persas.
Sobre todo, Dios les había dado «un clavo en su lugar santo», es decir, un lugar seguro para adorarlo; Esdras 9:9 explica que esto se refería al establecimiento de la casa de Dios. El servicio del templo había quedado establecido de manera ordenada. Es un gran consuelo y una gran bendición contar con tiempos regulares para adorar a Dios. Felices son quienes habitan en la casa de Dios, como Ana, que no se apartaba del templo. El alma que ha recibido la gracia puede decir con toda verdad: «Este es mi descanso para siempre».
Estas misericordias les habían iluminado los ojos y reanimado el corazón. En otras palabras, les habían traído consuelo, especialmente porque habían llegado mientras el pueblo todavía estaba bajo opresión. Era como si la vida regresara después de la muerte. Aunque la restauración había sido pequeña, seguía siendo una gran bondad, porque no merecían nada de eso; incluso una pequeña muestra de misericordia era señal de que vendrían misericordias mayores.
En esencia, Ezra dice: «¡Qué ingratos somos al ofender a un Dios que ha sido tan bondadoso con nosotros! ¡Qué infidelidad es unir nuestro pecado al de las naciones de las que él nos liberó de manera tan maravillosa! ¡Qué necedad es ponernos bajo el desagrado de Dios justo después de recibir su favor, cuando estamos siendo puestos a prueba para ver si lo conservaremos!». El pecado era aún más grave porque quebrantaba un mandato expreso. Ezra dice: «Hemos desobedecido tus mandamientos» (Esdras 9:10).
Parece que durante mucho tiempo había existido entre los descendientes de Jacob, la nación de Israel, una norma familiar de no casarse con las familias de los incircuncisos, es decir, con quienes estaban fuera del pueblo del pacto de Dios (Génesis 34:14). Pero Dios también lo había prohibido claramente. Ezra repite el mandato en Esdras 9:11-12: «No den sus hijas a los hijos de ellos ni tomen las hijas de ellos para sus hijos». El pecado se ve especialmente pecaminoso cuando lo ponemos junto a la ley que quebranta. La razón de Dios era clara: si Israel se mezclaba con esas naciones, quedaría contaminado. La tierra era impura, mientras que Israel era un pueblo santo. Mantenerse separado protegería su honra, su seguridad y su prosperidad futura. Quebrantar un mandato tan claro, respaldado por razones tan importantes, era una ofensa profunda contra el Dios del cielo.
Ezra también reconoce que Dios ya los había castigado menos de lo que merecían. A sus ojos, todavía tenían una deuda pendiente por los pecados del pasado. Era como si dijera: «Dios ya nos ha tratado con bondad; entonces, ¿por qué empezar un nuevo registro de culpa?». En su gracia, Dios había dicho acerca del cautiverio de Sion: «Ella ha recibido de la mano del SEÑOR el doble por todos sus pecados» (Isaías 40:2). Pero Ezra, con un corazón profundamente arrepentido, sigue diciendo que incluso sus grandes sufrimientos habían sido menores de lo que su verdadera culpa merecía.
Al hacer esta confesión, Ezra muestra intensos sentimientos de arrepentimiento. Primero habla con profunda vergüenza. Comienza diciendo: «Dios mío, estoy avergonzado y confundido para levantar mi rostro hacia ti» (Esdras 9:6). El pecado es vergonzoso, y cuando nuestros primeros padres comieron del fruto prohibido, sintieron vergüenza de inmediato. La vergüenza santa es tan necesaria para el verdadero arrepentimiento como el dolor santo. Incluso debemos sentir vergüenza por los pecados de otros cuando ellos no se avergüenzan de sí mismos. Es correcto sentir vergüenza de pertenecer a un pueblo tan ingrato con Dios y tan necio para su propio bien. Esto forma parte de un examen sincero de uno mismo (2 Corintios 7:11).
Los pecadores arrepentidos nunca ven más razones para sonrojarse que cuando se presentan ante Dios. Una preocupación natural por nuestra propia honra puede hacernos sentir vergüenza de mirar a las personas después de haber hecho algo malo. Pero una preocupación mucho mayor por la honra de Dios debería hacernos sentir aún más avergonzados de presentarnos ante él. El recaudador de impuestos en el templo permaneció con la cabeza inclinada, como alguien avergonzado (Lucas 18:13). La manera en que Ezra habla también muestra la ayuda que recibimos al recordar que Dios es nuestro propio Dios. Él dice: «Dios mío», y vuelve a decir: «mi Dios». Pensar en nuestra relación de pacto con Dios puede humillarnos, quebrantar nuestro corazón por causa del pecado y, al mismo tiempo, darnos esperanza de perdón. Él sigue siendo «mi Dios» aun después de este pecado, y no todo fracaso dentro del pacto nos expulsa de él.
En segundo lugar, Esdras habla lleno de asombro. En Esdras 9:10 dice: «¿Qué podemos decir después de esto?». En otras palabras: «No sé qué decir, a menos que Dios mismo nos ayude». Ver nuestra culpa debería dejarnos asombrados, porque cuanto más pensamos en el pecado, peor se ve. También debería asombrarnos lo difícil de la situación. ¿Cómo podemos recuperarnos? ¿Cómo podemos hacer las paces con Dios?
El verdadero arrepentimiento deja a la persona sin palabras. ¿Diremos que no hemos pecado o que Dios no nos lo tomará en cuenta? Eso sería engañarnos a nosotros mismos. ¿Diremos: «Ten paciencia con nosotros, y te pagaremos todo», como si pudiéramos pagarle a Dios con miles de carneros o incluso con nuestros hijos primogénitos? Dios no puede ser objeto de burla de esa manera, porque sabe que no tenemos nada que ofrecer para saldar la deuda. ¿Diremos que no hay esperanza y dejaremos que suceda lo que tenga que suceder? Eso solo empeora las cosas. Los verdaderamente arrepentidos dejan de tratar de defenderse y, en cambio, le piden a Dios que les enseñe qué decir. Su oración llega a ser algo como: «He pecado. He actuado neciamente. Dios, ten misericordia de mí, que soy pecador» (Oseas 14:2).
En tercer lugar, en Esdras 9:13-14, Esdras habla lleno de temor. Dice que, después de todos los juicios que Dios había enviado para apartarlos del pecado y de todas las liberaciones que había obrado para hacerlos volver a él y al cumplimiento de su deber, sería desastroso que volvieran a quebrantar sus mandamientos. Si se unían en matrimonio con los hijos de la desobediencia y aprendían sus costumbres, ¿qué podían esperar sino la ira de Dios, hasta ser destruidos, sin dejar remanente ni escapatoria? No hay señal más clara ni más triste de una ruina inminente para ningún pueblo que volver a los mismos pecados después de haber recibido grandes juicios y grandes rescates. Quienes no cambian ni por la advertencia ni por la misericordia son como plata sin valor, rechazada porque el fuego del horno la ha probado en vano.
En cuarto lugar, Esdras habla plenamente convencido de la justicia de Dios y dispuesto a aceptar como justo su juicio. En Esdras 9:15 dice: «Tú eres justo». Dios es sabio, justo y bueno. No les hará ningún mal ni será severo sin causa. Por eso Esdras dice: «Estamos delante de ti y yacemos a tus pies, esperando tu juicio. No podemos presentarnos ante ti para defender nuestra propia justicia, porque no tenemos defensa alguna que ofrecer. Así que caemos delante de ti por nuestro pecado y nos encomendamos a tu misericordia. Haz con nosotros lo que te parezca bien» (Jueces 10:15). Ya no les queda nada que decir ni nada que hacer, excepto suplicarle a su Juez (Job 9:15). Esdras presenta su dolor delante de Dios y luego lo deja en sus manos.
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De este capítulo
Esdras 9:1
"Cuando terminaron estas cosas, los príncipes se acercaron a mí y dijeron: El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de los pueblos de las tierras, sino que practican sus abominaciones, las de los cananeos, los hititas, los ferezeos, los jebuseos, los amonitas, los moabitas, los egipcios y los amorreos."
Esdras 9:2
"Pues han tomado a algunas de sus hijas para sí mismos y para sus hijos, de modo que el linaje santo se ha mezclado con los pueblos de esas tierras. Sí, la mano de los príncipes y de los gobernantes ha sido la principal en esta transgresión."
Esdras 9:3
"Cuando oí esto, rasgué mi túnica y mi manto, me arranqué cabellos de la cabeza y de la barba, y me senté consternado."
Esdras 9:4
"Entonces se reunieron junto a mí todos los que temblaban ante las palabras del Dios de Israel, a causa de la transgresión de los que habían sido llevados cautivos; y permanecí sentado, consternado, hasta el sacrificio de la tarde."
Esdras 9:6
"y dije: Dios mío, estoy avergonzado y me sonrojo al levantar mi rostro hacia ti, Dios mío, porque nuestras iniquidades han aumentado hasta sobrepasar nuestra cabeza, y nuestra transgresión ha crecido hasta los cielos."
Esdras 9:7
"Desde los días de nuestros padres hasta hoy hemos vivido en gran transgresión; y por nuestras iniquidades, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a la espada, al cautiverio, al saqueo y a la vergüenza pública, como sucede hoy."
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