Versículo destacado
Daniel 9:20 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Mientras yo hablaba, oraba, confesaba mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y presentaba mi súplica ante el SEÑOR mi Dios a favor del monte santo de mi Dios; "
Daniel 9:20
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 Oh Dios mío, inclina tu oído y escucha; abre tus ojos y contempla nuestras desolaciones y la ciudad que lleva tu nombre, porque no presentamos nuestras súplicas ante ti por nuestras justicias, sino por tus grandes misericordias.
19 Oh Señor, escucha; oh Señor, perdona; oh Señor, atiende y actúa. No tardes, por causa de ti mismo, oh Dios mío, porque tu ciudad y tu pueblo llevan tu nombre.
20 Mientras yo hablaba, oraba, confesaba mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y presentaba mi súplica ante el SEÑOR mi Dios a favor del monte santo de mi Dios;
21 sí, mientras yo hablaba en oración, el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, habiendo sido hecho volar velozmente, me tocó cerca de la hora de la ofrenda de la tarde.
22 Él me instruyó, habló conmigo y dijo: Oh Daniel, ahora he venido para darte capacidad y entendimiento.
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Aquí encontramos la respuesta que llegó inmediatamente después de la oración de Daniel, y es extraordinaria. Incluye la predicción más clara de Cristo y de la gracia del evangelio en el Antiguo Testamento. Si Juan el Bautista fue la estrella de la mañana, esto fue la primera luz antes de que apareciera el Sol de justicia, el amanecer que viene de lo alto.
Este es el momento en que llegó la respuesta. Llegó mientras Daniel todavía estaba orando. Él lo notó y lo destacó con insistencia: «Mientras yo hablaba» (Daniel 9:20), e incluso «mientras yo hablaba en oración» (Daniel 9:21). Todavía no se había levantado de sus rodillas y aún tenía más que decir.
Daniel menciona las dos cosas principales por las que había estado orando, y quizá sobre las que todavía pensaba extenderse. Primero, estaba confesando el pecado y lamentándose por él, tanto por su propio pecado como por el pecado de su pueblo Israel. Daniel era un hombre grande y piadoso, pero aun así encontraba pecado en sí mismo para confesar delante de Dios, y estaba dispuesto a hacerlo. No hay ninguna persona justa en la tierra que haga el bien y nunca peque, ni que peque y nunca se arrepienta. Juan se incluye entre quienes se engañan a sí mismos si dicen que no tienen pecado, y por eso deben confesar sus pecados (1 Juan 1:8).
Las personas buenas encuentran alivio al derramar delante del Señor sus quejas contra sí mismas, y eso forma parte de confesar el pecado. Daniel también confesó los pecados de su pueblo y se afligió por ellos. Quienes realmente se preocupan por la gloria de Dios, el bien de la iglesia y la salvación de los demás lamentarán los pecados de otras personas, además de los propios.
Segundo, estaba pidiéndole ayuda al Señor su Dios y actuando como intercesor por Israel. En esta oración, su preocupación era el monte santo de Dios, el monte Sion. La ruina del santuario estaba más cerca de su corazón que la ruina de la ciudad o de la tierra. Le importaba más la restauración de la adoración y el regreso del servicio público de Israel a Dios que la recuperación civil de la nación.
Mientras Daniel oraba de esta manera, recibió la misericordia que estaba pidiendo. Dios está muy dispuesto a escuchar la oración y a dar una respuesta de paz. Esto cumplió lo que Dios había dicho en Isaías 65:24: «Antes que llamen, yo responderé». Daniel estaba orando con una intensidad cada vez mayor, con fuertes sentimientos y un profundo deseo (Daniel 9:18, 19). Mientras hablaba con esa urgencia, el ángel se acercó con una respuesta llena de gracia. Dios se complace en la oración sincera.
Ahora no podemos esperar que Dios envíe ángeles para responder nuestras oraciones, pero si oramos con fervor por lo que Dios ha prometido, podemos recibir su promesa por fe como una respuesta inmediata. Él es fiel, y ha prometido.
Daniel también recibió una visión de una liberación mucho más grande y gloriosa que Dios traería para su iglesia en tiempos posteriores. Quienes desean conocer a Cristo y su gracia deben dedicar mucho tiempo a la oración.
Esto ocurrió cerca de la hora de la ofrenda de la tarde (Daniel 9:21). El altar estaba en ruinas y no se ofrecía ninguna ofrenda sobre él. Aun así, parece que los judíos fieles en el exilio seguían teniendo presente cada día la hora en que esa ofrenda debía presentarse. A esa hora estaban dispuestos a llorar por ello y a orar para que su oración subiera delante de Dios como incienso, y para que la elevación de sus manos —y de su corazón junto con ellas— fuera aceptada como la ofrenda de la tarde (Salmo 141:2).
La ofrenda de la tarde señalaba de antemano el gran sacrificio que Cristo ofrecería al final de los tiempos. Fue por causa de ese sacrificio que la oración de Daniel fue aceptada cuando oró por amor del Señor. Por esa misma razón, se le dio este glorioso mensaje acerca del amor redentor. El Cordero abrió los sellos en virtud de su propia sangre.
El mensajero que trajo esta respuesta no fue enviado en un sueño ni mediante una voz del cielo. Para darle mayor certeza y solemnidad, se envió expresamente a un ángel, que apareció en forma humana para darle la respuesta a Daniel. Ese ángel era Gabriel. Si el arcángel Miguel es, como muchos piensan, nada menos que Jesucristo, entonces Gabriel es el único ángel creado mencionado por nombre en las Escrituras. Gabriel significa «el poderoso de Dios», un nombre apropiado para los ángeles, que son grandes en poder y fuerza (2 Pedro 2:11).
Daniel ya había visto a este mismo ángel en una visión anterior. En aquel momento oyó que lo llamaban por su nombre y lo conoció (Daniel 8:16). Aunque antes había temblado cuando el ángel se acercó, ahora lo había visto lo suficiente como para reconocerlo. Al estar un poco más familiarizado con él, esta vez no sintió tanto miedo. Cuando más adelante el ángel le dijo a Zacarías: «Yo soy Gabriel» (Lucas 1:19), probablemente quiso recordarle aquel mensaje anterior sobre la venida del Mesías, cuando todavía estaba lejana, para fortalecer su fe en el mensaje que estaba a punto de darle, ahora que esa venida se acercaba.
El ángel también vino por mandato directo del Padre de las luces, a quien Daniel estaba orando (Daniel 9:23). Desde el comienzo de la oración de Daniel, la palabra, el mandato, salió de Dios. En el cielo se les dio a los ángeles conocimiento de este propósito de Dios, que ellos anhelaban entender, y Gabriel recibió la orden de ir de inmediato y llevarle el mensaje a Daniel. Esto muestra que Daniel no movió a Dios por algo que hubiera dicho, pues la respuesta llegó apenas comenzó a orar. Más bien, Dios se agradó de su manera seria y reverente de acercarse a la oración, y mostró ese agrado enviándole este mensaje lleno de gracia.
También puede significar que al comienzo de la oración de Daniel salió el decreto de Ciro para restaurar y reconstruir Jerusalén, el decreto mencionado en Daniel 9:25. Si es así, el asunto quedó decidido ese mismo día. El decreto de libertad para los judíos fue firmado esa mañana, justo cuando Daniel estaba orando por ello. Ahora, al terminar aquel día de ayuno, Daniel recibió la noticia, así como al terminar el día de la expiación sonaba la trompeta del jubileo para anunciar libertad.
El ángel llegó rápidamente. «Voló con rapidez» (Daniel 9:21). Los ángeles son mensajeros alados, rápidos para hacer aquello que se les encomienda. Van y vuelven como relámpagos (Ezequiel 1:14). Sin embargo, parece que a veces son más rápidos que en otras ocasiones, y aquí se hizo que Gabriel volara con rapidez. Es decir, recibió la orden y la capacidad para hacerlo.
Los ángeles actúan en obediencia al mandato de Dios y dependen de su poder. Aunque son sabios, solo se mueven conforme a la dirección de Dios. Aunque son poderosos, vuelan únicamente cuando Dios hace que vuelen. Para nosotros, los ángeles son todo aquello que Dios determina que sean: sus siervos, que cumplen su voluntad (Salmo 103:21).
Primero, el ángel preparó a Daniel para el mensaje. Lo tocó (Daniel 9:21), como ya lo había hecho antes (Daniel 8:18), no para despertarlo del sueño esta vez, sino para indicarle que dejara de orar y escuchara la respuesta de Dios. Para mantener una comunión cercana con Dios, no solo debemos estar dispuestos a hablar con él, sino también a escuchar lo que nos dice. Después de orar, debemos levantar la mirada, esperar y permanecer atentos a su respuesta.
Luego el ángel habló con Daniel de una manera familiar (Daniel 9:22), como habla un amigo con otro, para que no se asustara. Le explicó por qué había venido. Había sido enviado expresamente desde el cielo con un mensaje bondadoso: «He venido para decirte lo que antes no sabías» (Daniel 9:23). Ya le había mostrado a Daniel las dificultades bajo Antíoco, el gobernante sirio, y el momento en que terminarían esas dificultades (Daniel 8:19). Pero ahora le traía cosas mayores, porque la fidelidad en lo poco conduce a que se confíen responsabilidades mayores.
También le dijo a Daniel que era especialmente amado por Dios. «He venido para mostrártelo, porque eres muy amado» significa que Daniel era un hombre favorecido por Dios y objeto de su deleite. Dios ama a todos sus hijos, pero a algunos se les describe como «muy amados» de una manera especial. Cristo tuvo un discípulo que se recostaba sobre su pecho, Juan, y ese mismo discípulo amado recibió las visiones del Nuevo Testamento, así como Daniel recibió las visiones del Antiguo. ¿Qué señal más grande del favor de Dios puede haber que compartir sus secretos con alguien? A Abraham se le llamó amigo de Dios, y por eso Dios dijo: «¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?» (Génesis 18:17). Pueden considerarse muy amados aquellos a quienes Dios enseña acerca de su Hijo y en quienes obra por su gracia. Algunos han notado que el ángel Gabriel usa una expresión muy semejante con la virgen María, «muy favorecida», como si quisiera recordarle el honor de Daniel.
Después, el ángel llamó a Daniel a prestar toda su atención: «Por tanto, entiende el asunto y considera la visión» (Daniel 9:23). Esto muestra que lo que estaba a punto de revelarse merecía una reflexión especial, incluso más que las visiones que Daniel había visto antes. Quienes desean entender las cosas de Dios deben pensar en ellas, examinarlas y compararlas con otras partes de las Escrituras. A menudo nos confundimos acerca de la voluntad revelada de Dios porque no nos detenemos a considerarla. Esta visión necesita y merece una reflexión cuidadosa.
El mensaje mismo fue transmitido con gran solemnidad y registrado con mucho cuidado, aunque, como sucede con otras profecías, contiene cosas difíciles de entender. Daniel había aprendido por medio de Jeremías que los setenta años de cautiverio estaban llegando a su fin, y ahora Dios lo honró mostrándole a la iglesia una liberación mayor, una a la que la liberación anterior solo apuntaba. Esta nueva liberación vendría después de otros setenta, no años, sino semanas de años. Daniel oró acerca de la profecía de Jeremías, y Dios le respondió por medio de esta revelación. Daniel había orado por su pueblo y por la ciudad santa, pidiendo que fueran liberados y reconstruidos, y Dios respondió mucho más allá de lo que él podía pedir o imaginar. Dios no solo concede las peticiones de quienes le temen; las supera (Salmo 21:4).
El tiempo del que se habla aquí es difícil de determinar, pero su significado general es claro. Son setenta semanas, es decir, setenta grupos de siete años, o 490 años. Los grandes acontecimientos que aún tendrían lugar para el pueblo de Israel y la ciudad de Jerusalén ocurrirían dentro de ese período. Los años se describen como semanas por varias razones. Primero, esto corresponde al estilo de la profecía, que con frecuencia habla de manera velada y poco común para que el futuro no quede completamente expuesto de inmediato. Segundo, honra la división del tiempo en semanas, que proviene del día de reposo, y muestra que este orden del tiempo continuaría. Tercero, relaciona estas semanas con los setenta años de cautiverio. Así como habían sido privados de su tierra durante tanto tiempo, después de regresar permanecerían en ella siete veces ese período. Dios se complace mucho más en mostrar misericordia que en castigar. La tierra había disfrutado sus días de reposo, en un sentido triste, durante setenta años (Levítico 26:34). Ahora el pueblo del Señor disfrutaría sus días de reposo, en un sentido gozoso, durante siete veces setenta años, incluyendo setenta años sabáticos, lo que equivale a diez jubileos. De esta manera, la providencia muestra patrones sabios que deberían llevarnos a admirar a Aquel que establece los tiempos y las estaciones.
Una dificultad está en determinar cuándo comienzan estas setenta semanas y desde qué momento deben contarse. El texto dice que comienzan «desde que se dé la orden de restaurar y reconstruir Jerusalén» (Daniel 9:25). La interpretación más natural es que se trata del decreto de Ciro mencionado en Esdras 1:1, porque por medio de ese decreto el pueblo fue restaurado. Aunque el decreto no especifica con esas palabras la reconstrucción de Jerusalén, la reconstrucción del templo la incluye, e Isaías había profetizado que Ciro diría acerca de Jerusalén: «Será reconstruida» (Isaías 44:28). Ese fue el decreto más notable, tanto en la profecía como en la historia, para la restauración de Jerusalén. También parece apropiado que las setenta semanas comenzaran justo cuando terminaron los setenta años.
La principal objeción a esta interpretación es que, si el conteo comienza con el decreto de Ciro, el imperio persa habría durado solo 130 años desde la caída de Babilonia hasta la victoria de Alejandro sobre Darío. Sin embargo, otros relatos históricos le atribuyen unos 230 años. A menudo se cita a escritores como Tucídides y Jenofonte para respaldar este cálculo más largo. Quienes comienzan las setenta semanas con el primer decreto de Ciro consideran inciertos los testimonios de esos historiadores paganos. Otros intentan armonizar los relatos comenzando los 490 años no con el decreto de Ciro en Esdras 1:1, sino con un decreto posterior emitido bajo Darío Noto, más de cien años después, mencionado en Esdras 6. Otros sitúan el punto de partida en el séptimo año de Artajerjes Mnemón, quien envió a Esdras con autoridad (Esdras 7:8-12).
Poole, en su *Synopsis* en latín, reunió una colección muy extensa y cuidadosa de los argumentos a favor y en contra de los distintos puntos de partida de estas semanas. Los lectores estudiosos pueden examinar por sí mismos esos argumentos. En cuanto al final de las semanas, los intérpretes también difieren. Algunos dicen que terminan con la muerte de Cristo y consideran que el lenguaje de la profecía respalda esa interpretación. Desde la hora exacta en que Gabriel habló con Daniel, a la hora del sacrificio vespertino, hasta la hora en que murió Cristo, también hacia el atardecer, transcurrieron exactamente 490 años. Estoy dispuesto a aceptar esa interpretación.
Otros creen que las palabras «a la mitad de la semana», es decir, de la última de las setenta semanas, señalan el fin del sacrificio y de las ofrendas tres años y medio después de la muerte de Cristo. Según esa interpretación, cuando los judíos rechazaron el evangelio, los apóstoles se volvieron a los gentiles. Quienes sitúan el final en la muerte de Cristo entienden el pasaje de esta manera: «Él confirmará el pacto con muchos, y los últimos siete años, o la última semana —sí, la mitad de esos siete años, es decir, la segunda mitad, los tres años y medio del ministerio público de Cristo— harán que cesen el sacrificio y la ofrenda». Otros sitúan el final de estos 490 años en la destrucción de Jerusalén, unos treinta y siete años después de la muerte de Cristo. Lo hacen porque se dice que las setenta semanas están determinadas para el pueblo judío y la ciudad santa, y porque gran parte del pasaje se refiere a la destrucción de la ciudad y del santuario.
La división en siete semanas, sesenta y dos semanas y una semana también es difícil de explicar. Durante las primeras siete semanas, o cuarenta y nueve años, fueron reconstruidos el templo y la ciudad. En la última semana, Cristo predicó el evangelio, y por medio de él el sistema judío llegó a su fin. Al mismo tiempo, se colocaron los cimientos de la ciudad y el templo del evangelio, que serían edificados sobre las ruinas de los anteriores.
Cualquiera que sea la incertidumbre que tengamos acerca de las fechas exactas, queda suficiente claridad para cumplir los dos propósitos principales de establecerlas. Primero, esta profecía ayudó a despertar y fortalecer la fe y la esperanza de los creyentes. Los patriarcas habían recibido promesas generales acerca de la venida del Mesías, y los profetas anteriores habían hablado de él con frecuencia como Aquel que vendría. Pero hasta ese momento no se había fijado ningún período para su venida. Aunque por medio de esta profecía no pudiera determinarse el año exacto, aun así daba a los creyentes una época clara en la que debían esperarlo. Y eso fue lo que sucedió. Cuando Cristo vino, muchos lo esperaban como el consuelo de Israel y como Aquel que traería redención a Jerusalén (Lucas 2:25, Lucas 2:38). Algunos pensaban que esa era la razón por la que el reino de Dios aparecería de inmediato (Lucas 19:11), y algunos creen que también eso atrajo a una multitud fuera de lo común a Jerusalén (Hechos 2:5).
Segundo, esta profecía todavía deja sin respuesta a los judíos incrédulos que se niegan a reconocer que Jesús es el Prometido y siguen esperando a otro. Esta predicción debería hacerlos callar y condenar su incredulidad, porque, sin importar desde dónde se comiencen a contar las setenta semanas, estas terminaron hace más de 1,500 años. Por lo tanto, los judíos no tienen excusa para negarse a confesar que el Mesías ya vino, pues han quedado muy lejos del último momento en que razonablemente podían esperarlo. Al mismo tiempo, nuestra fe se fortalece al saber que el Mesías ha venido y que él es nuestro Jesús. Vino exactamente en el tiempo señalado, un tiempo que debe recordarse para siempre.
Los acontecimientos anunciados aquí son, al menos para nosotros ahora, más fáciles de entender. Observemos lo que se predice. Primero, los judíos regresarían pronto a su propia tierra y volverían a establecerse allí, que era la principal preocupación de Daniel en su oración. Sin embargo, esto solo se menciona brevemente en la respuesta. Que esto sea un consuelo para los judíos fieles: saldría una orden para restaurar y reconstruir Jerusalén (Daniel 9:25). Esa orden no fracasaría. La obra enfrentaría una gran oposición y los tiempos serían muy difíciles, pero finalmente se llevaría a cabo y se terminaría. La ciudad sería reconstruida, amplia y gloriosa como antes, y sus muros serían levantados aun en tiempos difíciles.
Mientras vivamos en este mundo, debemos esperar tiempos difíciles de una forma u otra. Incluso en las temporadas felices, debemos alegrarnos con cautela. La paz y la prosperidad son solo claros breves en el cielo, y las nubes regresan después de la lluvia. Así que, aun cuando los judíos fueran restaurados triunfalmente en su tierra, debían seguir esperando dificultades y prepararse para ellas. Sin embargo, aquí tenemos nuestro consuelo: Dios continuará su propia obra. Edificará su Jerusalén, la embellecerá y la fortalecerá, aun en tiempos difíciles. De hecho, por la gracia de Dios, las dificultades mismas pueden ayudar a la iglesia a crecer. Cuanto más sea afligida, más se multiplicará.
Segundo, el pasaje habla del Mesías y de su obra. Los judíos de mentalidad terrenal esperaban a un Mesías que los liberara de Roma y les diera dinero y poder. Pero aquí se les dijo que el Mesías vendría con un propósito diferente, uno completamente espiritual, y por esa razón debía ser recibido con mayor alegría. Cristo vino para quitar el pecado y destruirlo. El pecado había provocado el conflicto entre Dios y la humanidad. Había alejado a las personas de Dios y había despertado contra ellas la justa ira de Dios. Había deshonrado a Dios y había traído sufrimiento a la humanidad. Era la gran fuente del mal. Todo aquel que quisiera servir verdaderamente a Dios y bendecir a los demás tendría que enfrentarse al pecado. Cristo hace esto, y por esta razón se manifestó: para destruir las obras del diablo.
Él no dice que acabará con «tus» transgresiones y pecados, sino con la transgresión y el pecado en general, porque es el sacrificio expiatorio; es decir, aquel que aparta la ira de Dios, no solo por los pecados de los judíos, sino por los pecados de todo el mundo. Vino, en primer lugar, a poner fin a la transgresión, es decir, a restringirla, como algunos lo explican; a quebrantar su poder, aplastar la cabeza de aquella serpiente que había causado tanto daño, quitarle el dominio usurpado a ese tirano y establecer en el corazón humano un reino de santidad y amor en lugar del reino de Satanás. Allí donde habían reinado el pecado y la muerte, reinarían la justicia y la vida por medio de la gracia. Cuando murió, dijo: «Todo está cumplido». Entonces el pecado había recibido una herida mortal, como el golpe final de Sansón: «¡Que muera yo con los filisteos!». Él asesta el golpe y muere.
En segundo lugar, vino a poner fin al pecado. Lo aboliría para que ya no pudiera levantarse contra nosotros en el juicio. Obtendría el perdón del pecado para que no llegara a convertirse en nuestra ruina. La nota al margen dice «sellar los pecados», lo que significa ocultarlos para que no puedan aparecer, acusarnos ni condenarnos. Cuando Cristo arrojó al diablo al abismo, puso un sello sobre él (Apocalipsis 20:3). Del mismo modo, cuando el pecado es perdonado, se busca y no se encuentra, como algo que ha sido sellado.
En tercer lugar, vino a hacer expiación por la iniquidad, es decir, por el pecado y la culpa. Lo hizo mediante el sacrificio, satisfaciendo la justicia de Dios y reconciliando a Dios con la humanidad. Es más que un mediador que ayuda a dos partes a llegar a un acuerdo. También es un fiador, alguien que asume nuestra responsabilidad. No solo es el que hace la paz; él mismo es nuestra paz. Él es la expiación, aquel por medio de quien los pecados son cubiertos y perdonados.
También vino a traer una justicia eterna. Dios podría haber puesto fin al pecado acabando con el pecador, pero Cristo encontró otra manera. Puso fin al pecado de una forma que salva al pecador, al proveerle justicia. Todos somos culpables ante Dios, y sin justicia seremos condenados. Si Adán hubiera conservado su inocencia, esa habría sido su justicia. Pero como hemos caído, necesitamos otra justicia para poder presentarnos ante Dios, y Cristo la ha provisto.
El mérito del sacrificio de Cristo es nuestra justicia. Por medio de él respondemos a cada exigencia de la ley de Dios. Cristo murió, sí, pero más aún, resucitó. Por eso Cristo es el Señor, nuestra justicia, porque Dios lo hizo nuestra justicia para que en él llegáramos a ser la justicia de Dios. Por la fe nos apropiamos de esta justicia y la presentamos ante Dios, y la fe se nos cuenta como justicia (Romanos 4:3, Romanos 4:5). Esta justicia es eterna porque Cristo, que es nuestra justicia y el Príncipe de paz, es el Padre eterno. Fue eterna en el plan de Dios y permanecerá para siempre en sus resultados. Su eficacia se remonta hasta el principio, porque Cristo es el Cordero sacrificado desde la creación del mundo. Permanecerá hasta el fin, porque él puede salvar por completo (Hebreos 10:12). Es la roca que nos acompaña hasta Canaán.
También vino a sellar la visión y la profecía, es decir, todas las profecías del Antiguo Testamento que señalaban al Mesías. Las selló al cumplirlas, respondiendo a ellas con exactitud, hasta en el más mínimo detalle. Todo lo que estaba escrito en la ley, los profetas y los salmos acerca del Mesías se cumplió en él. Esto confirmó la verdad de aquellas profecías y también confirmó su propia misión. Las selló también en otro sentido: puso fin a aquella forma anterior en que Dios revelaba su voluntad por medio de visiones. Después abrió una nueva forma al completar el canon bíblico en el Nuevo Testamento, que es una palabra profética más segura que las visiones (2 Pedro 1:19; Hebreos 1:1).
También vino a ungir al Santísimo. Esto puede referirse a él mismo, el Santo, que fue ungido; es decir, designado y capacitado para su obra por el Espíritu Santo, el aceite de alegría que recibió sin medida, por encima de todos los demás. O puede referirse a la iglesia del evangelio, su templo espiritual, que él unge para santificarla, limpiarla y apartarla para sí (Efesios 5:26). También puede significar que consagra para nosotros un camino nuevo y vivo hacia el Lugar Santísimo, por medio de su propia sangre (Hebreos 10:20), así como el santuario era ungido (Éxodo 30:25). En Daniel 9:25-26 se le llama Mesías, que significa Cristo o Ungido (Juan 1:41), porque recibió esta unción para sí mismo y para todos los que le pertenecen.
Para llevar a cabo todo esto, el Mesías tenía que ser «cortado». Tenía que morir de una manera violenta y ser apartado de la tierra de los vivientes, como lo había anunciado Isaías (Isaías 53:8). Por eso, cuando Pablo predicaba la muerte de Cristo, decía que no enseñaba nada fuera de lo que los profetas habían anunciado que sucedería (Hechos 26:22-23). Cristo tenía que sufrir. Fue cortado, pero no por sí mismo. No murió por ningún pecado suyo. Como profetizó Caifás, murió por el pueblo, en nuestro lugar y para nuestro bien, no para su propio beneficio, pues la gloria que recibió era la gloria que ya tenía con el Padre (Juan 17:4-5). Murió para hacer expiación por nuestros pecados y comprarnos la vida.
También tenía que confirmar el pacto con muchos. Establecería un nuevo pacto entre Dios y la humanidad, un pacto de gracia, porque ya no era posible que fuéramos salvos por un pacto de inocencia. Confirmó este pacto mediante su enseñanza y sus milagros, mediante su muerte y resurrección, y mediante el bautismo y la Cena del Señor, que son las señales del Nuevo Testamento y nos aseguran que Dios está dispuesto a recibirnos conforme a las condiciones del evangelio. Su muerte dio plena validez a su testamento e hizo posible que recibiéramos lo que nos dejó. Lo confirmó con muchos, con la gente común, porque los pobres escuchaban el evangelio, aun cuando los gobernantes y los fariseos se negaban a creer. O puede significar que lo confirmó con muchos de entre los gentiles, ya que el Nuevo Testamento no estaba limitado a la iglesia judía como lo había estado el antiguo, sino que fue dado a todas las naciones. Cristo dio su vida como rescate por muchos.
También debía hacer que cesaran el sacrificio y la ofrenda. Al ofrecerse a sí mismo una vez y para siempre, puso fin a los sacrificios levíticos, es decir, a los sacrificios relacionados con la ley de Moisés. Los reemplazó y los dejó a un lado. Cuando llegó la realidad verdadera, las sombras tuvieron que desaparecer. Puso fin a las ofrendas de paz al hacer la paz por medio de la sangre de su cruz y confirmar el pacto de paz y reconciliación. Por medio de la predicación del evangelio, que les dio a los apóstoles, apartó a la gente de esperar el perdón mediante la sangre de toros y machos cabríos, y así hizo que cesaran el sacrificio y la ofrenda. La carta a los Hebreos muestra que ahora tenemos un sacerdocio, un altar y un sacrificio mejores que los que proporcionaba la ley, y esto debe fortalecernos para mantenernos firmes en la fe.
Esto también conduce a la destrucción final de Jerusalén, de la iglesia judía y de la nación judía. Esa destrucción ocurrió poco después de que el Mesías fuera cortado, en parte porque fue el castigo justo para quienes le dieron muerte. Su pecado colmó la medida de su culpa y trajo ruina sobre ellos. También era necesario para completar un gran propósito de su muerte. Murió para quitar la ley ceremonial, abolir todo aquel sistema de mandamientos y cancelar su poder obligatorio.
Pero los judíos no quisieron abandonarlo. Se aferraron a él con más fuerza que antes y no quisieron escuchar nada más. Apedrearon a Esteban, el primer mártir cristiano, porque él dijo que Jesús cambiaría las costumbres que Moisés les había dado (Hechos 6:14). Por eso no había otra manera de abolir el sistema mosaico que destruyendo el templo, la ciudad santa, el sacerdocio levítico y toda la nación que estaba tan obstinadamente aferrada a ellos. Todo esto se cumplió en menos de cuarenta años después de la muerte de Cristo, y la desolación nunca ha sido reparada hasta el día de hoy.
Esto es lo que aquí se anunció de una manera más completa: los judíos que habían regresado del cautiverio no debían enorgullecerse demasiado de reconstruir su ciudad y su templo. Por grande que pareciera aquella obra, no duraría para siempre. Con el tiempo, la ciudad sería destruida por completo, y no solo durante setenta años, como había ocurrido antes. Más bien debían alegrarse con la esperanza de la venida del Mesías, el Salvador prometido, y del establecimiento de su reino espiritual en el mundo, un reino que nunca sería destruido.
La profecía dice que el pueblo del príncipe que habría de venir sería el instrumento de esta destrucción. Es decir, lo harían los ejércitos romanos, que formaban parte de un reino que todavía estaba por surgir. Cristo es el príncipe que habría de venir, y esos ejércitos fueron usados a su servicio, como sus ejércitos (Mateo 22:7). O puede significar que los gentiles, que en ese momento estaban fuera del pacto pero llegarían a ser el pueblo del Mesías, destruirían a los judíos.
Esto también sucedería mediante la guerra, y el final de esa guerra sería una ruina completa. Las guerras de los judíos contra Roma se prolongaron y fueron muy sangrientas debido a la obstinación del pueblo judío, y finalmente terminaron en la destrucción total de esa nación.
La ciudad y el santuario serían destruidos de una manera particular. Tito, el general romano, quería salvar el templo, pero sus soldados estaban tan enfurecidos con los judíos que no pudo impedir que lo incendiaran. De esta manera se cumplió la profecía.
Toda resistencia contra esa destrucción fracasaría. La expresión «el fin será con una inundación» significa que sería como una gran inundación de ruina, semejante a la manera en que el mundo antiguo fue arrasado, sin que nada pudiera resistirla.
Esta destrucción también pondría fin al sacrificio y a la ofrenda. Eso tendría que suceder cuando la familia sacerdotal quedara tan devastada y sus registros familiares estuvieran tan desordenados que, como suele decirse, nadie en el mundo pudiera demostrar que pertenecía al linaje de Aarón. Aarón fue el primer sumo sacerdote, y sus descendientes servían en el templo.
También habría una propagación de abominaciones, es decir, una expansión de la maldad y de cosas detestables. Esto puede referirse a la corrupción general de la nación judía, en la que el pecado aumentaría y por causa de la cual quedarían desolados (1 Tesalonicenses 2:16). O quizá se refiera mejor a los ejércitos romanos, que eran detestables para los judíos y se extenderían por la tierra, dejándola desolada. Estas son las palabras a las que Cristo se refiere en Mateo 24:15 cuando habla de «la abominación de la desolación» en el lugar santo. Él lo explica en Lucas 21:20 al decir que, cuando Jerusalén estuviera rodeada de ejércitos, deberían huir.
La desolación sería total y definitiva. La expresión «la dejará desolada hasta el fin» significa que la convertiría completamente en un lugar desolado. Sería una destrucción firmemente determinada y se llevaría a cabo por completo. Y cuando llegara esa desolación, parece que se habría dispuesto algo más para el pueblo desolado en Daniel 9:27. ¿Qué podría ser sino el espíritu de sueño y embotamiento, esa ceguera que ha venido sobre Israel hasta que entre la totalidad de los gentiles (Romanos 11:8, 25)? Entonces todo Israel será salvo.
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De este capítulo
Daniel 9:1
"En el primer año de Darío hijo de Asuero, del linaje de los medos, quien fue constituido rey sobre el reino de los caldeos;"
Daniel 9:2
"en el primer año de su reinado, yo, Daniel, entendí por los libros el número de los años acerca de los cuales vino la palabra del SEÑOR al profeta Jeremías: que cumpliría setenta años en las desolaciones de Jerusalén."
Daniel 9:3
"Entonces dirigí mi rostro al Señor Dios para buscarlo mediante oración y súplicas, con ayuno, tela de saco y ceniza."
Daniel 9:4
"Oré al SEÑOR mi Dios, confesé y dije: Oh Señor, Dios grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia con quienes lo aman y guardan sus mandamientos;"
Daniel 9:5
"hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos actuado perversamente y nos hemos rebelado, apartándonos de tus preceptos y de tus juicios."
Daniel 9:6
"Tampoco hemos escuchado a tus siervos los profetas, quienes hablaron en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra."
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