Versículo destacado
Jeremías 7:29 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Córtate el cabello, Jerusalén, y arrójalo; eleva una lamentación sobre las alturas, porque el SEÑOR ha rechazado y abandonado a la generación de su ira. "
Jeremías 7:29
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
27 Por tanto, tú les dirás todas estas palabras, pero ellos no te escucharán; también los llamarás, pero no te responderán.
28 Pero tú les dirás: Esta es una nación que no obedece la voz del SEÑOR su Dios ni acepta corrección; la verdad ha perecido y ha sido cortada de su boca.
29 Córtate el cabello, Jerusalén, y arrójalo; eleva una lamentación sobre las alturas, porque el SEÑOR ha rechazado y abandonado a la generación de su ira.
30 Porque los hijos de Judá han hecho lo malo ante mis ojos, dice el SEÑOR; han puesto sus abominaciones en la casa que es llamada por mi nombre, para contaminarla.
31 También han construido los lugares altos de Tófet, que está en el valle del hijo de Hinom, para quemar en el fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que yo no les mandé ni vino a mi corazón.
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Aquí hay un llamado firme a llorar y lamentarse. Jerusalén, que alguna vez fue una ciudad alegre y la alegría de toda la tierra, ahora debe levantar un clamor en los lugares altos (Jeremías 7:29). Esos eran precisamente los lugares donde había servido a sus ídolos; por eso, allí mismo debe lamentar su desgracia. Como señal de dolor y vergüenza, Jerusalén debe cortarse el cabello y arrojarlo. Este lenguaje alude al cabello de los nazareos, personas apartadas para Dios, cuyo cabello era una señal de su dedicación, casi como una corona.
Jerusalén había sido como una ciudad apartada para Dios, pero ahora debe cortarse el cabello y ser humillada. Debe ser tratada como impura y separada de Dios, así como antes había sido apartada para él. Cuando las personas pierden la santidad, también pierden el derecho de alegrarse como antes.
La causa de este lamento es muy clara. El pecado de Jerusalén era especialmente malo ante los ojos de Dios, y nada lo hacía más grave que la adoración de ídolos (Jeremías 7:30). Los hijos de Judá, el pueblo del pacto de Dios que procedía de Judá, hicieron lo malo justo delante de él, en su misma presencia. Lo ofendieron abiertamente, cara a cara, y eso hacía que su pecado fuera mucho más serio. Hicieron lo que sabían que era malo y profundamente detestable para Dios. Ante sus ojos, la idolatría sobresalía por encima de los demás pecados.
Dos cosas hacían que su idolatría fuera especialmente provocadora. Primero, actuaron con atrevimiento y desafío contra Dios. Pusieron sus ídolos detestables, junto con los altares construidos para ellos, en la casa llamada por el nombre de Dios, en los atrios del templo, para profanarla. Manasés, un rey de Judá, ya había hecho algo semejante (2 Reyes 21:7; 2 Reyes 23:12). Era como si pensaran que Dios lo pasaría por alto, o como si pudieran unir a Dios con Baal. Pero si el pecado ocupa el primer lugar en el corazón, ese corazón se convierte en un templo contaminado. Dios se ofende especialmente cuando los ídolos se levantan en el corazón mismo (Ezequiel 14:4).
Segundo, fueron crueles hasta lo inimaginable con sus propios hijos (Jeremías 7:31). Construyeron los lugares altos de Tófet, donde se levantaba la imagen de Moloc, en el valle de Ben Hinón, cerca de Jerusalén. Allí quemaban a sus hijos y a sus hijas en el fuego, matándolos de la manera más brutal para honrar o apaciguar a dioses falsos que en realidad eran demonios, no dioses. Esto muestra el poder terrible de Satanás en quienes desobedecen a Dios y demuestra hasta qué punto puede corromperse la naturaleza humana. Es espantoso que las personas pudieran llegar a estar tan insensibles como para quemar a sus propios hijos inocentes y pensar que eso era correcto, e incluso agradable para Dios o para sus ídolos.
Este juicio era ciertamente justo. Habían cambiado la gloria de Dios por la imagen de un animal, y Dios los entregó a deseos perversos que los hicieron peores que las bestias. Dios dice que él no les había ordenado hacer eso, y que ni siquiera se le había ocurrido. Esto no significa que no hubiera prohibido la adoración de Moloc, pues la había prohibido claramente. Significa que nunca les había exigido a sus adoradores llegar a tales extremos ni violar el amor natural que sienten por sus hijos para servirle. Nunca se le ocurrió recibir niños como sacrificios. Sin embargo, ellos habían abandonado la adoración de Dios para seguir dioses que, al exigir semejantes cosas, demostraban ser enemigos de la humanidad.
La destrucción de Jerusalén fue tan terrible como grande había sido su pecado. El Señor había rechazado y abandonado a la generación que se había convertido en la generación de su ira (Jeremías 7:29). El pecado puede convertir a quienes alguna vez fueron la generación del amor de Dios en la generación de su enojo. Dios rechazará y abandonará a quienes se hacen merecedores de la destrucción. Renunciará a reconocerlos como suyos y les dirá: «No los conozco». También los dejará bajo el terror de su propia culpa.
La muerte triunfaría sobre ellos (Jeremías 7:32-33). El pecado gobierna hasta la muerte, porque la muerte es su salario y su resultado final. Tófet, el valle junto a Jerusalén, sería llamado el valle de la Matanza, porque allí morirían muchos. Algunos morirían al intentar escapar de la ciudad y caer en manos del enemigo. Otros serían llevados allí para ser enterrados, porque ya no quedarían otros lugares para sepultarlos. Esto muestra cuántos morirían por la espada, las enfermedades y el hambre. La muerte avanzaría con poder y en una manifestación aterradora.
El valle de Tófet había sido un lugar al que la gente de Jerusalén acudía para caminar y tomar aire. Ahora ya no podría usarse para eso, porque estaría lleno de sepulcros. Nadie podría caminar allí sin arriesgarse a quedar ceremonialmente impuro por tocar una tumba. También era el lugar donde habían sacrificado a algunos de sus hijos y entregado a otros a Moloc; allí mismo caerían ahora como víctimas de la justicia de Dios. Tófet había sido usado anteriormente como lugar para enterrar, o quemar, los cuerpos muertos del ejército asirio cuando un ángel lo derrotó, como Isaías había anunciado mucho tiempo antes (Isaías 30:33). Habían olvidado aquella misericordia y habían convertido el lugar en un sitio de pecado; por eso Dios lo convertiría en su propio cementerio.
En el Nuevo Testamento, el infierno es llamado Gehena, un nombre que significa el valle de Hinón, porque ese valle había quedado relacionado tanto con los asirios enterrados allí como con Judá en su rebelión. En ese sentido, el infierno es el lugar después de la muerte tanto para los incrédulos como para los hipócritas, tanto para los enemigos declarados de la iglesia de Dios como para sus falsos amigos. Es el lugar donde se reúnen los muertos, preparado para la generación de la ira de Dios. La matanza sería tan grande que ni siquiera el amplio valle de Tófet podría contener a todos los muertos. Al final, no quedarían suficientes personas vivas para enterrarlos, y sus cuerpos se convertirían en alimento para las aves y los animales salvajes. Nadie se atrevería a espantarlos, como Rizpa lo hizo con los cuerpos de los hijos de Saúl (2 Samuel 21:10).
Así, la Ley y los Profetas están de acuerdo, y el juicio corresponde a ambos. Darles un entierro digno a los muertos es un acto de bondad humana, porque reconoce que el cuerpo alguna vez fue la morada de un alma racional.
También hay aquí una verdad profunda acerca del juicio, basada en lo que será el cuerpo muerto en la resurrección. La falta de sepultura a veces ha mostrado la furia de los seres humanos contra los testigos de Dios (Apocalipsis 11:9). Aquí se anuncia como una señal de la ira de Dios contra sus enemigos, y sugiere que el mal sigue las huellas de los pecadores aun después de la muerte.
La alegría también desaparecería de ellos (Jeremías 7:34). Entonces Dios dice: «Haré cesar el sonido de la alegría». Ya los había llamado, por medio de sus profetas y de juicios menores, a llorar y lamentarse. Pero se habían rebelado contra él y solo querían escuchar acerca de alegría y felicidad (Isaías 22:12-13). ¿Qué resultó de eso? Ahora Dios los llamaba al lamento (Jeremías 7:29), y hacía que ese llamado se cumpliera, dejándolos sin razón ni deseo de alegrarse.
Los que no quieren llorar, llorarán. A quienes la gracia de Dios no cura de los placeres vacíos, su justicia les quitará todo placer. Cuando Dios juzga, prevalece. Aquí amenaza con quitarles todo lo que podía producir alegría. Ya no habría felicidad en las bodas ni motivo de celebración, porque no habría matrimonios. Desaparecerían las comodidades de la vida y se abandonaría todo esfuerzo por conservar la vida humana sobre la tierra. No se oiría la voz del novio ni de la novia, ni música ni cantos de boda.
Tampoco habría alegría por la cosecha, porque la tierra quedaría vacía, sin cultivar y arruinada. Tanto las ciudades de Judá como las calles de Jerusalén presentarían ese aspecto desolador. Cuando las personas miran a su alrededor y no encuentran ninguna razón para alegrarse, no es extraño que se encierren en sí mismas y pierdan todo ánimo para la alegría. Dios puede arruinar rápidamente la felicidad de los más alegres y hacer que se acabe. Por eso siempre debemos alegrarnos con reverencia, manteniendo a la vez el gozo y la sabiduría.
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De este capítulo
Jeremías 7:1
"La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 7:2
"Ponte a la puerta de la casa del SEÑOR, proclama allí esta palabra y di: Escuchen la palabra del SEÑOR, todos ustedes, los de Judá, que entran por estas puertas para adorar al SEÑOR."
Jeremías 7:3
"Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Corrijan sus caminos y sus acciones, y haré que habiten en este lugar."
Jeremías 7:4
"No confíen en palabras mentirosas, diciendo: El templo del SEÑOR, el templo del SEÑOR, el templo del SEÑOR son estos."
Jeremías 7:5
"Porque, si corrigen por completo sus caminos y sus acciones, si verdaderamente hacen justicia entre un hombre y su prójimo;"
Jeremías 7:6
"si no oprimen al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni derraman sangre inocente en este lugar, ni siguen a otros dioses para su propio mal,"
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