Versículo destacado
Jeremías 6:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, escuchen, naciones; y tú, congregación, conoce lo que hay entre ellos. "
Jeremías 6:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Así dice el Señor: «Párense en los caminos y miren; pregunten por las sendas antiguas, dónde está el buen camino, y anden por él. Así hallarán descanso para sus almas». Pero ellos dijeron: «No andaremos por él».
17 También puse vigilantes sobre ustedes, diciendo: «Escuchen el sonido de la trompeta». Pero ellos dijeron: «No escucharemos».
18 Por tanto, escuchen, naciones; y tú, congregación, conoce lo que hay entre ellos.
19 Escucha, tierra: traeré el mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos, porque no han escuchado mis palabras ni mi ley, sino que la rechazaron.
20 ¿Para qué me viene incienso de Saba y caña aromática de una tierra lejana? Sus holocaustos no son aceptables ni sus sacrificios me son dulces.
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Aquí Dios llama a las naciones vecinas —sí, a todo el mundo— para que juzguen si sus acciones contra Judá y Jerusalén son justas (Jeremías 6:18-19). Dice: «Escuchen, naciones», e incluso convoca a la «asamblea de las naciones», es decir, a los grandes hombres que observan los asuntos de los pueblos. Ellos pueden ver lo que está sucediendo con Judá y Jerusalén, y podrían preguntarse por qué Dios traería una calamidad sobre un pueblo unido a él por el pacto, un pueblo que tenía su adoración y disfrutaba de su favor. Podrían preguntar, como en (Deuteronomio 29:24), por qué el Señor ha hecho esto con la tierra.
La respuesta es clara. Su ruina surgió de sus propios planes, del fruto de sus propios pensamientos. Pensaban que las alianzas con naciones extranjeras los harían fuertes, pero esos mismos planes los debilitaron y los dejaron expuestos. Su castigo también fue el resultado justo de su rebelión. Dios simplemente estaba cumpliendo la maldición prometida en su ley, porque ellos no quisieron escuchar sus palabras ni su ley. Rechazaron todo lo que él dijo; por eso nadie puede afirmar justamente que fueron tratados de manera injusta.
Dios también rechaza su argumento de que la adoración externa podía compensar sus pecados (Jeremías 6:20). Pregunta de qué le servían su incienso y su caña aromática, quemados sobre el altar de oro, aunque fueran de la mejor calidad y traídos desde tierras lejanas. Sus holocaustos y sacrificios no podían beneficiar a Dios, como dice (Salmo 50:9), ni agradarle si no procedían de un corazón recto. El sacrificio y el incienso tenían el propósito de despertar el arrepentimiento, señalarles a un Mediador —alguien que se interpone entre Dios y las personas— y ayudar a fortalecer su fe en él. Usados de esa manera, eran aceptables. Pero si las personas los ofrecían pensando que podían comprar el favor de Dios y seguir pecando, esos regalos se convertían en un insulto contra él.
Luego anuncia la desolación que se acercaba. Dios dice que pondrá tropiezos delante de este pueblo; se refiere a dificultades que los harán caer, no a tentaciones que los llevarán a pecar. Cuando Dios destina a un pueblo a la destrucción, confunde sus planes y bloquea las maneras en que intenta salvarse (Jeremías 6:21). Las tropas enemigas, presentes dondequiera que fueran, serían como piedras en el camino. Padres e hijos caerían juntos, y ni la edad ni la fuerza los librarían. También morirían vecinos y amigos, incapaces de ayudarse unos a otros.
Dios usaría a los caldeos, es decir, a los babilonios, como sus instrumentos. Él siempre encuentra los medios adecuados para realizar la obra que se propone. Ese ejército vendría del norte, desde los confines más lejanos de la tierra. Babilonia misma estaba muy al norte, y algunas tierras sometidas a Babilonia quedaban aún más lejos. Dios los usaría en este ataque porque eran una nación grande, un pueblo guerrero, cruel y decidido a ir contra Judá y Jerusalén (Jeremías 6:22-23).
Eran numerosos, lo cual los hacía aún más aterradores. Sabían usar el arco y la lanza, y montaban a caballo, de modo que podían desplazarse rápidamente y atacar con fuerza. También eran despiadados y estaban ansiosos por apoderarse del botín; les encantaba sembrar terror a su alrededor. Su estruendo era como el del mar. Pero tenían un objetivo especial: la hija de Sion, es decir, la propia Jerusalén, porque esperaban enriquecerse con sus despojos. Los pecados del pueblo que profesa pertenecer a Dios a menudo lo convierten en una presa fácil para quienes son enemigos tanto de Dios como de ellos.
Después, el profeta describe el terror que se apoderaría de Judá y Jerusalén cuando ese enemigo se acercara (Jeremías 6:24-26). En cuanto escucharan la noticia, se les debilitarían las manos y perderían el valor. Estarían angustiados, como una mujer que da a luz. La culpa deja a las personas con poco valor cuando llegan las dificultades. ¿Qué pueden esperar hacer por sí mismas quienes han convertido a Dios en su enemigo?
También se encerrarían en sus casas, temerosos de salir. Sabrían que tarde o temprano el enemigo los encontraría, pero preferirían morir tranquilamente en casa antes que arriesgarse a luchar o huir. Se advertirían unos a otros que no salieran al campo, ni siquiera para conseguir comida, y que tampoco caminaran por los caminos. La espada y el miedo a ella estarían por todas partes, y las carreteras quedarían vacías, como en los días de Jael (Jueces 5:6). Cuando podemos viajar con seguridad y nadie nos atemoriza, debemos darle gracias a Dios por la paz pública.
Luego el profeta los llama a un duelo profundo. Él mismo era un hombre afligido, y anima al pueblo a unirse a él para lamentar la ruina que se acercaba. Debían escuchar el llamado de Dios al llanto y al lamento, y responder de todo corazón. No debían ponerse ropa áspera de duelo solamente por un día, sino conservarla como una señal constante de tristeza. No debían limitarse a colocarse ceniza sobre la cabeza, sino revolcarse en ella, como alguien abrumado por la pérdida. Debían lamentarse con la mayor sinceridad, como padres que lloran la muerte de un hijo único y sienten que la vida misma ha quedado vacía. Así debían llorar por el destructor que de repente caería sobre ellos.
Aunque el juicio aún no había llegado, ya estaba en camino, porque el decreto había sido emitido. Por eso debían enfrentarlo con un dolor verdadero. Así como los creyentes pueden alegrarse por la esperanza de la misericordia de Dios aun antes de verla cumplida, los pecadores deberían lamentarse con temor ante las advertencias de Dios aun antes de ver el castigo.
Ahora Dios establece al profeta como juez sobre este pueblo, que está siendo llevado a juicio. Así como en Jeremías 1:10 Dios dijo: «Te he puesto sobre las naciones», aquí lo convierte en una torre, en un vigilante situado en una torre entre su pueblo, observando su conducta para conocer y poner a prueba su manera de vivir (Jeremías 6:27). Dios no necesitaba que el profeta le informara de nada, porque el profeta conocía muy poco en comparación con lo que Dios sabía, excepto por medio del Espíritu de profecía. Pero Dios permite que el profeta vea por sí mismo el carácter del pueblo, para que quede plenamente convencido de que las acciones de Dios son justas y pueda advertirles con mayor seguridad.
Dios lo puso como una torre, expuesto a la vista de todos y vulnerable a los ataques, pero también lo hizo como una fortaleza. Le dio valor para resistir la corriente de oposición y soportar la fuerza de la ira del pueblo. Quienes corrigen fielmente a otros necesitan ser firmes como fortalezas. Al poner a prueba su manera de vivir, el profeta descubre dos cosas.
En primer lugar, son profundamente corruptos. Todos son rebeldes obstinados, rebeldes en extremo, de la peor clase. Su corazón se ha apartado; se han alejado profundamente y continúan alejándose cada vez más de Dios. Parecía que habían comenzado bien, pero retrocedieron. Viven difundiendo calumnias, restando importancia a las mentiras y hablando mal unos de otros. Peor aún, han convertido esto en un hábito. Viven de la calumnia y permiten que los malos informes que escuchan guíen sus sentimientos. Odian a personas de las que han oído hablar mal, incluso cuando esos informes son falsos. Son como el bronce y el hierro, metales de poco valor, sin nada precioso en ellos. Alguna vez fueron como la plata y el oro, pero se han degradado. Y como ellos mismos son rebeldes, también corrompen a otros. Se esfuerzan por arrastrar a los demás consigo, hasta hacerlos mucho peores de lo que ellos son. Esto sucede con frecuencia, porque los pecadores pronto se convierten en tentadores.
En segundo lugar, nunca cambiarán. Es inútil seguir intentando reformarlos, porque ya se han probado muchos métodos y ninguno ha funcionado (Jeremías 6:29-30). Son como un mineral que parecía contener metal valioso; por eso el refinador lo puso en el horno y empleó toda su habilidad y esfuerzo, pero al final resultó ser solamente escoria, sin nada de valor. Dios había usado los medios correctos para refinar a este pueblo y limpiarlo de su pecado, por medio de sus profetas y de sus providencias, es decir, de los acontecimientos y las dificultades que permitió que llegaran a sus vidas. Sin embargo, todo fracasó. Mediante una predicación constante y una larga serie de aflicciones, habían permanecido en el fuego, pero nada había cambiado.
Los fuelles se habían usado durante tanto tiempo para avivar el fuego que se habían quemado por el calor, o se habían desgastado y habían sido arrojados al fuego como algo inútil. Los profetas habían desgastado su voz clamando contra los pecados de Israel, pero el pueblo seguía negándose a entender y humillarse. El plomo usado para refinar la plata se había consumido en el fuego y aun así no había cumplido su propósito. El fundidor, el que derrite y purifica el metal, había trabajado en vano, porque los malvados no quisieron separarse de lo precioso ni se pudo eliminar la antigua levadura. No quisieron ser apartados de la comunidad de una manera que impidiera que contaminaran a otros. O, como algunos interpretan el pasaje, sus maldades no fueron eliminadas. Siguen siendo tan malos como antes, y nada puede separarlos de sus pecados. No abandonarán la idolatría ni la maldad moral, aun después de escuchar las advertencias de Dios y experimentar su ira.
Por eso se dicta este veredicto: serán llamados plata desechada, inútil y sin valor; plata que parece tener algún valor, pero que en realidad no vale nada. Por esa razón, el Señor los ha rechazado. Ya no los reconocerá como su pueblo ni esperará nada bueno de ellos. Los barrerá como escoria (Salmo 119:119) y preparará un fuego consumidor para quienes no quisieron ser purificados por el fuego refinador.
Esto muestra, en primer lugar, que Dios no se complace en la muerte ni en la ruina de los pecadores. Usa todos los medios adecuados para detener su destrucción y hacerlos aptos para la salvación. Tanto sus mandamientos como sus actos providenciales tienen el propósito de apartarlos de sus pecados; sin embargo, en muchas personas todo ese esfuerzo resulta inútil. «Les tocamos la flauta, y no bailaron; les cantamos un canto fúnebre, y no lloraron».
En segundo lugar, Dios demostrará que tiene la razón en la muerte de los pecadores, y la culpa recaerá únicamente sobre ellos. No los rechazó hasta haber usado todos los medios adecuados para reformarlos. No los desechó mientras todavía había esperanza. No los trató como escoria hasta que quedó claro que eran plata desechada.
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De este capítulo
Jeremías 6:1
"Hijos de Benjamín, reúnanse para huir de en medio de Jerusalén; toquen la trompeta en Tecoa y levanten una señal de fuego en Bet-haquerem, porque del norte se asoma el mal y una gran destrucción."
Jeremías 6:2
"He comparado a la hija de Sion con una mujer hermosa y delicada."
Jeremías 6:3
"Los pastores vendrán a ella con sus rebaños; levantarán sus tiendas contra ella alrededor, y cada uno apacentará en su lugar."
Jeremías 6:4
"Preparen la guerra contra ella; levántense y subamos al mediodía. ¡Ay de nosotros, porque el día se acaba y las sombras de la tarde se extienden!"
Jeremías 6:5
"Levántense y vayamos de noche; destruyamos sus palacios."
Jeremías 6:6
"Porque así ha dicho el Señor de los ejércitos: Corten árboles y levanten un terraplén contra Jerusalén. Esta es la ciudad que ha de ser visitada; en medio de ella todo es opresión."
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