Versículo destacado

Jeremías 36:20 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después entraron adonde estaba el rey, en el atrio, pero dejaron el rollo en la cámara de Elisama el escriba y relataron todas las palabras a oídos del rey. "

Jeremías 36:20

menu_book El versículo en contexto

18 Entonces Baruc les respondió: Él me pronunció con su boca todas estas palabras, y yo las escribí con tinta en el libro.

19 Entonces los príncipes le dijeron a Baruc: Ve; escóndanse tú y Jeremías, y que nadie sepa dónde están.

20 Después entraron adonde estaba el rey, en el atrio, pero dejaron el rollo en la cámara de Elisama el escriba y relataron todas las palabras a oídos del rey.

21 Entonces el rey envió a Jehudí a buscar el rollo, y él lo tomó de la cámara de Elisama el escriba. Jehudí lo leyó a oídos del rey y a oídos de todos los príncipes que estaban de pie junto al rey.

22 El rey estaba sentado en la casa de invierno, en el noveno mes, y ante él ardía un fuego en el brasero.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Hemos seguido el rollo desde el pueblo hasta los príncipes, y ahora llegamos al rey. Cuando Joacim, rey de Judá, oyó hablar de él, mandó traerlo y ordenó que se lo leyeran (Jeremías 36:20-21). No le pidió a Baruc que lo leyera, aunque Baruc habría podido hacerlo con mayor comprensión, autoridad y sentimiento. Tampoco le pidió a uno de sus príncipes que lo leyera, aunque eso no habría estado por debajo de ellos. En cambio, hizo que Jehudí, uno de sus servidores, lo leyera; quizá apenas sabía cómo entenderlo.

Esto mostró su desprecio por la palabra de Dios, y pronto también quedó clara su hostilidad hacia ella. No pudo permanecer sentado durante la lectura como lo habían hecho los príncipes. Después de escuchar solo unas pocas columnas del rollo, se enfureció, lo cortó con su cortaplumas y lo arrojó al fuego, parte por parte, asegurándose de que todo quedara quemado (Jeremías 36:22-23). Fue un pecado atrevido y público, y un insulto directo al Dios del cielo, cuyo mensaje estaba escrito allí. También mostró cuánto odiaba que lo corrigieran, pues no tenía ningún deseo de escuchar cómo quedaban expuestos sus pecados.

Esto también reveló su enojo contra Baruc y Jeremías, el profeta que hablaba las palabras de Dios, y contra su escriba. En su furia, habría destruido también a los dos si hubieran estado a su alcance. Además, mostró su negativa obstinada a obedecer las advertencias de Dios. Estaba decidido a hacer lo que quisiera, sin importar lo que Dios dijera por medio de sus profetas. En su necedad, parecía pensar que, si destruía el rollo, podía anular el juicio escrito en él.

También parece haber pensado que podía impedir que la advertencia siguiera difundiéndose. Los principales sacerdotes habían intentado impedir de la misma manera que el evangelio se propagara (Hechos 4:17). A Joacim le habían informado que el rollo ya había sido leído ante el pueblo y los príncipes. En efecto, dijo: «Encontraré la manera de impedir que vuelvan a leerlo». ¡Vean cuán fuerte puede ser la resistencia humana contra Dios cuando el corazón no ha sido renovado! Y maravillémonos ante la paciencia de Dios, que soporta insultos tan grandes.

Ni el rey ni sus príncipes fueron conmovidos por la palabra. No tuvieron miedo (Jeremías 36:24), ni siquiera aquellos príncipes que habían temblado al escucharla por primera vez (Jeremías 36:16). Las buenas impresiones pueden desvanecerse rápidamente. Habían mostrado preocupación hasta que vieron con qué ligereza el rey trataba el asunto; entonces abandonaron su preocupación. No rasgaron sus vestidos como lo había hecho Josías, el padre de Joacim, cuando le leyeron el libro de la ley, aunque este rollo hablaba de manera más directa sobre la crisis que entonces enfrentaban.

Aun así, tres de los príncipes conservaron suficiente sensatez y gracia como para intentar impedir que quemaran el rollo, aunque fracasaron (Jeremías 36:25). Si desde el principio hubieran mostrado la respuesta apropiada a la palabra, quizá habrían podido ayudar al rey a pensar con más claridad y a recibir el mensaje con paciencia. Pero muchas veces quienes se niegan a hacer el bien que deberían hacer pierden la capacidad de hacer el bien que desean hacer.

Después de que Joacim, por así decirlo, quemó en venganza el decreto de condena que Dios había pronunciado contra él, ordenó arrestar a Jeremías y a Baruc, los siervos de Dios (Jeremías 36:26). Pero el Señor los escondió. Los príncipes les habían dicho que permanecieran ocultos (Jeremías 36:19), pero su seguridad no provino del cuidado de los príncipes ni de su propia cautela. Provino de la protección de Dios. Dios siempre encontrará refugio para su pueblo, aun cuando sus enemigos se esfuercen por capturarlo, hasta que llegue el tiempo que él ha señalado. Y cuando llegue ese momento, él mismo seguirá siendo su escondite.

Entonces se le ordenó a Jeremías que escribiera de nuevo en otro rollo las mismas palabras que Joacim había quemado (Jeremías 36:27-28). Esto muestra que, aunque los ataques de Satanás contra la palabra de Dios sean atrevidos, ni siquiera una pequeña parte de ella fallará, y la incredulidad humana no puede dejarla sin efecto. Los enemigos pueden quemar muchas Biblias, pero no pueden destruir la palabra de Dios ni impedir que su mensaje se cumpla. Las tablas de la ley fueron quebradas y después fueron hechas de nuevo. Así, de las cenizas del rollo quemado surgió otro, como si fuera un fénix. La palabra del Señor permanece para siempre.

Aunque era rey, el rey de Judá tuvo que rendir estrictas cuentas ante el Rey de reyes por este insulto contra la palabra escrita. Dios se dio cuenta de qué parte del rollo había enfurecido a Joacim. Se había ofendido porque decía que el rey de Babilonia vendría y destruiría el país (Jeremías 36:29). Pero Babilonia ya había llegado antes de esto y ya había comenzado a devastar la tierra (2 Crónicas 36:6-7; Daniel 1:1). Así, Dios y sus profetas se convirtieron en enemigos de Joacim simplemente porque le dijeron la verdad y le advirtieron de la ruina que se acercaba, mientras también le mostraban el camino para evitarla.

Puesto que esto era lo que tanto lo perturbaba, debía saber lo siguiente: la ira de Dios vendría primero sobre él y su familia por medio de Nabucodonosor. Él sería eliminado, y en pocas semanas su hijo perdería el trono y sería llevado vestido como prisionero, de modo que ninguno de sus descendientes permanecería sentado en el trono de David. La gloria de aquella gran casa se apagaría y terminaría con él. Su cadáver quedaría sin una sepultura digna o, en efecto, sería enterrado como un burro: arrojado a un lado y expuesto al clima, al calor y a la escarcha, para que se pudriera y se corrompiera más rápidamente. No es que después de morir pudiera sentir la vergüenza, pero su cuerpo en esas condiciones sería una señal terrible de la ira de Dios para todos los que lo vieran. Incluso sus hijos y sus siervos sufrirían por su cercanía a él, aunque no por su pecado, sino porque ellos también tenían pecados propios (Jeremías 36:31).

Y todo el mal anunciado en aquel rollo contra Judá y Jerusalén vendría sobre ellos. Aunque la copia fue quemada, el original permanecía firme en el propósito de Dios, y volvería a escribirse de otra forma, en el registro sangriento del juicio. Nadie puede escapar de los juicios de Dios luchando contra ellos. ¿Quién ha endurecido su corazón contra Dios y ha logrado salir victorioso?

Cuando el rollo fue escrito de nuevo, se añadieron muchas más palabras semejantes a las primeras (Jeremías 36:32). Había más advertencias de ira y de juicio, porque, si las personas siguen caminando en contra de Dios, él puede hacer que el fuego sea siete veces más intenso.

El punto es claro: Dios no cambia, y nadie puede obligarlo a hacerlo. Él todavía tiene más flechas en su aljaba. Quienes luchan contra las advertencias de Dios solo se preparan para recibir dificultades más pesadas del mismo tipo.

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