Versículo destacado
Jeremías 35:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR en los días de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, diciendo: "
Jeremías 35:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR en los días de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, diciendo:
2 Ve a la casa de los recabitas, habla con ellos, llévalos a la casa del SEÑOR, a una de las cámaras, y dales vino para beber.
3 Entonces tomé a Jaazanías hijo de Jeremías, hijo de Habasinías, a sus hermanos, a todos sus hijos y a toda la casa de los recabitas;
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Este capítulo pertenece a un tiempo anterior al de muchos capítulos que lo preceden. Lo que aquí se relata ocurrió en los días de Joacim, rey de Judá (Jeremías 35:1). Probablemente fue hacia el final de su reinado, porque sucedió después de que el rey de Babilonia y su ejército habían entrado en el país (Jeremías 35:11). Esto probablemente se refiere a la invasión mencionada en 2 Reyes 24:2, que ocurrió cuando Joacim se rebeló contra Nabucodonosor.
Después de que los juicios de Dios comenzaron a caer sobre este pueblo obstinado, él siguió hablándoles por medio de sus profetas. Quería hacerlos volver de su pecado para que su ira se apartara de ellos. Con ese propósito, Jeremías les presenta el ejemplo de los recabitas, una familia que se mantenía apartada del resto de Israel. Originalmente eran ceneos, como lo muestra 1 Crónicas 2:55. Los ceneos que se establecieron en Israel eran descendientes de Hobab, el suegro de Moisés (Jueces 1:16). También aparecen diferenciados de los amalecitas en 1 Samuel 15:6 y en Jueces 4:17.
Una rama de estos ceneos tomó su nombre de Recab. Su hijo, o algún descendiente posterior, fue Jonadab, un hombre conocido en su época por su sabiduría y piedad. Vivió durante el reinado de Jehú, rey de Israel, unos trescientos años antes de este momento. Lo vemos en 2 Reyes 10:15-16, cuando Jehú, deseoso de aparentar devoción a Dios, lo invitó a subir con él en su carro. Probablemente Jehú pensaba que tener a un hombre tan respetado a su lado ayudaría a que la gente viera con buenos ojos sus reformas.
Ahora se nos dice qué forma de vida Jonadab les enseñó a sus hijos y a sus descendientes después de ellos, generación tras generación. Hay buenas razones para pensar que él mismo había seguido estas reglas durante toda su vida. Les dio dos mandatos principales. Primero, les ordenó no beber vino, siguiendo el ejemplo de los nazareos, personas apartadas especialmente para Dios. El vino puede alegrar el corazón, y la Escritura permite su uso sobrio y moderado. Pero puede hacernos mucho daño con facilidad, y la persona piadosa ya tiene un gozo profundo en el favor de Dios (Salmo 4:6-7). Por eso, es una forma digna de negarse a uno mismo evitarlo o usarlo solo muy poco y por necesidad médica, como lo hizo Timoteo (1 Timoteo 5:23).
Segundo, les ordenó vivir en tiendas, y no construir casas, comprar tierras, ni siquiera rentar y ocupar propiedades (Jeremías 35:7). Esto iba más allá de lo que se exigía a los nazareos. Las tiendas eran viviendas sencillas, así que les enseñarían humildad. También eran viviendas expuestas, por lo que los entrenarían para soportar las dificultades y no consentir demasiado el cuerpo. Además, podían trasladarse, lo cual les recordaría que no debían arraigarse demasiado en este mundo. Debían vivir así todos sus días. Si comenzaban desde temprano, aprenderían a soportar las dificultades, y la vejez no se las haría más pesadas.
¿Por qué Jonadab estableció estas reglas para su familia? No lo hizo simplemente para demostrar autoridad o gobernarlos. Lo hizo porque era sabio y de verdad se preocupaba por su bienestar. No los sujetó con un juramento o voto, ni los amenazó con un castigo. Solo los animó a seguir esta disciplina mientras les ayudara a crecer y a quedar exentos de ella cuando la necesidad lo exigiera, como ocurrió en Jeremías 35:11.
En primer lugar, les dio estas reglas para que conservaran el carácter tradicional de su familia. Algunos quizá despreciaban esa forma de vida, pero él reconocía su verdadero honor. Sus antepasados habían vivido como pastores (Éxodo 2:16), y él quería que sus descendientes conservaran esa ocupación sencilla. Israel mismo había sido alguna vez un pueblo de pastores y habitantes de tiendas (Génesis 46:34). No debemos avergonzarnos del trabajo honrado de nuestros antepasados, aunque parezca humilde.
En segundo lugar, quería que aceptaran su condición y adaptaran su vida a ella. Moisés había dado la esperanza de que quizá llegarían a formar parte del pueblo establecido en la tierra (Números 10:32), pero eso no había ocurrido. Seguían siendo extranjeros en el país (Jeremías 35:7) y no tenían allí ninguna herencia. Por eso necesitaban vivir de su trabajo, y era una buena razón para acostumbrarse a la comida sencilla y a un refugio sencillo. Los extranjeros no deben esperar vivir como propietarios de tierras, rodeados de abundancia y comodidad. Es sabio y correcto adaptarnos al lugar y a la posición que nos corresponden, en vez de intentar vivir por encima de ellos. Si esa fue la condición de nuestros padres, ¿por qué no habríamos de conformarnos con que también fuera la nuestra?
En tercer lugar, quería protegerlos de la envidia y de los problemas con la gente entre la que vivían. Si los extranjeros vivían con riquezas, acumulaban propiedades y celebraban banquetes abundantes, la población local se resentiría y los vigilaría con sospecha, como hicieron los filisteos con Isaac (Génesis 26:14). Eso conduciría a conflictos y daños. Por eso Jonadab consideró mejor que vivieran con modestia. Una vida sencilla les ayudaría a permanecer por mucho tiempo en la tierra donde eran extranjeros. La humildad y el contentamiento en un lugar poco reconocido suelen ser la política más segura y la protección más firme.
En cuarto lugar, quería guardarlos del lujo y de los placeres egoístas, pecados comunes en aquel tiempo y lugar. Jonadab veía a su alrededor una profunda decadencia moral. Había muchos borrachos de Efraín, y temía que sus hijos fueran corrompidos y arruinados por ellos. Por eso hizo que vivieran apartados, lejos de la ciudad, e incluso que renunciaran a placeres legítimos para que no cayeran en placeres ilícitos. Quería que fueran sobrios, moderados y dueños de sí mismos. Eso beneficiaría tanto al cuerpo como a la mente, y les daría muchos días buenos en la tierra donde eran extranjeros. Puesto que nosotros también somos extranjeros y peregrinos en este mundo, debemos evitar los deseos de la carne, elevarnos por encima del simple placer y considerar esas cosas con una noble y santa indiferencia.
En quinto lugar, quería que estuvieran preparados para tiempos de dificultad y desastre. Jonadab podía ver, sin necesidad de una profecía especial, que un pueblo tan apartado de Dios se encaminaba hacia la destrucción. Quería que su familia estuviera preparada para que, si no podían vivir en paz durante los tiempos tranquilos, todavía pudieran tener paz en medio de la angustia.
Así tendrían poco que perder, y los tiempos de pérdida les causarían menos temor. Si no se aferraban demasiado a sus posesiones, les dolería menos cuando se las quitaran. Las personas están mejor preparadas para enfrentar el sufrimiento cuando han muerto a las cosas del mundo y viven una vida de negación propia.
En general, esto también les enseñaba a vivir conforme a reglas y bajo disciplina. Eso es bueno para todos nosotros, y debemos enseñarles lo mismo a nuestros hijos. Quienes han vivido muchos años, como Jonadab, que probablemente dio estas instrucciones a sus descendientes mucho tiempo antes, pueden hablar por experiencia sobre las promesas vacías del mundo. Conocen los peligros ocultos en la riqueza y el placer, así que los demás deben escuchar cuando advierten a la siguiente generación que permanezca alerta.
Luego el texto muestra con cuánto cuidado los descendientes de Jonadab obedecieron estos mandatos, en Jeremías 35:8-10. En cada generación habían obedecido a su antepasado Jonadab y habían hecho todo lo que él les ordenó. No bebían vino, aunque vivían en una tierra donde era fácil conseguirlo. Sus esposas y sus hijos tampoco bebían vino, porque quienes practican el dominio propio deben asegurarse de que quienes están bajo su cuidado hagan lo mismo.
No construían casas ni cultivaban la tierra, sino que vivían de sus rebaños y ganados. Lo hacían en parte porque honraban a su antepasado y respetaban su autoridad. También lo hacían porque habían comprobado por sí mismos cuánto les ayudaba aquella vida sencilla y de negación propia. Aquí podemos ver cuán poderosa puede ser la tradición y cuánto pueden influir en las personas las costumbres antiguas, el ejemplo y los nombres respetados. Lo que al principio parece muy difícil puede llegar a ser fácil y casi natural por medio de una larga práctica.
En un aspecto, se nos dice cómo enfrentaron una emergencia y dejaron de lado la regla cuando la necesidad lo exigió, en Jeremías 35:11. Cuando el rey de Babilonia llegó al país con su ejército, dejaron sus tiendas y se fueron a vivir a Jerusalén, en las casas que pudieron ocupar allí. La disciplina estricta no debe hacerse tan rígida que no deje lugar para la necesidad. Es sabio que, al hacer promesas de ese tipo, se contemplen desde el principio las situaciones especiales, para que después no tengamos que decir: «Fue un error» (Eclesiastés 5:6).
Estos mandatos deben entenderse teniendo en cuenta esos límites. Los recabitas habrían estado tentando a Dios y demostrando falta de confianza en él si no hubieran usado los medios adecuados para protegerse en un tiempo de angustia generalizada, aunque por lo demás su regla y costumbre familiar lo prohibieran.
En el otro aspecto, el texto muestra que se mantuvieron firmes en su regla aun bajo una fuerte presión. Jeremías los llevó al templo, a una habitación destinada a un profeta, en vez de llevarlos a la habitación cercana de los príncipes, porque tenía un mensaje de Dios. Ese mensaje encajaría mejor con el lugar si se entregaba en las habitaciones de un hombre de Dios.
Allí hizo algo más que preguntarles si beberían vino. Puso delante de ellos jarras llenas de vino y copas para beber, haciendo que la tentación fuera lo más fuerte posible. Les dijo: «Beban vino, no les costará nada. Ya han quebrantado una regla de su grupo al venir a vivir a Jerusalén. ¿Por qué no quebrantar también esta y hacer en la ciudad lo que hace la gente que vive allí?».
Pero ellos se negaron firmemente, y todos estuvieron de acuerdo en su negativa. «No, no beberemos vino, porque está prohibido por nuestra ley». El profeta sabía muy bien que responderían que no y, cuando lo hicieron, no insistió más, porque vio que estaban firmemente decididos. Tentaciones como esta no tienen poder sobre quienes están resueltos a vivir en sobriedad, aunque con frecuencia logran vencer a quienes conocen el camino correcto, pero carecen de la voluntad para seguirlo.
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De este capítulo
Jeremías 35:2
"Ve a la casa de los recabitas, habla con ellos, llévalos a la casa del SEÑOR, a una de las cámaras, y dales vino para beber."
Jeremías 35:3
"Entonces tomé a Jaazanías hijo de Jeremías, hijo de Habasinías, a sus hermanos, a todos sus hijos y a toda la casa de los recabitas;"
Jeremías 35:4
"y los llevé a la casa del SEÑOR, a la cámara de los hijos de Hanán hijo de Igdalías, hombre de Dios, la cual estaba junto a la cámara de los príncipes, encima de la cámara de Maasías hijo de Salum, guardián de la puerta."
Jeremías 35:5
"Puse delante de los hijos de la casa de los recabitas vasijas llenas de vino y copas, y les dije: Beban vino."
Jeremías 35:6
"Pero ellos dijeron: No beberemos vino, porque Jonadab hijo de Recab, nuestro padre, nos ordenó: No beberán vino jamás, ni ustedes ni sus hijos."
Jeremías 35:7
"Tampoco edificarán casa, ni sembrarán semilla, ni plantarán viña, ni tendrán ninguna; sino que habitarán en tiendas todos sus días, para que vivan muchos días en la tierra donde son extranjeros."
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