Versículo destacado
Jeremías 26:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Al comienzo del reinado de Joaquim hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del SEÑOR: "
Jeremías 26:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Al comienzo del reinado de Joaquim hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del SEÑOR:
2 Así dice el SEÑOR: Ponte en el atrio de la casa del SEÑOR y comunica a todas las ciudades de Judá que vienen a adorar en la casa del SEÑOR todas las palabras que te mando decirles; no omitas ni una palabra.
3 Quizá escuchen y cada uno se vuelva de su mal camino, para que yo me arrepienta del mal que pienso hacerles por la maldad de sus obras.
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Aquí encontramos el sermón que Jeremías predicó, y que provocó tanta ira que su vida corrió peligro. Este relato quedó registrado como un llamado a las personas sensatas de todas las épocas. Ellas pueden juzgar si Jeremías merecía morir por comunicar este mensaje de parte de Dios, y si sus enemigos no actuaron con una maldad y una falta de razonamiento profundas.
En primer lugar, Dios le indicó a Jeremías dónde, cuándo y a quién debía predicar, de modo que nadie pudiera culparlo por haber escogido mal el lugar o el momento. Debía predicar en el atrio de la casa del SEÑOR, precisamente en el área controlada por los sacerdotes, quienes ya eran sus enemigos. También debía hablar durante una de las grandes fiestas, cuando personas de todas las ciudades de Judá habían venido a adorar en la casa del SEÑOR. Es probable que esos adoradores respetaran a los sacerdotes y estuvieran dispuestos a creer rápidamente cualquier acusación que ellos hicieran contra Jeremías, lo que hacía que la situación fuera especialmente peligrosa.
Aun así, Jeremías no debía tener miedo ni suavizar el mensaje. Dios le ordenó que no omitiera ni una sola palabra, sino que comunicara todo lo que se le había mandado. Los mensajeros de Dios deben seguir con cuidado sus instrucciones y no cambiar el mensaje, ya sea para agradar a la gente o para protegerse del peligro. No deben añadirle nada ni quitarle nada (Deuteronomio 4:2).
En segundo lugar, Dios también le indicó a Jeremías qué debía predicar, y era un mensaje que solo debía ofender a quienes estuvieran decididos a seguir pecando. Debía decirles que, si se arrepentían y abandonaban sus pecados, Dios detendría el juicio que se acercaba, aunque la ruina estuviera cerca. Este era el propósito principal por el que Dios había enviado a Jeremías: ver si el pueblo abandonaría sus malos caminos, para que Dios apartara su ira y retirara el castigo. Dios está dispuesto, e incluso desea profundamente, mostrar misericordia; pero espera hasta que las personas estén listas para recibirla de una manera que honre su justicia y su santidad.
Por otro lado, si seguían rechazando los llamados de Dios y permanecían obstinados en su desobediencia, su ciudad y su templo serían destruidos sin duda (Jeremías 26:4-6). Lo que Dios les pedía era sencillo: obedecer lo que ya había hablado por medio de la ley escrita y de sus profetas. Debían andar conforme a toda su ley, la ley de Moisés, y escuchar a los profetas, quienes no enseñaban nada contrario a esa ley, sino únicamente lo que estaba de acuerdo con ella. La ley era la norma que Dios había puesto delante de ellos, y los profetas eran sus propios siervos, enviados desde temprano y con gran cuidado, para que no llegaran demasiado tarde, cuando el prejuicio del pueblo ya se hubiera endurecido.
Durante mucho tiempo se habían negado a escuchar tanto la ley como a los profetas. Ahora Dios simplemente les exigía que por fin prestaran atención y tomaran su palabra como norma. Era una exigencia justa. Si se negaban, la ciudad y el templo sufrirían el mismo destino que Silo y el tabernáculo que estaba allí, los cuales habían sido abandonados anteriormente porque el pueblo no quiso andar conforme a la ley de Dios ni escuchar a sus profetas. El principio es claro: si dos casos son iguales, deben recibir el mismo trato. Si Jerusalén llegaba a ser como Silo en su pecado, también llegaría a ser como Silo en su castigo.
Esta advertencia tampoco era nueva; Jeremías ya había dicho algo parecido anteriormente (Jeremías 7:12-14). Cuando el templo, orgullo de Jerusalén, fuera destruido, la ciudad misma se convertiría en una maldición, porque el templo era lo que la hacía una bendición. Si la sal pierde su sabor, ya no sirve para nada. De la misma manera, Jerusalén se convertiría en un ejemplo de maldición, de modo que cualquiera que quisiera maldecir otra ciudad diría: «Que Dios la haga como Jerusalén». Quienes se niegan a someterse a los mandamientos de Dios se colocan bajo la maldición de Dios.
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De este capítulo
Jeremías 26:2
"Así dice el SEÑOR: Ponte en el atrio de la casa del SEÑOR y comunica a todas las ciudades de Judá que vienen a adorar en la casa del SEÑOR todas las palabras que te mando decirles; no omitas ni una palabra."
Jeremías 26:3
"Quizá escuchen y cada uno se vuelva de su mal camino, para que yo me arrepienta del mal que pienso hacerles por la maldad de sus obras."
Jeremías 26:4
"Y les dirás: Así dice el SEÑOR: Si ustedes no me escuchan para andar en mi ley, la cual he puesto delante de ustedes,"
Jeremías 26:5
"para escuchar las palabras de mis siervos los profetas, a quienes envié a ustedes, levantándome temprano y enviándolos, pero ustedes no han escuchado,"
Jeremías 26:6
"entonces haré que esta casa sea como Silo, y haré de esta ciudad una maldición para todas las naciones de la tierra."
Jeremías 26:7
"Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en la casa del SEÑOR."
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