Versículo destacado

Jeremías 26:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en la casa del SEÑOR. "

Jeremías 26:7

menu_book El versículo en contexto

5 para escuchar las palabras de mis siervos los profetas, a quienes envié a ustedes, levantándome temprano y enviándolos, pero ustedes no han escuchado,

6 entonces haré que esta casa sea como Silo, y haré de esta ciudad una maldición para todas las naciones de la tierra.

7 Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar estas palabras en la casa del SEÑOR.

8 Y sucedió que, cuando Jeremías terminó de decir todo lo que el SEÑOR le había mandado comunicar a todo el pueblo, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo lo apresaron y dijeron: Ciertamente morirás.

9 ¿Por qué has profetizado en nombre del SEÑOR, diciendo: Esta casa será como Silo, y esta ciudad quedará desolada y sin habitantes? Y todo el pueblo se reunió contra Jeremías en la casa del SEÑOR.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cabría esperar que un sermón como el de los versículos anteriores, tan claro y práctico, tan razonable y conmovedor, y pronunciado en el nombre de Dios, hubiera afectado incluso a este pueblo. Era especialmente apropiado que lo escucharan mientras estaban adorando, y debió llevarlos al arrepentimiento y al cambio. Pero, en vez de despertar su conciencia, provocó su ira pecaminosa, como lo muestra este relato.

En primer lugar, trataron a Jeremías como a un criminal por predicar ese sermón. Los sacerdotes, los falsos profetas y todo el pueblo lo escucharon pronunciar estas palabras (Jeremías 26:7). Parece que tuvieron la paciencia suficiente para dejarlo terminar. No lo interrumpieron mientras hablaba, sino que esperaron hasta que hubiera dicho todo lo que el SEÑOR le había mandado decir (Jeremías 26:8). En esto actuaron con más justicia que algunos que han perseguido a los ministros de Dios. Sin embargo, quizá solo esperaban encontrar una acusación más sólida contra él. Al no encontrar ninguna, usaron esta: «Ha dicho: “Esta casa será como Silo”» (Jeremías 26:9).

Observa lo injusto que fue el modo en que presentaron sus palabras. Él había dicho, en el nombre de Dios: «Si no me escuchan, entonces haré que esta casa sea como Silo». Ellos omitieron la parte de Dios en el juicio: «Yo haré que suceda», y también la parte del pueblo: su negativa a escuchar la voz de Dios. Luego acusaron a Jeremías de hablar contra ese lugar santo, la misma acusación que se presentó contra el Señor Jesús y Esteban: «Él dijo: “Esta casa será como Silo”». David se quejó de la misma manera: «Todo el día tergiversan mis palabras» (Salmo 56:5). No debería sorprendernos que también tergiversen lo que decimos y hacemos.

Como la acusación era tan débil, no sorprende que la sentencia fuera injusta: «¡Tienes que morir!». Lo que Jeremías había dicho concordaba con lo que Dios ya había declarado cuando tomó posesión del templo (1 Reyes 9:6-8): si ellos se apartaban de seguirlo, esa casa sería abandonada. Sin embargo, condenaron a Jeremías a morir por decirlo. Su enojo no provenía de una preocupación genuina por el honor del templo. Surgía de su negativa a abandonar sus pecados, mientras seguían imaginando neciamente que el templo del SEÑOR los protegería. Así que, tuviera razón o no, la conclusión era: «¡Tienes que morir!».

Este grito de los sacerdotes y los profetas provocó a la multitud, y todo el pueblo se reunió contra Jeremías en medio de una gran conmoción, dispuesto a despedazarlo. Algunos entienden que lo rodearon. Se juntaron unos gritando una cosa y otros, otra. El pueblo que ya estaba presente se había enojado con él (versículo 8), y sus gritos hicieron que llegara todavía más gente, solo para averiguar qué estaba sucediendo.

En segundo lugar, llevaron a Jeremías ante el tribunal más alto que tenían. Los funcionarios de Judá fueron sus jueces (Jeremías 26:10). Eran los hombres que se sentaban en los tronos del juicio, los tronos de la casa de David. Cuando se enteraron de la conmoción en el templo, subieron desde el palacio del rey, donde normalmente se sentaban cerca de la entrada, hasta la casa del SEÑOR. Fueron para investigar el asunto y mantener el orden. Se sentaron a la entrada de la Puerta Nueva de la casa del SEÑOR y allí celebraron el juicio, como si hubieran sido designados especialmente para escuchar el caso.

Los sacerdotes y los profetas fueron sus acusadores, y estaban ferozmente en su contra. Apelaron a los funcionarios y a todo el pueblo, como si les preguntaran al tribunal y a la multitud si aquel hombre no merecía morir (Jeremías 26:11). Los sacerdotes corruptos y los falsos profetas a menudo han sido los enemigos más encarnizados de los profetas del SEÑOR. Tenían intereses propios que proteger y pensaban que una predicación como esta los perjudicaría.

Cuando Jeremías profetizó en el palacio del rey acerca de la caída de la familia real (Jeremías 22:1 y siguientes), parece que el tribunal, aunque era muy corrupto, toleró sus palabras. No leemos que lo persiguieran por eso. Pero cuando entró en la casa del SEÑOR, invadió el territorio de los sacerdotes y contradijo las mentiras y los halagos de los falsos profetas, entonces dijeron que merecía morir. «Los profetas profetizan mentiras, y los sacerdotes gobiernan por su propia autoridad» (Jeremías 5:31).

Observa que, cuando acusaron a Jeremías ante los funcionarios, enfatizaron lo que había dicho acerca de la ciudad, porque pensaban que eso les preocuparía más a los funcionarios. Pero, en cuanto a sus propias palabras, apelaron al pueblo: «Ustedes han oído lo que ha dicho; que eso sirva como prueba».

En tercer lugar, Jeremías se defendió ante los funcionarios y el pueblo. No intentó negar sus palabras ni suavizarlas. Se mantuvo firme en lo que había dicho, aunque le costara la vida. Reconoció que había profetizado contra aquella casa y aquella ciudad, pero afirmó que lo había hecho con una autoridad legítima, no por odio, rebeldía o desprecio hacia su país o su gobierno, ya fuera en el ámbito religioso o civil. «El SEÑOR me envió a profetizar esto» fue el comienzo de su defensa (Jeremías 26:12), y con esa misma afirmación la terminó, porque era aquello de lo que estaba seguro y a lo que se aferraría (Jeremías 26:15): «El SEÑOR realmente me envió a ustedes para pronunciar todas estas palabras».

Mientras los ministros de Dios se mantengan fieles a los mandatos que han recibido del cielo, no tienen que temer la oposición que pueda levantarse en la tierra o en el infierno. Jeremías dice que solo es un mensajero. Si entrega fielmente su mensaje, no deberían culparlo. Pero es un mensajero del SEÑOR, ante quien ellos también son responsables, igual que él. Por eso, deberían escuchar. Si Jeremías solo dice lo que Dios le mandó decir, está bajo la protección de Dios, y cualquier insulto contra su embajador será tomado en cuenta por el Rey que lo envió.

Jeremías también muestra que su mensaje tenía un buen propósito. No pretendía ser una sentencia final de condenación, sino una advertencia justa. Si tomaban en serio la advertencia, podrían escapar del juicio (Jeremías 26:13). ¿Debería molestarme que alguien me advierta de un peligro mientras todavía tengo tiempo de evitarlo? ¿No debería más bien agradecerle por hacerme el mayor bien posible? «Es verdad que he profetizado contra esta ciudad», dice Jeremías, «pero si ahora cambian su manera de vivir y sus acciones, la ruina anunciada se apartará». Ese era su propósito al darles la advertencia.

Es muy injusto quejarse de los ministros por predicar acerca del infierno y del juicio cuando su intención es evitar que las personas lleguen a ese lugar de tormento y guiarlas hacia el cielo y la salvación.

Jeremías les advierte del peligro que traerían sobre sí mismos si actuaban contra él (Jeremías 26:14). En efecto, les dice: «En cuanto a mí, no importa mucho lo que me suceda. Estoy en sus manos. Ustedes saben que aquí no tengo poder y que no puedo usar ninguna influencia para detenerlos. No me preocupa tanto salvar mi propia vida como para resistirme a ustedes. Hagan conmigo lo que les parezca bien. Si me llevan a la muerte, será como a un cordero».

Esto nos recuerda que los siervos de Dios, cuando predican con fervor, también deben permanecer serenos en el sufrimiento y someterse tranquilamente a las autoridades, aun cuando estas sean hostiles. Pero Jeremías también les dice que, si lo matan, lo harán bajo su propio riesgo: «Ciertamente traerán sangre inocente sobre ustedes» (Jeremías 26:15). Quizá pensaban que matar al profeta silenciaría la profecía, pero estarían muy equivocados. Solo aumentarían su culpa y harían más grave su ruina.

Sus propias conciencias deberían decirles que, si Jeremías realmente había sido enviado por Dios para entregarles ese mensaje, corrían un gran peligro al tratarlo como a un criminal. Quienes persiguen a los ministros de Dios no les hacen tanto daño a ellos como se hacen daño a sí mismos.

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