Versículo destacado
Jeremías 2:29 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" ¿Por qué contenderán conmigo? Todos ustedes se han rebelado contra mí, dice el SEÑOR. "
Jeremías 2:29
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
27 que dicen a un tronco: “Tú eres mi padre”, y a una piedra: “Tú me diste a luz”. Porque me han vuelto la espalda y no el rostro; pero en el tiempo de su angustia dirán: “Levántate y sálvanos”.
28 Pero ¿dónde están tus dioses que hiciste para ti? Que se levanten, si pueden salvarte en el tiempo de tu angustia; porque tus dioses son tantos como tus ciudades, Judá.
29 ¿Por qué contenderán conmigo? Todos ustedes se han rebelado contra mí, dice el SEÑOR.
30 En vano herí a los hijos de ustedes; no aceptaron corrección. La propia espada de ustedes devoró a sus profetas como un león destructor.
31 ¡Oh, generación, vean la palabra del SEÑOR! ¿He sido yo un desierto para Israel, o una tierra de oscuridad? ¿Por qué dice mi pueblo: “Somos señores; no volveremos más a ti”?
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El profeta continúa de la misma manera, procurando todavía llevar a un pueblo pecador al arrepentimiento para que su ruina pudiera detenerse. Primero deja claro que la acusación contra ellos es verdadera. Es evidente y no admite discusión, de modo que es absurdo que la nieguen o intenten justificarse. Su caso será desestimado y el juicio estará en su contra, porque saben que todos han pecado, cada uno de ellos. Entonces, ¿por qué discutirían con Dios como si tuvieran una defensa?
Después hace más grave la acusación al señalar tanto su obstinación como su ingratitud. Los juicios que Dios ya había enviado sobre ellos no los habían cambiado (Jeremías 2:30). Dios había disciplinado a Judá de muchas maneras, pero todo había sido inútil. Su propósito era llevarlos al arrepentimiento, pero ellos no respondieron. Sus conciencias no despertaron, sus corazones no se ablandaron y no fueron movidos a buscar al SEÑOR. No aprendieron nada de la corrección ni mejoraron gracias a ella. Es una gran pérdida desperdiciar así una aflicción. No aceptaron la disciplina ni se sometieron a ella; sus corazones siguieron rebelándose contra el SEÑOR, y por eso fueron golpeados en vano. Incluso puede que aquí se incluya a los jóvenes. Desde muy temprano se habían apartado del arrepentimiento y eran tan difíciles de doblegar como quienes habían practicado el mal durante mucho tiempo.
Tampoco los había cambiado la palabra de Dios, enviada por medio de sus siervos, los profetas. Peor aún, habían matado a los mensajeros a causa del mensaje. La afirmación de que su propia espada había devorado a sus profetas como un león destructor significa que los habían matado con la misma furia y voracidad con que un león despedaza a su presa. Sus profetas, que estaban entre las mayores bendiciones que Dios les había dado, fueron tratados como si fueran el peor problema de la nación. Ese fue el pecado que colmó su culpa (2 Crónicas 36:16). Mataron a sus propios profetas (1 Tesalonicenses 2:15).
Tampoco los habían movido los regalos que Dios les había dado (Jeremías 2:31). El profeta les habla con suavidad: «Oh generación», en vez de usar un nombre más duro. Les dice que vean la palabra del SEÑOR, es decir, que la consideren cuidadosamente y no se limiten a oírla. Así como se les dice a las personas que escuchen la vara, porque incluso el castigo tiene una voz (Miqueas 6:9), también se les dice que vean la palabra, porque es clara y está expuesta ante sus ojos. El significado de Dios es suficientemente claro para que cualquiera pueda entenderlo.
Dios pregunta: «¿He sido yo un desierto para Israel o una tierra de oscuridad?». Nadie que haya tratado con Dios tiene razón para acusarlo de ser una tierra estéril o un lugar sombrío. Él ha dado fruto a la tierra, así que nadie puede decir que nos ha alimentado con una comida seca y vacía. También ha dado las luces del cielo, así que nadie puede decir que nos dejó en oscuridad. Él hace salir el sol y envía la lluvia sobre los malos, lo mismo que sobre los agradecidos. O quizá el sentido sea más amplio: servir a Dios nunca ha sido desagradable ni inútil para nadie. A veces él ha guiado a su pueblo por un desierto y una tierra de oscuridad, pero aun entonces fue todo lo que necesitaban. Los alimentó con maná y los guio mediante una columna de fuego, de modo que el desierto se convirtió para ellos en un campo fértil y una tierra iluminada. El mundo es un desierto y una tierra de oscuridad para quienes lo convierten en su hogar y su herencia. Pero quienes viven en Dios tienen una herencia en lugares agradables.
En vez de ser movidos por todo esto, se habían vuelto atrevidos y orgullosos. Decían: «Somos señores; ya no volveremos a ti». Ahora que se habían convertido, o imaginaban haberse convertido, en un reino fuerte, se establecieron por su cuenta y rechazaron su dependencia de Dios. Ese es el lenguaje de los pecadores orgullosos. No solo es irreverente, sino también insensato.
Es absurdo que los súbditos digan: «Somos señores», como si afirmaran: «Ahora gobernamos y ya no volveremos a Dios para recibir sus mandatos». Dios es Rey desde siempre y será Rey para siempre, por lo que nadie puede salir de debajo de su gobierno. También es absurdo que los mendigos digan: «Somos señores», como si quisieran decir: «Somos ricos y ya no necesitamos los regalos de Dios». Nadie puede vivir sin él ni negarse a depender de él. Dios tiene toda la razón de ofenderse cuando quienes han sido bendecidos gratuitamente por él ya no quieren escucharlo ni hablar con él.
Luego el profeta atribuye toda su maldad a un pecado fundamental: haberse olvidado de Dios (Jeremías 2:32). Deliberadamente habían expulsado de su mente todo pensamiento acerca de Dios. Habían llenado ese espacio con ídolos y se habían mantenido alejados de cualquier cosa que pudiera recordárselo. Aunque eran su propio pueblo del pacto y tenían entre ellos señales de su presencia y favor, aun así se habían olvidado de él.
Lo habían hecho durante mucho tiempo, durante «días sin número», como solemos decir. Habían pasado tanto tiempo sin pensar seriamente en Dios que parecían haberlo olvidado por completo, como si se hubieran propuesto no recordarlo nunca más. ¿Cuántos días de nuestras propias vidas han pasado sin un recuerdo apropiado de Dios? Nadie puede contar esos días vacíos.
No habían cuidado su relación con Dios como las jóvenes cuidan sus adornos o como una novia cuida su vestido de bodas. Una joven no se olvida de sus joyas, y una novia no se olvida de su vestido. Su corazón está puesto en esas cosas, y piensan y hablan de ellas con frecuencia. Cuando salen en público, se aseguran de que cada adorno esté en su lugar. Sin embargo, Dios dice: «Mi pueblo se ha olvidado de mí». Es triste cuando alguien ama más la ropa fina que a Dios y preferiría abandonar la fe antes que desprenderse de sus adornos.
¿Es Dios nuestro verdadero adorno? ¿No es él una corona gloriosa y una hermosa diadema para su pueblo? Si lo viéramos de esa manera, y viéramos nuestra fe como un adorno de gracia para la cabeza y como un collar para el cuello (Proverbios 1:9), la cuidaríamos con tanto esmero como una joven cuida sus joyas o una novia su vestido de bodas. Estaríamos igual de deseosos de conservarla y de mostrarnos con ella.
El profeta también les muestra cómo sus pecados afectaban a los demás. Los pecados del propio pueblo de Dios endurecen y animan a quienes lo rodean a practicar el mal, especialmente cuando ese pueblo toma la iniciativa en el pecado (Jeremías 2:33). Las palabras «¿Por qué arreglas tu camino para buscar amor?» aluden a la conducta de mujeres desvergonzadas que intentan atraer a otros con el rostro maquillado y vestidos elegantes, como Jezabel, que se pintó el rostro y arregló su cabello. De la misma manera, Israel había intentado atraer a sus vecinos a alianzas pecaminosas y a participar en su adoración de ídolos. Incluso les enseñaron sus caminos perversos, mezclando los mandamientos de Dios con costumbres idólatras, lo cual profanó las cosas santas y empeoró aún más su falsa adoración.
Quienes se relacionan con el pecado y lo ayudan a avanzar tendrán mucho de qué responder, porque hacen que las personas malas sean peores de lo que habrían sido. Entonces Dios los acusa de añadir el asesinato a la idolatría: «También en tus faldas se encuentra la sangre de las vidas de los inocentes» (Jeremías 2:34). Esto puede referirse a los niños sacrificados a Moloc o, de manera más general, a toda la sangre inocente que Manasés derramó cuando llenó de sangre a Jerusalén (2 Reyes 21:16), especialmente la sangre de los profetas y de otros que hablaron contra su maldad. Esa sangre no estaba escondida ni había sido descubierta mediante una búsqueda secreta; estaba expuesta sobre sus vestidos. Esto demostraba que su culpa era clara e innegable, que la practicaban abiertamente y sin vergüenza ni temor.
Dios también responde a su afirmación de inocencia. Aunque el caso era evidente, ellos decían: «Soy inocente; seguramente su enojo se ha apartado de mí» y «No he pecado» (Jeremías 2:35). Por eso el SEÑOR dice que contenderá con ellos y demostrará que están equivocados. Lo hará por medio de su palabra y de su disciplina. Dios dejará al descubierto el autoengaño de quienes dicen que no han pecado, aun cuando han cometido males muy graves. También confrontará a quienes esperan paz de parte de Dios mientras se niegan a arrepentirse y cambiar.
Admitían que habían estado bajo la ira de Dios, pero pensaban que era injusta. Creían que, si defendían su inocencia, ya habían demostrado que Dios era el culpable. Por eso esperaban que él retirara su acusación y apartara su ira. Esto ofende profundamente a Dios. Él seguirá contendiendo con ellos hasta que dejen de justificarse y, en cambio, se humillen, se juzguen a sí mismos y condenen su propio pecado.
Luego el profeta los reprende por la vergonzosa decepción que encontraron al confiar en las criaturas en vez de confiar en Dios (Jeremías 2:36-37). Habían cometido una forma de idolatría espiritual al confiar en la fuerza humana y permitir que su corazón se apartara del SEÑOR. Por eso Dios pregunta: «¿Por qué cambias continuamente de camino?». La respuesta es que nunca encontraron en los ayudadores en quienes confiaban aquello que esperaban. Quienes hacen de Dios su esperanza y viven dependiendo constantemente de él no necesitan seguir cambiando de rumbo. Su alma puede volver a él y descansar en él.
Los que confían en las personas viven siempre inquietos, como la paloma de Noé, que no encontró un lugar donde descansar. Todo aquello en lo que se apoyan termina fallándoles, así que siguen buscando algo mejor, pero permanecen decepcionados. Primero confiaron en Asiria y, cuando Asiria resultó ser una caña quebrada, recurrieron a Egipto, que no fue mejor. Como las cosas creadas están vacías, se convierten en una fuente de frustración para todos los que dependen de ellas.
Dios les dice que quedarán avergonzados de Egipto, así como habían quedado avergonzados de Asiria, que los hirió y no los ayudó (2 Crónicas 28:20). Los judíos habían sido apartados en su religión, de modo que las naciones vecinas no se preocupaban verdaderamente por ellos ni los amaban. Sin embargo, los judíos seguían buscando el favor de esas naciones y dependiendo de ellas, y recibieron lo que merecía una confianza así. Sus mensajeros regresarían de Egipto decepcionados, con las manos sobre la cabeza por causa de su dolor. O quizá las palabras quieran decir que se irían al exilio con las manos sobre la cabeza, ya fuera por el dolor o por la vergüenza, como Tamar en su profunda humillación (2 Samuel 13:19).
Egipto no podría detener su cautiverio ni hacerlos regresar. Quienes rechazan la tristeza según Dios, que produce vida, serán llevados a una tristeza mundana, que conduce a la muerte. Y el fracaso de Egipto no debería sorprenderlos, porque Dios mismo no los ayudaría por medio de esa nación. «Si el SEÑOR no te ayuda, ¿de dónde podría venir mi ayuda?». Los egipcios eran cañas quebradas, porque el SEÑOR había rechazado los apoyos en los que confiaban. No los usaría para rescatar a su pueblo ni aprobaría siquiera que confiaran en ellos. Por eso sus planes fracasarían, y quienes los ayudaban no les darían apoyo ni satisfacción verdaderos. Así como ningún consejo ni sabiduría puede prevalecer contra el SEÑOR, nada puede prosperar separado de él.
Algunos entienden este versículo como si dijera: «El SEÑOR te ha rechazado por tus falsas fuentes de confianza». El sentido es que Judá había sido tan infiel a Dios que confió en las criaturas de Dios, e incluso en sus enemigos, cuando debía confiar únicamente en él. Por eso Dios la dejó expuesta a la misma ruina de la que pensaba protegerse.
Entonces no pudo prosperar. Nadie jamás se ha endurecido contra Dios ni se ha apartado de él para después seguir prosperando.
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De este capítulo
Jeremías 2:1
"Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 2:2
"Ve y clama a oídos de Jerusalén, diciendo: «Así dice el SEÑOR: Recuerdo de ti la bondad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando ibas tras de mí en el desierto, en una tierra que no había sido sembrada»."
Jeremías 2:3
"Israel era santidad para el SEÑOR, las primicias de su cosecha. Todos los que lo devoren serán culpables; el mal vendrá sobre ellos, dice el SEÑOR."
Jeremías 2:4
"Oigan la palabra del SEÑOR, casa de Jacob y todas las familias de la casa de Israel."
Jeremías 2:5
"Así dice el SEÑOR: ¿Qué injusticia encontraron en mí los padres de ustedes, para que se alejaran de mí, fueran tras la vanidad y se volvieran vanos?"
Jeremías 2:6
"Tampoco dijeron: “¿Dónde está el SEÑOR, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra de desiertos y fosas, por una tierra de sequía y sombra de muerte, por una tierra por donde nadie pasaba y donde nadie habitaba?”."
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