Versículo destacado
Jeremías 5:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Recorran las calles de Jerusalén de un lado a otro; miren ahora, averigüen y busquen en sus plazas si pueden encontrar a un hombre, si hay alguno que haga justicia y busque la verdad; entonces la perdonaré. "
Jeremías 5:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Recorran las calles de Jerusalén de un lado a otro; miren ahora, averigüen y busquen en sus plazas si pueden encontrar a un hombre, si hay alguno que haga justicia y busque la verdad; entonces la perdonaré.
2 Aunque dicen: «Vive el SEÑOR», ciertamente juran en falso.
3 Oh SEÑOR, ¿no están tus ojos puestos en la verdad? Los golpeaste, pero no sintieron dolor; los consumiste, pero se negaron a recibir corrección. Endurecieron sus rostros más que una roca; se negaron a volver.
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Aquí se presenta, en primer lugar, el desafío de encontrar siquiera a un hombre verdaderamente honesto, o al menos a un buen número de personas así, en Jerusalén (Jeremías 5:1). Jerusalén se había vuelto como el mundo antiguo, donde todos habían corrompido su conducta. Algunos quizá se consolaban pensando que todavía había muchas personas buenas en la ciudad que podían interceder y apartar la ira de Dios. Otros tal vez presumían de que era la ciudad santa y creían que eso, por sí solo, la salvaría.
Pero Dios les dice que recorran la ciudad y la busquen. Les advierte que difícilmente encontrarían a alguien que realmente practicara la justicia y viviera sinceramente de acuerdo con lo que decía y hacía. Que buscaran en las calles, donde la gente se reúne y conversa, y en las plazas, donde se comercia. Que vieran si podían encontrar a un hombre, o quizá a un magistrado, que administrara justicia con imparcialidad y aplicara la ley contra el mal y la impiedad. Cuando ya no quedan personas fieles, es tiempo de clamar: «¡Ay de mí!» (Miqueas 7:1-2), y de orar: «¡Ayuda, Señor!» (Salmo 12:1).
Si hubiera siquiera una persona verdaderamente íntegra, alguien que de verdad hablara la verdad, probablemente no se encontraría en público. Tendría miedo de mostrarse abiertamente, no fuera a ser maltratada y apartada. La verdad había caído en la calle (Isaías 59:14) y tenía que esconderse en los rincones. Dios habría perdonado con gusto a una ciudad por causa de personas así. Si hubiera habido diez justos en Sodoma, o siquiera uno entre muchos en Jerusalén, la ciudad habría sido perdonada. Esto muestra cuán dispuesto está Dios a perdonar y cuán rápido es para mostrar misericordia.
Alguien podría decir: «¿Y qué hay de los habitantes de Jerusalén que todavía afirman pertenecer a Dios? ¿No puede la ciudad ser perdonada por causa de ellos?». No, porque su profesión de fe era falsa (Jeremías 5:2). Decían: «El Señor vive», y juraban solo por su nombre, pero juraban falsamente. Es decir, no eran sinceros cuando afirmaban honrar a Dios. Lo honraban con los labios, pero su corazón estaba lejos de él. También ponían a Dios como testigo de sus mentiras. No juraban por ídolos, pero mentían usando el nombre de Dios, lo cual es una ofensa contra él tan grave como adorar a un dios falso.
En segundo lugar, el profeta presenta ante Dios su denuncia sobre la terquedad de este pueblo. Dios había apelado a los ojos de ellos, pero ahora el profeta apela a los ojos de Dios (Jeremías 5:3). Pregunta: «¿Acaso tus ojos no ven la verdad? ¿No ves el verdadero carácter de cada persona?». Tenían el corazón endurecido, más duro que una roca. Dios quiere verdad en lo íntimo, pero ¿dónde podía encontrarse entre personas así?
Decían: «El Señor vive», pero en realidad no lo tomaban en cuenta. Dios los había afligido con un problema tras otro, pero ellos no se lamentaban. Eran como piedras bajo el sufrimiento, y ni siquiera se dolían por el pecado que había provocado sus dificultades. Dios fue más lejos y los disciplinó con mayor severidad, pero aun así se negaron a aprender de la corrección. No permitían que las dificultades les enseñaran nada. Se endurecieron contra el juicio de Dios y contra quienes lo ejecutaban. No podían cambiar de semblante, sonrojarse de vergüenza ni palidecer de temor. Nada podía hacerlos apartarse del pecado. Aunque muchas veces se les llamó a regresar, no quisieron hacerlo. Avanzaban obstinadamente, como un caballo que se lanza a la batalla.
En tercer lugar, el profeta examina tanto a los ricos como a los pobres y da un mal informe de ambos. Los pobres eran ignorantes y, por eso, malvados. Encontró a muchos que se negaban a regresar, y estuvo dispuesto a ofrecer por ellos la explicación más favorable posible (Jeremías 5:4): «Seguramente estos son pobres e insensatos». No habían tenido el beneficio de una buena educación, y tampoco tenían dinero para buscar instrucción en ese momento. Tenían que trabajar duro para sobrevivir, de modo que no contaban con el tiempo ni con la capacidad para leer o escuchar. No conocían el camino del Señor ni las leyes de su Dios. No entendían ni la manera en que Dios quería que caminaran delante de él ni la forma en que él estaba tratando con ellos en su providencia, es decir, en su gobierno sobre sus vidas.
Esto muestra que la ignorancia profunda es una causa triste del pecado generalizado. ¿Qué más puede esperarse de personas insensatas y entenebrecidas que no conocen nada de Dios ni de la religión y eligen permanecer en la oscuridad? También es un pecado común entre los pobres. Hay pobres que pertenecen al diablo, así como hay pobres que pertenecen a Dios. Aun sin una educación formal, podían conocer lo suficiente el camino del Señor para cumplir con su deber. Pero eligieron la ignorancia, de modo que su ignorancia no los excusaba.
Los ricos eran orgullosos y obstinados y, por eso, malvados (Jeremías 5:5). El profeta dice que iría a los grandes para ver si estaban más dispuestos a escuchar la palabra de Dios y reconocer su providencia. Hablaría con ellos y predicaría ante los que ocupaban posiciones de autoridad, con la esperanza de conmover a personas de mayor educación y rango. Pero fue inútil. Aunque conocían el camino del Señor y el juicio de su Dios, eran demasiado orgullosos para someterse a su gobierno. Habían roto el yugo y arrancado las ataduras.
Sabían lo que quería su Amo, pero estaban decididos a hacer las cosas a su manera. Caminaban según los deseos de su corazón y según lo que veían con sus propios ojos. Se consideraban demasiado refinados para ser controlados y demasiado importantes para ser corregidos, incluso por el Señor soberano de todo. Eran como aquellos que quieren romper las cadenas de Dios y liberarse de sus ataduras (Salmo 2:3). Los pobres eran débiles, los ricos eran voluntariosos, y ninguno de los dos grupos cumplía con su deber.
En cuarto lugar, el profeta menciona algunos pecados específicos de los que eran claramente culpables, pecados que clamaban al cielo por juicio. Sus pecados eran muchos, de distintas clases y repetidos con frecuencia. Sus rebeliones empeoraban cada vez más; seguían acumulándolas y se volvían más atrevidos en ellas (Jeremías 5:6). Pero dos pecados sobresalían como especialmente graves.
Uno era su infidelidad espiritual: daban a los ídolos el honor que solo le corresponde a Dios. «Tus hijos me han abandonado», dice Dios, refiriéndose a quienes habían nacido bajo su cuidado, habían sido dedicados a él y habían sido criados por él. Habían jurado por aquellos que no son dioses, apelando a ellos como si lo supieran todo y fueran sus jueces legítimos. Esto representa todo acto de adoración que pertenece únicamente a Dios, pero que se entregaba a los ídolos. Se habían comprometido con ellos, se habían unido a ellos y habían hecho un pacto con ellos. Quienes abandonan a Dios toman una mala decisión cuando se vuelven hacia dioses que no son dioses.
El otro era su infidelidad corporal.
Como habían abandonado a Dios y servido a los ídolos, él los entregó a deseos vergonzosos. Quienes lo deshonraron quedaron entregados a deshonrarse a sí mismos y a sus propias familias. Cometían adulterio descaradamente, sin vergüenza ni temor al castigo. Se reunían en grupos en las casas de las prostitutas y no se sonrojaban al ser vistos unos por otros en lugares tan perversos.
Su deseo sexual era tan atrevido y violento, tan reacio a ser controlado y tan ansioso por satisfacerse, que se volvieron como animales (Jeremías 5:8). Como caballos bien alimentados, ardían de deseo por las esposas de los demás, tal como dice Jeremías 5:8. Cuando las personas se entregan a deseos descontrolados, descienden al nivel de los animales irracionales. Tales pecados son repugnantes y aborrecibles.
Lo que hacía aún más grave su pecado era que usaban mal los dones de Dios. Cuando estaban satisfechos y tenían abundancia, sus deseos se volvían todavía más intensos. La abundancia de comida alimentaba el fuego del pecado de Sodoma. El lujo alimenta la lujuria. El ayuno y la negación propia ayudarían a dominar este deseo perverso, lleno de veneno mortal, y a someter el cuerpo.
Entonces Dios advierte que su ira vendría sobre ellos por su maldad y por la corrupción abierta que había en toda la tierra. Un enemigo extranjero irrumpiría, tomaría el control y devastaría el país, como si animales salvajes lo hubieran invadido. El enemigo sería como un león del bosque, fuerte, feroz e imparable, y los mataría. Sería como un lobo de la noche, que sale hambriento para apoderarse de su presa; terrible por su crueldad y su hambre. También sería como un leopardo, veloz, cruel y atento para no dejar escapar a su víctima.
El ejército enemigo vigilaría las ciudades con tanta atención que, si el pueblo permanecía dentro, moriría de hambre; y si salía, sería derribado. «Todo el que salga de allí será despedazado», lo cual muestra que en muchos lugares el enemigo no tendría compasión. Y todo este juicio sangriento vendría a causa de la gran cantidad de sus pecados. El pecado produce una gran matanza.
Entonces Dios les pregunta si su castigo no es justo. «¿Acaso no debo castigar estas cosas?», pregunta. ¿De verdad podían pensar que el Dios cuyo nombre es Celoso, porque protege con firmeza su honor y su pacto, dejaría sin castigo semejante idolatría? ¿O que un Dios de santidad pura pasaría por alto un pecado tan repugnante? Estas cosas deben recibir su merecido; de lo contrario, el gobierno de Dios perdería su honor y su ley sería tratada con desprecio. De otro modo, los pecadores podrían llegar a pensar que Dios es igual que ellos, lo cual contradice el testimonio de la conciencia, que declara que quienes practican tales cosas merecen la muerte (Romanos 1:32).
Cuando Dios castiga el pecado, la Escritura dice que lo «visita», es decir, que lo investiga. Esto significa que examina cuidadosamente el caso antes de pronunciar su juicio. Los pecadores deben esperar el castigo porque Dios es santo y el pecado lo ofende profundamente; y porque Dios es justo, el pecado nos deja culpables delante de él. Por eso dice: «¿Acaso no se vengará mi alma de una nación como esta?». No es solo la palabra de Dios, sino su misma alma, la que reclama venganza. También aplica juicios nacionales a los pecados nacionales: una nación como esta no puede continuar para siempre sin recibir castigo.
«¿Cómo voy a perdonarlos por esto?», dice él (Jeremías 5:7). Eso no significa que nadie que haya cometido estos pecados pueda encontrar jamás misericordia de Dios para recibir la vida eterna. El propio Manasés la recibió, aunque había contribuido mucho a la maldad de aquellos tiempos. Pero las naciones, como naciones, son juzgadas solamente en esta vida. Por eso, no honraría a Dios permitir que una nación tan malvada continuara sin señales claras de su desagrado.
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De este capítulo
Jeremías 5:2
"Aunque dicen: «Vive el SEÑOR», ciertamente juran en falso."
Jeremías 5:3
"Oh SEÑOR, ¿no están tus ojos puestos en la verdad? Los golpeaste, pero no sintieron dolor; los consumiste, pero se negaron a recibir corrección. Endurecieron sus rostros más que una roca; se negaron a volver."
Jeremías 5:4
"Por eso dije: Sin duda estos son pobres; son insensatos, porque no conocen el camino del SEÑOR ni el juicio de su Dios."
Jeremías 5:5
"Iré a los grandes y hablaré con ellos, porque ellos conocen el camino del SEÑOR y el juicio de su Dios. Pero ellos por completo quebraron el yugo y rompieron las ataduras."
Jeremías 5:6
"Por eso un león del bosque los matará, un lobo de los atardeceres los asolará y un leopardo vigilará sus ciudades. Todo el que salga de allí será despedazado, porque sus transgresiones son muchas y sus rebeliones han aumentado."
Jeremías 5:7
"¿Cómo he de perdonarte por esto? Tus hijos me abandonaron y juraron por los que no son dioses. Cuando los sacié, cometieron adulterio y se reunieron en grupos en las casas de las prostitutas."
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