Versículo destacado

Jeremías 15:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" ¡Ay de mí, madre mía, porque me diste a luz como hombre de contienda y hombre de disputa para toda la tierra! No he prestado con interés ni me han prestado con interés; sin embargo, todos ellos me maldicen. "

Jeremías 15:10

menu_book El versículo en contexto

8 Sus viudas se han multiplicado ante mí más que la arena de los mares. He traído contra la madre de los jóvenes un saqueador al mediodía; he hecho caer sobre ella de repente al saqueador, y terrores sobre la ciudad.

9 La que dio a luz a siete desfallece; ha expirado. Su sol se ha puesto cuando aún era de día; ha quedado avergonzada y confundida. Y al resto de ellos lo entregaré a la espada delante de sus enemigos, dice el SEÑOR.

10 ¡Ay de mí, madre mía, porque me diste a luz como hombre de contienda y hombre de disputa para toda la tierra! No he prestado con interés ni me han prestado con interés; sin embargo, todos ellos me maldicen.

11 El SEÑOR dijo: Ciertamente le irá bien a tu remanente; ciertamente haré que el enemigo te trate bien en el tiempo del mal y en el tiempo de la aflicción.

12 ¿Puede el hierro quebrar el hierro del norte y el acero?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Jeremías había regresado de su labor pública y se había retirado a la oración privada. Lo que sucedió allí entre él y Dios quedó registrado en estos versículos y en los que siguen; más tarde, el profeta lo dio a conocer para hacer sentir al pueblo el peso de su mensaje. Aquí encontramos la queja que Jeremías presenta ante Dios por los muchos desalientos que enfrentó en su ministerio (Jeremías 15:10).

Se encontró con una gran oposición. En efecto, era un hombre de contienda y conflicto para toda la tierra, es decir, para todo el país, pues su ministerio se desarrollaba únicamente entre ese pueblo. Tanto en la ciudad como en el campo se oponían a él, discutían con él y hacían todo lo posible por impedir su labor. Jeremías era un hombre pacífico; no les daba motivo para pelear con él ni se ofendía con facilidad. Sin embargo, llegó a ser un hombre de contienda, no porque él provocara los problemas, sino porque los problemas se levantaban contra él. Él buscaba la paz, pero cuando hablaba, ellos respondían con guerra.

La verdadera razón de su enojo era la fidelidad de Jeremías a Dios y el interés que tenía por sus almas. Él les mostraba sus pecados, les advertía que se acercaba la ruina y les señalaba el camino de escape. Esa era la mayor bondad que podía hacerles, pero precisamente eso era lo que los enfurecía. Lo trataron como a un enemigo por intentar salvarlos. Incluso al Príncipe de Paz lo llamaron señal de contradicción y tuvo que enfrentar continuamente la oposición de los pecadores. El evangelio de paz también produce división, e incluso trae fuego y espada (Mateo 10:34-35; Lucas 12:49, 12:51).

Todo esto hizo que Jeremías se sintiera profundamente afligido y, en algunos momentos, hasta impaciente. Clamó: «¡Ay de mí, madre mía, porque me diste a luz!», como si fuera culpa de su madre que hubiera nacido para llevar una vida tan difícil. Parecía desear no haber nacido. Si sus palabras expresaban una reacción exagerada o impulsiva, eso habría sido una debilidad de su parte. Aun así, es más probable que estuviera derramando delante de Dios un lamento muy doloroso por su situación.

Esto nos enseña que incluso las personas más tranquilas y pacíficas, cuando sirven fielmente a Dios, muchas veces terminan siendo consideradas personas conflictivas. Solo podemos seguir la paz hasta donde dependa de nosotros. No podemos controlar los dos lados de cada conflicto; por eso, lo único que podemos hacer es esforzarnos por vivir en paz. También es muy difícil para una persona pacífica convivir con quienes siempre están buscando pleito. Sin embargo, si no podemos vivir con los demás tan pacíficamente como quisiéramos, no debemos permitir que eso nos robe la paz interior.

Jeremías también sufrió mucho desprecio, vergüenza y reproche. Todos lo maldecían. Lo trataban como a un hombre problemático, un alborotador que provocaba discordia y rebelión. Debieron bendecirlo y darle gracias a Dios por haberlo enviado, pero el odio que sentían hacia la palabra de Dios los llevó a maldecir a su mensajero. Hablaban mal de él, le deseaban el mal y trataban de hacer que los demás lo odiaran. Casi nadie en Judá o en Jerusalén estaba dispuesto a defenderlo con una buena palabra.

Con frecuencia, a las mejores personas se les ponen los peores nombres. Así persiguieron a los profetas. Alguien podría pensar que Jeremías había hecho algo para merecer ese trato, pero él afirma que no había hecho nada semejante. No había prestado dinero ni había pedido dinero prestado. La expresión es suficientemente amplia como para indicar que no tenía participación en ese tipo de negocios.

Esto también sugiere que quienes se involucran profundamente en los asuntos del mundo muchas veces terminan envueltos en conflictos. Lo mío y lo tuyo suelen estar en la raíz de muchas disputas. Prestamistas y deudores se demandan unos a otros, y quienes comercian mucho con frecuencia acumulan también mucho resentimiento. Jeremías mostró aquí una gran sabiduría, y este ejemplo quedó escrito para nuestra instrucción. Como había sido llamado a ser profeta, no se enredó en los asuntos de esta vida; se mantuvo apartado de ellos para dedicarse por completo a su llamado y no dar la impresión de que buscaba ganancias materiales.

No prestaba dinero, porque no era usurero, ni pedía dinero prestado; tampoco era comerciante, comprador compulsivo ni derrochador. Estaba claramente desapegado de este mundo y de sus cosas. Le bastaba con poco para vivir, y más adelante se nos dice que no tenía esposa ni hijos que mantener (Jeremías 16:2).

Aun así, aunque se comportaba con prudencia y de una manera que debió haberle ganado el respeto general, seguía siendo objeto del rechazo público por causa de la maldad de aquellos tiempos. Gracias a Dios, nuestra situación no es tan mala como para que la virtud no reciba ningún reconocimiento. Sin embargo, quienes actúan con mayor sabiduría no deben sorprenderse si no reciben el honor que merecen. No debe sorprendernos que el mundo odie a quienes pertenecen a Dios.

Después viene la respuesta de Dios a esta queja. Aunque en las palabras de Jeremías había una mezcla de sentimientos intensos y debilidad humana, Dios las escuchó con bondad, porque el profeta sufría reproche por causa de Dios. Primero le aseguró que soportaría la tormenta y que al final encontraría alivio (Jeremías 15:11). Aunque sus vecinos discutían con él por causa de su fidelidad, Dios lo aceptaba y prometía estar a su lado.

En el idioma original, esta promesa se expresa en forma de juramento, como si Dios dijera: «Si no cuido de ti, que nunca se me considere fiel». Verdaderamente, el final de tu vida será bueno; es decir, el resto de tus días será más llevadero que los que ya han pasado. La versión caldea lo expresa así: «Tu final será bueno».

Este es un apoyo firme y suficiente para el pueblo de Dios: aunque su camino esté lleno de problemas, al final todo estará bien para ellos (Salmo 37:37). Todavía tienen un remanente, algo que Dios ha reservado para el final, y eso será suficiente para compensar todas sus aflicciones. La esperanza de ese final puede ayudarles a descansar.

Al parecer, Jeremías también estaba angustiado por la posibilidad de sufrir intensamente los juicios públicos que veía venir. Aunque no lo expresó claramente, Dios respondió a ese temor como en otra ocasión había respondido a Moisés (Éxodo 4:19). Tal vez Jeremías pensaba: «Si mis amigos me tratan así, ¿qué harán mis enemigos?». Dios ya había despertado en él cierta expectativa de algo semejante (Jeremías 12:5). Pero aquí lo calma con esta promesa: «Ciertamente haré que el enemigo te trate bien en el tiempo de la angustia, cuando todo a tu alrededor quede devastado».

Dios tiene todos los corazones en sus manos y puede hacer que incluso aquellos a quienes más temen sus siervos actúen con bondad hacia ellos. Los profetas del Señor muchas veces han recibido un trato más amable de parte de sus enemigos declarados que de quienes afirman pertenecer al pueblo de Dios. Cuando llega la angustia y parece muy severa, no debemos entregarnos a la desesperación. Debemos confiar en Dios, porque el resultado puede ser mejor de lo que esperamos.

Esta promesa se cumplió cuando Nabucodonosor, después de tomar la ciudad, ordenó al capitán de la guardia que tratara bien a Jeremías y le concediera lo que quisiera (Jeremías 39:11-12).

Las palabras que siguen —«¿Acaso el hierro podrá romper el hierro del norte y el acero o el bronce?»— tenían el propósito de consolar a Jeremías (Jeremías 15:12). Al compararlas con la promesa de Dios de hacerlo «columna de hierro y muro de bronce» (Jeremías 1:18), entendemos que sus enemigos no lograrían vencerlo. Ellos seguían golpeándolo y eran duros y ásperos como el hierro, pero Dios había fortalecido a Jeremías con valor y poder de lo alto.

Él era como el hierro del norte, que por naturaleza es más fuerte, y como el acero, endurecido mediante habilidad y calor. Por eso, sus enemigos no prevalecerían contra él, como también vemos en (Ezequiel 2:6; Ezequiel 3:8-9). Jeremías podía soportar mejor sus ataques porque sabía que la victoria estaba asegurada.

Dios también le asegura que sus enemigos y perseguidores serían arrasados por la tormenta que se acercaba y finalmente quedarían destruidos. De ese modo, la palabra de Dios anunciada por medio de Jeremías demostraría ser verdadera, y él quedaría confirmado como un verdadero profeta (Jeremías 15:13-14). En este punto, Dios deja de hablarle al profeta y se dirige al pueblo.

Las mismas palabras de Jeremías 15:12 también se aplican a ellos: ¿podrían su valor, sus fuerzas y todos sus mejores esfuerzos resistir el plan de Dios o al ejército caldeo, que sería tan difícil de detener como el hierro del norte y el acero?

Por eso, Dios les anuncia su condena. «Entregaré tus riquezas y tus tesoros como botín, y lo haré sin pedir pago» significa que los saqueadores se los llevarían gratuitamente. Sería un botín fácil, obtenido sin costo. Jeremías era pobre y no tenía propiedades ni riquezas que perder, así que el enemigo lo trataría con mayor consideración. Un viajero pobre tiene poco que temer de un ladrón.

Pero quienes tenían grandes propiedades, dinero y tierras serían asesinados por lo que poseían o serían obligados a sufrir terriblemente para que el enemigo pudiera sacarles todavía más. En todo esto, su propio pecado era lo que los corregía. La expresión «por todos tus pecados, en todos tus territorios» significa que cada parte del país había contribuido a acumular la culpa de la nación, incluso los lugares más distantes. Por eso, cada parte de la tierra tendría que responder por ella. Ninguna tribu debía culpar a otra; cada una debía avergonzarse delante de Dios.

Permanecerían en casa hasta ver sus bienes arruinados, y después serían llevados al exilio para pasar el resto triste de sus vidas en esclavitud. Dios dice: «Haré que vayan con sus enemigos», lo que significa que serían llevados como prisioneros de guerra a una tierra desconocida, donde no podrían esperar ningún consuelo. Todo esto proviene de la ira de Dios. Es un fuego encendido por su furor y, si no se apaga a tiempo, arderá para siempre.

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