Versículo destacado

Isaías 50:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Así dice el SEÑOR: ¿Dónde está el acta de divorcio de su madre, a quien yo repudié? ¿O a cuál de mis acreedores los he vendido? Miren, por sus iniquidades se vendieron ustedes mismos, y por sus transgresiones fue repudiada su madre. "

Isaías 50:1

menu_book El versículo en contexto

1 Así dice el SEÑOR: ¿Dónde está el acta de divorcio de su madre, a quien yo repudié? ¿O a cuál de mis acreedores los he vendido? Miren, por sus iniquidades se vendieron ustedes mismos, y por sus transgresiones fue repudiada su madre.

2 ¿Por qué, cuando vine, no había ningún hombre? Cuando llamé, ¿no hubo nadie que respondiera? ¿Acaso se ha acortado mi mano de modo que no pueda redimir? ¿O no tengo poder para librar? Miren, con mi reprensión seco el mar y convierto los ríos en desierto; sus peces apestan porque no hay agua y mueren de sed.

3 Visto los cielos de oscuridad y hago que la tela de saco sea su cubierta.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

A menudo, quienes han afirmado ser el pueblo de Dios, pero sienten que él los ha tratado con dureza, se apresuran a quejarse contra él. Culpan a Dios, como si hubiera sido injusto o severo sin motivo. En respuesta a esas quejas, Isaías les presenta un desafío y una advertencia.

En primer lugar, Dios los llama a demostrar que el problema comenzó de su parte (Isaías 50:1). Ellos no podían decir que él les hubiera hecho daño ni que los hubiera tratado injustamente. Dios había sido como un esposo para ellos, y en aquellos días los esposos podían despedir a sus mujeres por casi cualquier motivo y darles un acta de divorcio (Deuteronomio 24:1; Mateo 19:7). Sin embargo, ellos no podían afirmar que Dios les hubiera hecho eso. Ahora estaban separados de él y habían pasado muchos días sin servicio sacerdotal, altar ni sacrificio, pero ¿de quién era la culpa? No podían presentar ninguna prueba de que Dios hubiera dado a su madre un acta de divorcio, pues el documento se entregaba a la mujer que era despedida.

Dios también había sido como un padre para ellos. En aquellos días, los padres incluso podían vender a sus hijos como esclavos para pagar deudas que de otro modo no podrían saldar. Es cierto que los judíos fueron vendidos a los babilonios y, más tarde, a los romanos, pero ¿acaso Dios los vendió para pagar sus propias deudas? No. Él no les debía nada a aquellos a quienes fueron entregados y, si los hubiera vendido, no habría obtenido riqueza alguna con ese precio (Salmos 44:12). Cuando Dios disciplina a sus hijos, no lo hace para su propio placer (Hebreos 12:10) ni para obtener algún beneficio. Todos los que son salvos lo son por gracia, pero quienes perecen quedan bajo la santidad y la justicia de Dios, no por una demostración descuidada de poder.

En segundo lugar, Dios pone la culpa sobre ellos. Les muestra que fueron ellos mismos quienes provocaron su ruina: «Por sus iniquidades se vendieron ustedes mismos». Sus pecados nacieron de sus propios deseos y de la satisfacción de sus inclinaciones pecaminosas. No fueron vendidos como hijos por un padre que necesitaba pagar una deuda, sino como criminales vendidos por un juez para recibir castigo. Se vendieron a sí mismos para hacer el mal y, por eso, Dios justamente los entregó en manos de sus enemigos (2 Crónicas 12:5, 2 Crónicas 12:8). Su madre fue despedida por causa de sus pecados, porque la infidelidad y el adulterio siempre se consideraban motivos legítimos para el divorcio. Los judíos fueron enviados a Babilonia por su idolatría, que quebrantó el pacto matrimonial, y finalmente fueron rechazados por crucificar al Señor de gloria. Esos fueron los pecados por los que fueron vendidos y despedidos.

En tercer lugar, Dios confirma tanto este desafío como esta acusación. Es evidente que su rechazo tuvo su origen en ellos mismos, porque Dios vino a ofrecerles su favor y su ayuda, ya fuera para evitar que llegara la aflicción o para rescatarlos de ella, pero ellos lo ignoraron junto con toda la gracia que les ofrecía. «¿Me culpan a mí?», dice Dios. «Entonces díganme por qué, cuando vine, no había nadie que me recibiera, y cuando llamé, nadie respondió» (Isaías 50:2). Dios vino a ellos por medio de sus profetas, pidiendo el fruto de su viña (Mateo 21:34). Envió a sus mensajeros, levantándose temprano y enviándolos una y otra vez (Jeremías 35:15). Los llamó a apartarse de sus pecados y escapar de la ruina, pero casi nadie escuchó, respondió ni siguió las advertencias. Por eso fueron vendidos y despedidos. Como se burlaron de los mensajeros del Señor, Dios hizo que el rey de Babilonia viniera contra ellos (2 Crónicas 36:16, 2 Crónicas 36:17).

Finalmente, Dios les envió a su Hijo. Él vino a su propio pueblo, pero los suyos no lo recibieron. Los llamó a acercarse a él, pero nadie respondió. Habría querido reunir a los hijos de Jerusalén, pero ellos no quisieron venir. Conocían las cosas que les traerían paz, pero no quisieron reconocerlas e ignoraron el día en que Dios los visitó. Por causa de ese pecado, fueron despedidos y su casa quedó desolada (Mateo 21:41; Mateo 23:37, Mateo 23:38; Lucas 19:41, Lucas 19:42). Cuando Dios llama a las personas a la felicidad y ellas se niegan a responder, justamente las deja entregadas a la miseria.

Su ruina no se debió a que Dios careciera de poder. Él es todopoderoso y podía haberlos rescatado de una muerte tan grande. Tampoco se debió a que Cristo careciera de poder, pues él puede salvar por completo. Los judíos incrédulos que estaban en Babilonia pensaban que no habían sido liberados porque su Dios no podía salvarlos, y los judíos de los días de Cristo se burlaban diciendo: «¿Puede este hombre salvarnos? Ni siquiera puede salvarse a sí mismo». Pero Dios dice: «¿Acaso mi mano es demasiado corta o ha perdido su fuerza?». Nada puede limitar al Dios todopoderoso. ¿Acaso el gran Redentor no puede redimir? ¿Acaso aquel cuyo poder es infinito no puede liberar?

Para silenciar sus dudas acerca de su poder, Dios presenta pruebas claras. Cuando quiere, puede secar los mares y convertir los ríos en tierra desierta. Eso hizo con Israel cuando lo redimió de Egipto, y puede hacerlo de nuevo para redimirlo de Babilonia. Lo hace con la misma facilidad con que pronuncia una palabra. Puede secar los ríos por completo, de modo que los peces mueran por falta de agua y se descompongan allí. Cuando Dios convirtió en sangre las aguas de Egipto, mató a los peces (Salmos 105:29). Las palabras del Salvador sobre una fe capaz de mover montañas y plantar árboles en el mar muestran algo parecido. Si la fe pudiera hacer eso, entonces ciertamente la fe también los salvaría, y no tendrían excusa si perecieran por su incredulidad.

Además, cuando quiere, puede ocultar las luces del cielo, cubrirlas de oscuridad y hacer que parezcan vestidas de luto, como de tela áspera (Isaías 50:3). Lo hace por medio de nubes densas y oscuras que él controla y dispone (Job 36:32; Job 37:16).

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