Versículo destacado
Jeremías 14:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Así dice el SEÑOR acerca de este pueblo: «Así han amado andar errantes; no han refrenado sus pies». Por tanto, el SEÑOR no los acepta; ahora recordará su iniquidad y castigará sus pecados. "
Jeremías 14:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Oh esperanza de Israel, su Salvador en tiempo de angustia, ¿por qué has de ser como un extranjero en la tierra y como un viajero que se desvía para pasar una noche?
9 ¿Por qué has de ser como un hombre atónito, como un hombre poderoso que no puede salvar? Sin embargo, tú, oh SEÑOR, estás en medio de nosotros, y somos llamados por tu nombre; no nos abandones.
10 Así dice el SEÑOR acerca de este pueblo: «Así han amado andar errantes; no han refrenado sus pies». Por tanto, el SEÑOR no los acepta; ahora recordará su iniquidad y castigará sus pecados.
11 Entonces el SEÑOR me dijo: «No ores por el bien de este pueblo».
12 Cuando ayunen, no escucharé su clamor; y cuando ofrezcan holocausto y ofrenda, no los aceptaré, sino que los consumiré con la espada, el hambre y la pestilencia.
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La disputa de Dios con su profeta en este capítulo se parece a la que hubo entre el dueño de una viña y el hombre que la cuidaba, a propósito de una higuera estéril (Lucas 13:7). La justicia del dueño exigía que la cortaran, mientras que el jardinero rogaba que le dieran un poco más de tiempo. Jeremías había estado suplicando a Dios en oración que mostrara misericordia al pueblo. Ahora Dios le responde y le muestra que esa petición ya no podía sostenerse.
Dios dice acerca de este pueblo, y no «mi pueblo», porque habían quebrantado el pacto con él. Todavía llevaban su nombre y en otro tiempo habían disfrutado de señales de su presencia, pero su pecado lo había alejado de ellos. Jeremías había reconocido su culpa y esperaba que la misericordia aún pudiera llegar por medio de la oración y los sacrificios. Ahora Dios le dice que no eran aptos para recibir perdón, porque sus rebeliones eran muchas y no tenían un deseo verdadero de volver. Se habían apartado, y amaban apartarse; por eso su ruina vendría como resultado de su propia elección. Su pecado no era solo debilidad o descuido; era algo que disfrutaban. Los pecadores se apartan de Dios, y ese apartamiento les hace perder su favor. Pero amar ese camino en vez de lamentarlo los deja completamente excluidos.
Dios les había advertido lo que resultaría de seguir ese camino: un pecado conduciría a otro y terminaría en destrucción. Sin embargo, no escucharon, aun después de que los profetas hablaron y cayeron los juicios. Ni siquiera se detuvieron por un momento en su curso pecaminoso. Eso era precisamente lo que Dios les estaba reclamando. Cuando retuvo la lluvia del cielo, estaba recordando su pecado y tratándolos conforme a él. Su tierra fértil se estaba volviendo estéril a causa de su maldad.
Tampoco tenían derecho a esperar que el Dios que habían rechazado todavía los aceptara, aunque ayunaran y oraran, o gastaran dinero en holocaustos y sacrificios. El SEÑOR no los aceptaba. No se complacía en ellos, porque el Dios santo no puede deleitarse en quienes se deleitan en sus rivales y prefieren cualquier otra cosa antes que a él. El ayuno debía haber demostrado arrepentimiento y una vida transformada. Los holocaustos y las ofrendas de cereales debían mostrar fe en un mediador, alguien que se presenta entre Dios y las personas. Pero si su corazón seguía orgulloso y sin cambio, Dios no escucharía su clamor, por fuerte que fuera, ni los aceptaría a ellos ni a su adoración. Desde mucho antes se había declarado que el sacrificio del malvado es detestable para el SEÑOR, y que solo quienes hacen lo correcto son aceptados (Génesis 4:7).
También habían perdido el beneficio de las oraciones de Jeremías porque se habían negado a escuchar su predicación. Por eso Dios repite la orden: «No ores por este pueblo para su bien» (Jeremías 7:15; Jeremías 11:14). Esto no le prohibía a Jeremías seguir preocupándose por ellos, así como Moisés continuó intercediendo por Israel después de que Dios dijo: «Déjame» (Éxodo 32:10). Pero sí significaba que no debían esperar ningún buen resultado de sus oraciones mientras siguieran apartándose de la ley de Dios. De esta manera se confirmó la sentencia contra los que no se arrepienten, así como se confirmó el rechazo de Saúl cuando se le dijo a Samuel: «¿Hasta cuándo llorarás por Saúl?». Dios dice que los consumirá, no solo por medio del hambre, sino también por la espada y la enfermedad, porque tiene muchas flechas en su aljaba. A quienes no se dejan corregir por un juicio, otro juicio los destruirá.
Entonces Jeremías presenta otra razón para la terquedad del pueblo, aunque solo es una excusa. Dice que los falsos profetas los habían engañado, prometiéndoles paz mientras el pueblo continuaba viviendo en pecado (Jeremías 14:13). Habla con tristeza: «Ah, Señor DIOS, el pueblo parece dispuesto a escuchar a cualquiera que hable en tu nombre. Hay hombres que les dicen, en tu nombre, que no verán espada ni hambre. Hablan con la seguridad de los profetas, y el pueblo les cree. Yo les digo lo contrario, pero tengo que enfrentarme a muchos. Como la gente está tan dispuesta a creer lo que le conviene, Señor, ten compasión de ellos y perdónalos, porque sus líderes los han hecho desviarse». Esta excusa tendría más peso si ellos no hubieran sido advertidos ya acerca de los falsos profetas y enseñados a reconocerlos. Por eso, si fueron engañados, la culpa seguía siendo de ellos. Aun así, debemos, hasta donde la verdad lo permita, hacer el mejor juicio posible y hablar con tanta bondad como las circunstancias lo permitan.
Dios no solo rechaza esta excusa; también condena a los engañadores y a los engañados a caer juntos. Primero, rechaza a los profetas aduladores. Profetizan mentiras en su nombre. Él no los envió, no les dio órdenes ni les habló. Nunca les entregó ningún mensaje, mucho menos ese mensaje que adormecía al pueblo en una falsa seguridad. No fueron enviados por Dios, y Dios no adula a las personas. Los seres humanos pueden adularse a sí mismos y Satanás puede adularlos, pero Dios nunca lo hace. Lo falso es vacío y no sirve para nada. Una visión que no es verdadera, aunque sea agradable, no tiene ningún valor. Es solo el engaño de su propio corazón, como una telaraña tejida por ellos mismos. Imaginan que los protegerá, pero desaparecerá en un instante y demostrará ser un fraude cruel. Quienes ponen sus propios pensamientos por encima de la palabra de Dios, diciendo en efecto: «Dios dice esto, pero yo pienso otra cosa», caminan en el autoengaño, y ese camino los llevará a la ruina.
Después Dios pronuncia juicio contra los mismos profetas aduladores. Como le dijeron al pueblo que tendría paz, y hasta usaron el nombre de Dios para hacerlo, ellos mismos no tendrán paz.
Caerán primero bajo los mismos juicios que habían asegurado a otros que nunca llegarían. Estos profetas les habían asegurado al pueblo que la espada y el hambre no entrarían en la tierra, pero pronto quedará claro cuánto valían sus palabras cuando ellos mismos sean exterminados por la espada y el hambre. ¿Cómo podrían proteger a otros o hablarles de paz, si no podían protegerse a sí mismos ni siquiera ver a tiempo el problema que se acercaba para escapar de él?
La lección es clara: el peor castigo espera a quienes les dicen a los pecadores que pueden continuar en el mal sin sufrir consecuencias. Las personas que escucharon esas mentiras y estuvieron dispuestas a dejarse engañar también morirán por la espada y el hambre (Jeremías 14:16). Aunque las personas se nieguen a creer las advertencias de Dios y los falsos maestros las nieguen, las amenazas de Dios permanecen. La espada y el hambre llegarán con tanta certeza como él lo dijo, y quienes se sienten más seguros a menudo son los que están en mayor peligro. Las personas impías no escaparán del infierno diciendo que no creen que exista. Experimentarán aquello que se negaron a temer.
Este pueblo no solo caerá por la espada y el hambre, sino que quedará como un ejemplo público de la justicia de Dios, como si lo hubieran exhibido encadenado. Sus cuerpos quedarán en las calles de Jerusalén, un lugar que debió mantenerse limpio de semejante miseria. Yacerán allí sin sepultura. Sus familiares más cercanos, que debieron realizar ese último acto de amor, no podrán hacerlo porque serán demasiado pobres, estarán demasiado débiles por el hambre, demasiado abatidos por el dolor o carecerán demasiado del afecto natural necesario para honrarlos.
De esta manera Dios hará que su propia maldad recaiga sobre ellos; es decir, recibirán el castigo que su maldad merece. Las copas llenas de la ira de Dios serán derramadas sobre ellos, porque se han hecho responsables de recibirla. Cuando los pecadores se vean abrumados por los problemas, deben reconocer en ellos el regreso de su propia maldad. Esto se aplica tanto a los falsos profetas como al pueblo. Los ciegos guían a los ciegos, y ambos caen juntos en el hoyo, donde no encontrarán consuelo el uno en el otro.
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De este capítulo
Jeremías 14:1
"La palabra del SEÑOR que vino a Jeremías acerca de la sequía."
Jeremías 14:2
"Judá está de duelo, y sus puertas languidecen; están ennegrecidas hasta el suelo, y el clamor de Jerusalén ha subido."
Jeremías 14:3
"Sus nobles enviaron a sus pequeños a buscar agua. Ellos llegaron a las cisternas, pero no encontraron agua; regresaron con sus vasijas vacías. Quedaron avergonzados y confundidos, y se cubrieron la cabeza."
Jeremías 14:4
"Como el suelo está agrietado porque no hubo lluvia en la tierra, los labradores quedaron avergonzados y se cubrieron la cabeza."
Jeremías 14:5
"Aun la cierva parió en el campo y abandonó a su cría porque no había hierba."
Jeremías 14:6
"Los asnos salvajes se detenían en los lugares altos y aspiraban el viento como dragones; sus ojos desfallecían porque no había hierba."
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