Versículo destacado
Jeremías 16:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y sucederá que, cuando muestres a este pueblo todas estas palabras, ellos te dirán: ¿Por qué ha pronunciado el SEÑOR todo este gran mal contra nosotros? ¿Cuál es nuestra iniquidad? ¿Cuál es el pecado que hemos cometido contra el SEÑOR nuestro Dios? "
Jeremías 16:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Tampoco entrarás en la casa de banquete para sentarte con ellos a comer y beber.
9 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: Miren, haré cesar en este lugar, ante sus ojos y en sus días, la voz de alegría y la voz de gozo, la voz del novio y la voz de la novia.
10 Y sucederá que, cuando muestres a este pueblo todas estas palabras, ellos te dirán: ¿Por qué ha pronunciado el SEÑOR todo este gran mal contra nosotros? ¿Cuál es nuestra iniquidad? ¿Cuál es el pecado que hemos cometido contra el SEÑOR nuestro Dios?
11 Entonces les dirás: Porque sus padres me abandonaron, dice el SEÑOR, siguieron a otros dioses, los sirvieron, los adoraron, me abandonaron y no guardaron mi ley.
12 Y ustedes han hecho cosas peores que sus padres, pues cada uno sigue la imaginación de su malvado corazón para que no me escuchen.
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Aquí se plantea, en primer lugar, la pregunta de por qué Dios traería esos juicios sobre ellos (Jeremías 16:10). Cuando Jeremías les mostrara todas esas palabras, las palabras de esta maldición, ellos preguntarían: «¿Por qué ha pronunciado el SEÑOR todo este gran mal contra nosotros?». Uno quisiera pensar que algunos harían esa pregunta con un corazón humilde y arrepentido, deseando saber qué pecado había provocado el juicio de Dios para apartarse de él y evitar que el juicio viniera. Sería como decir: «Muéstrennos quién está causando esta tormenta, y lo arrojaremos por la borda». Pero aquí parece escucharse la voz de personas que discutían con la palabra de Dios y exigían saber qué habían hecho para merecer un castigo tan severo.
En vez de humillarse y reconocer su propia culpa, afirmaban que eran inocentes y daban a entender que Dios les había hecho mal al anunciarles esa calamidad. Actuaban como si él les hubiera impuesto más de lo justo y como si tuvieran motivos para presentar una acusación contra Dios, tal como se expresa en Job 34:23. Es impresionante lo difícil que es lograr que los pecadores, cuando llega la aflicción, reconozcan la justicia de Dios, se juzguen a sí mismos y admitan el pecado que provocó el problema.
Aquí se da, en segundo lugar, una respuesta clara a esa pregunta. Si le preguntaban al profeta por qué Dios estaba enojado con ellos, él debía decirles más que el hecho de que Dios tenía una razón buena y justa. También debía explicarles claramente cuál era esa razón, para que fueran convencidos y humillados, o al menos para que quedara demostrado que Dios tenía la razón. Debían saber, entonces, que Dios los estaba castigando tanto por los pecados de sus padres como por los propios.
En primer lugar, Dios hacía recaer sobre ellos los pecados de sus padres (Jeremías 16:11). Sus padres lo habían abandonado y no habían guardado su ley. Habían rechazado los mandamientos de Dios y se habían cansado de ellos, considerándolos sencillos y poco atractivos. Después siguieron a otros dioses, cuyo culto les parecía más llamativo y espléndido. Les gustaban la variedad y las novedades, por eso servían y adoraban a esos dioses. Este era el pecado contra el que Dios había advertido en el segundo mandamiento: castigaría a los hijos que persistieran en esas prácticas idólatras recibidas de sus padres (1 Pedro 1:18).
En segundo lugar, Dios también tomaba en cuenta sus propios pecados (Jeremías 16:12). Habían hecho suyo el pecado de sus padres, y ahora enfrentaban un castigo que se había retrasado durante la época de ellos. Habían actuado peor que sus padres. Si hubieran aprovechado ese retraso y hubieran permitido que la paciencia de Dios los llevara al arrepentimiento, podrían haber actuado mejor y el juicio quizá se habría evitado. El retraso podría haberse convertido en un perdón nacional. Pero lo usaron mal. Ese tiempo los endureció en el pecado, y por eso las consecuencias fueron peores. Cuando terminó el retraso, la sentencia fue más severa y se ejecutó con mayor dureza.
Eran más atrevidos y obstinados en el pecado que sus padres. Cada uno seguía las ideas rebeldes de su propio corazón, convirtiéndolas en su guía y norma, y escogiendo deliberadamente no escuchar a Dios ni a sus profetas. Dejaban que sus deseos y pasiones hablaran con tanta fuerza que ahogaban la voz de la conciencia. No es de extrañar que Dios hubiera decidido: «Los expulsaré de esta tierra» (Jeremías 16:13). Esa era una tierra de luz, un valle de visión. Como no quisieron escucharlo, ya no oirían su voz. Serían llevados, no a un país cercano que alguna vez hubieran conocido, sino a una tierra lejana que ni ellos ni sus padres conocían, un lugar donde no tendrían vínculos ni esperanza de recibir consuelo de la compañía de personas conocidas que aliviaran su sufrimiento.
Era apropiado que quienes habían anhelado dioses extraños, dioses que ni ellos ni sus padres conocían, fueran enviados a una tierra extraña (Deuteronomio 32:17). Dos cosas harían especialmente amarga su destierro, y ambas tenían que ver con el alma, que es la parte más valiosa de nuestro ser. Las mayores aflicciones del cautiverio serían las que herían el alma y le impedían alcanzar su verdadera felicidad.
En primer lugar, el gozo del alma consiste en servir a Dios, pero allí servirían a otros dioses día y noche. Estarían constantemente tentados a servirlos y quizá incluso serían obligados a hacerlo por amos crueles. Y cuando fueran forzados a adorar ídolos, llegarían a cansarse de ese culto, así como antes se habían aficionado a él cuando sus reyes piadosos se lo habían prohibido. Con frecuencia Dios hace que el pecado de una persona se convierta en su propio castigo y llena al que se aparta de él con aquello que antes había escogido.
Tampoco tendrían un culto público que no fuera la adoración de ídolos, y entonces recordarían con tristeza lo poco que habían valorado la adoración del Dios verdadero. En segundo lugar, el gozo del alma consiste en conocer el favor amoroso de Dios, pero irían a una tierra extraña donde él no les mostraría su favor. Si hubieran tenido el favor de Dios, hasta el destierro podría haberles parecido agradable. Pero cuando una persona vive bajo su ira, incluso el yugo de la opresión se vuelve insoportable.
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De este capítulo
Jeremías 16:1
"También vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 16:2
"No tomarás esposa para ti, ni tendrás hijos ni hijas en este lugar."
Jeremías 16:3
"Porque así dice el SEÑOR acerca de los hijos y de las hijas que nacen en este lugar, acerca de sus madres que los dieron a luz y acerca de sus padres que los engendraron en esta tierra:"
Jeremías 16:4
"Morirán de muertes dolorosas; no serán lamentados ni serán sepultados, sino que serán como estiércol sobre la superficie de la tierra. Serán consumidos por la espada y por el hambre, y sus cadáveres serán alimento para las aves del cielo y para las bestias de la tierra."
Jeremías 16:5
"Porque así dice el SEÑOR: No entres en la casa de duelo ni vayas a lamentarlos ni a llorarlos, porque he quitado de este pueblo mi paz, dice el SEÑOR, así como mi bondad amorosa y mis misericordias."
Jeremías 16:6
"Tanto el grande como el pequeño morirán en esta tierra. No serán sepultados, nadie se lamentará por ellos, ni se harán cortes ni se raparán la cabeza por ellos."
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