Versículo destacado

Jeremías 13:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Por tanto, les dirás esta palabra: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Toda botella será llena de vino. Y ellos te dirán: ¿Acaso no sabemos bien que toda botella será llena de vino? "

Jeremías 13:12

menu_book El versículo en contexto

10 Este pueblo malvado, que se niega a escuchar mis palabras, que anda según la imaginación de su corazón y va tras otros dioses para servirlos y adorarlos, será como este cinturón, que no sirve para nada.

11 Porque, así como el cinturón se ciñe a la cintura de un hombre, así hice que se ciñeran a mí toda la casa de Israel y toda la casa de Judá, dice el SEÑOR, para que fueran para mí un pueblo, un nombre, una alabanza y una gloria; pero no quisieron escuchar.

12 Por tanto, les dirás esta palabra: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Toda botella será llena de vino. Y ellos te dirán: ¿Acaso no sabemos bien que toda botella será llena de vino?

13 Entonces les dirás: Así dice el SEÑOR: Miren, llenaré de embriaguez a todos los habitantes de esta tierra, incluso a los reyes que se sientan en el trono de David, a los sacerdotes, a los profetas y a todos los habitantes de Jerusalén.

14 Los estrellaré unos contra otros, tanto a los padres como a los hijos, dice el SEÑOR. No tendré piedad, ni perdonaré, ni tendré misericordia, sino que los destruiré.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se anuncia un juicio contra este pueblo que lo dejaría completamente abrumado. El SEÑOR lo presenta mediante una imagen para que se perciba y se sienta con mayor fuerza: «Toda botella será llena de vino» (Jeremías 13:12). El significado es que quienes se han hecho merecedores del juicio, como vasos de ira preparados para destrucción, serán llenos de la ira de Dios, así como una botella se llena de vino. De la misma manera, todo vaso de misericordia preparado para gloria será lleno de misericordia y gloria (Isaías 51:20).

También serían tan frágiles como las botellas. Al igual que los odres viejos que se revientan cuando se les pone vino nuevo, ellos serían quebrantados (Mateo 9:17). O quizá la expresión signifique que sus mentes estarían tan llenas de confusión como las botellas están llenas de vino, algo que se explica en Jeremías 13:13. Compárese con Isaías 51:17. Tal vez este era un dicho común entre ellos, usado de distintas maneras. Pero no entendieron lo que el profeta quería decir y se burlaron de él: «¿Acaso no sabemos ya que toda botella estará llena de vino? ¿Por qué nos dices algo tan obvio?». Quizá también se ofendieron porque sabían que aquello era un reproche por su embriaguez. Amaban las botellas de vino y la bebida (Oseas 3:1). Sus atalayas solo pensaban en el vino (Isaías 56:12). Amaban a los falsos profetas que les prometían vino y placer y les decían que estuvieran alegres, como si nunca les fuera a faltar una botella que los mantuviera contentos (Miqueas 2:11).

La respuesta del profeta es: «Sí, sus botellas estarán llenas de vino, pero no del vino que ustedes desean». Quiere decir que quedarían embriagados en un sentido más profundo. Una persona ebria se parece a una botella llena de vino, porque cuando entra el vino, salen la sabiduría y el dominio propio. Dios dice que todos serían llenos de embriaguez (Jeremías 13:13). Sus planes se confundirían, sus palabras fallarían y sus pasos vacilarían. No sabrían lo que dicen ni lo que hacen, mucho menos lo que deberían decir o hacer. Se hartarían de todo aquello en lo que se deleitaban y lo vomitarían, como hacen los borrachos (Job 20:15). Caerían en un sueño impotente, incapaces de ayudarse a sí mismos; y, como quienes han perdido la razón por beber demasiado, quedarían expuestos a la burla y a merced de los demás.

Esto no les ocurriría solamente a unos cuantos. Incluso los reyes que se sentaban en el trono de David, quienes debían haber sido como su antepasado David, sabios y firmes, quedarían embriagados de esa manera. Sus sacerdotes y profetas, especialmente los falsos profetas que debían guiarlos, también perderían el juicio. Se habían entregado a sus propios deseos y, por eso, justamente serían privados de sus sentidos. De hecho, todo el pueblo, tanto el que vivía en la tierra como el que estaba en Jerusalén, sería llevado por el mismo camino. A quienes Dios se propone destruir, también los deja sin entendimiento.

Confundidos, se volverían unos contra otros. La copa del vino del furor del SEÑOR no solo los conduciría a la impotencia, sino también a la violencia. Dios dice: «Haré que un hombre se estrelle contra su hermano» (Jeremías 13:14). Su necedad y sus pleitos, propios de borrachos, contribuirían a su caída. Las personas ebrias suelen volverse conflictivas, y eso les trae dolor y vergüenza (Proverbios 23:29, Proverbios 23:30). Así, su pecado se convertiría en su castigo. Dios enviaría conflictos a las familias y a los vecindarios, como lo hizo en otra ocasión (Jueces 9:23), de modo que padres e hijos pelearían y estarían dispuestos a destrozarse unos a otros. Eso los convertiría en un blanco fácil para sus enemigos. Como este juicio ya estaba determinado, Dios dice: «No tendré compasión, ni perdonaré ni tendré misericordia, sino que los destruiré», porque ellos no habían tenido compasión, ni habían perdonado ni tenido misericordia, sino que se habían destruido unos a otros (Habacuc 2:15, Habacuc 2:16).

Aquí también hay un buen consejo, y si lo hubieran seguido, los habría librado de la ruina. En pocas palabras, necesitaban humillarse bajo la poderosa mano de Dios. Si escuchaban, esto era lo que Dios les decía: «No sean orgullosos» (Jeremías 13:15). El orgullo era uno de los pecados por los que Dios había estado contendiendo con ellos (Jeremías 13:9). Si se apartaban de ese pecado, Dios dejaría de presentar cargos contra ellos. No debían tener un concepto demasiado elevado de sí mismos cuando Dios hablaba por medio de sus profetas. No debían actuar con terquedad, desprecio ni rechazo a la enseñanza, ni despreciar a los mensajeros que llevaban su palabra. Cuando Dios se levantara contra ellos mediante su providencia, como lo hace por medio de sus obras y juicios, no debían volverse descuidados cuando los advirtiera ni enojarse cuando los castigara. El orgullo estaba detrás de ambas reacciones.

Debían recordar que el SEÑOR que hablaba es grande, que su autoridad no puede ser cuestionada y que su poder no puede ser resistido. Por eso debían inclinarse ante lo que él decía y dejar de ser orgullosos como lo habían sido. También debían honrar a Dios: «Den gloria al SEÑOR su Dios» y no a los ídolos ni a otros dioses. Le dan gloria cuando confiesan sus pecados, reconocen que son culpables delante de él y aceptan el castigo que merecen (Jeremías 13:16). También le dan gloria mediante un arrepentimiento verdadero y una vida transformada. Solo entonces empezamos a vivir como debemos y con propósito: cuando hacemos del honor de Dios nuestro objetivo principal.

Debían hacerlo pronto, mientras todavía había tiempo para arrepentirse, antes de que Dios trajera la oscuridad y ellos perdieran el rumbo. La oscuridad sería el destino de quienes se negaran a arrepentirse y a dar gloria a Dios. Cuando las personas fueron quemadas por el juicio y aun así no se arrepintieron para darle gloria a Dios, el juicio siguiente trajo oscuridad (Apocalipsis 16:9, Apocalipsis 16:10). Aquí la advertencia es aún más fuerte porque sus propios esfuerzos por escapar contribuirían a destruirlos. Sus pies tropezarían mientras se apresuraban por las montañas oscuras, y caerían sin poder levantarse otra vez. Quienes creen que pueden huir de los juicios de Dios descubrirán que el camino es imposible. Por más rápido que corran, el juicio los alcanzará. Su camino es oscuro y resbaladizo (Salmo 35:6). Por eso, antes de llegar a ese punto, la sabiduría aconseja dar gloria a Dios y hacer las paces con él. Entonces no habría necesidad de huir de su justicia.

Las esperanzas del pueblo de un futuro mejor quedarían frustradas. Mientras esperaban luz, consuelo y alivio, Dios lo convertiría en sombra de muerte, algo sombrío y aterrador, y en una oscuridad total, como la oscuridad de Egipto cuando el faraón siguió endureciendo su corazón; una oscuridad que se podía sentir. Las esperanzas de los pecadores obstinados mueren con ellos cuando finalmente comprenden que nunca se cumplirán.

Debían humillarse y avergonzarse. Ni siquiera el rey y la reina estarían exentos de esto (Jeremías 13:18). Había que decirles que, por grandes que fueran, debían arrepentirse sinceramente, dar gloria a Dios y dar un buen ejemplo a su pueblo. Quienes están por encima de los demás en este mundo deben humillarse ante Dios, que es más alto que el más alto y llama a cuentas a reyes y reinas.

Debían inclinarse, sentarse y pensar en lo que estaba por venir. Debían sentarse en el polvo y lamentarse por sí mismos. Si no se humillaban, Dios encontraría la manera de abatirlos. Su poder y su posición, la corona de la que se jactaban y en la que confiaban, caerían cuando fueran llevados cautivos. Entonces, ¿de qué les servirían su rango y todas las señales de su posición? Bendito sea Dios, también hay una corona de gloria para quienes se humillan, y esa corona nunca caerá.

Esta advertencia se hace más fuerte al considerar el peligro de permanecer orgullosos e impenitentes. Si se negaban a escuchar, el dolor del profeta sería profundo y oculto. Jeremías dice que no solo sus ojos, sino su propia alma, lloraría en lugares secretos (Jeremías 13:17). La obstinación de quienes no quieren escuchar la palabra de Dios quebranta el corazón de los ministros fieles, que conocen el terror del SEÑOR y el valor de las almas.

Su tristeza sería real, no fingida. Escogería llorar donde nadie pudiera verlo, excepto Dios, que lo ve todo. Uniría sus lágrimas tanto a su predicación pública como a sus oraciones privadas. Pensar en la condición del pueblo lo entristecería tanto que casi se apartaría por completo de la compañía de los demás. Lamentaría sus pecados no arrepentidos, su orgullo, su terquedad y su falsa confianza. Los pecados de otros deberían afligirnos, especialmente cuando no podemos corregirlos. Debemos lamentarlos aún más porque no podemos remediarlos.

También lamentaría su ruina, porque ya no podría evitarse. Sus lágrimas no caerían principalmente porque sus familiares, amigos o vecinos estuvieran en problemas, sino porque el rebaño del SEÑOR, su pueblo y las ovejas de su prado, estaba siendo llevado cautivo. Lo que más debería conmovernos es todo aquello que trae vergüenza a Dios y debilita su reino.

Su ruina era segura (Jeremías 13:19-21). La tierra quedaría desolada. Las ciudades del sur serían cerradas. Se trataba de las ciudades de Judá, en la parte sur de Canaán, que serían sitiadas de tal manera que nadie podría entrar ni salir. Algunos entienden que esto se refiere a las ciudades de Egipto, al sur de Judá, donde esperaban encontrar ayuda. Pero aun allí, todos los lugares a los que acudieran en busca de rescate les fallarían.

El pueblo mismo sería llevado a vivir como esclavo en una tierra extranjera. Algunos ya habían sido deportados, y quizá esperaban que eso bastara para cumplir la advertencia y que el resto pudiera quedarse. Pero no sería así: toda la nación se iría. Dios acabaría por completo con ellos, y toda la tierra quedaría en manos del enemigo. Así sucedió en la deportación final bajo el reinado de Sedequías, porque no se arrepintieron.

El enemigo ya estaba cerca: era quien llevaría a cabo todo esto (Jeremías 13:20). El profeta les dice que levanten los ojos y miren a los que vienen del norte, de la tierra de los caldeos, es decir, de los babilonios. Avanzaban con rapidez y tenían un aspecto feroz. Entonces se dirige al rey, o más bien a la ciudad y al Estado, pues la forma gramatical es femenina.

¿Qué harían ahora con el pueblo puesto bajo su cuidado, al que debían haber protegido? ¿Dónde estaba el rebaño que se les había confiado, ese hermoso rebaño? ¿Adónde podrían llevarlo para ponerlo a salvo? ¿Cómo escaparía de lobos tan voraces? Los gobernantes deben considerarse pastores, y a quienes están bajo su autoridad, un rebaño confiado a su cuidado. Deben preocuparse por la seguridad del rebaño en tiempos de peligro. Los padres y las madres que descuidan a sus hijos, y los ministros que descuidan a su pueblo, deberían escuchar esta pregunta como si Dios se la hiciera directamente: ¿Dónde está el rebaño que se les confió para que lo alimentaran, ese hermoso rebaño? Está muriéndose de hambre y ha quedado expuesto a las fieras. ¿Qué responderán cuando aparezca el Pastor principal?

Nada podrían decir contra la justicia de las acciones de Dios. Cuando él los visitara por lo que habían hecho en tiempos pasados (Jeremías 13:21), no tendrían otra respuesta que reconocer que Dios tenía razón en todo lo que había traído sobre ellos. Quienes se engañan pensando que escaparán del castigo quedarán avergonzados cuando descubran que estaban equivocados y que Dios los ha juzgado.

También tendrían que enfrentarse a su propia insensatez por haberles dado poder a los caldeos al buscar su ayuda y hacer acuerdos con ellos. De ese modo, habían enseñado a sus enemigos a convertirse en sus amos. Ezequías inició este tipo de problema cuando mostró sus tesoros a los mensajeros del rey de Babilonia, invitándolo así a venir y saquear Judá. Quienes tienen en Dios su confianza, pero buscan alianzas extranjeras y dependen de ellas, solo están fabricando varas para su propia espalda y enseñando a sus vecinos cómo gobernarlos.

¿Cómo soportarían un problema que ya estaba a la puerta? El dolor los agarraría como a una mujer en trabajo de parto. Serían dolores inevitables, que no podrían evitar ni retrasar, agudos y terribles. En algunos aspectos serían peores que los dolores del parto, porque llegarían sin previo aviso y porque después no nacería ningún hijo cuya alegría hiciera que el sufrimiento pareciera olvidado.

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