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Jeremías 10:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Recoge tus mercancías de la tierra, habitante de la fortaleza. "

Jeremías 10:17

menu_book El versículo en contexto

15 Son vanidad y obra de errores; en el tiempo de su castigo perecerán.

16 La porción de Jacob no es como ellos, porque él es el Formador de todas las cosas; e Israel es la vara de su herencia. El SEÑOR de los ejércitos es su nombre.

17 Recoge tus mercancías de la tierra, habitante de la fortaleza.

18 Porque así dice el SEÑOR: Miren, esta vez arrojaré con honda a los habitantes de la tierra y los angustiaré para que así lo descubran.

19 ¡Ay de mí por mi herida! Mi llaga es grave; pero dije: Ciertamente este es un sufrimiento, y debo soportarlo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, el profeta advierte, en el nombre de Dios, acerca de la inminente destrucción de Judá y Jerusalén (Jeremías 10:17-18). Los judíos que todavía permanecían en su tierra, después de que algunos ya habían sido llevados cautivos, vivían confiados y despreocupados. Consideraban su país una fortaleza firme, segura frente a cualquier ataque. Pero ahora se les dice que se preparen para salir, que recojan sus pertenencias y que esperen el exilio, tal como dijo Miqueas: «Levántense y váyanse; este no es un lugar de descanso» (Miqueas 2:10).

No debían dejar sus pertenencias esparcidas, porque los babilonios, los caldeos, venían otra vez para ejecutar la sentencia de Dios. Dios dice: «En esta ocasión arrojaré de la tierra a sus habitantes» (Jeremías 10:18). Antes, algunos habían sido llevados en grupos más pequeños, pero este próximo cautiverio sería una expulsión completa. Serían arrojados con tanta facilidad y de manera tan total como una piedra lanzada con una honda, y quedaría muy poco de ellos. La imagen comunica una expulsión repentina y absoluta, semejante a una destrucción completa (1 Samuel 25:29). Dios volvería a sacudir la tierra y quitaría de ella a los malvados (Hebreos 12:26).

Dios añade: «Haré que sufran, para que lo sientan» (Jeremías 10:18). No solo los expulsaría de su tierra. Adondequiera que fueran, los seguiría la aflicción. Vivirían inquietos y angustiados, sin poder encontrar paz interior. Nadie puede aliviar fácilmente a quienes Dios ha decidido afligir, especialmente cuando lo hace para que sientan aquello que antes se negaron a creer. Muchas veces se les había advertido acerca del peso de la ira de Dios y de su propia impotencia ante ella. Se les había dicho que el pecado los arruinaría, pero no quisieron escuchar. Ahora comprobarían que todo era verdad, y los juicios de Dios los obligarían a reconocerlo. Tarde o temprano, los pecadores descubren que la palabra de Dios era exactamente cierta y que sus advertencias no eran amenazas vacías.

Luego el profeta presenta al pueblo lamentándose por su sufrimiento (Jeremías 10:19). Dice: «¡Ay de mí por mi herida!». Algunos entienden estas palabras como el dolor personal de Jeremías, no por sí mismo, sino por la ruina de su país. Él lloraba por quienes no lloraban por sí mismos. Como parecía que a nadie más le importaba lo suficiente, lloraba en secreto y expresaba su dolor. En tiempos de tristeza, es apropiado tener un espíritu afligido. Sin embargo, estas palabras también pueden ser la queja del propio pueblo, expresada como si todo el pueblo hablara con una sola voz. El profeta pone esas palabras en su boca porque, las hayan pronunciado o no, tenían razones para decirlas.

Primero lamentan que su sufrimiento es muy grande y difícil de soportar. Es aún peor porque no estaban acostumbrados a los problemas ni esperaban que les ocurriera algo así. «¡Ay de mí por mi herida!» significa: «No estoy sufriendo por algo que temo, sino por algo que realmente estoy padeciendo». No se trata de una herida leve, sino de una herida profunda, dolorosa y peligrosa. También reconocen que no hay otro remedio sino la paciencia. No pueden reparar su situación, así que deben soportarla. Sin embargo, el espíritu de sus palabras es más amargo que humilde. Es una especie de paciencia forzada, no una confianza dispuesta en Dios. Una mejor respuesta sería: «Esto es malo, pero lo soportaré porque Dios lo ha permitido y su gracia lo convertirá en algo bueno». Esa es la verdadera sumisión, como muestran las palabras de Job (Job 2:10). Decir solamente: «Tengo que soportarlo porque no puedo hacer nada para evitarlo» es una forma pobre de paciencia. Demuestra que, aun en el sufrimiento, conservamos muy pocos de los buenos pensamientos que deberíamos tener acerca de Dios.

También reconocen que el país ha quedado arruinado y desolado (Jeremías 10:20). «Mi tienda ha sido destruida», dicen. Jerusalén, aunque antes parecía fuerte, ahora demuestra ser tan frágil y fácil de mover como una tienda cuando se desmonta y se rompen sus cuerdas. La palabra también puede señalar al templo, el lugar santo, que en otro tiempo había sido un tabernáculo y aquí se describe de esa manera. Su iglesia está en ruinas, y sus apoyos han fallado. Es una destrucción completa tanto de la iglesia como del Estado, de la ciudad y del país, y no queda nadie que repare el daño. «Mis hijos se han ido de mi lado», dicen. Algunos huyeron, otros fueron asesinados y otros fueron llevados cautivos. Para ellos, todos se han ido. Jerusalén queda como una mujer abandonada, sin refugio y sin nadie que vuelva a extender su tienda; no le quedan hijos que coloquen sus cortinas o la ayuden. Jerusalén no tiene entre sus hijos a nadie que la guíe (Isaías 51:18).

Finalmente, se quejan de que los líderes no han hecho nada para sanar estas heridas ni reconstruir lo que está destruido (Jeremías 10:21). «Los pastores se han vuelto necios». Cuando las tiendas de los pastores fueron destruidas, esto debió impulsar a los gobernantes a actuar. Pero eran pastores insensatos. A los reyes y príncipes les importaba poco el bien de la nación y parecían no darse cuenta de la ruina del país. Los sacerdotes, que debían cuidar la casa de Dios, contribuyeron mucho a destruir la religión, pero no hicieron nada para restaurarla. Son verdaderamente necios porque no buscaron al Señor. No buscaron la paz con él ni oraron a él. Hicieron planes sin tomar en cuenta el gobierno de Dios y no creyeron que de su mano vendrían tanto el juicio como el rescate.

Son necias las personas que no buscan al Señor, que viven sin orar y viven sin Dios en el mundo. En ese sentido, toda persona es santa o necia. Es especialmente triste cuando los líderes, que deberían alimentar al pueblo con conocimiento y entendimiento, son ellos mismos necios. El resultado es claro: no prosperarán. Ningún esfuerzo por proteger a la sociedad puede tener éxito cuando se deja a Dios fuera. Y cuando los pastores son necios, ¿qué más se puede esperar sino que el rebaño se disperse? Si los ciegos guían a los ciegos, ambos caerán en el hoyo.

La ruina de un pueblo muchas veces proviene de la insensibilidad y la ceguera espiritual de sus pastores. El informe sobre la llegada del enemigo también era muy aterrador, como dice Jeremías 10:22. Al principio solo había sido un rumor que circulaba sin pruebas, pero ahora demostraba ser cierto. Un gran estruendo venía de la tierra del norte, y amenazaba con dejar vacías todas las ciudades de Judá y convertirlas en una guarida de animales salvajes.

Jerusalén y Judá se habían convertido por su pecado en una guarida de ladrones, así que era justo que terminaran como una guarida de animales salvajes. De la misma manera, cuando las personas se endurecen en el mal, no pueden esperar estar a salvo. ¿Qué puede esperar un lugar que se ha llenado de pecado sino enfrentar el juicio? El ejército caldeo venía con avidez y furia, y la tierra estaba siendo abatida bajo su ataque.

Entonces Jeremías se vuelve del pueblo hacia Dios, porque considera de poca utilidad seguir hablando con quienes no quieren escuchar. Esto es un consuelo para los ministros fieles: si las personas se niegan a escucharlos, Dios sí los escuchará. Siempre tienen libre acceso a él. Cuando terminan de predicar con oración, como lo hace Jeremías aquí, pueden saber que no han trabajado en vano.

Primero reconoce el gobierno y el poder de la providencia de Dios, es decir, su cuidado sabio sobre todos los acontecimientos. No son la voluntad ni la capacidad humanas las que dirigen los asuntos de las naciones o de las personas, como dice Jeremías 10:23. Esta es una verdad que debemos confesar delante de Dios cuando sufrimos o pedimos ayuda: «Señor, sé y creo que la vida humana no está dirigida únicamente por el ser humano. Nabucodonosor no vino contra nuestro país por su propia cuenta, sino por tu providencia».

No podemos ayudarnos a nosotros mismos a menos que Dios obre con nosotros y ordene nuestra liberación. El ser humano, aunque parezca libre para escoger su camino, no puede dirigir por sí mismo sus propios pasos. Quienes se habían prometido una larga permanencia en su tierra aprendieron por amarga experiencia, cuando los caldeos los expulsaron, que el camino del ser humano no está bajo su propio control. Los planes que las personas trazan con cuidado y consideran seguros pueden quedar destruidos en un instante.

Debemos aplicar esto a nuestra propia vida. No estamos bajo nuestro propio control, sino bajo la dirección de Dios. Muchas veces los acontecimientos resultan ser lo opuesto de lo que esperábamos o planeábamos. No somos dueños de nuestro propio camino, así que debemos encomendarnos a Dios y aceptar su voluntad. Algunos piensan que Jeremías también dice esto para consolarse, porque el camino del ejército caldeo tampoco estaba completamente en sus manos. Solo podían hacer lo que Dios les permitiera, y él puede poner límites a las olas orgullosas y decirles: «Hasta aquí llegarás, y no más».

Ese es un pensamiento que da paz, porque aun los enemigos más amenazantes no tienen poder sobre nosotros excepto el que reciben de lo alto. Luego Jeremías ruega que la ira de Dios no caiga sobre su propio pueblo, como vemos en Jeremías 10:24. No habla solamente por sí mismo, sino por toda la nación: «Señor, corrígeme con justicia, con medida y sabiduría; corrígeme solo en la medida necesaria para expulsar la necedad que está arraigada en nuestro corazón. No me corrijas con ira».

Por severa que sea la disciplina, que provenga de tu amor y tenga como propósito nuestro bien. No permitas que nos destruya, sino que nos haga volver a ti. Que sea moldeada por tu gracia, y no solamente por nuestros pecados. No podemos pedir con fe que nunca nos corrijas cuando sabemos que necesitamos corrección y que la merecemos. También sabemos que el Señor disciplina a todo el que ama.

Lo principal que debemos temer en medio de la aflicción es la ira de Dios. No debemos decir solamente: «Señor, no me corrijas», sino: «Señor, no me corrijas con ira». Su ira añadiría amargura al sufrimiento y nos llevaría a la ruina. Podemos soportar el dolor de su vara, pero no podemos soportar el peso de su ira.

Por último, Jeremías pide que la ira de Dios caiga sobre los opresores y perseguidores de Israel, en Jeremías 10:25: «Derrama tu furor sobre las naciones que no te conocen». Estas no son palabras de odio ni de venganza personal. Jeremías no está tratando de decirle a Dios a quién debe juzgar ni en qué orden. Más bien, está apelando a la justicia de Dios.

En efecto, está diciendo: «Señor, somos un pueblo pecador, pero ¿acaso no hay otras naciones aún más culpables? ¿Deberíamos ser los únicos castigados? Somos tus hijos, así que podemos esperar una corrección paternal. Ellos son tus enemigos, así que tu ira debería caer sobre ellos, no sobre nosotros». Por lo general, así es como Dios actúa. La copa que les da a sus hijos está mezclada con misericordia, pero deja el sedimento amargo para los malvados de la tierra (Salmo 75:8).

Esto también es una predicción de los juicios de Dios sobre todos los enemigos obstinados de su iglesia y su reino. Si el juicio comienza por la casa de Dios, ¿qué les sucederá a quienes no obedecen al evangelio? (1 Pedro 4:17). Aquí se describe a las naciones como personas alejadas de Dios y dispuestas a permanecer así. No lo conocen ni quieren conocerlo. Son hogares sin oración ni vida religiosa, y no invocan el nombre de Dios.

Las personas que se abstienen de orar demuestran que no conocen a Dios. Quienes lo conocen lo buscarán y pedirán su favor. Estas naciones también persiguen al pueblo de Dios y están decididas a seguir haciéndolo. Han devorado a Jacob con la avidez de quien, hambriento, devora la comida. Lo han consumido y han dejado desolado el lugar donde habita, ya sea la tierra donde vive o el templo donde Dios mora en medio de ellos.

Lo que las naciones hacen con furia y odio contra el pueblo de Dios, aun cuando Dios las use como instrumentos de corrección, hará que su ira caiga sobre ellas. Esta oración proviene del Salmo 79:6-7.

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