Versículo destacado
Jeremías 10:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Oigan la palabra que el SEÑOR les habla, casa de Israel: "
Jeremías 10:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Oigan la palabra que el SEÑOR les habla, casa de Israel:
2 Así dice el SEÑOR: No aprendan el camino de las naciones ni se aterroricen ante las señales del cielo, porque las naciones se aterrorizan ante ellas.
3 Porque las costumbres de los pueblos son vanidad: uno corta un árbol del bosque, obra de las manos del artesano con el hacha.
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El profeta Isaías, cuando habló del cautiverio en Babilonia, también advirtió contra la idolatría y mostró cuán insensato es rendir culto a los ídolos. No lo hizo solamente porque Babilonia tentaría a los judíos a practicar la idolatría, sino también porque los sufrimientos que enfrentarían allí tenían el propósito de librarlos de ella. De la misma manera, aquí Jeremías advierte contra las costumbres idolátricas de las naciones, tanto a los que habían ido a Babilonia como a los que se habían quedado. Si las personas se dejaban convencer y regresaban a Dios por medio de su palabra, quizá podrían evitar la vara, es decir, el juicio. Esta advertencia también quedó escrita para nuestra enseñanza.
Primero, se le ordena solemnemente al pueblo de Dios que no imite las costumbres de las naciones. Que la casa de Israel escuche y acepte esta palabra del Dios de Israel: no aprendan el camino de las naciones; no lo aprueben, no lo traten como algo sin importancia y, mucho menos, lo imiten o se acostumbren a él. No permitan que sus costumbres se introduzcan entre ustedes sin que se den cuenta ni que se mezclen con su adoración. No es digno de quienes han sido instruidos por Dios aprender los caminos de las naciones ni pensar que pueden adorar al Dios verdadero mediante los mismos ritos y ceremonias usados para los dioses falsos (Deuteronomio 12:29-31).
Una práctica pagana común era adorar al ejército del cielo: el sol, la luna y las estrellas. Les rendían honores divinos y esperaban recibir ayuda de ellos. Por eso, cuando creían que las señales del cielo eran buenas o malas, se sentían animados o desalentados por sus dioses. Observaban los eclipses, los movimientos de los planetas y otros acontecimientos inusuales con temor y ansiedad. Si algo parecía anunciar una desgracia, suspendían sus actividades. Si solo tronaba a su lado izquierdo, se sentían casi como si el trueno los hubiera alcanzado. Dios no quería que su pueblo se asustara por las señales del cielo, honrara a las estrellas como dioses ni se atormentara con predicciones basadas en ellas. Debían temer al Dios del cielo y confiar en su providencia. Entonces no necesitaban temer las señales del cielo, porque las estrellas, en sus recorridos, no luchan contra quienes están en paz con Dios. Las naciones se asustan ante esas señales porque no conocen algo mejor, pero la casa de Israel no debía hacerlo.
Segundo, hay varias buenas razones para este mandato. La primera es que el camino de las naciones es insensato y absurdo, y hasta el sentido común lo condena. Las leyes y costumbres de las naciones son pura vanidad; no resisten un examen cuidadoso. Este punto se repite con frecuencia aquí, como también lo dejó claro Isaías. Los caldeos, es decir, el pueblo de Babilonia, se enorgullecían de su sabiduría y pensaban que eran superiores a todos los que los rodeaban. Sin embargo, el profeta muestra que ellos, al igual que todos los que adoran ídolos y buscan ayuda en ellos, son insensatos y carecen de entendimiento.
Pensemos en lo que es un ídolo. Al principio no era más que un árbol cortado del bosque. Un artesano lo moldeaba con sus manos, lo cortaba y lo pulía hasta darle forma, como se describe en (Isaías 44:12). Pero al final seguía siendo solamente un trozo de madera, más apropiado para un poste de una puerta que para un objeto de adoración. Para ocultar la madera, la cubrían con plata y oro, o con adornos de esos metales. Luego la sujetaban con clavos y martillos para que no se cayera, no se la llevaran ni la robaran (Jeremías 10:4). La imagen podía estar de pie e incluso verse imponente, tan erguida como una palmera (Jeremías 10:5), como si estuviera lista para hablar. Pero no puede hablar. Es un objeto silencioso. No puede moverse ni un solo paso para ayudar a nadie. Si alguna vez necesita ser transportada, otra persona tiene que cargarla en procesión, porque no puede avanzar por sí misma.
Por eso la advertencia encaja aquí: no les tengan más miedo que a las señales del cielo. No teman provocar su enojo, porque no pueden hacer ningún mal. Tampoco teman perder su favor, porque tampoco pueden hacer ningún bien. Y si creen que el problema se resuelve fabricando el ídolo con materiales de mejor calidad, solamente se están engañando. Un ídolo hecho de oro o plata no es mejor que un dios de madera. La madera es, en realidad, una enseñanza de vanidad (Jeremías 10:8). Enseña mentiras acerca de Dios. Es una lección de vacío, porque no es más que madera.
Es probable que los ídolos de oro y plata tuvieran madera debajo como base, con plata traída de Tarsis, al otro lado del mar, y oro de Ufaz, o de oro puro (Salmo 21:3). Se invertía mucho arte y trabajo en ellos. No los fabricaban artesanos comunes, como los ídolos de madera (Jeremías 10:3). Los elaboraban trabajadores especializados, y el grabador terminaba la obra después del fundidor. Tal vez los ídolos de madera solo tenían algunas partes cubiertas de plata y oro, pero estos estaban recubiertos por completo con esos metales. Para que parecieran dignos de reyes, los vestían de azul y púrpura, los colores de la ropa real (Jeremías 10:9). Esto podía impresionar a los adoradores ignorantes, pero no mejoraba en absoluto al ídolo.
¿Qué es el ídolo al final de cuentas? El profeta dice en (Jeremías 10:14) que es una mentira. No es lo que pretende ser, sino un gran engaño. Las personas los adoran como si fueran los dioses que dan aliento, vida y entendimiento, pero esas cosas no tienen vida. No hay aliento ni espíritu en ellas. No están vivas ni habitadas por ningún poder divino, como suponen sus adoradores. Están tan lejos de ser dioses que ni siquiera poseen la vida de un animal.
Son vanidad y obra de engaño (Jeremías 10:15). Si examinamos para qué sirven, descubriremos que no sirven para nada. No pueden brindar ninguna ayuda, y no se debe poner la confianza en ellos. Son una obra engañosa, una obra de ilusiones o incluso una burla. Engañan a quienes confían en ellos; o, más bien, esas personas se convierten en objeto de su propio engaño. Si observamos con mayor atención, descubrimos que la idolatría surge de los peores errores: del pensamiento confuso de personas que afirmaban ser sabias. Esos ídolos son producto de una mente engañada, y los errores que los produjeron se transmiten a quienes los adoran.
Por eso también podemos juzgar a los idólatras que adoran esos ídolos: se han vuelto completamente necios e insensatos.
Las personas que fabrican ídolos terminan pareciéndose a ellos: se vuelven insensatas y necias, sin entendimiento espiritual. Ya no usan correctamente la razón, porque si lo hicieran, jamás se inclinarían ante cosas semejantes (Jeremías 10:14). Todo el que fabrica o adora ídolos se ha vuelto necio en cuanto al conocimiento; carece precisamente del conocimiento que debería tener más claro. A la luz de la naturaleza, las personas pueden percibir en la creación el poder eterno y la naturaleza divina de Dios; aun así, se vuelven vanas en sus razonamientos y se niegan a tener presente a Dios (Romanos 1:18, Romanos 1:21). Lo que consideraban sabiduría, fabricar muchos dioses, era en realidad la más profunda insensatez. El mundo, por medio de su propia sabiduría, no conoció a Dios (1 Corintios 1:21, Romanos 1:22).
El fabricante de un ídolo también queda atrapado por él. Después de hacerlo debido a su error, la imagen solamente confirma ese mismo error. Se confunde y no puede liberarse de la trampa, o algún día terminará avergonzándose de lo que fabricó. En cambio, el Dios de Israel es el único Dios vivo y verdadero. Quienes lo tienen como su Dios no necesitan acudir a ningún otro, y poner a otro en rivalidad con él es el insulto más grande que se le puede hacer.
Que la casa de Israel permanezca firme en el Dios de Israel y lo adore solamente a él. Él no se parece a ningún otro. El profeta deja de hablar con desprecio acerca de los ídolos de las naciones y comienza a hablar con profunda reverencia acerca del Dios de Israel (Jeremías 10:6, Jeremías 10:7). Ninguno de los llamados dioses de las naciones, ninguno de los hombres muertos a quienes convirtieron en imágenes muertas, puede compararse con él. A algunos los honraban por su sabiduría, como a los más grandes filósofos o gobernantes. A otros los honraban por su autoridad y poder, como a sus reyes. Pero ninguno se parece al Señor. ¿Qué es la fama de un hombre que inventó una técnica útil o fundó un reino poderoso, comparada con la gloria del Creador del mundo, que forma el espíritu del ser humano dentro de él? ¿Qué es la grandeza del príncipe más elevado comparada con la grandeza de aquel cuyo reino gobierna sobre todo?
Jeremías dice: «Señor, no hay nadie como tú; tú eres grande y grande es tu nombre en poder» (Jeremías 10:6). Dios tiene todo el poder, y todos pueden reconocer que verdaderamente lo posee. La reputación de las personas suele ser mayor que sus fuerzas, pero el nombre de Dios es tan grande como él realmente es. Entonces, ¿quién no te temería, oh Rey de las naciones? ¿Quién no escogería adorar a un Dios así en lugar de adorar ídolos muertos que no pueden hacer nada? ¿Quién no tendría miedo de ofender o abandonar a un Dios cuyo nombre es tan grande en poder? Si las personas entendieran lo que más les conviene, ¿qué nación no temería a aquel que es Rey sobre todas las naciones?
Hay algo apropiado y correcto en adorar solamente a Dios. Es justo que aquel que es Dios único sea servido únicamente; que aquel que es Señor de todos sea servido por todos; y que aquel que es grande sea grandemente reverenciado y alabado. Su verdad es tan evidente como la vaciedad de los ídolos (Jeremías 10:10). Los ídolos son obra de manos humanas, así que es claro que adorarlos es una burla y un grave insulto contra Aquel que nos creó. Pero el SEÑOR es el Dios verdadero, el Dios de verdad. No es falso ni pretende ser algo que no es, como los ídolos. Él es verdaderamente lo que ha mostrado ser, y podemos confiar en él sin ser engañados.
Considerémoslo en sí mismo: él es el Dios viviente. Es la vida misma, tiene vida en sí y es la fuente de vida para toda criatura. Los dioses de las naciones son cosas muertas, inútiles y sin poder, pero nuestro Dios vive y es inmortal. Considerémoslo en relación con sus criaturas: él es Rey, el gobernante absoluto de todo. Le pertenecen, las gobierna y tiene el derecho incuestionable de mandar y dirigirlas. Como Rey, las protege, provee para ellas y mantiene la paz entre ellas. Él es el Rey eterno. Su reino existe desde la eternidad y continuará para siempre. Los ídolos que las naciones llaman sus reyes apenas existen desde ayer y pronto desaparecerán. Los reyes de la tierra que los levantaron pronto volverán al polvo. Pero el SEÑOR reinará para siempre, y su pueblo estará bajo su gobierno por todas las generaciones.
Nadie conoce toda la fuerza de su enojo. Esto debería llenarnos de reverencia y hacer que nunca nos atrevamos a quitarle la gloria que le pertenece únicamente a él. Cuando se enoja, la tierra tiembla, incluso sus reyes más poderosos. La tierra misma, aunque parece firme, puede estremecerse cuando él lo quiere, y las rocas pueden temblar (Salmo 104:32; Habacuc 3:6, 10). Aunque las naciones se unieran contra él, serían completamente incapaces no solo de resistirlo, sino aun de soportar su furia. No podrían hacerle frente ni resistir su peso (Salmo 76:7-8; Nahúm 1:6).
Él también es el Dios de la naturaleza, la fuente de todo lo que existe, y todos los poderes de la naturaleza están bajo su mando (Jeremías 10:12-13). El Dios que adoramos hizo el cielo y la tierra, y gobierna sobre ambos. Por eso, lo que no puede verse de él se hace evidente por medio de lo que sí puede verse. Si miramos hacia atrás, descubrimos que el mundo entero procede de él como su causa primera. Incluso entre los griegos existía la idea de que, si alguien afirmaba ser otro dios, primero debía crear otro mundo. Los paganos adoran dioses que ellos mismos fabricaron, pero nosotros adoramos al Dios que nos creó a nosotros y a todas las cosas.
La tierra es enorme y está llena de tesoros bajo su superficie, además de frutos útiles en ella. Dios la hizo con su poder, y se necesita nada menos que un poder infinito para mantenerla suspendida sobre la nada, como está (Job 26:7). El mundo habitado también está admirablemente preparado para la vida y el servicio de los seres humanos. Dios lo estableció con su sabiduría, de modo que sigue siendo útil a través de los cambios constantes y, al mismo tiempo, conserva un orden estable de una generación a otra.
Por lo tanto, la tierra y el mundo le pertenecen a él (Salmo 24:1). Los cielos se extienden más allá de todo lo que podemos medir, y es por la sabiduría de Dios que permanecen como están. Él también dirige los movimientos de los cuerpos celestes para el bien de este mundo inferior. Ellos anuncian su gloria (Salmo 19:1), y también nos llaman a anunciarla, en vez de darles a los cielos el honor que le corresponde a su Creador.
Si levantamos la mirada, vemos la providencia de Dios: su cuidado y gobierno continuo, como una obra permanente de creación (Jeremías 10:13). Cuando él habla, es decir, cuando da la orden, una gran cantidad de agua en los cielos se derrama sobre la tierra, ya sea como juicio o como misericordia, según su propósito. Cuando habla mediante el trueno, pronto vienen las tormentas de lluvia, con sus abundantes aguas y su estruendo, como lo expresa el pasaje, y como se ve en la declaración acerca del «ruido de una lluvia abundante» (1 Reyes 18:41). Sin embargo, Dios también realiza diariamente maravillas en la naturaleza sin hacer ruido. Hace subir los vapores desde los confines de la tierra, desde cada una de sus regiones, incluso desde los lugares más remotos, y especialmente desde las tierras cercanas al mar.
Toda la tierra ofrece este tributo de vapores porque toda la tierra recibe la bendición de la lluvia. De esa manera, la humedad del mundo se mantiene en movimiento, como el dinero en un reino o la sangre en el cuerpo, para el bien de todos. De esos vapores vienen los relámpagos que acompañan la lluvia, y también los vientos que Dios saca de sus depósitos cuando se necesitan. Los da en la medida correcta y para el uso adecuado, como pagos que salen de una tesorería. Todo el clima está listo para servir a los propósitos de Dios, como si él tuviera depósitos de fenómenos naturales que nunca se agotan y de los que puede disponer en cualquier momento (Salmo 135:7; Job 38:22-23). Dios se deleita en estos tesoros. ¿Qué ídolo de las naciones puede hacer algo semejante?
No existe ningún tipo de clima que no nos dé pruebas de la sabiduría y el poder del gran Creador. Este Dios es el Dios del pacto con Israel, el Dios que se compromete con su pueblo, y es la verdadera felicidad de todo verdadero israelita. Por eso, que la casa de Israel se aferre a él y no lo abandone para seguir a los ídolos. Si lo hace, ciertamente está escogiendo algo peor, porque la herencia de Jacob no es como los ídolos. La roca de ellos no es como nuestra Roca (Deuteronomio 32:31), y la nuestra no es como sus montones inútiles.
Quienes tienen al SEÑOR como su Dios encuentran en él una felicidad completa. El Dios de Jacob es la herencia de Jacob; es decir, él es su todo, y en él tiene suficiente tanto en este mundo como en el venidero. En él tenemos una herencia digna (Salmo 16:5). Si estamos plenamente satisfechos con Dios como nuestra herencia, él se deleitará con gracia en nosotros como su pueblo. Él los reconoce como la vara de su herencia, su posesión y tesoro propios; vive entre ellos y los usa para su servicio y honor.
Este es el gran consuelo de todo el pueblo del SEÑOR: el Dios que les pertenece es el creador de todas las cosas, y por eso puede hacer todo lo que necesitan y darles todo lo que necesitan. Su ayuda está en el nombre de Aquel que hizo el cielo y la tierra. Él es el SEÑOR de los ejércitos, el SEÑOR sobre todos los ejércitos del cielo y de la tierra. Todos están bajo su mando, y él los pondrá a trabajar a favor de su pueblo cuando sea necesario. Este es el nombre por el que lo conocen, el nombre que honran antes que cualquier otro y que luego usan para encontrar consuelo.
De esta manera, el pueblo de Dios es más feliz que todos los demás; sería aún más feliz si tan solo comprendiera la bendición que posee. Los dioses de los que las naciones se jactan, en los que se deleitan y a los que se entregan son vacíos y falsos. Pero la herencia de Jacob no es como ellos.
Después de comparar a los dioses de las naciones con el Dios de Israel —una comparación en la que no existe verdadera igualdad—, el profeta anuncia el destino seguro de todos esos dioses falsos. También les dice a los judíos, en el nombre de Dios, que les declaren esto a los adoradores de ídolos, aun si estos eran sus amos y gobernantes (Jeremías 10:11): «Esto les dirán: Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra desaparecerán». Como no son dioses en absoluto, sino que solo se apropian del honor que le pertenece a Aquel que hizo el cielo y la tierra, desaparecerán. Perecerán porque no valen nada, y perecerán por la justa sentencia de Dios porque rivalizan con él. Como dioses, desaparecerán de la tierra y de debajo de estos cielos, junto con todo lo que hay en la tierra y en el cielo que las personas honran equivocadamente como divino, conforme a lo establecido en el segundo mandamiento.
Estas palabras aparecen en arameo en el original, no en hebreo como el resto del pasaje, para que los judíos exiliados las tuvieran listas para decírselas a los caldeos en su propio idioma cuando los caldeos intentaran inducirlos a la idolatría. El sentido es: «¿Nos instan a adorar a sus dioses? No lo haremos. Son dioses falsos, porque no hicieron los cielos ni la tierra. Por eso no tienen derecho a recibir nuestra adoración, ni les debemos nada, ni por los frutos de la tierra ni por los dones que vienen del cielo, como sí se lo debemos al Dios de Israel». Los primeros cristianos expresaban algo parecido cuando se les instaba a adorar a un dios semejante: «Que haga un mundo, y entonces podrá ser mi dios».
Mientras tengamos al único que debemos adorar, al que hizo el cielo y la tierra, es una insensatez adorar a cualquier otro. Estos ídolos también son dioses condenados: perecerán. Llegará el tiempo en que las personas ya no los honrarán como lo hacen ahora, sino que los olvidarán, y ellos y sus adoradores caerán juntos. La tierra ya no los sostendrá, ni los cielos los cubrirán, sino que ambos los rechazarán. Esto se repite en Jeremías 10:15: «En el tiempo de su castigo desaparecerán». Cuando Dios venga a tratar con los idólatras, hará que se cansen de sus ídolos y se alegren de deshacerse de ellos. Los arrojarán a los topos y a los murciélagos (Isaías 2:20). Todo lo que se levanta contra Dios y la verdadera religión finalmente será derribado.
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De este capítulo
Jeremías 10:2
"Así dice el SEÑOR: No aprendan el camino de las naciones ni se aterroricen ante las señales del cielo, porque las naciones se aterrorizan ante ellas."
Jeremías 10:3
"Porque las costumbres de los pueblos son vanidad: uno corta un árbol del bosque, obra de las manos del artesano con el hacha."
Jeremías 10:4
"Lo adornan con plata y oro; lo sujetan con clavos y martillos para que no se mueva."
Jeremías 10:5
"Están erguidos como la palmera, pero no hablan; es necesario cargarlos porque no pueden andar. No les tengan miedo, porque no pueden hacer mal, ni tampoco está en ellos hacer el bien."
Jeremías 10:6
"No hay nadie como tú, SEÑOR; tú eres grande, y tu nombre es grande en poder."
Jeremías 10:7
"¿Quién no te temería, Rey de las naciones? Porque esto te corresponde, pues entre todos los sabios de las naciones y en todos sus reinos no hay nadie como tú."
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