Versículo destacado
Isaías 57:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por la maldad de su codicia me enojé y lo golpeé; me escondí y me enojé, pero él siguió obstinadamente por el camino de su corazón. "
Isaías 57:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 Porque así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad y cuyo nombre es Santo: «Yo habito en el lugar alto y santo, y también con el de espíritu contrito y humilde, para reavivar el espíritu de los humildes y reavivar el corazón de los contritos».
16 Porque no contenderé para siempre ni estaré siempre enojado, pues el espíritu desfallecería ante mí, y las almas que yo he creado.
17 Por la maldad de su codicia me enojé y lo golpeé; me escondí y me enojé, pero él siguió obstinadamente por el camino de su corazón.
18 He visto sus caminos y lo sanaré; también lo guiaré y le devolveré consuelo a él y a los que lloran por él.
19 Yo creo el fruto de los labios: paz, paz al que está lejos y al que está cerca, dice el SEÑOR; y yo lo sanaré.
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Aquí se habla del pueblo de Israel como si fuera una sola persona, aunque estaba dividido en dos grupos. Algunos eran hijos de paz, y a ellos se les anunciaba la paz (Isaías 57:19). Otros no lo eran, y no tenían nada que ver con la paz (Isaías 57:20, Isaías 57:21). Este pasaje muestra primero las justas reprensiones que Dios les dio por su pecado; después, su obstinada negativa a cambiar; y finalmente, la sorprendente misericordia que Dios tuvo con ellos.
Por el pecado de su codicia, Dios se enojó y los golpeó. La codicia era muy común entre ellos. Jeremías dice que, desde el más pequeño hasta el más grande, todos se entregaban a la codicia (Jeremías 6:13). Incluso quienes no se inclinaban ante estatuas seguían atrapados en esta forma de falsa adoración, porque la codicia convierte el dinero en un dios (Colosenses 3:5). No era de extrañar que el pueblo fuera codicioso, cuando sus vigilantes, sus líderes y maestros, también lo eran abiertamente (Isaías 56:11). Sin embargo, mientras deseaban ansiosamente las riquezas en su vida diaria, eran muy generosos al servir a sus ídolos (Isaías 57:6). Es difícil decir qué era más ofensivo: su derroche en la adoración de ídolos o su codicia en todo lo demás. Por este pecado, junto con otros, Dios se enojó y trajo juicio tras juicio sobre ellos, hasta que los caldeos, es decir, los babilonios, los destruyeron.
Dios estaba enojado porque veía hasta qué punto se habían apartado de él. Le pertenecían y él era su herencia, pero aun así escogieron el mundo. La codicia es muy ofensiva para el Dios del cielo. Es un pecado del corazón, pero Dios ve el corazón y aborrece la codicia porque establece un rival dentro del alma. Las personas suelen excusar la codicia e incluso elogiarla unas en otras (Salmo 49:18, Salmo 10:3), pero Dios la detesta.
También los golpeó. Los reprendió por medio de sus profetas, los corrigió mediante su providencia y los castigó precisamente en aquello que más amaban y perseguían. Los pecadores sentirán la ira de Dios. A quienes se enoja, los golpea. La codicia provoca especialmente señales del desagrado de Dios, porque quienes fijan su corazón en este mundo a menudo terminan decepcionados de él, o hacen que se vuelva amargo para ellos. O bien queda afectado por la tristeza, o bien se convierte en una maldición.
Dios se ocultó de ellos mientras recibían esas reprensiones, y siguió enojado. Cuando estamos bajo la disciplina de Dios y él se manifiesta, podemos soportarla mejor. Pero si golpea y luego se oculta, si no envía ningún profeta, no pronuncia ninguna palabra de consuelo ni da ninguna señal de favor, nuestra condición es verdaderamente miserable. Cuando Dios arranca y se aleja, como en Oseas 5:14, el alma queda en una profunda angustia.
Aun así, permanecieron obstinados bajo toda esa corrección. Siguieron por el camino torcido de su propio corazón, por su mala conducta. No percibieron el desagrado de Dios. Sintieron el dolor del castigo, pero no prestaron atención a la mano que sostenía la vara. Cuanto más se frustraban sus planes mundanos, con más empeño los perseguían. No quisieron reconocer su error; o, si lo veían, no quisieron apartarse de él. La codicia era el camino de su corazón, aquello que deseaban y seguían persiguiendo, y no permitieron que los corrigieran. Al contrario, en medio de sus dificultades pecaron todavía más (2 Crónicas 28:22). Esto demuestra cuán profunda es la corrupción humana y cómo el pecado sigue su propio rumbo, incluso frente a Dios y a toda su ardiente ira. También muestra que el sufrimiento, por sí solo, no puede transformar a las personas si la gracia de Dios no actúa por medio de él.
Aun así, Dios mostró misericordia de una manera maravillosa, aunque la mayoría permaneció obstinada. La mayoría siguió por su propio camino, pero algunos lloraban y se lamentaban por la obstinación de los demás. Por causa de ellos, y aún más por causa de su propio nombre, Dios decidió no contender para siempre con su pueblo. Con los obstinados, Dios podría justamente mostrarse obstinado también (Salmo 18:26), y oponerse a quienes se oponen a él (Levítico 26:24). Cuando este pecador seguía por el camino de su propio corazón, habría parecido natural decir: «He visto sus caminos y lo destruiré. Lo abandonaré». Pero la misericordia y la gracia de Dios son tan grandes que, en vez de eso, dice: «He visto sus caminos, y lo sanaré». La bondad de Dios resplandece aún más a causa de la maldad humana; y donde el pecado aumentó, la gracia aumentó mucho más.
Las razones por las que Dios muestra misericordia provienen de él mismo, porque en nosotros solo hay aquello que lo provoca. En efecto, dice: «He visto sus caminos y, aun así, lo sanaré por causa de mi propio nombre». Conocía la maldad del pueblo y, aun así, no quiso desecharlo. Pero observa el orden: Dios da primero la gracia y después la paz. Él ve que el pecador nunca se volverá a él por sí mismo, así que, en efecto, dice: «Yo haré que se vuelva». A quienes Dios se propone mostrar misericordia, también los prepara con su gracia. Los dispone para recibir la misericordia de la que huían con todas sus fuerzas.
Los sanará de su disposición corrupta y pecaminosa. Curará su codicia, aunque esté profundamente arraigada y se haya practicado durante mucho tiempo. Ninguna enfermedad espiritual está tan arraigada que la gracia todopoderosa no pueda vencerla. También los guiará. No solo corregirá lo que está mal en ellos para que dejen de hacer el mal, sino que los conducirá por el camino del deber para que aprendan a hacer el bien. Habían seguido obstinadamente su camino, como Saúl, respirando amenazas y muerte, pero Dios los llevaría a una actitud mejor y a un camino mejor. Entonces restauraría los consuelos que habían perdido y los prepararía para recibirlos. En Babilonia, Dios produjo un cambio maravilloso en los cautivos, y después llevó a cabo un rescate maravilloso que les dio consuelo. Ese consuelo sería especialmente significativo para los que lloraban: quienes se lamentaban por sus propios pecados, por los pecados de su pueblo y por las ruinas del santuario. Para esos dolientes, esta misericordia sería especialmente dulce. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Así como sucedió cuando fueron llevados al cautiverio, cuando algunos eran como higos buenos y otros como higos malos, también ocurrió cuando regresaron. El cautiverio había sido para bien de algunos y para mal de otros (Jeremías 24:8, Jeremías 24:9), y su liberación produciría el mismo resultado. Para los que eran buenos entre ellos, el regreso del cautiverio sería paz, una paz que apuntaba hacia la paz anunciada por Jesucristo (Isaías 57:19). Dios dice: «Creo el fruto de labios, paz». Con esto quiere decir que les dará motivos para alabarlo, porque la alabanza es el fruto de los labios (Hebreos 13:15), los becerros de los labios (Oseas 14:2). «Yo lo creo».
La creación surge de la nada, pero esto surge de algo aún peor que la nada. Dios hace brotar alabanza de personas que habían seguido por su propio camino y habían obedecido los deseos obstinados de su corazón.
Para hacer esto, se anunciará paz: paz, paz, paz completa y toda clase de paz, tanto para el que está lejos como para el que está cerca. Esto significa paz con Dios, porque aunque él había contendido con ellos, se reconciliaría y pondría fin a su disputa. También significa paz de conciencia, una santa sensación de seguridad y calma después de las muchas acusaciones y angustias interiores que habían sufrido durante el cautiverio.
De este modo, Dios crea el fruto de los labios, palabras nuevas de agradecimiento. Cuando él nos habla de paz, nosotros debemos hablarle con alabanza. Esta paz misma es obra de Dios. Solo él puede producirla. Es el fruto de los labios de varias maneras: de sus labios, porque él la ordena; de los labios del ministro, porque él la anuncia por medio de ellos (Isaías 40:1); de los labios que predican y oran; y de los labios de Cristo, cuyas palabras están llenas de gracia. Por eso esta promesa se aplica a Cristo en (Efesios 2:17). Él vino y anunció la paz a los que estaban lejos, tanto a los gentiles como a los judíos, que estaban cerca; también a las generaciones posteriores, a quienes estaban lejos en el tiempo y a quienes vivían entonces.
En cuanto a los malvados que estaban entre ellos, aunque regresaran junto con los demás, su regreso no les traería paz (Isaías 57:20). La persona malvada, ya sea en Babilonia o en Jerusalén, lleva consigo la fuente de su propia inquietud. Es como un mar agitado. Dios sanó a aquellos a quienes habló de paz (Isaías 57:19), cuando dijo: «Yo los sanaré». Todo volvería a estar bien. Pero los malvados no serían sanados por la gracia de Dios y, por lo tanto, tampoco serían sanados por sus consuelos.
Siempre son como un mar tempestuoso porque llevan dentro una corrupción desenfrenada. Sus deseos y pasiones pecaminosos no han sido sanados ni conquistados, así que siguen agitados como las olas que no pueden descansar. Perturban a todos los que los rodean, y eso también los hace miserables: son ruidosos y peligrosos. Cuando los temperamentos exaltados del corazón estallan en palabras duras y abusivas, el mar agitado arroja lodo y suciedad.
También tienen la conciencia culpable e intranquila. Viven bajo un profundo sentimiento de culpa y del juicio venidero, por lo que no pueden disfrutar de la vida. Cuando parecen tranquilos, se sienten inquietos; cuando parecen alegres, llevan el corazón cargado. Como Caín, viven en constante temblor. Los temores de la conciencia arruinan todos sus placeres y levantan tal lodo y suciedad que terminan convirtiéndose en una carga para sí mismos.
Aunque esto no sea evidente en este momento, sigue siendo una realidad cierta, como el profeta ya había dicho antes (Isaías 48:22) y repite aquí (Isaías 57:21): no hay paz para los malvados. No hay paz con Dios, porque no pueden estar en buena relación con él mientras persisten en su pecado. Tampoco hay calma ni satisfacción en su interior. No hay verdadero bien ni paz en la muerte, porque no hay esperanza. Dios lo ha dicho, y todo el mundo no puede retractarse de ello: no hay paz para quienes se empeñan en permanecer en cualquier pecado. La paz no les pertenece mientras continúen así.
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De este capítulo
Isaías 57:1
"El justo perece, y nadie se lo toma a pecho; los hombres misericordiosos son llevados, sin que nadie considere que el justo es llevado para librarlo del mal que viene."
Isaías 57:2
"Él entrará en la paz; descansarán en sus lechos, cada uno andando en su rectitud."
Isaías 57:3
"Pero acérquense acá, hijos de la hechicera, descendencia del adúltero y de la prostituta."
Isaías 57:4
"¿De quién se burlan? ¿Contra quién abren mucho la boca y sacan la lengua? ¿No son ustedes hijos de transgresión, descendencia de falsedad,"
Isaías 57:5
"que se enardecen con los ídolos debajo de todo árbol verde y matan a los niños en los valles, debajo de las hendiduras de las rocas?"
Isaías 57:6
"Entre las piedras lisas del arroyo está tu porción; ellas, ellas son tu suerte. A ellas también has derramado una ofrenda de bebida y has presentado una ofrenda de alimento. ¿He de consolarme con estas cosas?"
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