Versículo destacado
Isaías 57:13 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando clames, que tus compañías te libren; pero el viento se las llevará a todas, y la vanidad se apoderará de ellas. Pero el que pone su confianza en mí poseerá la tierra y heredará mi montaña santa; "
Isaías 57:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 ¿De quién tuviste miedo o a quién temiste, que mentiste, no te acordaste de mí ni te lo tomaste a pecho? ¿No he guardado silencio desde tiempos antiguos, y no me temes?
12 Yo declararé tu justicia y tus obras, porque no te beneficiarán.
13 Cuando clames, que tus compañías te libren; pero el viento se las llevará a todas, y la vanidad se apoderará de ellas. Pero el que pone su confianza en mí poseerá la tierra y heredará mi montaña santa;
14 y dirá: «Levanten, levanten, preparen el camino; quiten el obstáculo del camino de mi pueblo».
15 Porque así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad y cuyo nombre es Santo: «Yo habito en el lugar alto y santo, y también con el de espíritu contrito y humilde, para reavivar el espíritu de los humildes y reavivar el corazón de los contritos».
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Aquí Dios muestra cuán incapaces son los ídolos y las criaturas de ayudar a quienes los adoran y confían en ellos (Isaías 57:13). Cuando clames en medio de tu angustia y aflicción, cuando te quejes de tu miseria y pidas ayuda, que te libren tus compañías: tus dioses falsos y todos los ayudantes que has reunido para ti. Que te rescaten, si pueden. No deberías esperar de ellos más ayuda de la que realmente son capaces de dar.
Dios le dijo algo parecido a Israel cuando estaba en problemas y clamaba a él: «Ve y clama a los dioses que escogiste; que ellos te libren» (Jueces 10:14). Pero es inútil esperar salvación de los ídolos. El viento se los llevará a todos: el viento de la ira de Dios, el aliento de su boca que destruye a los malvados. Ellos mismos se han vuelto como paja, así que el viento naturalmente los arrastrará. Están vacíos y serán llevados por el vacío. Serán reducidos a nada, y la nada será la recompensa tanto de los ídolos como de quienes los adoran.
Dios también muestra que él mismo es plenamente suficiente para consolar y rescatar a todos los que confían en él y acuden a él. Su seguridad y su gozo son más completos porque sus esperanzas terminan en una bendición real, mientras que quienes buscan en otros lugares quedan decepcionados. Él dice que quien confía únicamente en él será feliz en alma y cuerpo, en esta vida y en la venidera.
En general, quienes confían en la providencia de Dios —en su cuidado sabio por sus vidas— toman el mejor camino para su bien terrenal. Poseerán la tierra, tanto como sea correcto para ellos, y lo que tengan vendrá de una buena mano y estará respaldado por un buen derecho. «Habita en la tierra y aliméntate de la fidelidad» es la promesa de (Salmo 37:3). Quienes confían en la gracia de Dios toman el mejor camino para su bien espiritual. Heredarán su monte santo. Disfrutarán las bendiciones de la iglesia en la tierra y, finalmente, los gozos del cielo; ningún viento se los llevará.
De manera más específica, los cautivos que confían en Dios serán puestos en libertad (Isaías 57:14). Entonces se dirá —es decir, los mensajeros de la providencia de Dios lo dirán en esa gran obra—: «Construyan, construyan; preparen el camino». Cuando llegue el tiempo de Dios para la liberación, el camino hacia ella quedará despejado y será fácil de recorrer. Se quitarán los obstáculos. Las cosas difíciles que parecían imposibles se superarán rápidamente, y todo contribuirá a acelerar su regreso y hacerlo más sencillo. Véase (Isaías 40:3-4). Esto también apunta a lo que el evangelio y su gracia han preparado para que pasemos con seguridad por este mundo hacia uno mejor. Ahora el camino de la fe está abierto. Es una calzada. Los ministros deben guiar a las personas por ella y ayudarlas a superar los desánimos que enfrentan, para que nada las haga tropezar.
Los que tienen el corazón quebrantado y confían en Dios también serán renovados (Isaías 57:15). Los que buscaban ayuda en los ídolos y las criaturas iban tras las apariencias y los placeres externos (Isaías 57:9). Pero aquí Dios muestra que quienes pueden esperar su ayuda son aquellos que han sido apartados de las apariencias del mundo y de los placeres de los sentidos. La gloria de Dios resplandece aquí con gran intensidad.
Primero, resplandece en su grandeza y majestad. Él es el Altísimo y Sublime, el que vive para siempre. Esto debe llenarnos de una visión muy elevada del Dios con quien tratamos. Su ser y sus perfecciones están infinitamente por encima de toda criatura, no solo por encima de lo que las criaturas poseen, sino también por encima de todo lo que ellas puedan siquiera pensar acerca de él. Él está por encima de toda bendición y alabanza (Nehemías 9:5). Es el Alto y Sublime; ninguna criatura es como él ni puede compararse con él. Esto también muestra su autoridad para gobernar sobre todo y su derecho incuestionable a dar leyes y juzgar a todos. Él es más alto que lo más alto, más alto que los cielos supremos (Eclesiastés 5:8; Salmo 113:4).
También significa que en Dios no hay principio ni fin, ni cambio producido por el paso del tiempo. Solo él posee inmortalidad: una vida interminable que nunca se extingue (1 Timoteo 6:16). La tiene en sí mismo y la ha tenido siempre. Vive en ella, y nadie puede quitarle esa vida. Nosotros pronto entraremos en la eternidad, pero Dios siempre vive allí.
También significa que en su naturaleza hay justicia perfecta, armonía completa en sí mismo y un propósito firme de glorificarse en todo lo que hace. Esto se muestra en todo aquello por medio de lo cual se ha dado a conocer, porque su nombre es santo. Cualquiera que quiera conocerlo debe conocerlo como un Dios santo. También significa que el lugar especial donde habita y manifiesta su gloria está en las alturas resplandecientes y benditas: «Yo habito en el lugar alto y santo». Quien tenga algo que tratar con Dios debe acudir a él como al Padre que está en los cielos, porque allí habita.
Estas grandes verdades tienen el propósito de despertar una reverencia santa, fortalecer nuestra confianza y exaltar la misericordia y la bondad de Dios hacia nosotros. Aunque él es tan alto, mira con favor a los humildes. El que cabalga sobre los cielos y cuyo nombre es Jah se inclina para cuidar de las viudas pobres y de los huérfanos (Salmo 68:4-5).
Segundo, aquí resplandecen la gracia y la misericordia de Dios. Él tiene una compasión tierna por los humildes y contritos, por los abatidos y quebrantados de corazón. Si le pertenecen, no los ignorará, aunque sean pobres, tengan una posición baja en el mundo y sean despreciados y maltratados por la gente. Sin embargo, aquí el énfasis está en su condición interior. Dios presta especial atención a quienes, en medio de su aflicción, aceptan su situación y hacen que su corazón se someta a ella, por baja, triste o dolorosa que sea. Se interesa especialmente por quienes se arrepienten sinceramente del pecado, lloran por él en secreto, temen la ira de Dios que han provocado sobre sí mismos y se someten a toda su disciplina.
Con esas personas habitará Dios. Las visitará con gracia y hablará con ellas por medio de su Palabra y su Espíritu, como alguien que conversa con los miembros de su familia. Permanecerá cerca de ellas y estará presente con ellas. El que vive en los cielos más altos también vive en los corazones más humildes y habita en la sinceridad con tanta certeza como vive en la eternidad. Ellas son su deleite.
También renovará sus corazones y espíritus. Por medio de la Palabra y el Espíritu de su gracia, hablará y actuará en ellos para devolverles la vida, como una bebida fortalecedora para alguien a punto de desmayarse. Les dará nuevos gozos y esperanzas lo bastante fuertes como para superar los dolores y temores que los oprimen. Él habita con ellos, y su presencia les da vida.
Aquellos con quienes él contiende, si confían en él, también recibirán ayuda y serán restaurados a su favor (Isaías 57:16). Él reavivará el corazón de los contritos, porque no contenderá para siempre.
Nada quebranta más el corazón del pecador que la oposición de Dios, y nada lo restaura más que el momento en que Dios deja de contender con él. Por eso este versículo presenta una promesa llena de gracia. Dios no promete que nunca se enojará con su pueblo, porque sus pecados todavía le causan tristeza. Tampoco promete que nunca lo disciplinará, porque su pueblo debe esperar la corrección.
Aun así, no contenderá para siempre ni permanecerá enojado eternamente. Así como no se enoja con rapidez, tampoco tarda en calmarse. No reprenderá para siempre. Incluso cuando los convence de pecado, no continuará haciéndolo indefinidamente, sino que les dará el Espíritu de adopción, el Espíritu que los incorpora a la familia de Dios en lugar de dejarlos en temor y esclavitud. Él puede herir, pero también sana.
Lo mismo ocurre cuando los corrige por medio de las dificultades de la vida. Su disciplina no durará para siempre ni se prolongará más de lo necesario, más allá de lo que puedan soportar o más tiempo del que haga falta para cumplir su propósito (1 Pedro 1:6). Aunque toda la vida de un creyente esté llena de tristeza, su final será de paz, y también lo será su eternidad.
Esta promesa se apoya en una razón muy tierna: «Si contendiera para siempre, el espíritu desfallecería delante de mí, aun las almas que yo he creado». Dios es el Padre de los espíritus (Hebreos 12:9). Las almas con las que no contenderá para siempre son las que él ha creado, tanto por la creación como por el nuevo nacimiento mediante la regeneración, es decir, al darles una vida espiritual nueva.
A Dios le importa el cuerpo, pero se preocupa sobre todo por el alma, para que el espíritu no desfallezca junto con sus gracias y consuelos. Cuando las dificultades se prolongan, incluso las personas buenas sienten la tentación de cansarse. Pueden comenzar a pensar mal de Dios, sentir que servirle no tiene sentido, rechazar el consuelo y perder la esperanza de recibir alivio. Entonces el espíritu desfallece.
Por eso Dios no contenderá para siempre. No abandonará la obra de sus propias manos ni echará a perder la compra realizada con la sangre de su Hijo. Esto no se basa en nuestro mérito, sino en nuestra debilidad. Él recuerda que somos carne (Salmo 78:39), y que la carne es débil.
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De este capítulo
Isaías 57:1
"El justo perece, y nadie se lo toma a pecho; los hombres misericordiosos son llevados, sin que nadie considere que el justo es llevado para librarlo del mal que viene."
Isaías 57:2
"Él entrará en la paz; descansarán en sus lechos, cada uno andando en su rectitud."
Isaías 57:3
"Pero acérquense acá, hijos de la hechicera, descendencia del adúltero y de la prostituta."
Isaías 57:4
"¿De quién se burlan? ¿Contra quién abren mucho la boca y sacan la lengua? ¿No son ustedes hijos de transgresión, descendencia de falsedad,"
Isaías 57:5
"que se enardecen con los ídolos debajo de todo árbol verde y matan a los niños en los valles, debajo de las hendiduras de las rocas?"
Isaías 57:6
"Entre las piedras lisas del arroyo está tu porción; ellas, ellas son tu suerte. A ellas también has derramado una ofrenda de bebida y has presentado una ofrenda de alimento. ¿He de consolarme con estas cosas?"
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