Versículo destacado
Hebreos 6:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Pero, amados, aunque hablamos así, estamos convencidos de cosas mejores acerca de ustedes, cosas que acompañan a la salvación. "
Hebreos 6:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Porque la tierra que absorbe la lluvia que cae con frecuencia sobre ella y produce hierbas útiles para quienes la cultivan recibe bendición de Dios;
8 pero la que produce espinos y abrojos es rechazada y está cerca de ser maldecida; su fin es ser quemada.
9 Pero, amados, aunque hablamos así, estamos convencidos de cosas mejores acerca de ustedes, cosas que acompañan a la salvación.
10 Porque Dios no es injusto para olvidar la obra y el trabajo de amor que ustedes han mostrado hacia su nombre, al haber servido a los santos y seguir sirviéndolos.
11 Y deseamos que cada uno de ustedes muestre la misma diligencia para alcanzar la plena certeza de la esperanza hasta el fin,
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Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
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El apóstol acaba de hablar con firmeza para advertir a los hebreos y despertar su diligencia, a fin de que no se apartaran. Ahora dirige la atención hacia la esperanza y habla abiertamente del bien que espera de ellos. Dice: «Amados, estamos convencidos de cosas mejores acerca de ustedes» (Hebreos 6:9). Con esto quiere decir que hay en ellos señales que acompañan a la salvación, señales que nunca están separadas de ella y que conducen a la vida eterna.
Estas cosas son mejores que todo lo que puede tener un hipócrita o un apóstata. Son mejores por su propia naturaleza y también por el destino al que conducen. Es correcto tener una buena esperanza acerca de las personas cuando nada indica lo contrario. Al mismo tiempo, los ministros deben advertir a veces incluso a quienes tienen buenas razones para considerar fieles. Y aun quienes tienen una firme esperanza de la vida eterna deben pensar seriamente en lo terrible que sería perderla al final. Por eso deben ocuparse en su salvación con temor y temblor.
También les da razones para perseverar en el cumplimiento de su deber. Dios había puesto en ellos amor y cuidado santos, y eso se había manifestado en actos de servicio que Dios no olvidaría: «Dios no es injusto para olvidar el trabajo de ustedes y el amor que han mostrado por su nombre» (Hebreos 6:10). Las buenas obras hechas por amor a Dios le agradan, y nada de lo que se haga por su pueblo, por ser su pueblo, quedará sin recompensa. Lo que se hace por los santos, por ser santos, Dios lo considera como hecho a él mismo.
Quienes esperan recibir una recompensa de gracia por servir con amor deben perseverar mientras tengan fuerzas y oportunidades. Los hebreos habían servido a los santos y todavía los estaban sirviendo, y el apóstol quiere que cada uno de ellos mantenga ese mismo empeño. Si continúan fielmente en el cumplimiento diligente de su deber, llegarán al final a una plena seguridad de la esperanza. La plena seguridad es una etapa más elevada de la esperanza. No es una clase distinta de gracia, sino un grado más fuerte de ella. Y esta plena seguridad puede alcanzarse mediante una diligencia constante y la perseverancia hasta el fin.
Luego les advierte que no sean perezosos. La negligencia termina vistiendo a la persona de harapos. No deben amar tanto la comodidad que dejen pasar sus oportunidades de hacer el bien. También deben seguir el ejemplo de quienes los precedieron (Hebreos 6:12). Algunos creyentes ya pasaron de la seguridad a recibir las promesas. Primero creyeron las promesas y ahora las poseen. Han llegado sanos y salvos al cielo.
El camino que recorrieron fue el de la fe y la paciencia. Estas virtudes fueron plantadas en su corazón y luego se manifestaron en su vida. Si queremos heredar las promesas como ellos, debemos andar por el mismo camino. Quienes perseveran en él llegarán al lugar al que ellos llegaron y compartirán la misma bendición.
Después, el apóstol explica claramente por qué las promesas de Dios son tan seguras (Hebreos 6:13 en adelante). Están confirmadas por el juramento de Dios y fundamentadas en su propósito eterno. Por eso se puede confiar plenamente en ellas. Dios no solo dio su palabra, su mano y su sello; también añadió su juramento. Y el juramento que hizo a Abraham, el padre de los creyentes, todavía conserva toda su fuerza para todos los verdaderos creyentes.
Cuando Dios hizo una promesa a Abraham, juró por sí mismo porque no había un nombre mayor por el cual jurar. Dijo: «Ciertamente te bendeciré y te multiplicaré» (Hebreos 6:14). La bendición de Dios es la felicidad de su pueblo. A quienes verdaderamente ha bendecido, seguirá bendiciéndolos hasta llevarlos a la bendición perfecta. Juró por sí mismo, es decir, comprometió su propio ser y honor a cumplir la promesa. No puede darse ni pedirse una garantía más firme.
Abraham recibió la promesa a su debido tiempo, después de haber esperado con paciencia. A menudo existe un intervalo, a veces largo, entre la promesa y su cumplimiento. Ese tiempo de espera prueba a los creyentes para mostrar si perseverarán. Pero quienes esperan con paciencia ciertamente recibirán lo prometido, tal como Abraham lo recibió. El propósito de un juramento es hacer segura una promesa y animar a quien la recibe a esperar con paciencia hasta que llegue el tiempo de su cumplimiento (Hebreos 6:16). Entre los seres humanos, un juramento resuelve el asunto y pone fin a toda disputa. Si Dios estuvo dispuesto a darles a sus hijos una confirmación semejante, ciertamente honrará el significado de ese juramento.
Las promesas de Dios también descansan en su consejo eterno, y ese consejo nunca cambia. La promesa de bendición para los creyentes no fue un pensamiento repentino ni descuidado. Surgió de su propósito eterno. Ese propósito quedó establecido en el consejo del Padre, del Hijo y del Espíritu eternos. Y como Dios nunca necesita revisar sus planes, su consejo es inmutable. Nada puede tomarlo por sorpresa ni obligarlo a cambiar lo que determinó desde el principio.
Por tanto, las promesas que descansan en el consejo inmutable de Dios y están confirmadas por su juramento pueden recibirse con plena confianza. En estas dos cosas inmutables, su consejo y su juramento, es imposible que Dios mienta, porque la mentira se opone tanto a su naturaleza como a su voluntad. Esta gran seguridad pertenece a los herederos de la promesa, aquellos que tienen derecho a ella por el nuevo nacimiento y la unión con Cristo. Por naturaleza, todos somos hijos de ira, y lo que heredamos desde el nacimiento es la maldición. Solo mediante un nuevo nacimiento celestial alguien llega a ser heredero de la promesa.
También pertenece a quienes han huido en busca de refugio en la esperanza puesta delante de ellos. Bajo la ley se proporcionaban ciudades de refugio para quienes eran perseguidos por el vengador de la sangre. El evangelio ofrece un refugio mucho mejor, abierto a todos los pecadores que verdaderamente huyen hacia él, incluso a los peores pecadores.
El propósito de Dios al dar estas firmes seguridades es que los creyentes tengan un fuerte consuelo. Dios se interesa tanto en el consuelo de su pueblo como en su santidad. Quiere que sus hijos caminen con reverencia al Señor y con el consuelo que da el Espíritu Santo.
Los consuelos que Dios da son suficientemente fuertes para sostener a su pueblo en sus pruebas más difíciles. Los consuelos de este mundo son demasiado débiles para llevar al alma a través de la tentación, la persecución y la muerte. Pero los consuelos del Señor no son pocos ni pequeños.
Los creyentes deben hacer buen uso de la esperanza y el consuelo que Dios les ha dado: esa esperanza profundamente renovadora de la bendición eterna. Para ellos, esta esperanza debe ser un ancla del alma, segura y firme (Hebreos 6:19). En este mundo somos como un barco en el mar, sacudido continuamente y siempre en peligro de naufragar. Nuestra alma es la embarcación, y los consuelos, las esperanzas, las virtudes y la felicidad del alma son la valiosa carga que lleva a bordo.
El cielo es el puerto hacia el cual navegamos. Las tentaciones, las persecuciones y los problemas que enfrentamos son los vientos y las olas que amenazan con destruirnos. Por eso necesitamos un ancla que nos mantenga firmes y a salvo; de lo contrario, siempre estaremos en peligro. La esperanza del evangelio es esa ancla. Así como el casco protege al soldado en la batalla, la esperanza nos mantiene firmes en las tormentas de la vida.
Esta ancla es segura y firme; de otro modo no podría mantenernos estables. Es segura por su propia naturaleza, porque es una obra especial de Dios en el alma. Es una buena esperanza que viene por medio de la gracia. No es una esperanza falsa, frágil como una telaraña, sino una obra verdadera y sólida de Dios.
También es firme por el lugar donde se afirma. Es un ancla que se ha sujetado con fuerza. Entra hasta dentro del velo y queda fijada en la Roca de los siglos. No intenta sujetarse en la arena movediza. Entra dentro del velo y se afirma allí en Cristo. Él es el objeto de la esperanza del creyente y el punto donde el ancla se sostiene.
Así como los creyentes esperan la gloria invisible que está dentro del velo, también confían en el Jesús invisible que está dentro del velo. La gracia gratuita de Dios, el mérito —es decir, el valor y el poder salvador— de Cristo, y la obra poderosa de su Espíritu son el fundamento de esa esperanza. Por eso es una esperanza firme.
Jesucristo es el objeto y el fundamento de la esperanza del creyente de varias maneras. Primero, entró dentro del velo para presentarse ante Dios por nosotros, sobre la base del sacrificio que ofreció fuera del velo. Nuestra esperanza descansa en su sacrificio y en su intercesión, es decir, en su obra presente de abogar por nosotros. Segundo, él es nuestro precursor, el que entró antes que su pueblo dentro del velo para prepararles un lugar y asegurarles que lo seguirán. Él es la primera señal y el comienzo seguro de los creyentes, tanto en su resurrección como en su ascensión.
Tercero, permanece allí como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec, sacerdote para siempre. Su sacerdocio nunca terminará ni fallará hasta que haya completado toda su obra y propósito: la felicidad plena y final de todos los que han creído en Cristo. Esto debe llevarnos a asegurarnos de que verdaderamente pertenecemos a Cristo, para que fijemos nuestra esperanza en él, pues ha ido delante de nosotros, por nuestro bien y para nuestra seguridad, a fin de proteger aquello que más nos importa.
Amemos aún más el cielo por causa de él y anhelemos estar allí con él, donde estaremos seguros para siempre y plenamente satisfechos para siempre.
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De este capítulo
Hebreos 6:1
"Por tanto, dejando los principios de la doctrina de Cristo, avancemos hacia la perfección, sin volver a poner el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios,"
Hebreos 6:2
"de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno."
Hebreos 6:3
"Y esto haremos, si Dios lo permite."
Hebreos 6:4
"Porque es imposible que quienes una vez fueron iluminados, probaron el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,"
Hebreos 6:5
"y probaron la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero,"
Hebreos 6:6
"si se apartan, renovarlos otra vez para el arrepentimiento; pues crucifican de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y lo exponen a la vergüenza pública."
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