Versículo destacado

Hebreos 6:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Por tanto, dejando los principios de la doctrina de Cristo, avancemos hacia la perfección, sin volver a poner el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios, "

Hebreos 6:1

menu_book El versículo en contexto

1 Por tanto, dejando los principios de la doctrina de Cristo, avancemos hacia la perfección, sin volver a poner el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios,

2 de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.

3 Y esto haremos, si Dios lo permite.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol exhorta a los hebreos a dejar atrás la infancia espiritual y alcanzar la madurez plena de la nueva vida en Cristo. Muestra su disposición a ayudarlos en todo lo que pueda en su crecimiento y, para animarlos, se incluye con ellos: «Avancemos». Para crecer, los cristianos deben ir más allá de los principios fundamentales de la enseñanza de Cristo. No deben perder esas verdades, despreciarlas ni olvidarlas. Deben guardarlas en el corazón y usarlas como fundamento de todo lo que creen y esperan, pero no deben detenerse allí. Deben seguir adelante y edificar sobre ese fundamento, porque un fundamento existe para sostener un edificio.

Alguien podría preguntar por qué el apóstol decidió darles alimento sólido a los hebreos cuando sabía que algunos todavía eran como niños. La primera respuesta es que, aunque algunos eran débiles, otros habían crecido y necesitaban un alimento adecuado para su madurez. Los creyentes maduros deben estar dispuestos a escuchar las verdades más sencillas por causa de los débiles, y los creyentes más débiles deben estar dispuestos a escuchar verdades más profundas y difíciles por causa de los que son más fuertes. En segundo lugar, el apóstol esperaba que siguieran creciendo en fortaleza espiritual y pudieran asimilar una enseñanza más profunda.

Luego el apóstol menciona varias verdades fundamentales. Estas deben establecerse bien al principio y después servir de base para seguir edificando. Ni él ni ellos debían dedicar tiempo a colocar una y otra vez esos mismos fundamentos. Son seis.

La primera es el arrepentimiento de obras muertas, es decir, la conversión y el nuevo nacimiento: apartarse de una condición y una forma de vida espiritualmente muertas. Es como si dijera: «Tengan cuidado de no destruir la vida de la gracia en su alma». Con la conversión cambiaron tanto su manera de pensar como su manera de vivir. No debían volver al pecado, porque entonces necesitarían que todo el fundamento se colocara de nuevo, como si necesitaran una segunda conversión: un nuevo arrepentimiento no solo de obras muertas, sino para apartarse de ellas. Los pecados de las personas no convertidas se llaman obras muertas porque proceden de quienes están espiritualmente muertos y conducen a la muerte eterna. El verdadero arrepentimiento de obras muertas es un cambio completo de corazón y de vida. Esta es una verdad fundamental y no necesita establecerse de nuevo, aunque debemos renovar nuestro arrepentimiento cada día.

La segunda es la fe en Dios: una convicción firme de que Dios existe y de cuál es su naturaleza, sus atributos y sus perfecciones. También incluye creer en las tres personas que existen en la única esencia divina y en todo el pensamiento y la voluntad de Dios tal como se revelan en su Palabra, especialmente en lo relacionado con el Señor Jesucristo. Por medio de la fe debemos conocer estas verdades, estar de acuerdo con ellas, aprobarlas y aplicarlas a nuestra vida con los sentimientos y las acciones apropiados. El arrepentimiento de obras muertas y la fe en Dios siempre van juntos. Son como gemelos inseparables. Ambas son verdades fundamentales que deben establecerse una vez y bien, pero que nunca deben arrancarse para volver a colocarlas. No debemos volver a la incredulidad.

La tercera es la doctrina de los bautismos, es decir, ser bautizado con agua por un ministro de Cristo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este es el signo y el sello del pacto de la gracia, el acuerdo bondadoso que Dios establece con su pueblo. Compromete profundamente a la persona bautizada a aprender el nuevo pacto, mantenerse firme en él, prepararse para renovarlo en la mesa del Señor y vivir sinceramente conforme a él, confiando en la verdad y la fidelidad de Dios para recibir las bendiciones prometidas. También incluye el bautismo interior del Espíritu, quien aplica la sangre de Cristo al alma para la justificación, es decir, para ser declarados justos delante de Dios, y concede la gracia del Espíritu para la santificación, es decir, para ser hechos santos. El bautismo es una ordenanza fundamental. Debe recibirse correctamente y recordarse con frecuencia, pero no repetirse.

La cuarta es la imposición de manos, que se usaba cuando las personas pasaban de su estado inicial después del bautismo a una condición confirmada, al dar una respuesta de buena conciencia delante de Dios y ocupar su lugar en la mesa del Señor. Este paso de una participación incompleta a una plena incorporación a la iglesia se señalaba mediante la imposición de manos, junto con la manifestación extraordinaria del Espíritu Santo que continuaba en aquel tiempo. Una vez realizado esto, los creyentes quedaban comprometidos a permanecer en esa condición y no necesitaban otra admisión solemne. Más bien, debían seguir adelante y crecer hasta alcanzar la madurez en Cristo. Esto también puede referirse a la ordenación de personas para la obra del ministerio, cuando están debidamente capacitadas y dispuestas para ella, y cuando se realiza con ayuno, oración e imposición de manos de los ancianos. Eso también se hace una sola vez.

La quinta es la resurrección de los muertos, es decir, el levantamiento de los cuerpos muertos y su reunión nuevamente con sus almas. Entonces el cuerpo y el alma estarán juntos para siempre, ya sea para bendición o para aflicción, conforme a la condición de cada persona delante de Dios al morir y a la vida que haya vivido en este mundo.

La sexta es el juicio eterno, cuando Dios determinará la condición de cada alma al morir y la del alma y el cuerpo juntos en el día final. Entonces cada persona recibirá la condición eterna para la cual se preparó aquí en la tierra: los malvados irán al castigo eterno y los justos recibirán la vida eterna. Estas son las grandes verdades fundamentales que los ministros deben explicar con claridad, presentar con cuidado y aplicar de manera directa a la vida de las personas. La congregación debe recibir una enseñanza sólida sobre ellas y quedar firmemente establecida en su verdad, sin apartarse jamás, porque sin estos fundamentos las demás partes de la religión no tienen una base sobre la cual sostenerse.

El apóstol también dice que está dispuesto y decidido a ayudar a los hebreos a edificar sobre estos fundamentos hasta que alcancen la madurez: «Y esto haremos, si Dios lo permite» (Hebreos 6:3). Esto nos enseña, primero, que se necesita una determinación firme para crecer y avanzar en la vida cristiana. Segundo, que la clase correcta de determinación nace sinceramente en el corazón y depende humildemente de Dios para recibir fuerza, ayuda, justicia, aceptación, tiempo y oportunidad. Tercero, que los ministros no solo deben decirles a las personas lo que deben hacer, sino también ir delante de ellas y caminar a su lado en el camino del deber.

Después muestra que este crecimiento espiritual es la mejor protección contra el terrible pecado de apartarse de la fe. Comienza mostrando hasta dónde pueden llegar algunas personas en la religión y aun así apartarse y perecer para siempre (Hebreos 6:4-5). Pueden ser iluminadas. Algunos escritores antiguos entienden esto como una referencia al bautismo, pero es mejor entenderlo como tener mucho conocimiento intelectual y una luz común. Una persona puede poseer mucho de esto y aun así quedarse fuera del cielo. Balaam fue el hombre cuyos ojos fueron abiertos (Números 24:3), pero, aunque sus ojos fueron abiertos, descendió a una oscuridad absoluta.

También pueden saborear el don celestial, experimentar algo del poder del Espíritu Santo obrando en su alma y tener una percepción real de la religión, pero ser como quienes, en un mercado, prueban productos que nunca piensan comprar. Prueban un poco y luego se van. Algunas personas pueden parecer disfrutar de la religión si pudieran tenerla bajo condiciones más fáciles, sin negarse a sí mismas, tomar su cruz ni seguir a Cristo.

Pueden también hacerse partícipes del Espíritu Santo, en el sentido de recibir sus dones extraordinarios y milagrosos. Pueden expulsar demonios en el nombre de Cristo y hacer muchas otras obras poderosas. En la época apostólica, esos dones se concedían en ocasiones a personas que no poseían la verdadera gracia salvadora.

Pueden saborear la buena palabra de Dios. Pueden interesarse en cierta medida por la verdad del evangelio, escuchar la Palabra con alegría, recordar mucho de ella y hablar favorablemente de ella. Sin embargo, nunca son transformadas por ella, ni la Palabra habita abundantemente en ellas.

También pueden saborear los poderes del mundo venidero. Pueden sentir profundas impresiones acerca del cielo y un temor intenso del infierno. Los hipócritas pueden llegar hasta ese punto y, después de todo eso, aun así apartarse de la fe.

De esto debemos observar, en primer lugar, que todas estas cosas importantes se dicen acerca de personas que pueden apartarse. Sin embargo, el pasaje no dice que fueran verdaderamente convertidas o justificadas, es decir, declaradas justas delante de Dios. La verdadera gracia salvadora incluye mucho más que todo lo que aquí se dice acerca de los apóstatas.

Por tanto, este pasaje no demuestra que los verdaderos creyentes finalmente se apartarán. Los creyentes verdaderos pueden caer muchas veces y de manera grave, pero no caerán total ni definitivamente de Dios. El propósito y el poder de Dios, la obra redentora y la intercesión de Cristo, la promesa del evangelio, el pacto eterno que Dios ha establecido con ellos —ordenado en todo y seguro—, la presencia del Espíritu en ellos y la semilla inmortal de la Palabra los mantienen a salvo. Un árbol sin estas raíces no permanecerá firme.

El apóstol describe entonces la terrible condición de quienes se apartan después de haber avanzado tanto en su profesión de fe. La grandeza del pecado de la apostasía, es decir, apartarse después de haber conocido a Cristo, consiste en que equivale a crucificar de nuevo al Hijo de Dios y exponerlo públicamente a la vergüenza. Tales personas demuestran que aprueban lo que hicieron los judíos al crucificar a Cristo y que harían lo mismo con gusto si pudieran. Tratan al Hijo de Dios con el mayor desprecio y, por tanto, también deshonran a Dios, quien llama a todos a honrar al Hijo como honran al Padre. En efecto, hacen todo lo posible para presentar a Cristo y al cristianismo como algo vergonzoso.

La miseria de los apóstatas también es grande. Es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento; esto significa que su condición es sumamente peligrosa, y que se encuentran muy pocos ejemplos de personas que hayan llegado tan lejos, se hayan apartado y después hayan llegado a un arrepentimiento verdadero, un arrepentimiento que realmente renueve el alma. Algunos han pensado que este es el pecado contra el Espíritu Santo, pero no existe un fundamento sólido para afirmarlo. Aquí el pecado se describe claramente como apostasía: apartarse tanto de la verdad como de los caminos de Cristo. Dios puede renovarlos para arrepentimiento, pero rara vez lo hace, y por medio de la ayuda humana es imposible.

Su miseria se muestra mediante una imagen apropiada, tomada de un terreno que, después de recibir mucho cuidado, no produce más que espinos y cardos. Tal terreno está cerca de ser maldecido, y su fin es ser quemado (Hebreos 6:8). El escritor refuerza la advertencia al contrastar el terreno bueno con el malo. El terreno bueno absorbe la lluvia que cae frecuentemente sobre él. Los creyentes hacen más que probar la palabra de Dios: la reciben en su interior. Este buen terreno produce fruto que corresponde al trabajo invertido en él, para honra de Cristo y para consuelo de sus fieles ministros, quienes, bajo la autoridad de Cristo, cultivan el campo. Un campo o jardín así recibe la bendición de Dios, y toda persona sabia y buena lo considera bendecido. Es bendecido con crecimiento en la gracia, con mayor firmeza y con gloria al final.

El terreno malo es diferente: produce espinos y cardos. No solo carece de buen fruto, sino que produce lo que es dañino. Es fructífero en pecado y maldad, lo cual causa problemas y perjudica a todos los que están a su alrededor, y al final perjudicará sobre todo a los pecadores mismos. Entonces ese terreno es rechazado. Dios ya no tratará con esos apóstatas malvados; los abandonará y los echará de su cuidado, y ordenará que las nubes no derramen lluvia sobre ellos.

Se les retirará la influencia misericordiosa de Dios y, más aún, ese terreno estará cerca de una maldición. Está muy lejos de recibir bendición, y sobre él pesa una maldición terrible, aunque la paciencia de Dios todavía no la haya ejecutado por completo. Al final, su destino es ser quemado. La apostasía será castigada con fuego eterno, un fuego que nunca puede apagarse. Este es el triste final al que conduce la apostasía. Por eso, los cristianos deben seguir avanzando y creciendo en la gracia, porque si no avanzan, comenzarán a retroceder hasta llegar a este terrible final de pecado y miseria.

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