Versículo destacado

Génesis 32:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y Jacob dijo: Dios de mi padre Abraham y Dios de mi padre Isaac, SEÑOR, tú que me dijiste: “Regresa a tu tierra y a tu parentela, y yo te trataré bien”, "

Génesis 32:9

menu_book El versículo en contexto

7 Entonces Jacob tuvo mucho miedo y se angustió. Dividió en dos campamentos a la gente que estaba con él, las ovejas, el ganado y los camellos.

8 Y dijo: «Si Esaú viene contra uno de los campamentos y lo ataca, el campamento restante escapará».

9 Y Jacob dijo: Dios de mi padre Abraham y Dios de mi padre Isaac, SEÑOR, tú que me dijiste: “Regresa a tu tierra y a tu parentela, y yo te trataré bien”,

10 no soy digno de la menor de todas las misericordias ni de toda la verdad que has mostrado a tu siervo; porque con mi bastón crucé este Jordán, y ahora me he convertido en dos campamentos.

11 Te ruego que me libres de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le tengo miedo; no sea que venga y me ataque a mí y a la madre con los hijos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Nuestra regla es acudir a Dios en los momentos de angustia. Jacob nos da un ejemplo de esa regla, y el buen resultado nos anima a seguirla. Este era un tiempo de angustia para Jacob, pero sería librado de ella, y aquí ora pidiendo rescate (Jeremías 30:7). En medio de su aflicción buscó al SEÑOR, y el SEÑOR lo escuchó. Los momentos de temor deben convertirse en momentos de oración. Todo lo que nos asusta debería llevarnos de rodillas ante nuestro Dios.

Jacob había visto recientemente que unos ángeles protegían su campamento, pero en esta crisis acudió a Dios, no a ellos. Sabía que eran servidores como él, no aquellos en quienes debía confiar (Apocalipsis 22:9). Tampoco consultó los ídolos de la familia de Labán. Le bastaba saber que tenía un Dios al cual acudir. Presenta su caso ante Dios con toda seriedad, refugiándose en el nombre del SEÑOR como en una torre fuerte (Proverbios 18:10).

Esta oración es especialmente notable porque contribuyó a que recibiera el honor de llamarse Israel, un príncipe con Dios, y de ser el padre del remanente que ora: el pueblo llamado descendencia de Jacob, a quien Dios nunca le dice: «Búscame en vano». Vale la pena preguntarnos qué tuvo de especial esta oración para que le trajera semejante honor.

La petición es clara y directa: «Líbrame de la mano de mi hermano» (Génesis 32:11). Desde una perspectiva humana, no había esperanza para él; sin embargo, creyó que el poder de Dios podía rescatarlo como se rescata a un cordero de las fauces de un león. Podemos ser específicos en nuestras oraciones y mencionar los problemas exactos que enfrentamos, porque el Dios al que acudimos es alguien con quien podemos hablar libremente. Tenemos acceso confiado al trono de la gracia. Y cuando nuestros hermanos intentan destruirnos, es un consuelo saber que tenemos un Padre al cual acudir como nuestro Libertador.

Jacob también presenta muchas razones contundentes para suplicar. Nunca se había preparado mejor un caso (Job 23:4). Pide con fe, urgencia y humildad. ¡Con qué fervor ruega: «Líbrame, te ruego» (Génesis 32:11)! Su temor lo llevó a actuar con urgencia. Su razonamiento es cuidadoso y sólido. Este es un noble ejemplo que podemos seguir.

Comienza dirigiéndose a Dios como el Dios de sus antepasados (Génesis 32:9). Con profunda humildad, no llama a Dios «mi Dios», sino el Dios que estaba en pacto con sus antepasados: «el Dios de mi padre Abraham y el Dios de mi padre Isaac». Puede presentar este argumento con mayor confianza porque Dios había establecido que la línea del pacto continuara por medio de él. El pacto de Dios con nuestros antepasados puede consolarnos cuando estamos afligidos. Así ha sido muchas veces para el pueblo del SEÑOR (Salmo 22:4, 5). Si nacemos en la casa de Dios, estamos bajo su cuidado especial.

Luego presenta la razón que le da derecho a esperar ayuda: «Tú me dijiste que regresara a mi tierra». No salió de la casa de Labán por un capricho ni simplemente porque extrañara su tierra. Se fue porque Dios se lo ordenó. Podemos estar siguiendo el camino del deber y aun así encontrarnos con dificultades. Las circunstancias favorables no demuestran que estamos en lo correcto, y las circunstancias difíciles no demuestran que estamos equivocados. Podemos ir adonde Dios nos envía y aun sentir que el camino está bloqueado por espinos. Aun así, podemos confiarle nuestra seguridad mientras permanecemos fielmente en el cumplimiento de nuestro deber. Si Dios es nuestro guía, también será nuestro protector.

Después admite humildemente que no merece ninguna bondad de parte de Dios (Génesis 32:10). Esta es una súplica poco común. Algunos podrían pensar que debía argumentar que lo que estaba en peligro era su propia propiedad, obtenida honestamente y con gran esfuerzo. En cambio, dice: «SEÑOR, no soy digno». Negarnos a nosotros mismos y humillarnos encaja bien en toda oración que presentamos ante Dios. Cristo nunca elogió a nadie más que al hombre que dijo: «SEÑOR, no soy digno» (Mateo 8:8), y a la mujer que dijo: «Sí, SEÑOR, pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños» (Mateo 15:27).

Jacob habla de la misericordia de Dios hacia él con gran aprecio y gratitud. Habla de «misericordias», en plural, como de un manantial inagotable con innumerables corrientes. Habla de «misericordias y verdad», es decir, de las misericordias pasadas concedidas conforme a la promesa y de las misericordias futuras aseguradas por la promesa. Lo que está guardado en la verdad de Dios, así como lo que ya ha sido dado en su misericordia, debe moldear tanto el consuelo como la alabanza de los creyentes. Sus palabras son abundantes porque su corazón estaba lleno de la bondad de Dios.

Al mismo tiempo, habla de sí mismo con mucha humildad, sin pensar que tiene mérito alguno: «No soy digno de la menor de todas tus misericordias, mucho menos de un favor tan grande como este». Jacob era un hombre importante y valioso en muchos sentidos, y al tratar con Labán podía reclamar legítimamente sus derechos. Pero delante de Dios deja de lado todo derecho que pudiera reclamar. La idea es: «Soy menos que todas tus misericordias». Las personas mejores y más grandes siguen sin ser dignas siquiera de la bondad más pequeña de Dios, y debemos estar dispuestos a reconocerlo en todo momento. El lema del piadoso escritor Herbert era: «Menos que la menor de todas las misericordias de Dios». Quienes se consideran indignos de la misericordia más pequeña están mejor preparados para recibir las más grandes.

Jacob también recuerda con gratitud cómo Dios lo había sostenido durante su exilio y había superado sus expectativas. «Con mi bastón crucé este Jordán» significaba que lo había cruzado pobre y solo, como un viajero solitario y despreciado. No tenía guías, compañeros, sirvientes ni comodidades para el viaje; solo tenía su bastón y nada más en qué apoyarse. «Ahora me he convertido en dos campamentos», dice, pues ahora está rodeado de una compañía numerosa y reconfortante de hijos y siervos. Aunque su problema actual lo había obligado a dividir a su familia en dos grupos, incluso usa esa situación para exaltar la misericordia de Dios al haberlo multiplicado.

El crecimiento de nuestras familias es verdaderamente reconfortante cuando vemos en él la misericordia y la verdad de Dios. Quienes en sus últimos años han recibido grandes aumentos deben recordar, con humildad y gratitud, lo pequeño que fue su comienzo. En efecto, Jacob está diciendo: «SEÑOR, tú me cuidaste cuando salí con solo mi bastón y con una sola vida que perder. ¿Acaso no me cuidarás ahora que estoy acompañado de tantos?».

Luego insiste en el peligro que enfrenta: «Líbrame de Esaú, porque le tengo miedo» (Génesis 32:11). El pueblo de Dios nunca se ha avergonzado de contarle sus temores, porque sabe que él los ve y los entiende. El temor que nos lleva a orar es, en sí mismo, una buena razón para suplicar. Jacob no tenía miedo de un ladrón, sino de un asesino. Y no solo estaba en peligro su propia vida, sino también las vidas de las madres y los niños que habían dejado su tierra natal con él. El amor natural puede darnos razones válidas para presentar nuestras peticiones en oración.

Finalmente, da un peso especial a la promesa de Dios (Génesis 32:9): «Tú dijiste: “Ciertamente te haré bien”», y vuelve a mencionarla al final (Génesis 32:12): «Tú dijiste: “Ciertamente te haré bien”».

Primero, lo mejor que podemos decirle a Dios en oración es lo que él ya nos ha dicho. Sus promesas son la guía más segura para nuestros deseos y nos indican las mejores peticiones que podemos hacer. También son el fundamento más firme para nuestra esperanza y nos dan las razones más fuertes para pedir. Podemos decir: «SEÑOR, tú dijiste esto y aquello. ¿No serás fiel a tu palabra, la palabra que me hizo esperar?» (Salmo 119:49).

Segundo, incluso las promesas más generales se aplican a necesidades específicas. Jacob puede orar: «Tú dijiste: “Te haré bien”; por eso, SEÑOR, hazme bien en este asunto». También se aferra a la promesa específica de que su familia aumentaría grandemente: «SEÑOR, ¿qué será de esa promesa si todos ellos son destruidos?». Hay promesas hechas a las familias de las personas piadosas, y estas pueden usarse en oración al pedir bendiciones familiares, tanto comunes como extraordinarias (Génesis 17:7; Salmo 112:2; Salmo 102:28). Las amenazas del mundo deberían llevarnos a las promesas de Dios.

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