Versículo destacado
Ezequiel 3:22 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Allí la mano del SEÑOR estuvo sobre mí, y me dijo: «Levántate, sal a la llanura, y allí hablaré contigo». "
Ezequiel 3:22
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
20 Además, cuando un justo se aparte de su justicia y cometa iniquidad, y yo ponga una piedra de tropiezo delante de él, morirá. Debido a que no le advertiste, morirá en su pecado, y la justicia que practicó no será recordada; pero reclamaré su sangre de tu mano.
21 Sin embargo, si adviertes al justo para que el justo no peque, y él no peca, ciertamente vivirá porque fue advertido; también tú has librado tu alma.
22 Allí la mano del SEÑOR estuvo sobre mí, y me dijo: «Levántate, sal a la llanura, y allí hablaré contigo».
23 Entonces me levanté y salí a la llanura; y vi que la gloria del SEÑOR estaba allí, como la gloria que vi junto al río Quebar; y caí sobre mi rostro.
24 Entonces el espíritu entró en mí, me puso sobre mis pies, habló conmigo y me dijo: Ve y enciérrate dentro de tu casa.
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Después de toda la gran y gloriosa revelación que Dios le había dado al profeta, junto con las instrucciones completas para su misión, esperaríamos que Ezequiel comenzara de inmediato a predicarle a una gran multitud de israelitas. Pero la historia toma un rumbo muy diferente. Al principio, su labor parece mucho menor que la grandeza de su llamado.
Primero, lo encontramos apartado para recibir más enseñanza. Su renuencia a ir sugiere que todavía no estaba plenamente convencido de que Dios pudiera sostenerlo en esa tarea. Por eso, para fortalecerlo ante las dificultades que le esperaban, Dios le da otra visión de su gloria. Esa visión, si algo podía hacerlo, le devolvería el ánimo y lo impulsaría a cumplir su misión. Dios lo llama a salir a la llanura (Ezequiel 3:22), y allí hablará con él. Observemos y admiremos la bondad de Dios al hablar tan libremente con un hombre, un simple hijo de hombre, un pobre cautivo y hasta un hombre pecador que había salido lleno de amargura y que, en ese momento, estaba desanimado con su labor. También debemos recordar que debemos esta bendita comunión entre Dios y los seres humanos, entre el cielo y la tierra, a la mediación de Cristo; es decir, al papel de Cristo como aquel que nos lleva a Dios.
Esto también muestra el valor de estar a solas con Dios. La soledad ayuda a pensar seriamente. Es un gran consuelo estar a solas con Dios, lejos del mundo, para escucharlo y hablar con él. Una persona piadosa puede decir con toda verdad que nunca está menos sola que cuando está así con Dios. Ezequiel fue a la llanura con más disposición que la que había mostrado al ir donde estaban los cautivos (Ezequiel 3:15), porque quienes conocen la cercanía de Dios naturalmente la prefieren a las conversaciones comunes del mundo, especialmente a las que la mayoría de la gente ofrece. Allí, en la llanura, vio la misma visión que había visto junto al río Quebar, porque Dios no está limitado a un solo lugar. Quienes siguen a Dios encontrarán sus consuelos dondequiera que vayan.
Dios llamó a Ezequiel a salir para hablar con él, pero hizo algo más: le mostró su gloria (Ezequiel 3:23). No debemos esperar visiones como esa en la actualidad, pero tampoco recibimos un favor menor cuando, por la fe, contemplamos la gloria del Señor y somos transformados por el Espíritu del Señor en esa misma imagen. Este honor les pertenece a todos sus hijos (2 Corintios 3:18).
En segundo lugar, vemos que por un tiempo se le impide continuar con la enseñanza pública. Cuando Ezequiel vio aquella gloria, cayó rostro en tierra, sobrecogido ante la majestad de Dios y temeroso de su disgusto. Pero el Espíritu entró en él, lo levantó y él se puso de pie para escuchar lo que el Espíritu le diría. Esto resulta sorprendente. Podríamos haber esperado que Dios lo enviara de inmediato al lugar principal de reunión, que le ganara el favor de sus compañeros de cautiverio y que hiciera que tanto él como su mensaje fueran bien recibidos. Podríamos haber esperado una oportunidad más amplia y libertad para hablar con valentía. Sin embargo, Dios le dice lo contrario.
En vez de enviarlo a una reunión pública, Dios le ordena que se quede en casa: «Ve y enciérrate dentro de tu casa» (Ezequiel 3:24). Él no había querido presentarse en público y, cuando finalmente lo hizo, el pueblo no lo honró como debía. Así que esta orden de Dios sirve como una reprensión apropiada tanto para él como para el pueblo: a él, por haberse apartado de ellos, y a ellos, por la frialdad con que lo trataron. Muchas veces, nuestra propia elección se convierte en nuestro castigo. Es justo que Dios aparte a los maestros cuando ellos, su pueblo o ambos se vuelven descuidados respecto a las reuniones solemnes.
Algunos piensan que Ezequiel debía encerrarse como señal de que Jerusalén también quedaría encerrada durante el sitio que describe en el capítulo siguiente. También debía permanecer en su casa para recibir más conocimiento de parte de Dios y reunir más cosas que decir cuando volviera a salir. Más adelante, los ancianos de Judá lo visitaron y se sentaron delante de él en su casa en ciertas ocasiones (Ezequiel 8:1), pero él no les comunicó a los cautivos todo lo que el Señor le había mostrado sino hasta después (Ezequiel 11:25). Quienes son llamados a predicar deben apartar tiempo para estudiar, y mucho tiempo. A menudo necesitan encerrarse, para dedicarse a la lectura y la meditación, de modo que su progreso pueda ser evidente para todos.
En vez de ganar el favor de aquellos a quienes había sido enviado, Dios le dice que ellos le pondrían cuerdas y lo atarían (Ezequiel 3:25). Esto puede significar que lo tratarían como a un criminal, sujetándolo para castigarlo aún más por considerarlo un alborotador. Ya estaban en Babilonia porque habían perseguido a los profetas, pero incluso allí continuaron persiguiéndolos. Más probablemente, lo tratarían como a un loco, porque consideraban que sus acciones intensas durante las visiones eran señales de demencia. En una ocasión le preguntaron a Jehú: «¿Por qué vino a verte ese loco?». Festo le dijo a Pablo: «¡Estás loco!», y los judíos dijeron lo mismo del Señor Jesús (Marcos 3:21). Esta puede ser la razón por la que Ezequiel debía permanecer dentro de su casa, pues de lo contrario lo atarían con el pretexto de que estaba loco.
En vez de abrir la boca para alabar a Dios, Dios lo deja sin hablar, y hace que su lengua se le pegue al paladar, de modo que queda mudo por un tiempo (Ezequiel 3:26). Los cautivos fieles en Babilonia habían pronunciado esto como una maldición sobre sí mismos, diciendo que, si alguna vez se olvidaban de Jerusalén, su lengua se les pegara al paladar (Salmo 137:6). Ezequiel recuerda a Jerusalén mejor que cualquiera de ellos y, aun así, su lengua queda inmóvil. Al que mejor podía hablar se le prohíbe hablar por completo. La razón es que ellos son una casa rebelde y no merecen tenerlo como quien los reprende. No debe seguir dándoles advertencias e instrucciones, porque todas esas palabras se desperdician en ellos.
Ya se le había dicho que hablara con valentía, precisamente porque eran muy rebeldes (Ezequiel 2:7). Pero como eso no produciría ningún bien, ahora se le dice que guarde silencio por la misma razón. Las personas cuyo corazón se ha endurecido contra la corrección justamente pierden la ayuda que podría corregirlas. ¿Por qué habría de seguir hablando quien reprende si, después de muchos intentos, el pueblo solo se vuelve más sordo? Si Efraín está unido a los ídolos, que siga su propio camino. Si Ezequiel debe quedar mudo, eso significa que, de no ser así, estaría reprendiéndolos. Si pudiera hablar, seguiría dando testimonio contra la maldad. Pero cuando Dios hable con él y decida hablar por medio de él, entonces Dios abrirá su boca (Ezequiel 3:27).
Observemos esto: aunque Dios puede mantener callados a sus profetas por un tiempo, llegará el momento en que volverá a darles palabras. Y cuando Dios habla con sus ministros, no solo les abre los oídos para que escuchen lo que dice; también les abre la boca para que puedan responder.
Moisés, quien llevaba un velo sobre el rostro cuando bajaba al pueblo, se lo quitaba cuando volvía a subir a la presencia de Dios (Éxodo 34:34). De la misma manera, el siervo de Dios puede permanecer encerrado por un tiempo y luego recibir nuevamente libertad para hablar.
Dios no le promete a Ezequiel que tendrá éxito cada vez que hable al pueblo. En cambio, deja ese asunto sin resolver. Ezequiel no debe angustiarse por cuál será el resultado. Ya sea que la gente escuche o se niegue a escuchar, el mensaje debe ser proclamado.
Que el que quiera escuchar, escuche y disfrute de sus beneficios, porque su alma vivirá. Pero el que se niegue, que se niegue bajo su propia responsabilidad y afronte las consecuencias. Si desprecias la advertencia, solo tú sufrirás por ello. Ni Dios ni su profeta perderán nada. El profeta todavía recibirá su recompensa por haber advertido fielmente al pecador, y Dios demostrará la justicia de su juicio al juzgar a quien no quiso aceptar la advertencia.
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De este capítulo
Ezequiel 3:1
"Además, me dijo: «Hijo de hombre, come lo que encuentres; come este rollo, y ve a hablarle a la casa de Israel»."
Ezequiel 3:2
"Entonces abrí la boca, y él me hizo comer aquel rollo."
Ezequiel 3:3
"Y me dijo: «Hijo de hombre, haz que tu vientre coma y llena tus entrañas con este rollo que te doy». Entonces lo comí, y en mi boca fue dulce como la miel."
Ezequiel 3:4
"Y me dijo: Hijo de hombre, ve, dirígete a la casa de Israel y háblales con mis palabras."
Ezequiel 3:5
"Porque no eres enviado a un pueblo de habla extraña y lengua difícil, sino a la casa de Israel;"
Ezequiel 3:6
"no a muchos pueblos de habla extraña y lengua difícil, cuyas palabras no puedes entender. Sin duda, si te hubiera enviado a ellos, te habrían escuchado."
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