Versículo destacado

Ezequiel 37:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" La mano del SEÑOR vino sobre mí, me sacó en el espíritu del SEÑOR y me puso en medio del valle, que estaba lleno de huesos. "

Ezequiel 37:1

menu_book El versículo en contexto

1 La mano del SEÑOR vino sobre mí, me sacó en el espíritu del SEÑOR y me puso en medio del valle, que estaba lleno de huesos.

2 Me hizo pasar junto a ellos todo alrededor. Había muchísimos sobre la superficie del valle, y estaban muy secos.

3 Entonces me dijo: Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos? Yo respondí: Señor DIOS, tú lo sabes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos una visión de la resurrección de la muerte a la vida, y es una visión gloriosa. La naturaleza no puede explicar ni producir algo así. Ni siquiera pensaríamos en ello si Dios no nos lo hubiera revelado; pero su palabra lo hace cierto.

Algunos han usado esta visión para respaldar la resurrección final de los muertos. Argumentan que, de otro modo, no sería una señal adecuada para fortalecer la fe en la promesa de liberación de Babilonia, así como la promesa del Mesías fortaleció la fe en una liberación anterior (Isaías 7:14). Sea o no ese el punto principal, la visión presenta claramente una imagen vívida de tres clases de resurrección, además de aquella que originalmente tenía el propósito de representar.

En primer lugar, representa la resurrección de las almas, que pasan de la muerte del pecado a la vida de justicia. Es una vida santa, celestial, espiritual y centrada en Dios, producida por la gracia divina que obra juntamente con la palabra de Cristo (Juan 5:24-25). En segundo lugar, representa la resurrección de la iglesia del evangelio, o de cualquier parte de ella, que pasa de una condición de sufrimiento y persecución a la libertad y la paz, especialmente bajo la esclavitud de la Babilonia del Nuevo Testamento. En tercer lugar, representa la resurrección del cuerpo en el gran día, especialmente la de los cuerpos de los creyentes, que resucitarán para vida eterna.

Debemos observar los detalles de la visión. Primero se le mostró al profeta la condición miserable de aquellos huesos muertos. Por un impulso profético y mediante el poder divino, fue llevado en la visión a un valle, probablemente la misma llanura mencionada en Ezequiel 3:22, donde Dios había hablado con él anteriormente. El valle estaba lleno de huesos, huesos de personas muertas, esparcidos por el suelo. Parecía el escenario de una batalla terrible, donde los muertos habían quedado sin sepultura hasta que la carne desapareció y solo quedaron los huesos, quebrados y dispersos por todas partes.

Caminó entre ellos y vio que eran muchísimos. Eso también es cierto respecto de los muertos en general, pues multitudes han descendido al sepulcro. Vio además que estaban muy secos, después de haber estado expuestos durante mucho tiempo al sol y al viento. Los huesos que antes contenían médula pierden toda humedad después de la muerte y se vuelven secos como el polvo. Ahora el cuerpo está protegido por los huesos, pero entonces los huesos mismos estaban indefensos.

Los judíos en Babilonia eran como esos huesos muertos y secos. Parecía improbable que volvieran a reunirse; incluso parecía improbable que llegaran a formar un esqueleto, mucho menos un cuerpo con vida. Sin embargo, estaban sin sepultura en el valle abierto, lo cual dejaba esperanza de resurrección, como ocurrió con los dos testigos de Apocalipsis 11:8-9. Los huesos de Gog y Magog serían sepultados, porque su ruina sería definitiva (Ezequiel 39:12, 39:15). Pero los huesos de Israel estaban en el valle abierto, bajo la mirada del cielo, porque todavía había esperanza para ellos al final.

También se hizo que el profeta reconociera que su situación era desesperada a menos que Dios mismo interviniera. El Señor le preguntó: «Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos?», es decir, ¿es posible siquiera? ¿Puedes imaginar cómo podría suceder? ¿Puede la sabiduría humana devolverles la vida a unos huesos secos, o puede la estrategia humana restaurar a una nación cautiva? El profeta respondió: «Señor Dios, tú lo sabes». No dijo: «No pueden vivir», porque no quería limitar al Santo de Israel. Dejó el asunto en manos de Dios, como si dijera: «Si tú no les das vida, ciertamente no podrán vivir». Dios conoce perfectamente tanto su poder como sus propósitos, y quiere que confiemos en ellos. Sus obras maravillosas solo pueden realizarse por su propio consejo y poder.

El medio usado para reunir aquellos huesos dispersos y darles vida fue la profecía. A Ezequiel se le ordenó profetizar sobre los huesos (Ezequiel 37:4, 37:9) y profetizar al viento. Él obedeció lo que se le había mandado (Ezequiel 37:7, 37:10). Tenía que predicar, y lo hizo; y los huesos muertos vivieron porque Dios dio poder a su palabra. También tenía que orar, y lo hizo; y los huesos muertos vivieron en respuesta a la oración, porque el aliento de vida entró en ellos.

Esto muestra el poder de la palabra y de la oración, y la necesidad de ambas, para levantar a las almas muertas. Dios les dice a sus ministros que profeticen sobre los huesos secos. Deben decirles: «Vivan», y repetirlo una y otra vez: «Huesos secos, escuchen la palabra del Señor». Pero si llamamos y llamamos, y aun así permanecen muertos y completamente secos, debemos orar con fervor para que el Espíritu obre junto con la palabra: «Ven, aliento, y sopla sobre ellos». Dios puede salvar almas sin nuestra predicación, pero nuestra predicación no puede salvarlas sin la gracia de Dios, y esa gracia debe buscarse en oración.

Los ministros deben usar fiel y diligentemente los medios de la gracia, aun cuando parezca haber muy poca esperanza de éxito. Profetizar sobre huesos secos parece tan inútil como regar un palo seco. Sin embargo, escuchen las personas o se nieguen a escuchar, debemos cumplir con nuestro deber y profetizar como se nos ha ordenado, en el nombre de Aquel que resucita a los muertos y les da vida.

El resultado de estos medios fue maravilloso. Quienes obedecen lo que se les manda, aun cuando la obra parezca desalentadora, no deben dudar de que Dios bendecirá los medios que él mismo estableció. Ezequiel habló sobre los huesos del valle, y estos se convirtieron en cuerpos humanos. Primero debía decirles que Dios ciertamente les daría vida: «Así dice el Señor Dios a estos huesos: Yo hago entrar espíritu en ustedes, y vivirán» (Ezequiel 37:5-6). El que pronuncia la palabra también hará la obra. El que dice: «Vivirán», les dará vida. Los cubrirá de carne y piel, como lo hizo al principio (Job 10:11). El Dios que nos formó de una manera tan maravillosa también puede rehacernos, porque su brazo no se ha acortado.

Entonces los huesos volvieron a unirse y tomaron forma. Podemos imaginar al profeta hablando con una fuerza cada vez mayor al ver que lo que decía comenzaba a suceder. La apertura, confirmación y aplicación de las promesas de Dios son las maneras habituales en que él nos concede una vida nueva y divina. Mientras Ezequiel profetizaba en esta visión, se oyó un sonido del cielo que respondía a sus palabras. Quizás era el movimiento de los ángeles, usados como servidores de la providencia de Dios para liberar a los judíos, pues leemos acerca del sonido de sus alas (Ezequiel 1:24) y del sonido de su marcha (2 Samuel 5:24). También hubo un temblor, un movimiento entre los huesos.

Hasta los huesos muertos y secos comienzan a moverse cuando se les llama a escuchar la palabra del Señor. Esto se manifestó cuando Ciro, el rey persa, proclamó la libertad, y aquellos cuyos corazones Dios había conmovido comenzaron a pensar en aprovechar esa libertad y prepararse para salir. Cuando hubo un sonido, también hubo un temblor. Cuando David oyó el sonido de una marcha en las copas de los árboles de morera, actuó de inmediato, y parecía que el suelo temblaba. Cuando Pablo oyó la voz que decía: «¿Por qué me persigues?», también hubo un temblor de huesos secos, porque él tembló y quedó asombrado.

Pero eso no fue todo. Los huesos se juntaron, cada hueso con su hueso, bajo la dirección de Dios. Aunque hay muchos huesos en el cuerpo humano, no se perdió ni uno solo de los huesos de aquellos muchos muertos. Ninguno se equivocó de camino ni de lugar. Cada uno parecía saber dónde pertenecía y encontró a su compañero. Los huesos dispersos se reunieron, y los huesos separados volvieron a unirse. El poder de Dios les proporcionó a aquellos huesos secos lo que cada articulación aporta en un cuerpo vivo.

Esto es lo que sucederá en la resurrección de los muertos. Las partes dispersas serán reunidas y colocadas en su debido lugar y orden. Cada hueso volverá a encontrar su hueso mediante la misma sabiduría y poder con los que Dios formó por primera vez los huesos en el vientre de una mujer embarazada. En el regreso de los judíos ocurrió algo parecido. Los que estaban dispersos por distintas partes de Babilonia volvieron a sus propias familias y todos, como si se hubieran puesto de acuerdo, se reunieron en el lugar señalado para regresar juntos.

Poco a poco, los tendones y la carne cubrieron los huesos, y la piel los recubrió (Ezequiel 37:8). Esto se cumplió cuando los cautivos reunieron sus pertenencias y las personas que los rodeaban los ayudaron con plata, oro y todo lo que necesitaban para el viaje de regreso (Esdras 1:4). Aun así, todavía no había aliento en ellos. Seguían sin tener el espíritu ni el valor necesarios para una tarea tan difícil y arriesgada como regresar a su propia tierra.

Entonces Ezequiel levantó la mirada y profetizó al viento, al aliento o al espíritu, diciendo: «Ven, aliento, y sopla sobre estos muertos». Los huesos secos no habrían sido mejores que los cuerpos muertos. Pero la obra de Dios es completa. Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Por eso se llamó al aliento, para que vivieran. En respuesta, el aliento entró en ellos de inmediato (Ezequiel 37:10). Esto muestra que el espíritu de vida proviene de Dios. En la creación, él sopló en el ser humano el aliento de vida, y en la resurrección hará lo mismo.

Así fueron fortalecidos de manera extraordinaria los cautivos desanimados y sin esperanza. Recobraron el valor para superar cada obstáculo que se interponía en su regreso y se entregaron a esa tarea con gran energía. Luego se pusieron de pie: eran un ejército sumamente grande, no solo hombres vivos, sino hombres útiles, aptos para la guerra y capaces de enfrentarse a cualquiera que se les opusiera. Para Dios nada es imposible. Él puede hacer surgir hijos para Abraham aun de las piedras, y puede levantar un ejército sumamente grande de huesos muertos y secos para pelear sus batallas y defender su causa.

Esta visión también corresponde a la miserable condición de los judíos durante el cautiverio. «Estos huesos», dice Dios, «son toda la casa de Israel»: tanto las diez tribus como las dos. Aquí vemos lo que son en ese momento y lo que llegarán a ser. Primero, han sido llevados a una condición muy baja, hasta una profunda desesperación (Ezequiel 37:11). Se consideran completamente perdidos. Dicen: «Nuestros huesos se han secado, nuestras fuerzas se han acabado, nuestro espíritu se ha desvanecido y nuestra esperanza se ha perdido. Todo aquello en lo que buscábamos ayuda ha fallado, y estamos completamente aislados. Que otros sigan esperando si quieren, pero nosotros no vemos ninguna razón para tener esperanza».

Cuando las dificultades duran mucho tiempo, las esperanzas suelen frustrarse y toda fuente humana de ayuda termina fallando. Por eso no sorprende que las personas pierdan el ánimo. Solo una fe activa en el poder, la promesa y el cuidado de Dios puede impedir que su espíritu muera por completo. Sin embargo, a pesar de haber llegado a ese punto tan bajo, serán levantados a una gran prosperidad. Precisamente porque su situación ha llegado al extremo, Ezequiel debe profetizarles y anunciarles que ha llegado el momento de que Dios actúe a su favor. La idea es: «En el monte del SEÑOR será provisto», es decir, Dios proveerá cuando todo parezca perdido (Ezequiel 37:12-14).

Primero se les debe anunciar que serán sacados de la tierra de sus enemigos, donde están como personas enterradas vivas: «Abriré sus sepulcros». No serán restaurados únicamente los que están esparcidos a la entrada del sepulcro (Salmo 141:7); también saldrán los que están enterrados en él. El poder del enemigo puede parecer como los barrotes de una fosa, imposibles de romper, fuerte como la muerte y cruel como el sepulcro; aun así, Dios lo vencerá. Él puede hacer subir a su pueblo desde las profundidades de la tierra (Salmo 71:20).

Segundo, serán llevados a su propia tierra, donde vivirán en paz y prosperidad: «Los llevaré a la tierra de Israel» y «los estableceré allí» (Ezequiel 37:12, Ezequiel 37:14). Dios dice que pondrá su Espíritu en ellos, y entonces vivirán. Cuando nos da su Espíritu, lo hace con un buen propósito: para que vivamos verdaderamente. En todo esto, Dios será honrado. «Sabrán que yo soy el SEÑOR» (Ezequiel 37:13), y que él ha hablado y lo ha hecho (Ezequiel 37:14). Cuando Dios da vida a los muertos, recibe gran honor él y también su palabra, que ha exaltado por encima de todo en su nombre y que seguirá honrando al cumplir exactamente cada una de sus partes.

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