Versículo destacado
Ezequiel 26:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y sucedió que, en el undécimo año, el primer día del mes, la palabra del SEÑOR vino a mí, diciendo: "
Ezequiel 26:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y sucedió que, en el undécimo año, el primer día del mes, la palabra del SEÑOR vino a mí, diciendo:
2 «Hijo de hombre, por cuanto Tiro ha dicho contra Jerusalén: “¡Ajá! Ha sido quebrantada la que era las puertas de los pueblos. Se ha vuelto hacia mí. Seré llenada, ahora que ella ha quedado desolada”».
3 Por tanto, así dice el Señor DIOS: Mira, yo estoy contra ti, Tiro, y haré que muchas naciones suban contra ti, como el mar hace subir sus olas.
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Esta profecía está fechada en el año undécimo, el año en que Jerusalén fue capturada, y en el primer día del mes. No se menciona de qué mes se trataba. Algunos piensan que era el mes en que cayó Jerusalén, el cuarto mes; otros creen que era el mes siguiente. Incluso pudo haber sido el primer mes, lo que significaría que la profecía fue dada el primer día del año.
Primero debemos notar el placer que sintieron los habitantes de Tiro por la ruina de Jerusalén. Ezequiel estaba muy lejos, en Babilonia, pero Dios le hizo saber lo que Tiro decía contra Jerusalén (Ezequiel 26:2). En efecto, dijeron: «¡Ajá! Está hecha pedazos. Ella era la puerta de los pueblos, el lugar donde se reunían muchas naciones para comerciar y hacer negocios. Ahora yo me beneficiaré de esto. Espero que la riqueza, el poder y la influencia de Jerusalén pasen a Tiro, y que yo me llene con lo que ella ha perdido».
Por lo general, los tirios no eran tan hostiles hacia Jerusalén como lo eran los amonitas y los edomitas, ni estaban tan ansiosos por hacerles daño a los judíos. Eran gente práctica, ocupada en el comercio y acostumbrada a tratar con personas de toda clase. Eso los hacía menos cerrados y menos propensos a tener un espíritu cruel y perseguidor. Su principal preocupación era ganar dinero y hacer crecer sus negocios. No veían a Jerusalén como una enemiga, sino como una rival.
Hiram, rey de Tiro, había sido amigo de David y de Salomón, y no leemos que hubiera disputas abiertas entre los judíos y los tirios. Sin embargo, Tiro esperaba que la caída de Jerusalén favoreciera su comercio. La ciudad esperaba atraer a sus clientes y a las personas importantes que antes llegaban allí desde muchos lugares para progresar y gastar su dinero. También esperaba que quienes habían llevado sus bienes a Jerusalén para ponerlos a salvo, como lo hicieron los recabitas, ahora los llevaran a Tiro. Como Tiro estaba rodeada por el mar, podía parecer más segura que Jerusalén. De esta manera, Tiro esperaba levantarse sobre las ruinas de Jerusalén.
Este es un pecado en el que podemos caer fácilmente. Tal vez nos alegremos en secreto cuando otros pierden su posición, mueren o caen en desgracia, si pensamos que nosotros nos beneficiaremos. Incluso podríamos decir: «Ahora que ellos ya no están, nosotros nos llenaremos». Pero esa actitud nace de la codicia egoísta y del deseo de ocupar todo el centro, como si nos molestara que otros tuvieran derecho a vivir y prosperar junto a nosotros. También nace de no amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, algo que Dios manda claramente, y de amar demasiado al mundo, algo que Dios prohíbe. Dios tiene razón al frustrar los planes de quienes intentan levantarse sobre la caída de otros, y con frecuencia vemos que lo hace.
En segundo lugar, debemos notar la ira de Dios contra Tiro por causa de esto. Dios había tratado a Tiro con bondad. Era una ciudad rica y agradable, y podría haber seguido siendo así si hubiera llorado junto con Jerusalén en su sufrimiento y le hubiera enviado palabras de solidaridad. En cambio, se alegró de la caída de su vecina y quizá hasta felicitó a los vencedores. Entonces Dios dijo: «Mira, yo estoy contra ti, Tiro» (Ezequiel 26:3). Ninguna ciudad puede prosperar por mucho tiempo si Dios está contra ella.
Dios levantaría poderosos enemigos contra Tiro. Muchas naciones vendrían contra ella: podría tratarse de una coalición de naciones o de una sola nación tan poderosa que contara como muchas. Cuando Dios está contra alguien, toda la creación puede parecer estar también en su contra, porque ¿qué paz pueden tener aquellos contra quienes Dios está en guerra? Los enemigos vendrían como las olas del mar, una tras otra, con una fuerza imparable. El líder nombrado para este ataque es Nabucodonosor, rey de Babilonia, un rey sobre muchos reyes, ya que muchos gobernantes dependían de él o le pagaban tributo (Daniel 2:37-38). Él es la cabeza de oro.
Nabucodonosor llegaría con un enorme ejército de caballos, carros y otras fuerzas terrestres. Al parecer, no contaba con una fuerza naval para atacar por mar, lo cual hizo más difícil el sitio y explica por qué se le llama una gran obra contra Tiro (Ezequiel 29:18). Pondría la ciudad bajo un asedio completo, construiría una fortaleza, levantaría una rampa de asedio y colocaría máquinas de guerra contra sus murallas (Ezequiel 26:8-9). Sus tropas serían tan numerosas que levantarían una nube de polvo sobre la ciudad (Ezequiel 26:10). El ruido sacudiría las murallas, y los soldados gritarían al tomar la ciudad. Sus caballos avanzarían con tanta furia que pisotearían las calles, aunque estuvieran bien pavimentadas.
También causarían una destrucción terrible. Tomarían las defensas de la ciudad y derribarían sus murallas y torres (Ezequiel 26:4). Ninguna muralla es lo bastante fuerte para impedir los juicios de Dios. Sus fortalezas caerían al suelo, y las murallas serían derribadas (Ezequiel 26:11-12). La ciudad resistió durante un largo sitio, pero al final fue capturada.
También se derramaría mucha sangre. Sus hijas en tierra firme, es decir, las ciudades del continente que dependían de Tiro como de su ciudad madre, serían asesinadas a espada (Ezequiel 26:6). Los atacantes comenzarían con los lugares más cercanos. Dios dice que Nabucodonosor también mataría a espada a los habitantes de Tiro (Ezequiel 26:11). Esto incluiría no solo a los soldados que fueran encontrados combatiendo, sino también a los ciudadanos de la ciudad. El rey de Babilonia estaba profundamente enfurecido con ellos porque habían resistido durante tanto tiempo.
La riqueza de la ciudad se convertiría en botín para el conquistador (Ezequiel 26:12). Sus bienes y su comercio serían saqueados. La ciudad fue atacada con tanta ferocidad, en parte, porque había mucho que apoderarse. Esto muestra lo vacías que son las riquezas. Muchas veces sus dueños solo las conservan para que terminen causándoles daño. Atraen a los ladrones y les dan motivos para atacar; y, en vez de ayudar a quienes trabajaron para obtenerlas, terminan en manos de enemigos que las usan para causar todavía más destrucción.
La ciudad misma quedaría en ruinas. Todas sus casas agradables serían destruidas (Ezequiel 26:12). Esas viviendas bien ubicadas, hermosamente construidas y lujosamente amuebladas se convertirían en montones de escombros. Nadie debe confiar demasiado en una casa agradable, porque nadie sabe cuán pronto puede quedar destruida.
Tiro quedaría completamente arruinada. El enemigo no solo derribaría las casas, sino que también llevaría sus piedras y su madera y las arrojaría al agua, donde no podrían recuperarse ni volver a usarse. Además, Dios dice: «Quitaré de ella hasta su polvo» (Ezequiel 26:4). Esto significa no solo el polvo suelto, sino incluso la tierra debajo de la ciudad: el ejército atacante removería el terreno y lo arrojaría al mar (Ezequiel 26:12).
Los cimientos de la ciudad están en el polvo, y cuando ese polvo desaparezca, la ciudad tendrá que caer. Cuando Jerusalén fue destruida, fue arada como un campo (Miqueas 3:12). Pero la destrucción de Tiro iría aún más lejos. Su mismo suelo sería removido, y el lugar quedaría como la parte superior y desnuda de una roca (Ezequiel 26:4, Ezequiel 26:14), sin tierra que lo cubriera. No sería más que un lugar donde los pescadores extenderían sus redes para secarlas y repararlas (Ezequiel 26:5, Ezequiel 26:14).
Toda su alegría también llegaría a su fin. Dios dice: «Haré cesar el sonido de tus canciones» (Ezequiel 26:13). Tiro había sido una ciudad alegre y llena de vida (Isaías 23:7), y por medio de sus canciones había atraído a clientes para comerciar con ella. Pero ahora desaparecerían todo su comercio lucrativo y sus reuniones agradables. Tiro dejaría de ser un lugar para los negocios y para el placer.
Finalmente, ya no volvería a ser edificada como antes, con la misma grandeza, ni volvería a levantarse en aquel mismo lugar rodeado por el mar; tampoco lo haría durante mucho tiempo en ningún otro sitio (Ezequiel 26:14). Los habitantes de ese tiempo serían destruidos o dispersados, de modo que aquella Tiro desaparecería. Dios lo había dicho (Ezequiel 26:5, Ezequiel 26:14), y cuando ocurriera, la gente sabría que él es el Señor, no un ser humano que miente o cambia de opinión.
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De este capítulo
Ezequiel 26:2
"«Hijo de hombre, por cuanto Tiro ha dicho contra Jerusalén: “¡Ajá! Ha sido quebrantada la que era las puertas de los pueblos. Se ha vuelto hacia mí. Seré llenada, ahora que ella ha quedado desolada”»."
Ezequiel 26:3
"Por tanto, así dice el Señor DIOS: Mira, yo estoy contra ti, Tiro, y haré que muchas naciones suban contra ti, como el mar hace subir sus olas."
Ezequiel 26:4
"Ellas destruirán las murallas de Tiro y derribarán sus torres. También rasparé de ella su polvo y la dejaré como la cima de una roca."
Ezequiel 26:5
"Será un lugar para extender redes en medio del mar, porque yo lo he dicho, declara el Señor DIOS; y se convertirá en botín para las naciones."
Ezequiel 26:6
"Sus hijas que están en el campo morirán a espada, y sabrán que yo soy el SEÑOR."
Ezequiel 26:7
"Porque así dice el Señor DIOS: Mira, traeré contra Tiro, desde el norte, a Nabucodonosor, rey de Babilonia, rey de reyes, con caballos, carros, jinetes, compañías y un pueblo numeroso."
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