Versículo destacado

Ezequiel 20:33 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Vivo yo, dice el Señor DIOS, que ciertamente reinaré sobre ustedes con mano poderosa, brazo extendido y furor derramado. "

Ezequiel 20:33

menu_book El versículo en contexto

31 Cuando ofrecen sus dones y hacen pasar por el fuego a sus hijos, se contaminan con todos sus ídolos hasta el día de hoy. ¿Y seré consultado por ustedes, casa de Israel? Vivo yo, dice el Señor DIOS, que no seré consultado por ustedes.

32 Y de ningún modo sucederá lo que sube a su mente cuando dicen: Seremos como las naciones, como las familias de los países, para servir a la madera y a la piedra.

33 Vivo yo, dice el Señor DIOS, que ciertamente reinaré sobre ustedes con mano poderosa, brazo extendido y furor derramado.

34 Los sacaré de entre los pueblos y los reuniré de los países donde están dispersos, con mano poderosa, brazo extendido y furor derramado.

35 Los llevaré al desierto de los pueblos, y allí entraré en juicio con ustedes cara a cara.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El plan que ahora se estaba formando entre los ancianos de Israel consistía en que, como el pueblo estaba disperso entre las naciones, abandonaran su identidad especial y copiaran a los pueblos que los rodeaban. Pero Dios ya había dicho que ese plan no tendría éxito (Ezequiel 20:32). Aquí explica cómo lo impedirá.

Querían que las familias de Israel se mezclaran con las familias de otras tierras. Sin embargo, al final, los israelitas malvados, aun después de sus compromisos, no se mezclarán con la prosperidad de esas naciones. Más bien, serán apartados para destrucción. Los israelitas idólatras, que se apartaron de Dios, serán castigados antes y con mayor severidad que los babilonios idólatras, quienes nunca conocieron el camino de la justicia. Debemos leer esto con temor. La sentencia queda sellada con un juramento que no puede revocarse: «Vivo yo, dice el Señor DIOS, que ciertamente reinaré sobre ustedes con mano poderosa, brazo extendido y furor derramado».

Pensaban que podían hacer amigos tanto a Jerusalén como a Babilonia al vacilar entre dos lealtades. Pero Dios dice que ninguno de esos lugares será su refugio. Babilonia no los protegerá, ni tampoco ninguna de las tierras de las naciones. Dios les quitará su protección, y entonces ningún gobernante, ningún pueblo ni ningún lugar podrá darles refugio. Dios había sido el Rey de Israel y, si ellos hubieran permanecido fieles, los habría gobernado con cuidado y ternura para su bien. Pero ahora dice, con mano poderosa y con furor derramado: «Yo reinaré sobre ustedes» (Ezequiel 20:33). El mismo poder que debió protegerlos será usado para destruirlos.

No hay manera de escapar del gobierno de Dios. Él gobernará ya sea con el cetro de oro de la gracia o con la vara de hierro del juicio. Quienes no se sometan al poder de su gracia se verán obligados a sentir el peso de su ira. Cuando Dios esté enojado con ellos, quizá piensen que desaparecerán entre las naciones donde están dispersos. Pero se llevarán una decepción. Él dice: «Los sacaré de entre los países donde están dispersos» (Ezequiel 20:34). Como rebeldes perseguidos después de una batalla, serán sacados de todos los lugares donde intentaron esconderse y serán reunidos para la espada de la justicia.

Serán llevados al «desierto de los pueblos» (Ezequiel 20:35). Esto puede referirse a Babilonia, llamada desierto en otro pasaje (Ezequiel 19:13), el «desierto junto al mar» (Isaías 21:1), o a algún otro lugar que, aunque esté lleno de gente, les parecerá un desierto. Allí Dios tratará con ellos cara a cara, tal como trató con sus antepasados en el desierto de Egipto (Ezequiel 20:36). Allí caerán sus cuerpos, y allí Dios jurará que nunca regresarán a Canaán, así como había jurado que sus antepasados no entrarían en la tierra. Castigará su quebrantamiento de la ley con el mismo temor y majestad que acompañaron la entrega de esa ley en Sinaí.

Dios tiene un justo reclamo contra quienes se apartan de él, y encontrará el momento y el lugar para tratar con ellos. Incluso en medio de las naciones puede convertir un lugar en un desierto para ese propósito. Israel, por su parte, no será para ellos un refugio mejor que Babilonia. Su lugar entre el pueblo de Dios no les servirá en la vida venidera más de lo que su acuerdo con los idólatras les sirve en esta vida. No estarán entre la asamblea de los justos, así como tampoco entre la compañía de los malhechores.

Se acerca el día en que Dios trazará una línea clara entre lo valioso y lo inútil. Hará que pasen bajo la vara, como un pastor cuenta y marca a sus ovejas cuando separa el diezmo (Levítico 27:32), para saber cuáles le pertenecen. Se fijará cuidadosamente en cada uno, uno por uno, y los llevará al vínculo del pacto (Ezequiel 20:37). Esto significa que los probará y los juzgará conforme a los términos de su pacto, mostrando la diferencia entre los bendecidos y los malditos. O quizá esto se refiera a quienes se arrepintieron y cambiaron su manera de vivir. Los pondrá bajo la vara de la aflicción, hará bien por medio de ella y después los restaurará al vínculo del pacto. Volverá a ser su Dios del pacto y los usará nuevamente como herederos de la promesa.

Apartará de entre ellos a los malvados (Ezequiel 20:38). «Purgaré de entre ustedes a los rebeldes», dice, «a quienes han sido causa de dolor y vergüenza para ustedes y que han traído todos estos problemas por sus rebeliones». Los juicios de Dios los descubrirán, y llamarse israelitas no los salvará. Serán sacados de los países donde vivieron como extranjeros, pero allí no encontrarán el descanso que esperaban. No entrarán en la tierra de Israel ni disfrutarán del descanso que Dios prometió a su pueblo. Las personas piadosas pueden sufrir las mismas dificultades terrenales que los malvados, pero los malvados no tendrán parte con los piadosos en el Canaán celestial. Será parte de esa bendición que la cizaña sea separada del trigo y la paja del grano (Ezequiel 13:9).

Estos idólatras de la casa de Israel intentaban adorar tanto a Dios como a sus ídolos, pensando que podían agradar a ambos. Dios rechaza firmemente esa actitud en este pasaje (Ezequiel 20:39), tal como lo hizo Elías cuando dijo: «Si el Señor es Dios, síganlo; pero si Baal es Dios, síganlo». Si querían servir a sus ídolos, podían hacerlo y aceptar las consecuencias. Pero entonces no debían fingir que pertenecían a Dios ni afirmar que lo honraban mientras contaminaban su santo nombre con sus ofrendas en el altar. Los juicios espirituales son los más difíciles de soportar.

Aquí se anuncian dos juicios contra quienes querían dividir su lealtad entre el Dios de Israel y los dioses de las naciones. Primero, serían entregados al servicio de sus ídolos. Dios les dice, con una ironía mordaz: «Ya que no quieren escucharme, sigan sirviendo a sus ídolos. Háganlo ahora, si creen que eso los ayudará, y continúen haciéndolo después». Seguirían por ese camino. Efraín está unido a los ídolos; que lo dejen solo. Que siga su propio rumbo y vea qué obtiene al final. Quienes piensan que el pecado servirá a sus intereses descubrirán finalmente que el pecado los ha convertido en sus siervos.

Segundo, quedarían excluidos del servicio a Dios y de la comunión con él. «No profanarán mi santo nombre con sus ofrendas vacías» (Isaías 1:11). Traían regalos en sus manos como si lo honraran, pero en su corazón también llevaban ídolos. De esa manera solo lo contaminaban, y él ya no lo permitiría (Amós 5:21-22). A quienes profanan la casa de Dios justamente se les impide entrar en ella.

También volverá a apartarlos para sí. Los reunirá con misericordia desde los países donde fueron dispersados, y serán ejemplos de misericordia. Los obstinados e impenitentes fueron reunidos como vasos de ira (Ezequiel 20:41).

No se perderá ninguna de las joyas de Dios entre la basura de este mundo.

Los llevará de regreso a la tierra de Israel, la tierra que prometió a sus antepasados. Haber perdido la tierra no cancela su derecho a ella. Sigue siendo la tierra de Israel, y Dios los llevará allí a salvo (Ezequiel 20:42).

También restaurará entre ellos la adoración. Establecerá su santuario en su monte santo, llamado aquí el monte de la altura de Israel. El monte Sion no era uno de los montes más altos, pero el templo que estaba allí era uno de los mayores honores de Israel. Quienes conservaron su integridad y no quisieron servir a los ídolos en otras tierras regresarán a su bendición y adorarán al Dios verdadero en su propia tierra: todos los que estén en la tierra me servirán. Esto muestra que la verdadera felicidad de un pueblo, y una señal segura de que le va bien, es un deseo cada vez mayor de servir a Dios.

Dios había prohibido a los idólatras llevar ofrendas a su altar, pero ahora exigirá y aceptará de este pueblo sus ofrendas y primicias (Ezequiel 20:40). Él no acepta lo que no ha pedido, pero se complace en lo que se hace conforme a sus mandamientos. Los recibirá con un aroma agradable, o «reposo complaciente» (Ezequiel 20:41), porque su adoración será verdaderamente aceptable para él. Pero a los adoradores hipócritas les dice: «No aceptaré el olor de sus sacrificios» en sus reuniones solemnes.

También les dará un arrepentimiento verdadero por sus pecados (Ezequiel 20:43). Al ver cuán bondadoso ha sido Dios con ellos, se humillarán ante su bondad y se avergonzarán de haber tratado tan mal a un Dios tan bueno. Allí, en mi monte santo, cuando vuelvan a disfrutar de sus bendiciones, recordarán las maneras en que se contaminaron. Cuanto más cerca estamos de la santidad de Dios, más claramente vemos lo detestable que es el pecado. Allí se despreciarán a sí mismos al reconocer lo que han hecho. El verdadero arrepentimiento del evangelio lleva a las personas a aborrecer sus pecados y humillarse, como lo hizo Job (Job 42:5-6).

También les dará conocimiento de sí mismo. Por experiencia sabrán que él es el Señor, un Dios de poder incomparable y bondad abundante, bondadoso con su pueblo y fiel a su pacto, la promesa firme que hizo con ellos. Cada favor que recibimos de Dios debe llevarnos a conocerlo más de cerca.

Él hará todo esto por amor de su propio nombre, aunque ellos no lo merezcan y hayan hecho el mal (Ezequiel 20:44). Ha obrado con ellos; es decir, ha obrado a favor de ellos y para su beneficio, e incluso por medio de sus propios esfuerzos, pues ellos hacían lo que podían. Lo hizo únicamente por amor de su propio nombre. Sus razones provenían solo de él. Si los hubiera tratado conforme a sus caminos malvados y sus acciones corruptas, aunque fueran la parte más fiel y sana de la casa de Israel, los habría dejado dispersos y perdidos junto con los demás.

En cambio, los recuperó y restauró por amor de su propio nombre, no solo para que este no fuera profanado (Ezequiel 20:14), sino también para que él fuera reconocido como santo entre las naciones (Ezequiel 20:41); es decir, para dar a conocer su propia santidad. A Dios le corresponde glorificar su propio nombre. Hace el bien a su pueblo para recibir alabanza por ello, para mostrar que es un Dios que perdona el pecado y cumple sus promesas, y para que sus vecinos también lo reconozcan, como ocurrió cuando Dios restauró la prosperidad de Sion (Salmos 126:3). Entonces las naciones dijeron: «El Señor ha hecho grandes cosas por ellos».

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