Versículo destacado

Éxodo 8:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y el SEÑOR habló a Moisés: «Ve a Faraón y dile: “Así dice el SEÑOR: Deja ir a mi pueblo para que me sirva”». "

Éxodo 8:1

menu_book El versículo en contexto

1 Y el SEÑOR habló a Moisés: «Ve a Faraón y dile: “Así dice el SEÑOR: Deja ir a mi pueblo para que me sirva”».

2 Y si te niegas a dejarlos ir, he aquí, yo azotaré todos tus confines con ranas.

3 El río producirá ranas en abundancia, las cuales subirán y entrarán en tu casa, en tu dormitorio, sobre tu cama, en la casa de tus siervos, sobre tu pueblo, en tus hornos y en tus artesas de amasar.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Al faraón se le anunció primero la plaga de las ranas y luego fue azotado por ellas; más adelante, en este mismo capítulo, vendrían los piojos y las moscas. Eran criaturas pequeñas y despreciadas, pero, multiplicadas en cantidades enormes, se convirtieron en una plaga terrible para los egipcios. Dios podría haberlos castigado con leones, osos, lobos o aves de rapiña, pero eligió instrumentos mucho más débiles.

Lo hizo, en primer lugar, para mostrar su propio poder. Él es el Señor de toda la creación, y todas las criaturas están bajo su autoridad. Algunos han dicho que Dios muestra tanto su poder al crear una hormiga como al crear un elefante, y que su providencia se ve con la misma claridad cuando usa a las criaturas más pequeñas que cuando emplea a las más fuertes. Tanto en el juicio como en la misericordia, el poder pertenece a Dios, no a la criatura. Debemos reverenciarlo, porque, cuando él lo decide, aun las partes más pequeñas de la creación pueden volverse contra nosotros. Si Dios está en nuestra contra, todas las criaturas pueden convertirse en nuestras enemigas.

En segundo lugar, Dios hizo esto para humillar el orgullo del faraón y corregir su arrogancia. Debió de ser profundamente humillante para aquel gobernante orgulloso verse abatido y obligado a someterse por causa de criaturas tan pequeñas. Por lo general, hasta un niño puede enfrentarse a las ranas y vencerlas; sin embargo, ahora llegaron en tal cantidad y con tanta fuerza que el faraón, con todos sus carros y jinetes, no pudo detenerlas. Dios derriba a los gobernantes orgullosos que se burlan de él y les demuestra que puede hacer que la criatura más débil los avergüence y los pisotee.

En cuanto a la plaga de las ranas, podemos observar varias cosas. Primero, cómo fue anunciada. Sin duda, Moisés recibía de Dios nuevas instrucciones cada día y, quizá mientras el río todavía estaba convertido en sangre, se le ordenó advertirle al faraón de otro juicio si permanecía terco: si se negaba a dejar salir al pueblo, sufriría las consecuencias (Éxodo 8:1-2). Dios no castiga a las personas por su pecado mientras persisten en él. Si alguien se vuelve atrás, Dios detiene el golpe (Salmo 7:12). Por eso, si el faraón se negaba, Dios heriría su tierra; y esto también significaba que, si obedecía, el conflicto terminaría de inmediato.

La plaga anunciada sería extensa y difícil de evitar. Las ranas entrarían en sus casas, sus camas y sus mesas. No podrían comer, beber ni dormir tranquilos, estuvieran donde estuvieran, porque las ranas estarían por todas partes (Éxodo 8:3-4). La maldición de Dios sigue a la persona adondequiera que vaya y afecta con dureza todo lo que hace (Deuteronomio 28:16). Cuando los juicios divinos vienen respaldados por la autoridad de Dios, nadie puede escapar de ellos.

Segundo, vemos cómo se llevó a cabo la plaga. El faraón no prestó atención a la advertencia y no estaba dispuesto a ceder, así que se le ordenó a Aarón que extendiera su mano y su vara como señal. De inmediato llegó la plaga. Las ranas cubrieron la tierra bajo la orden invisible de Dios, y los egipcios, con toda su habilidad y fuerza, no pudieron detenerlas ni siquiera hacer que avanzaran más despacio. Esto se puede comparar con la profecía acerca de un ejército de langostas y saltamontes (Joel 2:2), y con (Isaías 34:16-17). Al llamado de Dios, las ranas salieron y cubrieron la tierra. Dios tiene muchas maneras de perturbar a quienes viven cómodamente y sin preocupaciones.

Tercero, a los magos se les permitió imitar la plaga de manera limitada (Éxodo 8:7). Ellos también hicieron subir ranas, pero no pudieron quitar las que Dios había enviado. Los espíritus impuros que salen de la boca del dragón son descritos como ranas que van a engañar a los reyes de la tierra (Apocalipsis 16:13). Es probable que esto aluda a aquellas ranas, especialmente porque ese pasaje viene después de la transformación del agua en sangre. El dragón, al igual que los magos, pretendía engañar; pero Dios tenía el propósito de destruir a quienes se dejaran engañar.

Cuarto, el faraón comenzó a ceder bajo el peso de esta plaga. Esta fue la primera vez que mostró un verdadero ablandamiento (Éxodo 8:8). Le pidió a Moisés que orara para que quitaran las ranas y prometió dejar salir al pueblo. El hombre que había hablado con abierto desprecio contra Dios y contra Moisés ahora se alegraba de depender de la misericordia de Dios y de la oración de Moisés. Quienes se burlan de Dios y de la oración en tiempos difíciles, tarde o temprano son llevados a reconocer que necesitan de ambos, y claman por ayuda (Mateo 7:22). Muchas personas que antes se burlaban de la oración han terminado suplicando que otros oren por ellas.

Quinto, Moisés acordó con el faraón el momento y luego le pidió a Dios en oración que quitara las ranas. Moisés mostró que sus obras no dependían de las estrellas ni de una hora de buena suerte. Le dijo al faraón que escogiera él mismo el momento. Ninguna hora que el rey señalara sería rechazada (Éxodo 8:9). Esto tenía el propósito de convencer al faraón de que, si la plaga no le abría los ojos, quizá su retirada sí lo haría. Dios usa muchos medios distintos para llevar a las personas al arrepentimiento.

El faraón escogió el día siguiente (Éxodo 8:10). ¿Por qué no de inmediato? No fue porque quisiera que las ranas se quedaran otra noche por gusto. Lo más probable es que esperara que se fueran por sí solas, para escapar de la plaga sin deberle nada a Dios ni a Moisés. Moisés aceptó su decisión y dijo que sucedería en el momento que el faraón había señalado, para que supiera que no hay nadie como el SEÑOR nuestro Dios. Nadie tiene tal poder sobre todas las criaturas, ni está tan dispuesto a perdonar a quienes se humillan ante él. El gran propósito tanto de los juicios como de las misericordias es mostrarnos que no hay nadie como el SEÑOR nuestro Dios: nadie tan sabio, tan poderoso ni tan bueno. Ningún enemigo es tan peligroso, y ningún amigo merece tanta confianza.

Entonces Moisés oró a Dios para que alejara las ranas (Éxodo 8:12). Debemos orar incluso por nuestros enemigos y por quienes nos persiguen, aun por los peores, tal como lo hizo Cristo. Como respuesta a la oración de Moisés, las ranas que habían subido un día murieron al día siguiente o poco después. Murieron todas (Éxodo 8:13), y sus cuerpos quedaron amontonados para que la gente pudiera recogerlos. El olor se volvió insoportable (Éxodo 8:14). Esto demostró que eran ranas verdaderas y no una ilusión. El gran Gobernante del mundo usa la vida y la muerte de sus criaturas como él quiere, y puede retirar una vida que él mismo dio, sin cometer ninguna injusticia, cuando tiene otro propósito para ella.

¿Cuál fue el resultado de esta plaga (Éxodo 8:15)? Cuando el faraón vio que había una pausa y, sin pensar en lo que acababa de sufrir ni en lo que debía temer, endureció su corazón.

Aquí sobresalen dos enseñanzas. Primero, a menos que Dios renueve el corazón por su gracia, los cambios provocados por las dificultades no duran. La convicción se desvanece, y las promesas hechas bajo presión pronto se olvidan. Lo que se derrite al sol volverá a congelarse a la sombra si el aire mismo no ha cambiado.

Segundo, los pecadores que no quieren arrepentirse abusan de la paciencia de Dios de una manera vergonzosa. El alivio que él les concede tiene el propósito de llevarlos al arrepentimiento, pero ellos usan ese alivio para endurecerse más. Mientras Dios les da bondadosamente tiempo para hacer las paces con él, ellos aprovechan la demora para volver a reunir su obstinada incredulidad. Véanse (Eclesiastés 8:11; Salmo 78:34).

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