Versículo destacado
Éxodo 10:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El Señor dijo a Moisés: Entra ante el faraón, porque yo he endurecido su corazón y el corazón de sus siervos, para mostrar estas señales mías delante de él, "
Éxodo 10:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El Señor dijo a Moisés: Entra ante el faraón, porque yo he endurecido su corazón y el corazón de sus siervos, para mostrar estas señales mías delante de él,
2 y para que cuentes al oído de tu hijo y del hijo de tu hijo las cosas que he hecho en Egipto y las señales que he realizado entre ellos, a fin de que ustedes sepan que yo soy el Señor.
3 Moisés y Aarón entraron ante el faraón y le dijeron: Así dice el Señor, Dios de los hebreos: ¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí? Deja ir a mi pueblo para que me sirva.
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Moisés recibe primero las instrucciones. Bien podemos pensar que estaba profundamente angustiado por la obstinación del faraón y por los severos juicios de Dios. Debió sentir un verdadero dolor al ver la ruina que caía sobre Egipto, y quizá se preguntaba hasta dónde llegaría aquel conflicto. Ahora Dios le da a conocer su propósito: no solo liberar a Israel, sino también dar a conocer su propio nombre. Moisés debía dejar constancia de lo que Dios hizo en Egipto, para que las generaciones futuras lo supieran (Éxodo 10:1-2).
Las diez plagas tuvieron que ocurrir para que permanecieran como una prueba duradera. Muestran el poder soberano de Dios sobre la naturaleza, pues él gobierna sobre toda criatura y la usa como quiere, ya sea como instrumento de su justicia o como objeto de ella. También muestran su poder victorioso sobre el reino de Satanás, al frenar el mal y humillar el orgullo de los enemigos de su pueblo. Estas plagas siguen siendo señales permanentes de la grandeza de Dios, de la bendición para la iglesia y de la maldad del pecado. También advierten a las personas de todas las épocas que no provoquen al Señor ni luchen contra su Creador. El bien que estas enseñanzas han producido en el mundo compensa con creces el costo.
Después, el faraón es reprendido (Éxodo 10:3). El Señor Dios de los hebreos pobres, despreciados y oprimidos pregunta: «¿Hasta cuándo te negarás a humillarte delante de mí?». Es justo que aun las personas más poderosas se inclinen ante el gran Dios; si se niegan, lo hacen bajo su propio riesgo. Esta acusación se repitió contra varios gobernantes. Belsasar, el rey de Babilonia, no humilló su corazón (Daniel 5:22). Sedequías, rey de Judá, tampoco se humilló delante del profeta Jeremías (2 Crónicas 36:12). A quienes no quieren humillarse, Dios mismo los humilla. El faraón a veces había aparentado humillarse, pero nada resultó de ello, porque sus palabras no eran sinceras ni duraderas.
Entonces se anuncia la plaga de langostas (Éxodo 10:4-6). El granizo había destruido la vegetación de la tierra, pero las langostas llegarían para comerse lo que quedaba. Peor aún, llenarían las casas, mientras que las plagas anteriores se habían quedado en los campos. Esta calamidad sería mayor que cualquier otra que hubiera sufrido aquel reino. Después de que Moisés comunicó el mensaje y no esperaba una respuesta mejor que las anteriores, se dio la vuelta y salió de la presencia del faraón (Éxodo 10:6). Más adelante, Cristo enseñó algo semejante a sus discípulos: debían apartarse de quienes no recibieran su mensaje y sacudirse el polvo de los pies como testimonio contra ellos. La ruina está cerca de quienes los mensajeros del Señor se ven obligados, con razón, a dejar atrás (1 Samuel 15:27 y siguientes).
Entonces intervienen los funcionarios del faraón, sus ministros de gobierno o consejeros personales, y le ruegan que llegue a un acuerdo con Moisés (Éxodo 10:7). Cumplen con su deber al señalar la terrible condición del país: «Egipto está destruido», y al insistirle que deje ir al pueblo. Comprenden que Moisés seguirá siendo una amenaza mientras esto no se haga, y que es mejor llegar a un acuerdo de inmediato que verse obligados a hacerlo después. Los israelitas se habían convertido en una pesada carga para Egipto, y ahora los príncipes estaban dispuestos a librarse de ellos (Zacarías 12:3). Es triste, y debe evitarse siempre que sea posible, que toda una nación sufra a causa del orgullo y la obstinación de sus gobernantes. El bien del pueblo debería ser la ley suprema.
Después comienza una nueva negociación entre el faraón y Moisés. El faraón acepta que los israelitas vayan al desierto a ofrecer sacrificios, pero la disputa gira en torno a quiénes podrán ir (Éxodo 10:8). Moisés insiste en que deben llevar consigo a todas sus familias y todas sus posesiones (Éxodo 10:9). Quienes sirven a Dios deben servirle con todo lo que tienen. Moisés explica que van a celebrar una fiesta, por lo que necesitan a sus familias para compartirla y sus rebaños y ganado para ofrecerlos en honor de Dios.
El faraón no lo permitirá. Está dispuesto a dejar ir a los hombres, fingiendo que eso era todo lo que habían pedido, aunque nunca habían sido esas las condiciones. Pero su intención es retener a los niños como rehenes, para que los hombres tengan que regresar (Éxodo 10:10-11). En su enojo, los maldice y les advierte que, si intentan llevarse a los pequeños, lo harán bajo su propia responsabilidad. Satanás actúa de la misma manera para impedir que las personas lleven incluso a sus hijos al servicio de Dios. Se opone profundamente a la devoción desde temprana edad, porque sabe cuánto debilita su propio dominio. Siempre que algo intenta impedir que preparemos plenamente a nuestros hijos para Dios, tenemos razones para sospechar que Satanás está actuando.
El acuerdo se deshace de inmediato. Los hombres que antes habían salido de la presencia del faraón (Éxodo 10:6) ahora son expulsados. Quienes no soportan escuchar su deber pronto escucharán su condena. Véase 2 Crónicas 25:16. «A quienes Dios se propone destruir, primero los entrega a su ceguera». Nadie estuvo tan cegado ante su propia ruina como el faraón.
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De este capítulo
Éxodo 10:2
"y para que cuentes al oído de tu hijo y del hijo de tu hijo las cosas que he hecho en Egipto y las señales que he realizado entre ellos, a fin de que ustedes sepan que yo soy el Señor."
Éxodo 10:3
"Moisés y Aarón entraron ante el faraón y le dijeron: Así dice el Señor, Dios de los hebreos: ¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí? Deja ir a mi pueblo para que me sirva."
Éxodo 10:4
"Pero si te niegas a dejar ir a mi pueblo, mañana traeré langostas a tu territorio."
Éxodo 10:5
"Cubrirán la superficie de la tierra, de modo que nadie podrá verla. Se comerán lo que escapó y les quedó después del granizo, y se comerán todo árbol que les crece en el campo."
Éxodo 10:6
"Llenarán tus casas, las casas de todos tus siervos y las casas de todos los egipcios. Ni tus padres ni los padres de tus padres han visto algo semejante desde el día en que estuvieron sobre la tierra hasta hoy. Luego él se volvió y salió de la presencia del faraón."
Éxodo 10:7
"Los siervos del faraón le dijeron: «¿Hasta cuándo será este hombre una trampa para nosotros? Deja ir a los hombres para que sirvan al Señor su Dios. ¿Todavía no sabes que Egipto está destruido?»"
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