Versículo destacado
Éxodo 7:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces el SEÑOR dijo a Moisés: El corazón del faraón está endurecido; se niega a dejar ir al pueblo. "
Éxodo 7:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 Cada uno arrojó su vara, y estas se convirtieron en serpientes; pero la vara de Aarón se tragó las varas de ellos.
13 Y endureció el corazón del faraón, de modo que no los escuchó, tal como el SEÑOR había dicho.
14 Entonces el SEÑOR dijo a Moisés: El corazón del faraón está endurecido; se niega a dejar ir al pueblo.
15 Ve al faraón por la mañana. Mira, él saldrá hacia el agua; tú te pondrás a la orilla del río para encontrarte con él y llevarás en tu mano la vara que se convirtió en serpiente.
16 Y le dirás: El SEÑOR, Dios de los hebreos, me ha enviado a ti, diciendo: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva en el desierto’. Pero, hasta ahora, no has querido escuchar.
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Este es el primero de los diez golpes de juicio: la transformación del agua en sangre. Fue un juicio terrible y muy doloroso. La vista de enormes corrientes de sangre, roja y brillante, habría llenado de espanto a la gente, y sus consecuencias fueron todavía peores.
El agua es una de las cosas más comunes del mundo, y eso forma parte de la bondad de Dios en su providencia, es decir, en su cuidado sabio del mundo. Algo tan necesario para la vida está al alcance de todos y es barato de usar. Pero ahora los egipcios tuvieron que escoger entre beber sangre o morir de sed. El pescado era una parte importante de su alimentación (Núm. 11:5), y cuando las aguas cambiaron, los peces murieron. Fue como una plaga en el agua (Éx. 7:21): los peces murieron. En el gran diluvio quizá escaparon porque en aquel tiempo el pescado todavía no se había convertido en un lujo tan importante para la gente como lo sería después. Pero en este juicio perecieron (Sal. 105:29): Dios acabó con sus peces. Mucho tiempo después, cuando se anunció otra ruina para Egipto, se mencionó especialmente el fracaso de quienes fabricaban estanques y canales para los peces (Isa. 19:10). Egipto era una tierra agradable, pero ahora el olor de los peces muertos y de la sangre, mientras se descomponían lentamente, la convertiría en un lugar miserable.
Este también fue un juicio justo, y los egipcios lo merecían. El Nilo, el río de Egipto, era su ídolo. Recibían tantos beneficios de él que lo servían y adoraban más que al Creador. Como no conocían la verdadera fuente del Nilo, dirigían toda su devoción hacia sus aguas. Dios los castigó precisamente allí, convirtiendo en sangre aquello que ellos habían convertido en un dios. Todo lo que transformamos en un ídolo, Dios puede quitárnoslo justamente o volverlo amargo para nosotros. Lo que colocamos en contra de Dios puede convertirse en una carga.
Además, habían manchado ese río con la sangre de los niños hebreos, y ahora Dios hizo que el río se llenara de sangre. Les dio sangre para beber, porque la merecían (Apoc. 16:6). Nadie ha tenido sed de sangre sin terminar, tarde o temprano, bebiendo suficiente de ella.
Este juicio también tenía un significado especial. Egipto dependía en gran manera de su río (Zac. 14:18), así que, al herir el río, Dios les advertía que toda la producción de su tierra podía ser destruida, hasta que finalmente el golpe alcanzara a sus primogénitos. Aquel río rojo también era una señal oscura de la ruina que más tarde caería sobre el faraón y todo su ejército en el mar Rojo. Esta plaga también se menciona en la advertencia del juicio contra los enemigos de la iglesia del Nuevo Testamento (Apoc. 16:3-4). Allí el mar, los ríos y los manantiales se convierten en sangre, porque los juicios espirituales llegan más lejos y penetran más profundamente que los terrenales.
En un sentido más amplio, esta plaga también señala un contraste. Uno de los primeros milagros de Moisés fue convertir el agua en sangre, pero uno de los primeros milagros de nuestro Señor Jesús fue convertir el agua en vino. Moisés trajo la ley, y ese pacto trajo muerte y temor. Jesús trajo gracia y verdad, que, como el vino, alegran el corazón.
A Moisés se le ordenó advertir al faraón antes de que llegara esta plaga. El corazón del faraón estaba endurecido (Éx. 7:14), así que Moisés debía comprobar si ese juicio podía ablandarlo (Éx. 7:15). Quizá no se le permitió entrar en la sala de audiencia del faraón, por lo que recibió la orden de encontrarse con él junto a la orilla del río. Dios sabía que el faraón estaría allí por la mañana, tal vez dando una caminata temprano o participando en su adoración matutina del río. Las personas suelen seguir a sus dioses en sus hábitos diarios y no dejan de honrarlos cada mañana.
Allí Moisés debía darle al faraón otra orden de rendirse y, si se negaba, anunciarle el juicio que caería sobre el río junto al cual estaban. El faraón fue advertido de antemano para que nadie pudiera decir que aquello había sido un accidente ni atribuirlo a otra causa. El propósito era mostrar claramente que el Dios de los hebreos lo estaba haciendo y que era un castigo por la terquedad del faraón. También se le dijo a Moisés que llevara la vara, para que el faraón se alarmara al ver la misma vara que acababa de derrotar a las varas de los magos.
De esto aprendemos, primero, que Dios conoce de antemano sus juicios. Él sabe lo que hará en su ira, así como sabe lo que hará en su misericordia. Toda destrucción es una destrucción ya planeada (Isa. 10:23). Segundo, las personas no pueden escapar de la advertencia de la ira de Dios, porque tampoco pueden alejarse de la voz de su propia conciencia. El que hizo sus corazones puede acercarles su espada. Tercero, Dios advierte antes de herir, porque es paciente y no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen al arrepentimiento.
A Aarón, quien llevaba la vara, se le ordenó provocar la plaga golpeando el río con ella (Éx. 7:19-20). Lo hizo delante del faraón y de sus siervos, porque los verdaderos milagros de Dios no se realizaban en rincones ocultos, como las maravillas engañosas de Satanás. La verdad no necesita ocultarse. De inmediato ocurrió un cambio asombroso: todas las aguas, no solo las de los ríos, sino también las de los estanques, se convirtieron en sangre.
Aquí vemos el poder todopoderoso de Dios. Cada criatura es lo que él hace que sea: agua o sangre. También vemos cuán cambiante es todo lo que hay bajo el sol y con qué rapidez podemos perder aquello de lo que dependemos. Lo que hoy es agua mañana puede ser sangre. Lo que ahora es inofensivo pronto puede convertirse en una carga. Un río siempre está pasando, pero la justicia divina puede volverlo dañino rápidamente.
También vemos lo que hace el pecado. Si las cosas que antes eran nuestro consuelo se convierten en nuestros problemas, debemos culparnos a nosotros mismos. Es el pecado el que convierte nuestras aguas en sangre.
El faraón intentó luchar contra el milagro porque estaba decidido a no humillarse bajo el peso de la plaga. Mandó llamar a los magos, y, con el permiso de Dios, ellos imitaron el milagro mediante sus artes secretas (Éx. 7:22). Esto le dio al faraón una excusa para no tomar en serio la advertencia (Éx. 7:23), aunque era una excusa muy débil. Si hubieran convertido de nuevo en agua el río que ya estaba hecho sangre, eso habría demostrado algo. Entonces habrían mostrado un poder verdadero, y el faraón debería haberles dado las gracias. Pero cuando el agua ya escaseaba, convertir una cantidad todavía mayor en sangre solo para exhibir su habilidad revelaba el propósito del diablo. Él quiere engañar a sus seguidores y mantenerlos entretenidos, no hacerles ningún bien verdadero, sino impedir que se arrepientan y vuelvan a Dios.
Mientras tanto, los egipcios trataron de aliviar la plaga cavando alrededor del río para obtener agua potable (Éx. 7:24). Probablemente encontraron algo, aunque con mucho esfuerzo, porque Dios todavía mostró misericordia en medio del juicio. Él está lleno de compasión y no permitió que el pueblo sufriera demasiado por la terquedad de su gobernante.
La plaga duró siete días (Éx. 7:25), y durante todo ese tiempo el corazón orgulloso del faraón ni siquiera lo movió a pedirle a Moisés que orara para que fuera quitada. De esta manera, las personas de corazón endurecido e hipócrita acumulan cada vez más ira contra sí mismas. No claman cuando Dios las reprende (Job 36:13), así que no sorprende que su ira no se aparte y que su mano siga extendida.
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De este capítulo
Éxodo 7:1
"Y el SEÑOR dijo a Moisés: «Mira, te he hecho dios para el faraón, y Aarón, tu hermano, será tu profeta»."
Éxodo 7:2
"Tú dirás todo lo que yo te mande, y Aarón, tu hermano, le dirá al faraón que deje salir de su tierra a los hijos de Israel."
Éxodo 7:3
"Y yo endureceré el corazón del faraón y multiplicaré mis señales y mis maravillas en la tierra de Egipto."
Éxodo 7:4
"Pero el faraón no los escuchará, para que yo ponga mi mano sobre Egipto y saque de la tierra de Egipto a mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, mediante grandes juicios."
Éxodo 7:5
"Y los egipcios sabrán que yo soy el SEÑOR cuando extienda mi mano sobre Egipto y saque a los hijos de Israel de en medio de ellos."
Éxodo 7:6
"Moisés y Aarón hicieron como el SEÑOR les había mandado; así lo hicieron."
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