Versículo destacado
Eclesiastés 5:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Además, el provecho de la tierra es para todos; el rey mismo es servido por el campo. "
Eclesiastés 5:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Porque en la multitud de sueños y en las muchas palabras también hay diversas vanidades; pero tú teme a Dios.
8 Si ves la opresión del pobre y la violenta perversión del juicio y la justicia en una provincia, no te asombres del asunto, porque el que es más alto que el más alto observa, y hay quienes son más altos que ellos.
9 Además, el provecho de la tierra es para todos; el rey mismo es servido por el campo.
10 Quien ama la plata no quedará satisfecho con la plata, ni quien ama la abundancia, con el aumento. Esto también es vanidad.
11 Cuando aumentan los bienes, aumentan los que se los comen. ¿Y qué provecho hay para sus dueños, aparte de contemplarlos con sus ojos?
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Salomón ya ha mostrado la vanidad del placer, la risa, las grandes obras, el honor, el poder y el esplendor real. Muchas personas codiciosas pueden estar de acuerdo con él acerca de esas cosas, pero aun así siguen pensando que el dinero es lo único verdaderamente seguro. Creen que, si tan solo logran acumular suficiente riqueza, serán felices. Aquí Salomón corrige ese error y muestra que hay tanta vanidad en las grandes riquezas y en el deseo de obtenerlas como en el deseo pecaminoso de placer y orgullo.
Comienza reconociendo que los frutos de la tierra, las cosechas y los bienes que sustentan la vida, son buenos regalos. «El provecho de la tierra es para todos» significa que la tierra proporciona lo que las personas necesitan para vivir. El cuerpo humano viene de la tierra, y también de ella recibe su sustento (Job 28:5). Es una muestra de la bondad de Dios que la tierra no sea estéril para nosotros, aunque, por causa de nuestra rebelión, merezcamos dificultades (Salmo 68:6). Hay suficiente para todos. Esto no solo se aplica a las personas, sino también a los animales: el mismo suelo produce pasto para el ganado y plantas para el uso humano. Israel recibió pan del cielo, semejante al alimento de los ángeles; aun así, la tierra es nuestro almacén, y los animales comparten sus recursos con nosotros.
Incluso el rey depende del campo y recibiría un mal servicio, o hasta moriría de hambre, sin sus cosechas. Esto da gran honra a la agricultura, porque es el trabajo más necesario para la vida humana. Muchos se benefician de ella, y los poderosos no pueden vivir sin sus frutos. Por eso, quienes tienen abundancia de los productos de la tierra deben recordar que también están destinados a los demás. Deben verse como administradores que manejan su abundancia para el bien de quienes tienen necesidad. Los alimentos exquisitos y la ropa fina son para algunas personas, pero los productos de la tierra son para todos. Incluso quienes disfrutan de las riquezas del mar (Deuteronomio 33:19) todavía necesitan los frutos de la tierra, mientras que quienes tienen suficiente de la tierra quizá no necesiten la abundancia del mar.
Luego Salomón afirma que las riquezas acumuladas más allá de estas necesidades, riquezas guardadas para aumentar el montón en vez de usarlas, son vanidad. No harán que una persona esté satisfecha ni feliz. Esto respalda lo que Jesús diría después: la vida de una persona no consiste en la abundancia de sus bienes (Lucas 12:15). La primera razón es sencilla: cuanto más tienen las personas, más quieren. Alguien puede tener un poco de plata y sentirse satisfecho; puede reconocer cuándo tiene suficiente y no desear más. La piedad acompañada de contentamiento es una gran ganancia. Jacob pudo decir: «Tengo suficiente», y Pablo pudo decir: «Lo tengo todo y me sobra». Pero quien ama la plata y pone en ella su corazón nunca se siente lleno. Sus deseos siguen creciendo, como el sepulcro (Habacuc 2:5). Sigue añadiendo casa a casa y campo a campo (Isaías 5:8) y, como las hijas de la sanguijuela, continúa clamando: «¡Dame, dame!».
Los deseos naturales descansan cuando obtienen lo que necesitan, pero los deseos pecaminosos nunca descansan. La naturaleza se contenta con poco; la gracia, con menos todavía; pero la codicia no se satisface con nada. Aunque una persona tenga mucha plata y esta aumente rápidamente, no encuentra en ella una paz verdadera. Algunos deseos del cuerpo ni siquiera pueden satisfacerse con plata. Si alguien tiene hambre, las barras de plata no lo alimentarán más que unos trozos de barro. Y las riquezas del mundo nunca pueden satisfacer las necesidades espirituales. La persona que tiene mucha plata todavía quiere más y, con frecuencia, también desea algo diferente, algo de otra clase. Quienes se esclavizan al mundo gastan sus fuerzas en lo que no satisface (Isaías 55:2), en lo que llena el estómago, pero nunca llena el alma (Ezequiel 7:19).
Una segunda razón es que, cuanto más riquezas tienen las personas, más deben hacer uso de ellas, y con ellas vienen más cargas. «Cuando aumentan los bienes, también aumentan quienes los consumen» significa que más dinero suele significar más bocas que alimentar. Si la propiedad crece, normalmente también crece la casa. Los hijos crecen y necesitan más. Una riqueza mayor exige una casa más grande, más empleados, más invitados y más ayuda para los pobres. También atrae a más personas que dependen del dueño para su sustento, como las aves que se acercan a un animal muerto. Todo lo que tenemos además de la comida y la ropa también está destinado a otros. Entonces, ¿qué gana el dueño, aparte del placer de contemplarlo? Y aun ese es un placer pobre. El dueño lo ve como suyo, mientras que otros disfrutan gran parte del beneficio real. Puede experimentar la alegría de ayudar a los demás, y esa es una alegría verdadera para quien cree las palabras de Cristo: es más bienaventurado dar que recibir. Pero para el hombre codicioso, que considera desperdiciado todo lo que entrega, ver que otros participan de sus ganancias es una irritación constante.
Una tercera razón es que, cuanto más riquezas tienen las personas, más preocupaciones cargan, y eso perturba su descanso. El sueño es uno de los grandes apoyos y consuelos de esta vida, tan importante como la comida. El trabajador suele dormir mejor, no solo porque el trabajo lo cansa, sino también porque tiene pocas cosas que mantengan su mente preocupada y despierta. Su sueño es dulce, coma poco o mucho, porque su trabajo le produce un cansancio saludable y una buena digestión. De la misma manera, el sueño del cristiano diligente, incluso cuando duerme muchas horas, es dulce. Después de entregarse y dedicar su tiempo al servicio de Dios, puede volver con alegría a Dios y descansar en él.
Sin embargo, quienes tienen todo lo demás muchas veces no logran dormir bien. Sus ojos permanecen abiertos, o su sueño es inquieto y no los renueva. Las riquezas los perturban por las preocupaciones que traen, como le sucedió al rico insensato que preguntó: «¿Qué haré?» cuando su tierra produjo en abundancia (Lucas 12:17). También los perturban por la cantidad de comida y bebida que consumen, lo cual les carga el corazón, los enferma y les impide descansar. Asuero no pudo dormir después de un banquete con vino. Muchas veces, además, el conocimiento de la culpa, tanto por la manera en que se obtuvo la riqueza como por la forma en que se usa, quita el sueño tanto como cualquier otra cosa. Pero Dios da sueño a quienes ama.
Cuanto más tienen las personas, más peligros enfrentan, tanto por hacer daño como por sufrirlo. Salomón había visto un mal doloroso debajo del sol, en este mundo caído, donde las riquezas quedan en manos de sus dueños para su propio perjuicio, aunque hayan trabajado arduamente para reunirlas y protegerlas (Eclesiastés 5:13). En algunos casos, la riqueza misma perjudica a las personas. Las vuelve orgullosas y descuidadas, hace que amen el mundo, aleja su corazón de Dios y del deber, y les dificulta entrar en el reino de los cielos.
Las riquezas también les dan a las personas los medios para pecar contra otros. Pueden alimentar sus propios deseos y una vida de excesos, pero también pueden abrir la puerta a la opresión y al trato cruel hacia los demás. Muchas veces, además, la riqueza pone en peligro a su propio dueño. Si una persona no fuera rica, otros quizá no la envidiarían ni intentarían robarle, y no sería escogida como blanco de problemas. A veces, en la vida y en sus bienes, un hombre muy rico ha quedado excluido de un perdón general simplemente porque poseía una propiedad tan grande. Así, las riquezas con frecuencia se convierten en la causa de la ruina de una persona, como ocurre en Proverbios 1:19.
Cuanto más tienen las personas, más pueden perder, y podrían perderlo todo (Eclesiastés 5:14). Las riquezas almacenadas con mucho esfuerzo y conservadas con gran cuidado pueden desaparecer por un mal negocio, incluso por los mismos esfuerzos usados para asegurarlas y aumentarlas. Muchos han arruinado sus bienes por estar demasiado ansiosos por incrementarlos y lo han perdido todo al intentar obtener más. Las riquezas son temporales, y toda nuestra preocupación no puede cambiar esa realidad. Les crecen alas y se van volando.
Alguien puede esperar dejar a su hijo en una buena posición económica, pero terminar dejándolo en la pobreza. Cría a un hijo con la promesa de una herencia, pero al morir deja deudas que consumen los bienes, de modo que no queda nada en sus manos. Esto sucede con frecuencia. Las propiedades que parecían impresionantes no siempre resultan ser lo que aparentaban, y pueden engañar al heredero.
No importa cuánto tenga una persona cuando muere: debe dejarlo todo atrás (Eclesiastés 5:15, 16). Así como salió desnuda del vientre de su madre, así regresará. Cuando llegó al mundo, sus seres queridos la envolvieron con tela; cuando lo deja, la cubren con un sudario, y eso es todo. Véanse Job 1:21 y Salmo 49:17. Esto debería recordarnos que debemos contentarnos con lo que tenemos, como enseña 1 Timoteo 6:7.
En cuanto al cuerpo, debemos salir de este mundo tal como entramos. El polvo vuelve a la tierra, tal como era. Pero nuestra situación sería mucho peor si el alma regresara como vino. Nacemos en pecado, y si morimos en pecado, sin haber sido santificados, más nos valdría no haber nacido. Ese parece ser el caso de la persona mundana descrita aquí: regresa tal como vino, pecadora, miserable y en una condición todavía peor.
Este es un mal muy triste para la persona cuyo corazón está atado al mundo. No puede llevarse consigo nada de todo su trabajo, nada que pueda sostener en la mano. Sus riquezas no la acompañan al mundo venidero ni le sirven allí de ninguna manera. Pero si trabajamos en las cosas de Dios, la gracia y el consuelo que recibimos de ese trabajo pueden permanecer en nuestro corazón y beneficiarnos para siempre. Ese es un alimento que permanece.
Si trabajamos únicamente para este mundo y llenamos nuestras manos con sus bienes, no podremos llevarnos nada al morir. Nacemos con las manos apretadas, pero morimos con las manos abiertas, soltando aquello que aferramos con tanta fuerza. Por eso, es justo preguntarse qué provecho tiene quien ha trabajado para el viento.
Quienes trabajan para el mundo trabajan para el viento, para algo que tiene más apariencia que sustancia. Es incierto, siempre cambia, nunca satisface y muchas veces hace daño. No podemos retenerlo, y si lo tomamos como nuestra porción, no nos alimentará más de lo que lo hace el viento (Oseas 12:1). Las personas se darán cuenta de que han trabajado para el viento cuando, al morir, descubran que la ganancia de todo su trabajo se ha desvanecido, como el viento, y no sepan adónde fue.
Quienes poseen mucho, si ponen en ello su corazón, suelen tener una vida tan infeliz como su muerte (Eclesiastés 5:17). Esta persona codiciosa y mundana, siempre empeñada en aumentar sus bienes, pasa todos sus días en oscuridad y profunda tristeza. Su vida está marcada por la enfermedad y la ira. No encuentra verdadero placer en sus riquezas ni disfruta realmente de ellas, porque come el pan de la tristeza (Salmos 127:2). También siente mucho dolor cuando otros se benefician de lo que posee.
Incluso los gastos necesarios le producen inquietud y angustia. Parece enojarse porque él y quienes lo rodean no pueden vivir sin alimento. Si entendemos así la última parte, también vemos lo mal que maneja las dificultades comunes de la vida. Cuando está sano, come en oscuridad, siempre abatido por la preocupación y el temor acerca de sus bienes. Cuando está enfermo, siente mucha tristeza y enojo por su enfermedad. Le molesta que la enfermedad le impida ocuparse de sus negocios y frene su búsqueda de las cosas del mundo. Le molesta que toda su riqueza no pueda aliviarlo. Sobre todo, teme a la muerte, de la cual su enfermedad le está dando advertencia, porque tendrá que dejar atrás este mundo y todo lo que hay en él, y va hacia un mundo para el que no se ha preparado.
Su tristeza no es una tristeza que conduzca al arrepentimiento. No se aflige de una manera piadosa. Más bien, siente tristeza y enojo: se enoja con la providencia de Dios, con su enfermedad y con todos los que lo rodean. Está inquieto e irritable, y eso solo aumenta su dolor. El hombre bueno disminuye y suaviza ese sufrimiento mediante la paciencia y el gozo aun en medio de la enfermedad.
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De este capítulo
Eclesiastés 5:1
"Cuida tu pie cuando vayas a la casa de Dios, y estate más dispuesto a oír que a ofrecer el sacrificio de los necios, porque ellos no se dan cuenta de que hacen mal."
Eclesiastés 5:2
"No te precipites con tu boca ni se apresure tu corazón a pronunciar cosa alguna ante Dios, porque Dios está en el cielo y tú estás en la tierra; por eso, sean pocas tus palabras."
Eclesiastés 5:3
"Porque el sueño viene de la multitud de ocupaciones, y la voz del necio se reconoce por la multitud de palabras."
Eclesiastés 5:4
"Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque él no se complace en los necios. Cumple lo que has prometido."
Eclesiastés 5:5
"Es mejor que no hagas un voto que hacerlo y no cumplirlo."
Eclesiastés 5:6
"No permitas que tu boca haga pecar a tu carne, ni digas ante el ángel que fue un error. ¿Por qué habría de enojarse Dios por tu voz y destruir la obra de tus manos?"
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