Versículo destacado

Eclesiastés 5:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuida tu pie cuando vayas a la casa de Dios, y estate más dispuesto a oír que a ofrecer el sacrificio de los necios, porque ellos no se dan cuenta de que hacen mal. "

Eclesiastés 5:1

menu_book El versículo en contexto

1 Cuida tu pie cuando vayas a la casa de Dios, y estate más dispuesto a oír que a ofrecer el sacrificio de los necios, porque ellos no se dan cuenta de que hacen mal.

2 No te precipites con tu boca ni se apresure tu corazón a pronunciar cosa alguna ante Dios, porque Dios está en el cielo y tú estás en la tierra; por eso, sean pocas tus palabras.

3 Porque el sueño viene de la multitud de ocupaciones, y la voz del necio se reconoce por la multitud de palabras.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Salomón quiere que nos apartemos del mundo al mostrarnos cuán vacío es. Lo hace para que volvamos a Dios y a nuestro deber, y no vivamos según los criterios del mundo. Quiere que confiemos en las cosas buenas que Dios da, no en las riquezas ni en el éxito mundano. Por eso nos dirige a la casa de Dios, el lugar de adoración pública: el templo que él construyó a un costo enorme.

Cuando Salomón recordó sus otras obras, habló de ellas con pesar (Eclesiastés 2:4). Pero no habló así del templo. Lo recordaba con agrado, aunque no presumía de él. Dirige allí a quienes desean aprender más sobre el vacío del mundo y encontrar la felicidad que siguen buscando en las cosas creadas. Cuando David estaba angustiado, entró en el santuario de Dios, el lugar santo de adoración (Salmo 73:17). Cuando nuestras esperanzas puestas en las cosas creadas fracasan, eso debería volver nuestros ojos al Creador. Debemos acudir a la palabra de la gracia de Dios y al trono de su gracia, y pedirle ayuda. En la palabra y en la oración hay sanidad para toda herida.

Salomón también nos enseña a comportarnos correctamente en la casa de Dios, para que no perdamos el bien que fuimos a buscar. Los actos religiosos no son vacíos en sí mismos, pero se vuelven vacíos para nosotros si los realizamos de manera equivocada. Por eso debemos acercarnos con seriedad y cuidado. «Cuida tu pie» significa que no debemos venir con descuido ni tardanza, como si no quisiéramos acercarnos a Dios. Debemos observar con atención nuestros pasos y pensar en el camino que estamos tomando, para no dar un paso en falso. Debemos entrar en la adoración con una pausa solemne. Hay que tomar tiempo para preparar el corazón y no apresurarnos. Debemos impedir que nuestros pensamientos se distraigan y que nuestros afectos corran hacia cosas indebidas, porque en la casa de Dios hay suficiente labor para ocupar todo nuestro ser.

Algunos piensan que esto también alude a cuando se les dijo a Moisés y a Josué que se quitaran las sandalias como señal de reverencia y sumisión (Éxodo 3:5; Josué 5:15). También puede hacer eco del mandato de mantener limpios los pies (Éxodo 30:19). El punto es claro: debemos acercarnos a las cosas santas con cuidado y humildad.

También debemos asegurarnos de que el sacrificio que llevamos no sea el sacrificio de los necios, es decir, la adoración de personas malvadas. Esas personas son necias, y su sacrificio es detestable para el Señor (Proverbios 15:8). No debemos ofrecer algo desgarrado, cojo o enfermo, porque Dios ya ha dicho que no lo aceptará. Por eso es necio llevarlo. Tampoco debemos descansar en la señal, la ceremonia o el acto externo mientras ignoramos su significado. Si eso es todo lo que ofrecemos, entonces es el sacrificio de los necios. La religión meramente externa es una burla. Solo un necio pensaría que puede agradar a Dios de esa manera, pues Dios es espíritu y desea el corazón. Estas personas verán su necedad después de haber dedicado tanto esfuerzo a algo inútil, porque les faltaba sinceridad.

Son necios porque no se dan cuenta de que están haciendo mal. Piensan que están sirviendo a Dios y ayudándose a sí mismos, pero en realidad están insultando a Dios y engañando a su propia alma con una adoración hipócrita. Una persona puede hacer el mal mientras afirma que hace el bien, e incluso sin darse cuenta. O, como algunos entienden estas palabras, no saben lo suficiente para hacer lo correcto. Las mentes malvadas no pueden evitar pecar, ni siquiera en los actos de adoración. También puede ser que participen en la adoración sin verdadero interés, como si no importara si Dios se agrada o no.

Para no llevar el sacrificio de los necios, debemos llegar a la casa de Dios con el corazón dispuesto a conocer y cumplir nuestro deber. Debemos estar listos para escuchar. Eso significa prestar mucha atención a la palabra de Dios cuando se lee y se predica. También debemos estar dispuestos a escuchar la explicación que los sacerdotes daban acerca de los sacrificios, pues esa explicación mostraba su significado y propósito. No basta con observar los actos externos. La adoración debe ser consciente y verdadera; de lo contrario, se convierte en el sacrificio de los necios. También debemos estar preparados para obedecer lo que Dios nos dé a conocer. En las Escrituras, escuchar a menudo significa obedecer, y la obediencia es mejor que el sacrificio (1 Samuel 15:22; Isaías 1:15-16). Nos acercamos a los deberes santos con la actitud correcta cuando decimos en el corazón: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Un hombre piadoso dijo: «Que venga la palabra del Señor; y si tuviera seiscuellos, ante su autoridad inclinaría cada uno de ellos».

También debemos ser muy cuidadosos y reflexivos cuando nos presentamos delante de Dios. No debemos hablar impulsivamente con la boca cuando oramos, hacemos promesas o pronunciamos palabras de devoción. No debemos permitir que el corazón se apresure a decir cualquier cosa delante de Dios. Cuando estamos en la casa de Dios y reunidos para adorarlo, de una manera especial estamos delante de él. Él ha prometido encontrarse allí con su pueblo, sus ojos están sobre nosotros y nuestros ojos deben estar puestos en él. Sí tenemos algo que decir delante de Dios cuando nos acercamos a los deberes santos, porque tenemos un asunto serio que tratar con él. Si llegamos sin un propósito, nos iremos sin bendición.

Lo que decimos delante de Dios debe salir del corazón. Por eso no debemos permitir que la boca se adelante a nuestros pensamientos en la adoración. Las palabras de nuestra boca deben proceder de los pensamientos del corazón. Para Dios, los pensamientos son palabras, y las palabras no son más que sonidos vacíos si no nacen de un pensamiento. El servicio de labios, por muy bien expresado que esté, es un trabajo inútil en la religión (Mateo 15:8-9). Y aun cuando nuestras palabras sí procedan del corazón, deben salir de un corazón firme, no de una emoción o pasión repentina. Así como la boca no debe hablar precipitadamente, el corazón tampoco debe ser impulsivo. Debemos pensar, y volver a pensar, antes de hablar, ya sea que hablemos de parte de Dios al predicar o a Dios al orar. No debemos decir nada descuidado ni improvisado (1 Corintios 14:15).

También debemos usar pocas palabras en la presencia de Dios, es decir, debemos hablar con reverencia y cuidado. No debemos hablarle a Dios con la misma confianza descuidada con que nos hablamos unos a otros. No debemos decir todo lo que se nos ocurra ni repetirnos sin propósito, como suele ocurrir en la conversación cotidiana. Cuando hablamos con Dios, debemos recordar que él está infinitamente por encima de nosotros. Dios está en el cielo, reinando en gloria sobre nosotros y sobre todos los seres humanos. Lo rodean incontables ángeles santos, y está muy por encima de toda nuestra alabanza y bendición. Nosotros estamos en la tierra, bajo su trono. Somos pequeños y débiles, a diferencia de Dios, y completamente indignos de recibir de él algún favor o de tener comunión con él. Por eso debemos ser serios, humildes y reverentes. Debemos hablarle con respeto, como le hablaríamos a un gran hombre muy superior a nosotros. Por esa razón, nuestras palabras deben ser pocas, para que podamos escogerlas bien (Job 9:14).

Esto no condena todas las oraciones largas. Si las oraciones largas fueran malas en sí mismas, los fariseos no las habrían usado como espectáculo, ni Cristo habría pasado toda la noche orando. También se nos enseña a perseverar en la oración. Pero sí condena la oración descuidada y vacía, así como las repeticiones sin sentido (Mateo 6:7), como repetir oraciones contando el número de veces sin pensar en lo que se dice.

Hablemos con Dios, y acerca de Dios, usando palabras que concuerden con su verdad, palabras que las Escrituras nos enseñan. Que sean pocas las palabras que añadimos por nuestra cuenta, para no hablar sin cuidado ni decir algo incorrecto. La advertencia es contra orar sin atención, no contra orar durante mucho tiempo cuando el corazón está verdaderamente involucrado.

La acumulación de palabras en la oración convierte esas oraciones en sacrificios de necios (Eclesiastés 5:3). Así como los sueños confusos y perturbadores muestran que la mente está saturada e intranquila, las muchas palabras y las palabras apresuradas en la oración muestran necedad en el corazón. Revelan ignorancia de Dios y de nosotros mismos, pensamientos demasiado pequeños acerca de Dios y una actitud descuidada hacia nuestra propia alma.

Incluso en la conversación cotidiana, a menudo se reconoce al necio por sus muchas palabras. Quienes menos saben suelen hablar más (Eclesiastés 10:11), y esto es especialmente cierto en la oración. El necio que habla sin parar y sin sentido ciertamente caerá (Proverbios 10:8, 10), es decir, no será aceptado. Son verdaderamente necios quienes piensan que serán escuchados en la oración simplemente porque usan muchas palabras.

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