Versículo destacado
Eclesiastés 5:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque él no se complace en los necios. Cumple lo que has prometido. "
Eclesiastés 5:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 No te precipites con tu boca ni se apresure tu corazón a pronunciar cosa alguna ante Dios, porque Dios está en el cielo y tú estás en la tierra; por eso, sean pocas tus palabras.
3 Porque el sueño viene de la multitud de ocupaciones, y la voz del necio se reconoce por la multitud de palabras.
4 Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque él no se complace en los necios. Cumple lo que has prometido.
5 Es mejor que no hagas un voto que hacerlo y no cumplirlo.
6 No permitas que tu boca haga pecar a tu carne, ni digas ante el ángel que fue un error. ¿Por qué habría de enojarse Dios por tu voz y destruir la obra de tus manos?
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En estos versículos se nos enseñan cuatro deberes.
Primero, debemos tener cuidado de cumplir nuestros votos. Un voto es una obligación que ata el alma (Núm. 30:2), una promesa solemne hecha a Dios. Puede comprometernos a hacer algo que ya deberíamos hacer, o a realizar algo especial para honrar a Dios o promover su reino entre las personas. Si, en medio de la aflicción (Sal. 66:14) o al pedir una bendición (1 Sam. 1:11), hemos hecho un voto así, debemos recordar que hemos dado nuestra palabra al Señor y no podemos retractarnos.
Por eso, debemos entregar lo que hemos prometido. Debemos llevarle a Dios lo que le dedicamos. Hay que cumplirlo por completo, sin retener ninguna parte. Debemos cumplirlo tal como lo prometimos, sin cambiarlo, como lo exigía la ley (Lev. 27:10). Si hemos prometido entregarnos al Señor, debemos demostrarlo viviendo a su servicio y para su gloria, no recuperando nuestra vida para usarla de manera egoísta.
No debemos tardar en cumplirlo. Si está en nuestras manos hacerlo hoy, no debemos dejarlo para mañana. No debemos pedir más tiempo ni esperar una ocasión más conveniente. La demora debilita el sentido del deber, enfría nuestro entusiasmo y nos hace menos dispuestos a obedecer. Cuanto más esperamos, más difícil se vuelve. La muerte podría impedirnos cumplirlo por completo, y entonces compareceríamos ante el juicio cargando con la culpa de haber quebrantado un voto (Sal. 76:11).
Se dan dos razones para cumplir los votos con rapidez y de buena voluntad. Si no lo hacemos, insultamos a Dios, como si hubiéramos planeado engañarlo. Dios no se complace en los necios. No pueden engañarlo, y seguramente tratará con quienes lo toman a la ligera. Además, nos hacemos daño a nosotros mismos. Perdemos el beneficio de haber hecho el voto y atraemos el castigo por quebrantarlo. Es mucho mejor no hacer un voto que hacerlo y no cumplirlo. No hacer un voto es una omisión, pero hacer un voto y no cumplirlo es traición y perjurio. Es mentirle a Dios (Hech. 5:4).
Segundo, debemos tener cuidado con lo que prometemos. Esto es necesario si queremos cumplir bien nuestros votos (Ecl. 5:6). Nunca debemos prometer algo pecaminoso ni algo que pueda llevarnos a pecar. Un voto así fue mal hecho y debe quebrantarse. No permitamos que nuestra boca, por medio de una promesa semejante, haga pecar a nuestro cuerpo, como la promesa precipitada de Herodes lo llevó a ordenar la muerte de Juan el Bautista.
Tampoco debemos prometer algo que, por causa de la debilidad humana, tenemos buenas razones para pensar que no podremos cumplir, como prometer permanecer solteros cuando no tenemos la fortaleza para hacerlo. Al actuar así, las personas se avergüenzan a sí mismas, porque tienen que decir delante del ángel: «Fue un error». O no quisieron decir lo que dijeron, o no lo pensaron bien; y en cualquiera de los dos casos, el asunto es serio. Cuando hemos hecho un voto, no debemos intentar evadirlo ni buscar excusas para librarnos de él. No debemos decirle al sacerdote, llamado el ángel o mensajero del Señor de los ejércitos, que hemos cambiado de opinión y queremos quedar libres del voto. Debemos mantener nuestra palabra y no buscar una salida.
Algunos entienden que este ángel es el ángel guardián que, según creen, observa las acciones de cada persona. Otros lo entienden como Cristo, el Ángel del pacto, quien está presente con su pueblo en sus reuniones, examina el corazón y no puede ser engañado. No debemos provocarlo, porque el nombre de Dios está en él y se lo presenta como estricto y celoso (Éx. 23:20-21). Quienes quebrantan sus votos también se ponen bajo la ira de Dios, pues él se enoja con quienes le mienten con la boca y lo adulan con los labios. Dios aborrece su falsedad y puede destruir la obra de sus manos; es decir, puede frustrar sus planes y arruinar los esfuerzos que le pedían bendecir. Si traicioneramente anulamos las palabras que pronunciamos y retiramos nuestros votos, Dios puede justamente trastornar nuestros planes. Para una persona, seguir poniendo excusas después de hacer un voto es caer en una trampa.
Tercero, debemos mantener un temor saludable de Dios (Ecl. 5:7). En tiempos antiguos, muchas personas afirmaban conocer la voluntad de Dios por medio de sueños. Llenaban la mente de la gente con sueños hasta casi hacer que el pueblo de Dios olvidara su nombre (Jer. 23:25-26). Incluso hoy, algunas personas se angustian por sueños extraños o aterradores, o por lo que otros dicen que significan, como si predijeran desastres. Quien sigue los sueños pronto tendrá muchos de ellos amontonados en la mente. Pero los sueños, al igual que muchas palabras, están llenos de vacío, especialmente cuando seguimos prestándoles atención. Son como la conversación ociosa de los niños y los necios. No debemos quedarnos pensando en ellos, repetirlos ni sacar conclusiones perturbadoras o aterradoras de ellos. En cambio, debemos temer a Dios, mantenerlo siempre presente, vivir en su amor y cuidar de no desagradarle. Entonces los sueños insensatos no nos perturbarán.
La manera de no dejarnos sacudir por las señales del cielo ni atemorizarnos por los ídolos de las naciones es temer a Dios como Rey sobre todas las naciones (Jer. 10:2, 5, 7).
Cuarto, este temor de Dios nos ayuda a no temer demasiado a las personas (Ecl. 5:8). Si ponemos a Dios delante de nosotros, cuando veamos a los pobres oprimidos no nos quedaremos desconcertados, como si algo hubiera salido mal en el gobierno de Dios. No culparemos a la providencia divina, ni pensaremos peor del gobierno porque algunos gobernantes abusan de su poder, ni pensaremos menos de la religión porque no evita que las personas sufran injusticias.
Es triste ver que los pobres son oprimidos precisamente porque son pobres y no pueden defenderse. También es triste ver cómo se tuercen el juicio y la justicia en una provincia, con la opresión escondida bajo la apariencia de la ley y respaldada por el poder. Un reino puede tener, en general, un buen gobierno y, aun así, entregar una provincia a un hombre malo; entonces la justicia es abusada bajo su administración. Incluso para los reyes más sabios es difícil asegurarse, al asignar cargos de autoridad, de qué clase de hombres están nombrando. Solo pueden corregir el mal cuando se hace evidente.
Cuando todo parece muy oscuro, todavía podemos descansar en tres verdades. Primero, aunque los opresores parezcan importantes y poderosos, Dios está por encima de ellos. Está por encima de las criaturas más elevadas, de los gobernantes más poderosos e incluso de los ángeles más encumbrados, de los tronos y dominios del mundo celestial. Dios es el Altísimo sobre toda la tierra, y su gloria está por encima de los cielos. Delante de él, los príncipes son como gusanos, y los más brillantes de ellos son apenas como luciérnagas.
Segundo, aunque los opresores se sientan seguros, Dios los observa atentamente. Nota cada acto violento que aparta la justicia de su camino y les pedirá cuentas por ello. No solo ve estas cosas, sino que las examina y las registra para presentarlas nuevamente cuando llegue el momento. Sus ojos están sobre todos sus caminos, como dice Job (Job 24:23).
Tercero, existe un mundo de ángeles, y algunos tienen una posición más elevada que los gobernantes terrenales. Dios los usa en su justicia para proteger a los agraviados y castigar a quienes hacen el mal. Senaquerib, el orgulloso rey asirio, confiaba en su poderoso ejército, pero un solo ángel bastó para derrotarlo a él y a todas sus fuerzas. Algunos entienden que esta frase se refiere, en cambio, a los tribunales y gobernantes superiores de la nación, como los funcionarios que supervisan a los gobernadores de las provincias (Dan. 6:2). También puede incluir los tribunales de apelación, donde se escuchan las quejas contra jueces de menor rango, pues tales sistemas son necesarios para un buen gobierno. Esto debe advertir a los opresores que sus propios superiores en la tierra pueden pedirles cuentas y que, en cualquier caso, Dios, el Juez supremo en el cielo, ciertamente lo hará.
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De este capítulo
Eclesiastés 5:1
"Cuida tu pie cuando vayas a la casa de Dios, y estate más dispuesto a oír que a ofrecer el sacrificio de los necios, porque ellos no se dan cuenta de que hacen mal."
Eclesiastés 5:2
"No te precipites con tu boca ni se apresure tu corazón a pronunciar cosa alguna ante Dios, porque Dios está en el cielo y tú estás en la tierra; por eso, sean pocas tus palabras."
Eclesiastés 5:3
"Porque el sueño viene de la multitud de ocupaciones, y la voz del necio se reconoce por la multitud de palabras."
Eclesiastés 5:5
"Es mejor que no hagas un voto que hacerlo y no cumplirlo."
Eclesiastés 5:6
"No permitas que tu boca haga pecar a tu carne, ni digas ante el ángel que fue un error. ¿Por qué habría de enojarse Dios por tu voz y destruir la obra de tus manos?"
Eclesiastés 5:7
"Porque en la multitud de sueños y en las muchas palabras también hay diversas vanidades; pero tú teme a Dios."
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