Versículo destacado

Deuteronomio 33:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Acerca de Benjamín dijo: «El amado del SEÑOR habitará seguro junto a él; el Señor lo cubrirá todo el día, y él habitará entre sus hombros». "

Deuteronomio 33:12

menu_book El versículo en contexto

10 Ellos enseñarán tus juicios a Jacob y tu ley a Israel. Pondrán incienso delante de ti y holocausto entero sobre tu altar.

11 Bendice, SEÑOR, sus bienes y acepta la obra de sus manos. Quebranta los lomos de quienes se levantan contra él y de quienes lo odian, para que no vuelvan a levantarse.

12 Acerca de Benjamín dijo: «El amado del SEÑOR habitará seguro junto a él; el Señor lo cubrirá todo el día, y él habitará entre sus hombros».

13 Acerca de José dijo: Bendita por el SEÑOR sea su tierra, con las cosas preciosas del cielo, con el rocío y con las profundidades que yacen debajo;

14 con los frutos preciosos producidos por el sol y con las cosas preciosas producidas por la luna;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La bendición de Benjamín aparece primero aquí por su lugar especial junto a Leví. El templo, donde servían los sacerdotes, estaba justo en el límite del territorio de Benjamín. También se coloca antes que la de José porque Jerusalén, que formaba parte del territorio de Benjamín, tenía más honor que Samaria, situada en la tierra de Efraín. Además, Benjamín permaneció fiel a la casa de David y al templo del SEÑOR cuando las demás tribus se apartaron con Jeroboam.

A Benjamín se le llama «el amado del SEÑOR», y ese título encaja con la historia de la tribu. Benjamín era el hijo amado de Jacob, el «hijo de su mano derecha». En verdad son bendecidos aquellos a quienes el SEÑOR ama. Saúl, el primer rey de Israel, y Pablo, el gran apóstol, pertenecieron a esta tribu.

También se le promete seguridad: «habitará seguro». Quienes son amados por Dios están seguros (Salmo 91:1). El texto también señala que el templo fue construido en el límite de Benjamín. Jerusalén, la ciudad santa, estaba en el territorio asignado a Benjamín (Josué 18:28), y allí también estaba el monte Moriah, donde se levantó el templo. Por eso se dice que Dios habitaría «entre sus hombros», como una cabeza que descansa sobre los hombros de un hombre.

Por tanto, Benjamín estaría cubierto todo el día por la protección del santuario (Salmo 125:2). La Escritura suele describir el templo como un lugar de refugio (Salmo 27:4-5; Nehemías 6:10). Al vivir junto a la casa de Dios, Benjamín vivía seguro cerca de él. Es algo muy dichoso vivir cerca del templo. Es muy probable que esta fuera una de las razones por las que Benjamín permaneció unido a Judá y conservó la adoración a Dios, aun cuando las otras diez tribus se apartaron. El corazón de una persona está profundamente corrompido si, cuanto más cerca está de la iglesia, más se aleja de Dios.

La bendición de José incluye tanto a Manasés como a Efraín. En la bendición de Jacob (Génesis 49), la porción de José es la más grande, y aquí también es extensa. Moisés llama a José con un título que señala su lugar especial: alguien separado de sus hermanos, o una especie de «nazareo», es decir, alguien apartado para Dios, entre ellos. Fue apartado tanto por su devoción a Dios, en la que se elevó por encima de sus hermanos, como por su posición en Egipto, donde se convirtió en su gobernante y ayudador. Sus hermanos lo separaron de ellos al venderlo como esclavo, pero Dios lo distinguió al convertirlo en príncipe.

Las bendiciones que Moisés pide son gran abundancia y gran poder. Primero habla de la abundancia. Comienza orando: «Bendita del SEÑOR sea su tierra». Efraín y Manasés recibieron tierras muy fértiles, pero Moisés aun así pide que la bendición de Dios las riegue. La verdadera abundancia depende de Dios, quien concede las riquezas y la fertilidad.

Luego Moisés menciona las cosas que ayudarían a que su tierra prosperara. Pide la lluvia y el rocío a su debido tiempo, los valiosos regalos del cielo. Pueden parecer simplemente agua, pero sin ellos las cosechas de la tierra fracasarían. También pide abundantes manantiales, llamados aquí «el abismo que está abajo». Tanto la lluvia de arriba como los manantiales de abajo son como los ríos de Dios (Salmo 65:9), y él es quien hace brotar las fuentes de agua (Apocalipsis 14:7).

También pide la buena influencia de los cielos, el fruto precioso producido por el calor del sol y la luz refrescante de la luna (Deuteronomio 33:14). Algunos entienden esto como una oración por la cosecha regular de cada estación, mes tras mes, como las aceitunas en un mes y los dátiles en otro. Después pide los mejores productos de las montañas antiguas y de las colinas perdurables (Deuteronomio 33:15). Estas montañas son llamadas antiguas, no porque sean más viejas que las demás, sino porque eran honradas por encima de ellas, como los hijos primogénitos. Se les llama perdurables porque su fertilidad continuaría.

También pide las cosas preciosas de la tierra (Deuteronomio 33:16). La tierra puede parecer un simple terrón sin valor, pero produce cosas útiles y valiosas para la vida humana. De ella viene el pan, porque nuestros cuerpos proceden de ella y a ella deben volver. Sin embargo, las riquezas de la tierra son pequeñas comparadas con la plenitud que se encuentra en Cristo, de quien recibimos gracia sobre gracia. Algunos entienden estas cosas preciosas como imágenes de las bendiciones espirituales en los lugares celestiales por medio de Cristo: los dones, las gracias y los consuelos del Espíritu.

Moisés termina esta bendición pidiendo la buena voluntad del que habitaba en la zarza (Deuteronomio 33:16), es decir, de Dios, quien se le apareció en la zarza ardiente que no se consumía (Éxodo 3:2). Allí Dios le dio a Moisés la misión de sacar a Israel de Egipto. Aunque la gloria de Dios se manifestó allí solo por un tiempo, la Escritura dice que él habitaba allí, porque su presencia permaneció mientras fue necesario. Esta es la buena voluntad del que habita allí, pues «Shejiná» significa «el que habita». Moisés invoca al mismo Dios que se le reveló en aquel momento santo.

Aquel primer encuentro con Dios en la zarza fue profundamente precioso para Moisés. Al acercarse a la muerte, parece recordar con mayor cariño el comienzo de su caminar con Dios, cuando empezó a conocer al Todopoderoso y se estableció por primera vez su comunión con el cielo. Fue un tiempo lleno de amor que nunca podía olvidar. En la zarza, Dios se declaró el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, confirmando la promesa hecha a los patriarcas, una promesa que alcanza incluso la resurrección del cuerpo y la vida eterna, como Jesús demostró a partir de ella (Lucas 20:37). Así que, cuando Moisés pide la buena voluntad del que habitaba en la zarza, está mirando atrás, hacia aquel pacto renovado allí, el pacto en el que debe descansar toda nuestra esperanza del favor de Dios.

Moisés termina esta gran bendición pidiendo el favor de Dios, porque ese favor es la fuente y el origen de toda bendición. Todos estos regalos proceden de la buena voluntad de Dios, y son verdaderamente bendiciones para su propio pueblo, sean lo que sean para los demás.

En efecto, cuando Efraín, descendiente de José, se apartó de Dios como una becerra terca, ni siquiera la abundante producción de su tierra era una verdadera muestra del favor de Dios. Más bien, solo lo estaba engordando para el juicio, como a un cordero en campo abierto (Oseas 4:16, Oseas 4:17). Esto es importante porque el verdadero consuelo y la dulzura de toda bendición consisten en la buena voluntad de Dios que la acompaña. Solo disfrutamos realmente de nuestros regalos cuando percibimos en ellos la bondad de Dios.

El favor de Dios es mejor que todas estas bendiciones, y mucho mejor. Si tenemos la aprobación de Dios, somos verdaderamente felices y podemos estar contentos aun cuando nos falten estas cosas. Entonces todavía podemos alegrarnos en el Dios que nos salva, aunque la higuera no florezca y no haya fruto en las vides (Habacuc 3:17, Habacuc 3:18).

Aquí también se bendice a José con gran poder (Deuteronomio 33:17). Se anuncian tres señales de ese poder. Primero, José tendría honor entre sus hermanos. Su gloria se compara con la del primogénito de un toro, un animal joven y fuerte que en otro tiempo se usaba para representar la grandeza real. Josué, quien sucedió a Moisés, pertenecía a Efraín, hijo de José, y trajo gran honor a su tribu. Más adelante, la ciudad real del reino del norte estuvo en Efraín, y de Manasés surgieron Gedeón, Jefté y Jair, todos ellos bendiciones y honra para su tierra.

Algunos piensan que José es comparado con el toro primogénito porque la primogenitura que Rubén perdió pasó a José (1 Crónicas 5:1, 1 Crónicas 5:2). Otros relacionan la imagen con la fuerza semejante a la de un toro que tenía Basán, territorio que estaba en Manasés y era conocido por su ganado (Salmo 22:12; Amós 4:1).

Segundo, José tendría fuerza contra sus enemigos y victoria sobre ellos. Sus cuernos serían como los de un toro salvaje, lo que significa que las fuerzas que llevaría a la batalla serían poderosas y temibles, y haría retroceder a todos los que se le opusieran. La tribu de Efraín mostró un espíritu combativo en sus conflictos con Gedeón y Jefté (Jueces 8:1; Jueces 12:1). Sin embargo, cuando Efraín quebrantó después el pacto de Dios, esas mismas personas, aunque estaban armadas, retrocedieron el día de la batalla (Salmo 78:9, Salmo 78:10). Así que, aunque aquí se les representa fuertes y valientes como toros salvajes, se volvieron débiles como los demás hombres cuando Dios los abandonó.

Tercero, José tendría una población muy numerosa. Efraín, aunque era la rama menor, superaría en número a Manasés, porque Jacob cruzó intencionalmente sus manos cuando los bendijo (Génesis 48:19). Por eso la bendición habla de las decenas de millares de Efraín y de los millares de Manasés. El Targum de Jonatán aplica esto a los muchos cananeos conquistados por Josué, quien pertenecía a Efraín. El Targum de Jerusalén también hace una observación significativa: así como el toro primogénito nunca estaba destinado a trabajar y el toro salvaje no podía ser domesticado, José debía permanecer libre. Y habrían permanecido libres si el pecado no los hubiera llevado a venderse a sí mismos.

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