Versículo destacado

Deuteronomio 28:45 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Además, todas estas maldiciones vendrán sobre ti, te perseguirán y te alcanzarán hasta que seas destruido, porque no escuchaste la voz del SEÑOR tu Dios ni guardaste sus mandamientos y estatutos que él te ordenó. "

Deuteronomio 28:45

menu_book El versículo en contexto

43 El extranjero que esté en medio de ti se elevará cada vez más sobre ti, mientras que tú descenderás cada vez más.

44 Él te prestará, pero tú no le prestarás; él será la cabeza y tú serás la cola.

45 Además, todas estas maldiciones vendrán sobre ti, te perseguirán y te alcanzarán hasta que seas destruido, porque no escuchaste la voz del SEÑOR tu Dios ni guardaste sus mandamientos y estatutos que él te ordenó.

46 Estas estarán sobre ti y sobre tu descendencia para siempre, como señal y prodigio.

47 Porque no serviste al SEÑOR tu Dios con alegría y gozo de corazón por la abundancia de todas las cosas,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Podría parecer que ya se había dicho suficiente para despertar temor ante la ira de Dios contra el pecado humano. Pero Moisés muestra cuán profunda es esa ira y que todavía vendrían cosas más graves y terribles. Cuando parece haber terminado esta sombría advertencia, vuelve a comenzar y añade más maldiciones, tal como Jeremías lo hizo después en su propia profecía (Jeremías 36:32).

La primera parte de esta advertencia parece referirse al cautiverio en Babilonia y a los sufrimientos que lo acompañaron. Esos padecimientos dejaron a Israel en la condición humilde y empobrecida descrita en Deuteronomio 28:44, donde sus enemigos eran la cabeza y ellos eran la cola. Pero aquí, en la parte posterior, Moisés anuncia su destrucción final a manos de los romanos y la dispersión que le seguiría. La triste condición actual de la nación judía, y de todos los que se unieron a ella al adoptar su religión, coincide tan estrechamente con estos versículos que constituye una prueba contundente de que la profecía es verdadera y de que la Escritura proviene de Dios.

Como esta destrucción posterior se describe como peor que la anterior, también muestra cuán grave fue su pecado al rechazar a Cristo y su evangelio. Ese pecado fue más ofensivo para Dios que la idolatría misma y los dejó aún más bajo el poder de Satanás. El cautiverio en Babilonia los libró de la idolatría en setenta años; pero después de este juicio posterior, durante más de mil seiscientos años, han continuado obstinadamente opuestos al Señor Jesús.

Observemos, entonces, lo que se dice en general acerca de la ira de Dios que caería sobre ellos por sus pecados. Si no querían someterse a los mandamientos de Dios, ciertamente serían destruidos por su maldición (versículos 45 y 46). Como no guardarían sus mandamientos, especialmente el mandato de escuchar y obedecer al gran profeta, estas maldiciones vendrían sobre ellos como sobre un pueblo destinado a la destrucción: una generación bajo la ira de Dios. Llegarían a ser una señal y un motivo de asombro. Es sorprendente que un pueblo favorecido por el cielo durante tanto tiempo fuera rechazado de manera tan completa, esparcido por tantas naciones y, aun así, permaneciera distinto entre ellas, como Caín: fugitivo y errante, pero todavía marcado y reconocido.

Si no servían a Dios con alegría, serían obligados a servir a sus enemigos (versículos 47 y 48), para que aprendieran la diferencia entre esas dos condiciones (2 Crónicas 12:8). Algunos consideran que este también es el sentido de Ezequiel 20:24-25, donde Dios dice: «Por cuanto despreciaron mis estatutos, les di estatutos que no eran buenos». Es justo esperar que quienes reciben de Dios muchas cosas buenas en esta vida le sirvan. Él nos da vida y sustento para que hagamos su obra y seamos útiles para su gloria.

Cuanto más nos da Dios, con mayor disposición debemos servirle. Nuestra abundancia debería facilitar la obediencia, como el aceite que ayuda a que las ruedas giren. Dios es un Señor que desea un servicio voluntario y se complace en escucharnos cantar mientras trabajamos. Pero si recibimos sus dones y no le servimos, o le servimos de mala gana, es justo que nos haga experimentar la escasez y el trabajo duro. Quienes se quejan sin motivo merecen encontrar un motivo para quejarse. «Felices, pero no satisfechos» es una reprensión apropiada para semejante necedad e ingratitud.

Si no daban gloria a Dios mediante una obediencia reverente, él obtendría honra de ellos por medio de plagas extraordinarias (versículos 58 y 59). Dios tiene todo el derecho de esperar que temamos su nombre majestuoso. ¡Y qué grande es ese nombre: «el SEÑOR tu Dios»! Nada suena más majestuoso. Nada es más consolador, ni nada más solemne, que esta verdad: aquel ante quien respondemos es el SEÑOR, el Creador perfectamente bendito y todopoderoso; y él es nuestro Dios, nuestro legítimo Señor y dueño, de quien recibimos mandatos y ante quien debemos rendir cuentas.

También podemos esperar con razón que, si no tememos su nombre majestuoso, sentiremos sus plagas aterradoras. Dios será temido de una manera o de otra. Todos sus juicios son terribles, pero algunos son especialmente extraordinarios y llevan señales tan claras del poder y la justicia divinos que quienes los presencian pueden decir de inmediato: «Verdaderamente, hay un Dios que juzga en la tierra».

Moisés trata aquí el mismo tema doloroso del que habló nuestro Señor en su enseñanza de despedida a los discípulos: la destrucción de Jerusalén y de la nación judía (Mateo 24). Se anuncian cinco cosas como pasos hacia su ruina. Primero, serían atacados por un enemigo extranjero (versículos 49 y 50). Esto se refiere a los romanos, que vendrían desde lejos, veloces como un águila que se lanza sobre su presa. Jesús usó la misma imagen cuando dijo: «Donde esté el cadáver, allí se reunirán las águilas» (Mateo 24:28). El obispo Patrick señala que esto resulta aún más impactante porque los ejércitos romanos llevaban el águila como estandarte. Esta nación es descrita como de rostro fiero, lo que muestra un espíritu cruel y sin compasión que no perdonaría ni a los niños pequeños ni a los ancianos.

Segundo, la tierra sería devastada y el ejército extranjero consumiría sus cosechas (versículo 51). Ese es el resultado natural de una invasión, especialmente cuando los invasores llegan, como lo hicieron los romanos, para castigar a los rebeldes. Comerían el fruto del ganado y de la tierra del pueblo, de modo que los habitantes morirían de hambre mientras los conquistadores tendrían alimento en abundancia.

Tercero, sus ciudades serían sitiadas, y la obstinación de los sitiados junto con la fuerza de los sitiadores los llevarían al borde mismo de la ruina, hasta que finalmente cayeran en manos del enemigo (versículo 52). Ningún lugar, por fortificado que estuviera, escaparía; ni siquiera Jerusalén, aunque resistió durante mucho tiempo. Aquí se predicen dos consecuencias comunes de un largo sitio: una hambruna terrible y un hambre tan extrema que matarían y comerían a sus propios hijos (versículo 53). Los hombres, aun con toda su fuerza, harían esto. Y aunque la ley natural debería haberlos impulsado a cuidar de sus familias, se negarían a compartir con su esposa y sus hijos hambrientos cualquier parte del niño que hubieran matado cruelmente (versículos 54 y 55).

Las mujeres de posición elevada, a pesar de su delicadeza natural con respecto a la comida y de su amor por sus hijos, llegarían a tal desesperación por el hambre que perderían todo sentimiento humano y matarían y comerían a sus propios hijos (Deuteronomio 28:56-57). Debemos notar cuán amarga sería una suerte semejante para mujeres tiernas y refinadas. Esto debería enseñarnos a no consentirnos en la comodidad y la delicadeza, porque no sabemos a qué situación podríamos llegar antes de morir.

Cuanto más exigentes seamos, más difícil será soportar la escasez. También corremos un mayor riesgo de sacrificar la razón, la religión e incluso el afecto natural ante los gritos de un apetito descontrolado. Esta advertencia se cumplió exactamente, más de una vez, para vergüenza perdurable de la nación judía. Algo así no se había oído entre griegos ni bárbaros, excepto durante el sitio de Samaria, cuando una mujer hirvió a su propio hijo (2 Reyes 6:28-29). También se menciona como algo común durante el sitio de Jerusalén por los babilonios (Lamentaciones 4:10).

Durante el último sitio llevado a cabo por los romanos, Josefo cuenta que una mujer noble mató y comió a su propio hijo a causa del hambre. Después de comer en secreto la mitad para guardarla para sí (Deuteronomio 28:57), una turba, atraída por el olor de la carne, irrumpió en su casa. Ella les mostró la otra mitad, que había reservado para después, e incluso los invitó a compartirla. ¡Qué crueldad no pueden llegar a cometer quienes han sido abandonados por Dios!

Otra consecuencia común de un largo sitio es la enfermedad, y aquí también se anuncia: enfermedades graves y prolongadas (Deuteronomio 28:59). Estos sufrimientos seguirían a los judíos adondequiera que fueran después, incluidas las enfermedades de Egipto, como la lepra, los tumores y las llagas dolorosas (Deuteronomio 28:60). Como si estas aflicciones específicas no fueran suficientes, la advertencia concluye con «y más» (Deuteronomio 28:61). El SEÑOR traería sobre ellos toda enfermedad y toda plaga, incluso las que no están escritas en el libro de esta ley. Quienes caen bajo la maldición de Dios descubrirán que todo su peso y terror son mayores de lo que se les había anunciado.

Muchos de ellos también morirían, de modo que llegarían a ser pocos en número (Deuteronomio 28:62). Dios había multiplicado grandemente a esta nación, hasta hacerla tan numerosa como las estrellas del cielo. Pero por causa de su pecado, fueron reducidos y humillados (Salmo 107:38-39). Josefo informa que, cuando los romanos destruyeron la nación judía, más de dos millones de personas murieron a espada en distintos lugares, además de los que murieron por el hambre y las enfermedades. Toda la tierra quedó vacía y se convirtió en un desierto.

Es una sentencia terrible: así como el Señor se alegró en otro tiempo de hacerles bien, también se alegraría de destruirlos (Deuteronomio 28:63). Aquí vemos tanto la bondad como la severidad de Dios. Su misericordia resplandece en el gozo con que hace el bien, y su justicia se manifiesta con igual claridad en el gozo con que destruye a los obstinados e impenitentes. Él no se deleita en hacer miserables a sus criaturas por el simple hecho de hacerlo, sino en defender su honor y cumplir los propósitos de su gobierno. Esto muestra cuán terrible es el pecado, pues puede hacer necesario, por así decirlo, que el Dios de bondad perfecta se alegre por la destrucción de quienes alguna vez fueron su pueblo favorecido.

El remanente sería esparcido entre todas las naciones, y eso completaría su miseria (Deuteronomio 28:64). Esto se ve claramente en su dispersión actual, pues se puede encontrar a judíos en casi todas las tierras bajo gobierno cristiano o musulmán. Son tantos que se ha dicho que, si pudieran unirse en torno a un interés común, serían muy poderosos. Sin embargo, esta maldición todavía permanece sobre ellos, y continúan dispersos e incapaces de unirse.

En medio de esta dispersión, no tendrían una religión verdadera, o ninguna que pudiera ayudarles, porque no tendrían templo, altar ni sacerdocio, sino que servirían a otros dioses. Algunos consideran que esto se cumplió cuando, en países católicos romanos, se obligó a los judíos a adorar las imágenes usadas en esa iglesia, para su gran aflicción. Tampoco tendrían descanso, ni en el cuerpo ni en la mente. La planta de su pie no hallaría reposo (Deuteronomio 28:65), porque estarían siempre moviéndose, ya fuera con la esperanza de obtener ganancias o por temor a la persecución. Serían judíos errantes, con un corazón tembloroso y sin seguridad de vida (Deuteronomio 28:66). Se cansarían tanto de la luz como de la oscuridad, aunque ambas son bienvenidas para una mente en paz, porque el día y la noche les traerían terror (Deuteronomio 28:67).

Job estuvo alguna vez en una condición semejante (Job 7:4), pero para ellos sería constante y duradera. La ceguera y la oscuridad que Pablo dice que vendrían sobre Israel, junto con la culpa que doblaría sus espaldas para siempre (Romanos 11:8-10), producirían naturalmente este tipo de inquietud y temor. Las personas que temen de día y de noche y nunca se sienten seguras se atormentan a sí mismas y a quienes las rodean. Que las personas buenas luchen contra ese temor y no cedan a un miedo que produce tormento. Que las personas malvadas no se sientan seguras en su pecado, porque su corazón no podrá soportarlo ni sus manos tendrán fuerza cuando los terrores de Dios se levanten contra ellas.

Los que dicen por la mañana: «¡Ojalá fuera de noche!», y por la noche: «¡Ojalá fuera de mañana!», muestran dos cosas. Primero, están constantemente angustiados y miserables, quejándose de que el tiempo avanza demasiado despacio y de que cada minuto se hace demasiado largo. Debemos valorar el tiempo en las épocas de prosperidad, para que no nos parezca tan largo en tiempos de angustia. Segundo, están constantemente asustados: por la mañana temen la flecha que vuela de día y desean que el día termine. Pero eso no les ayudará, porque cuando llegue la noche, el corazón tembloroso seguirá temiendo el terror nocturno (Salmo 91:5-6). Dichosos aquellos cuya mente descansa en Dios y permanece tranquila ante el temor del mal.

Observemos que este terror no proviene únicamente de lo que ven sus ojos, sino también del miedo que hay en su corazón. No procede solamente de peligros reales, sino también de peligros imaginarios. Cuando el miedo se examina detenidamente, a menudo aquello que parece aterrador resulta ser solo producto de la imaginación.

Al final, Dios amenaza con dejarlos donde los encontró: en una casa de esclavitud (Deuteronomio 28:68). El Señor los llevaría de regreso a Egipto, es decir, a una condición miserable como la que habían experimentado cuando eran esclavos bajo amos crueles. Dios los había sacado de Egipto y había dicho que nunca volverían a verlo (Deuteronomio 17:16), pero ahora serían reducidos a una esclavitud semejante a la que habían conocido allí. Ser vendidos a extranjeros ya sería bastante malo, pero ser vendidos a sus enemigos sería mucho peor.

Incluso los esclavos pueden tener algún valor, pero un judío sería considerado tan despreciable por toda clase de actos vergonzosos que, cuando fuera puesto a la venta, nadie querría comprarlo. Eso haría todavía más cruel al amo que lo poseyera. Se cuenta que vendieron a treinta judíos por una pequeña moneda, así como vendieron a nuestro Salvador por treinta piezas de plata.

En conjunto, de esto se desprenden dos lecciones. Primero, el cumplimiento de estas advertencias en la nación judía muestra que Moisés habló por el Espíritu de Dios. Dios ciertamente ve la ruina de los pecadores y les advierte de antemano, para que puedan regresar a él mediante un arrepentimiento verdadero y oportuno, o queden sin excusa. Segundo, aprendamos todos a temer a Dios y a evitar el pecado.

He sabido de un hombre malvado que, después de leer las amenazas de este capítulo, se enfureció tanto que arrancó la página de su Biblia, tal como Joacim cortó el rollo de Jeremías. Pero ¿de qué sirve destruir una copia cuando el original permanece en el propio plan de Dios? Está establecido allí de manera inalterable: la paga del pecado es muerte, ya sea que las personas escuchen o se nieguen a escuchar.

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