Versículo destacado

Daniel 12:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces yo, Daniel, miré y vi que había otros dos de pie: uno a este lado de la ribera del río y el otro al otro lado de la ribera del río. "

Daniel 12:5

menu_book El versículo en contexto

3 Los sabios resplandecerán como el brillo del firmamento, y los que llevan a muchos a la justicia, como las estrellas por siempre jamás.

4 Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de un lado a otro, y el conocimiento aumentará.

5 Entonces yo, Daniel, miré y vi que había otros dos de pie: uno a este lado de la ribera del río y el otro al otro lado de la ribera del río.

6 Uno le dijo al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río: «¿Cuánto falta para el fin de estas maravillas?»

7 Entonces oí al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río. Alzó la mano derecha y la izquierda hacia el cielo y juró por el que vive para siempre que sería por un tiempo, tiempos y medio tiempo; y que, cuando hubiera terminado de dispersar el poder del pueblo santo, todas estas cosas llegarían a su fin.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

A Daniel se le habían mostrado los grandes cambios que sacudirían a los reinos y a los Estados, en la medida en que afectarían al pueblo de Dios. En aquellas visiones vio tiempos difíciles para la iglesia, y lo que contempló lo afligió profundamente. Por eso, al final del libro, se plantean dos preguntas naturales: ¿Cuándo llegará el fin? y ¿cómo será ese fin? Aquí se formulan y se responden para brindar mayor consuelo, aun después del ánimo que ya se había dado en los versículos anteriores.

La pregunta «¿Cuándo llegará el fin?» la hace un ángel en Daniel 12:5-6. Primero debemos fijarnos en quién la plantea. Daniel ya había visto a Cristo en su gloria, al hombre vestido de lino (Daniel 10:5), pero había estado hablando con el ángel Gabriel. Ahora vuelve a mirar y ve a otros dos ángeles, uno de pie a cada lado del río. Están separados, no para susurrarse entre sí, sino para que todos puedan oír lo que dicen. Cristo estaba de pie sobre las aguas del río, entre sus riberas, por lo que era apropiado que sus asistentes estuvieran a ambos lados, listos para ir adonde él les ordenara.

Estos ángeles aparecieron para hacer más gloriosa la visión y añadir honor al Hijo del Hombre (Hebreos 1:6). Daniel no los había notado antes, aunque probablemente habían estado allí desde el principio. Pero cuando comenzaron a hablar, levantó la mirada y los vio. Cuanto más examinamos las cosas de Dios y vivimos atentos a ellas, más llegamos a ver. Quienes ya saben mucho, si lo aprovechan bien, aprenderán todavía más.

También aparecieron para confirmar el mensaje. Por boca de dos o tres testigos se puede establecer un asunto. Los ángeles también se habían aparecido a Abraham. Ellos mismos vienen a aprender y a hacer preguntas, porque los misterios del reino de Dios son cosas que los ángeles anhelan contemplar (1 Pedro 1:12), y que se dan a conocer a la iglesia (Efesios 3:10). Uno de aquellos dos ángeles dijo: «¿Cuánto tiempo falta?». Es posible que ambos lo preguntaran, uno después del otro, pero Daniel solo escuchó a uno.

La pregunta se dirigió al hombre vestido de lino, el Cristo del que ya hemos leído (Daniel 10:5), nuestro gran sumo sacerdote. Él estaba de pie sobre las aguas del río, y Gabriel había sido su mensajero e intérprete durante toda la visión. El río era el Hiddekel (Daniel 10:4), el mismo que el Tigris, cerca del lugar donde ocurrirían muchos de los acontecimientos anunciados; por eso la visión se sitúa allí. El Hiddekel era uno de los ríos que regaban el Edén (Génesis 2:14), y es apropiado que Cristo esté junto a ese río, porque por medio de él se riegan los árboles del paraíso de Dios. Las aguas a menudo representan a los pueblos, así que el hecho de que él esté sobre las aguas muestra su autoridad sobre todos. Él se sienta sobre el diluvio (Salmo 29:10) y camina sobre las olas del mar (Job 9:8). Para mostrar claramente que era el mismo, más tarde caminó sobre el agua durante los días de su vida terrenal (Mateo 14:25).

La pregunta era: «¿Cuánto tiempo faltará para que terminen estas maravillas?». Daniel no la hizo personalmente, porque no quería entrometerse en las cosas ocultas ni mostrar interés indebido por los tiempos y las épocas que el Padre ha establecido bajo su propia autoridad (Hechos 1:7). Sin embargo, para que pudiera escuchar la respuesta, el ángel la hizo en voz alta. Nuestro Señor Jesús a veces respondía preguntas que sus discípulos tenían demasiado miedo o vergüenza de hacer (Juan 16:19). El ángel preguntó con profunda preocupación: «¿Cuánto tiempo faltará?». ¿Cuánto tiempo pasará hasta que terminen estas maravillas, estos tiempos de sufrimiento y prueba para el pueblo de Dios?

De esto aprendemos que los sufrimientos de la iglesia son una maravilla para los ángeles. Les asombra que Dios permita que su iglesia sea afligida de esa manera, y desean saber qué bien producirá él por medio de ello. Los ángeles buenos no conocen nada del futuro excepto lo que Dios decide mostrarles, y los ángeles malos conocen todavía menos. Los santos ángeles del cielo se interesan por la iglesia en la tierra y sienten sus sufrimientos. ¡Cuánto más deberíamos interesarnos nosotros, puesto que estamos unidos a ella de una manera más estrecha y gran parte de nuestra paz depende de la paz de la iglesia!

La respuesta viene de aquel que cuenta los secretos y conoce el futuro. Los sufrimientos durarían «un tiempo, tiempos y medio tiempo», es decir, un año, dos años y medio año, como ya se había insinuado (Daniel 7:25). Se trata de la mitad de una semana profética. Algunos entienden la frase de manera más general, como un período establecido pero impreciso: un tiempo largo, aunque limitado. Comienza como «un tiempo», se extiende a «tiempos» y, sin embargo, termina siendo solo «medio tiempo». Cuando haya pasado, parecerá mucho menos terrible de lo que había parecido antes. Pero es mejor entenderlo como un período definido, ya que en Apocalipsis aparece un lenguaje semejante: a veces se habla de tres días y medio, es decir, tres años y medio; otras veces, de cuarenta y dos meses; y en otras ocasiones, de 1,260 días.

Este período establecido se confirma mediante un juramento. El hombre vestido de lino levantó ambas manos al cielo y juró por aquel que vive para siempre y por los siglos que así sucedería. En Apocalipsis, el ángel poderoso que se le mostró a Juan es descrito con un lenguaje que claramente se remonta a esta visión: está de pie con un pie sobre el mar y otro sobre la tierra, y levanta la mano al cielo para jurar que ya no habría más demora (Apocalipsis 10:5-6). La visión de Daniel muestra al mismo Ser poderoso de pie con ambos pies sobre el agua y jurando con las dos manos levantadas. Un juramento sirve para confirmar un asunto. Solo se puede jurar por Dios, porque él es el Juez legítimo a quien apelamos. Levantar la mano es una señal apropiada y significativa en un juramento solemne.

La respuesta también se explica por una razón. Dios permitirá que el enemigo continúe hasta que termine de dispersar la fuerza del pueblo santo. Le permitirá hacer lo peor y llevar las cosas hasta el límite; entonces todo esto llegará a su fin. El momento de Dios para ayudar y rescatar a su pueblo suele llegar cuando su situación se ha vuelto más desesperada. En el monte del Señor se verá que Isaac es salvado precisamente cuando parece estar a punto de ser ofrecido.

El acontecimiento correspondió a la profecía. Josefo afirma claramente en su historia de la guerra judía que Antíoco Epífanes tomó Jerusalén por la fuerza y la mantuvo bajo su control durante tres años y seis meses, y que después fue expulsado del país por los asmoneos, o macabeos.

El ministerio público de Cristo duró tres años y medio. Durante ese tiempo soportó la hostilidad de los pecadores y vivió en pobreza y vergüenza. Luego, cuando en su muerte pareció que su poder había sido quebrantado y que sus enemigos habían triunfado, obtuvo la victoria más gloriosa y declaró: «Todo está cumplido».

Daniel 12:11-12 ofrece más detalles sobre la duración de aquellos sufrimientos. Primero, el período se cuenta desde el momento en que Antíoco quitó el sacrificio diario y colocó una imagen de Júpiter sobre el altar, lo cual fue la abominación que causó desolación. Debían contar sus sufrimientos desde la pérdida del culto público, porque ese fue el verdadero comienzo de su angustia. Eso era lo que sentían con mayor intensidad.

Segundo, el sufrimiento duraría 1,290 días, aproximadamente tres años y siete meses, o quizá tres años, seis meses y quince días. Entonces, probablemente, se restauró el sacrificio diario y se retiró la abominación. En memoria de ello se celebraba la fiesta de la dedicación incluso en los días de nuestro Salvador (Juan 10:22). La historia no demuestra con claridad que el período durara exactamente esa cantidad de días, pero sí muestra que el sufrimiento comenzó en el año 145 de los seléucidas y terminó en el año 148. O bien la restauración del sacrificio y el retiro del ídolo ocurrieron exactamente esa cantidad de días después, o bien algún acontecimiento importante anterior, que no quedó registrado, marcó ese momento. En ocasiones, la Escritura establece períodos exactos en la profecía aunque no parezca existir una historia conocida que corresponda a ellos; aun así, sin duda se cumplieron con exactitud.

Tercero, su liberación, o al menos un paso más hacia ella, llegaría cuarenta y cinco días después. Algunos piensan que esto se refiere a la muerte de Antíoco, 1,335 días después de haber profanado el templo. «Dichoso el que espera y llega hasta ese momento». Se dice que los macabeos, bajo la dirección de Dios, recuperaron el templo y la ciudad (1 Macabeos 9:28; 10:1). Muchos buenos intérpretes entienden estos períodos como días proféticos, es decir, como años, y los cuentan desde la destrucción de Jerusalén por los romanos. Sin embargo, no están de acuerdo sobre los acontecimientos que esos años describen. Otros los cuentan desde la corrupción del culto del evangelio por el Anticristo, cuyo gobierno en Apocalipsis está limitado a 1,260 días, es decir, años. Al final de ese período comenzará su caída; treinta años después será completamente derribado, al llegar a los 1,290 días. Quien viva cuarenta y cinco años más, hasta llegar a los 1,335 días, verá tiempos sumamente gloriosos.

No puedo decir si esto apunta a un futuro tan lejano o no. Pero aun así podemos aprender tres cosas. Primero, las aflicciones de la iglesia tienen un final establecido, y Dios traerá la liberación en el momento exacto, hasta el día señalado. Segundo, ese momento debe esperarse con fe y paciencia. Tercero, cuando llegue, compensará con creces toda la larga espera. Dichoso el que espera y finalmente llega a ese día, porque entonces dirá: «Miren, este es nuestro Dios; en él hemos esperado».

Entonces Daniel pregunta: «¿Cuál será el final?», y recibe una respuesta. Hizo esa pregunta porque, aunque había escuchado lo que se le dijo al ángel, no lo entendía (Daniel 12:8). Daniel era un hombre muy sabio y había pasado tiempo meditando en visiones y profecías; sin embargo, seguía desconcertado. No comprendía por completo el significado de «un tiempo, tiempos y medio tiempo», al menos no con la claridad que deseaba. Hasta las mejores personas suelen quedar desconcertadas cuando intentan comprender las cosas divinas. Cuanto mejores son, más sienten su propia debilidad e ignorancia.

La pregunta de Daniel fue: «Oh, mi Señor, ¿cuál será el final de estas cosas?». No dirigió su pregunta al ángel que hablaba con él, sino a Cristo mismo, porque ¿a quién más deberíamos llevar nuestras preguntas? Quería saber cuál sería el resultado final de esos acontecimientos, hacia dónde se dirigían y en qué terminarían. Cuando miramos al mundo y a la iglesia, también podemos preguntar: «¿Cuál será el final de estas cosas?». Vemos que todo parece avanzar hacia la ruina del reino de Dios entre los seres humanos. Cuando vemos que el pecado y la impiedad se extienden, que la religión se debilita, que los justos sufren y que los malvados parecen triunfar, es natural preguntar: «Oh, mi Señor, ¿cuál será el final de estas cosas?». Sin embargo, por ahora debería bastarnos con saber que al final todo terminará bien. La verdad es grande y, a la larga, prevalecerá. Todo gobierno, autoridad y poder que se oponga a Dios será derribado, y la santidad y el amor triunfarán para siempre.

La respuesta que Daniel recibe incluye el tiempo mencionado anteriormente en Daniel 12:11-12, pero también le da instrucciones generales antes de que deje de recibir más revelaciones. Primero, debe conformarse con lo que ya se le ha mostrado y no pedir más. «Sigue tu camino, Daniel», como si se le dijera: ya se te ha permitido llegar hasta aquí en el futuro. Detente aquí. Regresa a tu trabajo, como en Daniel 8:27. Ve y escribe lo que has visto y oído para las generaciones futuras, y no anheles recibir ahora más revelación. La comunión con Dios no es un banquete constante en este mundo. A veces somos elevados para contemplar la gloria de Cristo y decir: «Qué bueno es estar aquí», pero debemos bajar de la montaña y recordar que aquí no tenemos una ciudad permanente. Los que más saben todavía conocen solo en parte y siguen viendo cuánto permanece oculto para ellos. Así será hasta que se quite el velo. Por eso se le dice a Daniel: «Sigue tu camino y confórmate con lo que tienes».

Segundo, no debe esperar comprenderlo todo hasta que la profecía se cumpla. Las palabras están cerradas y selladas. Están envueltas en cosas difíciles de ordenar, y probablemente seguirán así hasta el tiempo del fin, hasta que estos acontecimientos lleguen a su conclusión e incluso hasta el fin de todas las cosas. A Daniel ya se le había dicho que sellara el libro hasta el tiempo del fin (Daniel 12:4). Los judíos solían decir que, cuando viniera Elías, él les explicaría todo. El punto aquí es que el mensaje está establecido y completo. No se le debe añadir ni quitar nada, porque está cerrado y sellado. Por eso no debemos seguir pidiendo más. Es verdadera sabiduría estar dispuestos a permanecer ignorantes de aquello que el gran Maestro no ha querido revelar.

Mientras dure este mundo, debemos esperar ver la misma mezcla de personas buenas y malas que vemos ahora (Daniel 12:10). Anhelamos un campo donde solo haya trigo y ninguna mala hierba, o una era donde solo haya grano y ninguna paja. Pero eso no sucederá hasta el tiempo de la cosecha y el día de la separación. El trigo y la mala hierba deben crecer juntos hasta la cosecha.

Así ha sido, así es y así será. Los malvados seguirán haciendo el mal, pero los sabios comprenderán. En esto, como en otras cosas, el libro de Apocalipsis termina de la misma manera que Daniel: «Que el malo siga haciendo el mal, y que el santo siga siendo santo» (Apocalipsis 22:11). No hay remedio para el hecho de que las personas malvadas harán cosas malvadas, y permanecerán en el mundo hasta el fin de los tiempos.

El antiguo dicho era verdadero: la maldad procede de los malvados (1 Samuel 24:13). La experiencia moderna dice lo mismo. Las personas malas hacen cosas malas, y un árbol corrupto nunca produce buen fruto. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o cosas buenas de un corazón lleno de maldad? No. Las acciones malvadas brotan naturalmente de corazones y hábitos malvados. Por eso no debemos sorprendernos de ello (Eclesiastés 5:8).

Esto también es cierto de otra manera. «Ninguno de los malvados entenderá». Esto puede significar, en primer lugar, que su ceguera forma parte de su pecado. No entenderán porque se niegan a recibir la luz. Nadie está tan ciego como quien no quiere ver. Son malvados porque no quieren entender. Si realmente conocieran la verdad de Dios, obedecerían con gusto su ley (Salmos 82:5). El pecado voluntario nace de la ignorancia voluntaria. Odian la luz y no se acercan a ella porque sus obras son malas (Juan 3:19).

O puede significar, en segundo lugar, que su ceguera forma parte de su castigo. Harán el mal y, por eso, Dios los entregará a una mente ciega. De ellos dice que no entenderán ni se volverán para ser sanados (Mateo 13:14-15). Dios no les dará ojos para ver, porque ellos eligen hacer el mal (Deuteronomio 29:4).

Sin embargo, por malo que sea el mundo, Dios seguirá conservando para sí un remanente, un grupo fiel. Todavía habrá algunos, incluso muchos, para quienes las obras y la palabra de Dios serán un medio de vida. Las mismas cosas que traen muerte a otros les traerán vida a ellos. Primero, la providencia de Dios, su gobierno sabio sobre los acontecimientos, les hará bien. «Muchos serán purificados, emblanquecidos y refinados» por medio de sus aflicciones, como en Daniel 11:35. Las mismas aflicciones que vuelven peores a los malvados sacarán a la luz la corrupción que hay escondida en ellos y aumentarán su pecado.

Las aflicciones del pueblo de Dios tienen el propósito de probarlo, pero por medio de esas pruebas es purificado y emblanquecido. Su corrupción es consumida, sus virtudes brillan con mayor claridad y su fe se vuelve más fuerte y visible, de modo que produce alabanza, honra y gloria (1 Pedro 1:7). Para quienes ya han sido santificados por Dios, cada acontecimiento también es santificado, y todo obra para su bien y contribuye a hacerlos mejores.

Segundo, la palabra de Dios les hará bien. Cuando los malvados no entienden y tropiezan con la palabra, los sabios comprenderán. Los que son sabios en la práctica entenderán la sana enseñanza. A quienes viven bajo la ley y el amor de Dios se les dará luz de parte de Dios. Si alguien quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá la verdad (Juan 7:17). Enseña a una persona sabia y se hará aún más sabia.

Daniel también debe consolarse con la dulce esperanza de su propia felicidad en la muerte, en el juicio y por toda la eternidad (Daniel 12:13). Daniel ya era muy anciano y había pasado una larga vida cerca del cielo y ocupado en responsabilidades públicas en la tierra. Ahora tenía que pensar en dejar esta vida presente: «Sigue tu camino hasta el fin».

Es bueno que todos pensemos con frecuencia en dejar este mundo. Siempre estamos de camino para salir de él, y pronto tendremos que partir, como han partido todas las personas que han vivido en la tierra. Ese es el camino que se nos ha señalado. Sin embargo, este es nuestro consuelo: no partiremos hasta que Dios nos llame a otro mundo y haya terminado su obra con nosotros en este. Entonces nos dice: «Sigue tu camino. Has terminado tu testimonio, has hecho tu trabajo y has completado la labor de tu día. Ahora deja que otros ocupen tu lugar».

Cuando una persona buena deja este mundo, entra en el descanso. Descansa de todo trabajo y sufrimiento presente, y ya no verá los males que vendrán sobre la siguiente generación. Un hijo de Dios difícilmente podría decir algo más apropiado en sus últimos momentos que: «Regresa a tu descanso, alma mía».

El tiempo y los días llegarán a su fin. No solo terminarán muy pronto nuestro propio tiempo y nuestros propios días, sino que al final terminarán todos los tiempos y todos los días. Dentro de poco, el tiempo dejará de existir, y todos sus cambios habrán sido contados y completados. Nuestro descanso en la tumba durará solo hasta el fin de los días, y entonces ese descanso apacible será interrumpido con alegría por la resurrección. Job miraba hacia ese momento cuando dijo acerca de los muertos: «Hasta que los cielos dejen de existir, no despertarán», dando a entender que entonces despertarán y se levantarán (Job 14:12).

Cada uno de nosotros tendrá que ocupar su lugar al final de los días. En el juicio del gran día, recibiremos nuestra porción conforme a lo que fuimos y a lo que hicimos mientras estuvimos en el cuerpo: ya sea «Vengan, ustedes, los bendecidos», o «Apártense, ustedes, los malditos». Permaneceremos para siempre en esa condición. Para Daniel fue un consuelo, y también lo es para todos los santos, saber que, cualquiera que sea su situación en esta vida, tendrán una porción dichosa al final de los días. Tendrán su parte entre los escogidos. Por eso, nuestro mayor cuidado debe ser asegurarnos de tener una buena porción al final, cuando lleguen los últimos días. Entonces podremos estar contentos con nuestra situación presente y recibir con agrado la voluntad de Dios.

La esperanza creyente de recibir una porción bendita en la patria celestial al final de los días nos sostendrá cuando dejemos este mundo. También nos dará un consuelo vivo en los momentos de nuestra muerte.

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