Versículo destacado

Romanos 7:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Hermanos, ustedes conocen la ley y saben que la ley solo tiene poder sobre una persona mientras esa persona vive. "

Romanos 7:1

menu_book El versículo en contexto

1 Hermanos, ustedes conocen la ley y saben que la ley solo tiene poder sobre una persona mientras esa persona vive.

2 Por ejemplo, una mujer casada está ligada por la ley a su esposo mientras él vive; pero si el esposo muere, la mujer queda libre de la ley que la ligaba a él.

3 Por tanto, si ella se une a otro hombre mientras su esposo vive, comete adulterio; pero si su esposo muere, queda libre de esa ley y puede unirse a otro hombre sin cometer adulterio.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Entre los argumentos del capítulo anterior contra el pecado y a favor de la santidad estaba este: ya no estamos bajo la ley. Pablo retoma ahora ese tema y lo explica con mayor amplitud, diciendo que hemos sido liberados de la ley (Romanos 7:6). Esto nos ayuda a entender por qué el pecado no debe dominarnos y por qué debemos andar en una vida nueva.

En primer lugar, hemos sido liberados del poder de la ley para maldecirnos y condenarnos por nuestros pecados. La ley declara que quien peca morirá, pero para todos los verdaderos creyentes esa sentencia fue cancelada y revocada por la muerte de Cristo. El Señor quitó tu pecado, para que no mueras. Hemos sido redimidos de la maldición de la ley (Gálatas 3:13).

En segundo lugar, hemos sido liberados del poder de la ley para despertar el pecado que vive en nosotros. Pablo parece referirse especialmente a esto cuando habla de «las pasiones pecaminosas que eran provocadas por la ley» (Romanos 7:5). La ley, al mandar, prohibir y amenazar a personas pecadoras y caídas, pero sin darles la gracia necesaria para sanarlas o fortalecerlas, solo despertaba la corrupción. Como la luz del sol sobre un montón de estiércol, parecía sacar a la superficie la suciedad. Puesto que la caída nos dejó debilitados, la ley puede señalar el camino, pero no puede sanar nuestra debilidad; por eso tropezamos aún más.

Esto debe entenderse de la ley, no como norma de vida, sino como pacto de obras: un pacto que exige obediencia para recibir la vida. Estas verdades son razones para buscar la santidad, porque nos dan esperanza aun cuando no alcanzamos la perfección. Estamos bajo la gracia, y la gracia promete fuerza para hacer lo que Dios manda y perdón cuando nos arrepentimos de lo que hacemos mal. Este es el punto principal: en nuestra posición delante de Dios, estamos bajo el pacto de la gracia, no bajo el pacto de obras; bajo el evangelio de Cristo, no bajo la ley de Moisés.

Pablo ya explicó la diferencia entre la vida antigua y la vida nueva mediante las imágenes de resucitar a una vida nueva y servir a un nuevo amo. Aquí usa otra imagen: el matrimonio con un nuevo esposo.

Nuestro primer matrimonio era con la ley, y ese matrimonio continuaba mientras la ley tuviera autoridad sobre nosotros. La ley matrimonial obliga mientras uno de los dos vive, y después de la muerte queda terminada para ambos. Pablo se dirige a sus lectores como personas que conocen la ley (Romanos 7:1). Es útil hablar con quienes entienden estos asuntos, porque pueden captar la verdad con mayor facilidad. Muchos creyentes en Roma habían sido judíos, así que conocían bien la ley.

La ley tiene autoridad sobre una persona únicamente mientras esta vive. Esto es cierto en el matrimonio y, en general, también lo es respecto de toda ley, ya sea nacional, familiar o social. La muerte termina el servicio de un esclavo y lo libera de su amo (Job 3:19). También pone fin a la sentencia de la ley, porque con la muerte se cierra el caso. La acción termina con la persona. Las leyes más estrictas solo pueden matar el cuerpo; después de eso, ya no pueden hacer nada más.

Por tanto, mientras estábamos vivos para la ley, estábamos bajo su poder. Esa era nuestra condición antes de que el evangelio llegara al mundo y antes de que llegara con poder a nuestro corazón. Pablo usa el matrimonio para explicar esto en Romanos 7:2-3. Una mujer está ligada a su esposo mientras él vive; si se casa con otro hombre mientras el primero aún vive, es llamada adúltera. El mal no está únicamente en el acto mismo, sino también en el matrimonio, porque convierte la ordenanza de Dios en una cubierta para la impureza.

De la misma manera, estábamos casados con la ley (Romanos 7:5). Cuando vivíamos según la carne, es decir, en una condición pecaminosa y carnal, bajo el dominio de la corrupción, los deseos pecaminosos que la ley despertaba actuaban en nuestros miembros. El pecado nos arrastraba, y la ley era como un dique débil que solo hacía que la inundación subiera más y azotara con mayor fuerza. Nuestro corazón se inclinaba hacia el pecado como una esposa se inclina hacia su esposo, y el pecado nos gobernaba.

Aceptábamos el pecado, lo amábamos, nos entregábamos a él, convivíamos con él cada día y procurábamos agradarlo. Estábamos bajo una ley de pecado y muerte, así como una esposa está bajo la ley del matrimonio. El fruto de esa unión era fruto para muerte: los pecados concretos surgían de nuestra corrupción interior y merecían la muerte. El deseo pecaminoso, una vez concebido por medio de la ley, que es la fuerza del pecado (1 Corintios 15:56), da a luz el pecado; y el pecado, cuando llega a su plenitud, da a luz la muerte (Santiago 1:15). Ese es el fruto de este matrimonio con el pecado y la ley. Esto continúa durante toda la vida, mientras la ley siga viva para nosotros y nosotros sigamos vivos para la ley.

Nuestro segundo matrimonio es con Cristo. Esto sucede porque, por medio de la muerte, somos liberados de nuestra obligación con la ley como pacto, así como una esposa queda libre de su esposo cuando él muere (Romanos 7:3). La comparación no es exacta en todos sus detalles, ni tiene que serlo. Pablo no dice que la ley murió, quizá para no ofender a quienes todavía eran celosos de la ley. Dice que ustedes murieron a la ley (Romanos 7:4), lo cual conduce al mismo resultado.

Así como Cristo fue crucificado para el mundo, y el mundo para Cristo, que la ley haya muerto para nosotros y que nosotros hayamos muerto a la ley significa, en esencia, lo mismo. Hemos sido liberados de la ley (Romanos 7:6), apartados de su autoridad. Nuestro vínculo con ella como esposo queda cancelado y sin efecto. También se puede decir que la ley murió en el sentido de que ya no nos mantiene esclavizados: su poder para castigar y su poder para despertar el pecado han sido quebrantados.

Esto sucedió por medio del cuerpo de Cristo, es decir, por medio de sus sufrimientos corporales y de su cuerpo crucificado. Con su muerte, Cristo cumplió las exigencias de la ley, pagó por haberla quebrantado y abrió un pacto de gracia en el que recibimos justicia y fuerza. Esas bendiciones no podían venir por medio de la ley. Morimos a la ley mediante nuestra unión con el cuerpo místico de Cristo, es decir, con su cuerpo espiritual, la iglesia. Al unirnos a Cristo, exteriormente por el bautismo e interior y verdaderamente por la fe, morimos a la ley y dejamos de estar bajo su yugo.

Luego aparece el otro lado de la imagen: estamos casados con Cristo. El día en que creemos es el día de nuestro compromiso con el Señor Jesús.

Entramos en una vida de dependencia de Cristo y de servicio a él. Estamos casados con otro, con aquel que resucitó de entre los muertos; esta es una manera apropiada de hablar de Cristo aquí. Así como nuestra muerte al pecado y a la ley corresponde a la muerte de Cristo y a la crucifixión de su cuerpo, nuestra entrega a Cristo en una vida nueva corresponde a la resurrección de Cristo.

Estamos unidos al Jesús resucitado y exaltado, y esa es una unión sumamente honorable (comparar con 2 Corintios 11:2; Efesios 5:29). Puesto que estamos unidos a Cristo, uno de los resultados es que debemos producir fruto para Dios (Romanos 7:4). Uno de los propósitos del matrimonio es la fecundidad, y Dios estableció el matrimonio para buscar una descendencia piadosa (Malaquías 2:15). La esposa es comparada con una vid fecunda, y los hijos son llamados fruto del vientre.

Por tanto, el gran propósito de nuestro matrimonio con Cristo es producir fruto en amor, gracia y toda buena obra. Es fruto para Dios porque le agrada, sigue su voluntad y busca su gloria. Así como nuestra antigua unión con el pecado producía un fruto que llevaba a la muerte, nuestra nueva unión con Cristo produce fruto para Dios, frutos de justicia. Las buenas obras son los hijos de la nueva naturaleza, el resultado de nuestra unión con Cristo, así como el fruto de la vid procede de su unión con la raíz.

No importa lo que afirmemos o digamos de nosotros mismos: no producimos fruto para Dios hasta estar unidos a Cristo. En Cristo Jesús somos creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10). El único fruto que verdaderamente cuenta es el que se produce en Cristo. Esto es lo que distingue las buenas obras de los creyentes de las obras de los hipócritas y de quienes intentan justificarse a sí mismos. Las obras de los creyentes se producen dentro de esta unión; se hacen unidos a Cristo y en el nombre del Señor Jesús (Colosenses 3:17). Sin duda, este es uno de los grandes misterios de la piedad.

Puesto que estamos casados con un nuevo esposo, debemos cambiar nuestra manera de vivir. Todavía debemos servir, pero ahora es un servicio de verdadera libertad, mientras que el servicio al pecado era una dura esclavitud. Ahora debemos servir en la novedad del espíritu, guiados por nuevas normas espirituales y desde nuevos principios espirituales, en espíritu y en verdad (Juan 4:24). El Espíritu de Dios debe renovar nuestra vida interior, y debemos servir desde ese corazón renovado.

No debemos servir en el antiguo régimen de la letra. Es decir, no debemos conformarnos únicamente con actos externos, como los judíos carnales que se jactaban de guardar la letra de la ley, pero ignoraban la dimensión espiritual de la adoración. Se dice que la letra mata porque produce esclavitud y temor; pero hemos sido liberados de ese yugo para servir a Dios sin temor, en santidad y justicia (Lucas 1:74-75). Estamos bajo el ministerio del Espíritu, así que debemos ser espirituales y servir en el Espíritu (comparar con 2 Corintios 3:3, 6 y los versículos siguientes). Es apropiado que adoremos dentro del velo y ya no en el atrio exterior.

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