Versículo destacado
Santiago 4:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Hermanos, no hablen mal unos de otros. El que habla mal de su hermano o lo juzga habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas a la ley, te haces juez de ella en vez de obedecerla. "
Santiago 4:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 ¡Aflíjanse, lloren y laméntense! ¡Que su risa se convierta en lágrimas y su alegría en tristeza!
10 Humíllense delante del Señor, y él los enaltecerá.
11 Hermanos, no hablen mal unos de otros. El que habla mal de su hermano o lo juzga habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas a la ley, te haces juez de ella en vez de obedecerla.
12 Solo hay uno que ha dado la ley y que al mismo tiempo es Juez, y es aquel que puede salvar o condenar. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?
13 Ahora oigan esto, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, y allí pasaremos un año haciendo negocios y ganando dinero»,
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En esta parte del capítulo, Santiago advierte contra el pecado de hablar mal de los demás: «No hablen mal unos de otros, hermanos» (Santiago 4:11). La palabra griega se refiere a hablar de una manera que lastima o perjudica a otra persona. No debemos decir cosas dañinas sobre los demás, aunque sean ciertas, a menos que exista una verdadera necesidad y una razón adecuada. Mucho menos debemos difundir rumores falsos o repetir cosas que solo creemos que podrían ser falsas. Nuestras palabras deben estar guiadas tanto por la bondad como por la verdad y la justicia.
Salomón dice que la mujer virtuosa «abre su boca con sabiduría, y la ley de la bondad está en su lengua» (Proverbios 31:26). Eso también debería caracterizar a todo verdadero cristiano. Santiago presenta varias razones para esta advertencia. Primero, los cristianos son hermanos y hermanas, así que no deben dañar la reputación unos de otros. Si no podemos hablar bien de un hermano o una hermana, es mejor guardar silencio que hablar mal.
No debemos disfrutar de dar a conocer las faltas de otras personas, especialmente cuando son asuntos privados. Tampoco debemos hacer que las faltas pequeñas parezcan más graves de lo que son, y mucho menos inventar historias sobre personas inocentes. Hacer esto solo contribuye a que el mundo odie y persiga más a los creyentes. Los cristianos pertenecen a una misma causa, así que no deben debilitarse unos a otros con palabras imprudentes. Como dice Santiago, debemos recordar que somos hermanos.
Segundo, hablar mal de un hermano también es hablar contra la ley. «El que habla mal de su hermano y juzga a su hermano habla mal de la ley y juzga la ley» (Santiago 4:11). La ley de Moisés dice: «No andarás chismeando entre tu pueblo» (Levítico 19:16). La ley de Cristo dice: «No juzguen, para que no sean juzgados» (Mateo 7:1). Ambas leyes enseñan lo mismo: que las personas deben amarse unas a otras. Por eso, una lengua difamadora en realidad condena la ley de Dios y el mandamiento de Cristo cuando habla contra el prójimo.
Los lectores de Santiago eran especialmente propensos a hablar con dureza porque tenían diferencias sobre asuntos que no eran esenciales, como la comida y los días (Romanos 14). El punto de Santiago es que, si alguien juzga a un hermano por algo que Dios ha dejado sin resolver, en realidad está juzgando la ley misma. Es como si pensara que Dios hizo mal al dejar ese asunto abierto. Debemos tener cuidado de no juzgar la ley, porque «la ley del Señor es perfecta». Si alguien realmente quebranta la ley, debemos dejar ese juicio en manos de Dios. Si no la quebranta, no debemos juzgarlo.
Este es un pecado grave porque olvida cuál es nuestro lugar. Debemos ser cumplidores de la ley, no jueces sobre ella. Quien peca de esta manera no actúa como un siervo sometido a la ley, sino como un juez que está por encima de ella. Ha ocupado un lugar que no le corresponde, y ese orgullo terminará trayendo problemas. Quienes se apresuran más a juzgar la ley suelen ser los que menos la obedecen.
Tercero, Dios se ha reservado para sí el juicio final de las personas: «Hay un solo Legislador, que puede salvar y destruir. ¿Quién eres tú para juzgar a tu prójimo?» (Santiago 4:12). Esto no significa que los gobernantes y los gobiernos no puedan hacer leyes, ni que las personas puedan ignorar las leyes humanas. Significa que Dios es el Legislador supremo. Solo él tiene autoridad sobre la conciencia, y solo a él se le debe obedecer absolutamente.
Nadie puede cuestionar su derecho a establecer leyes, porque también tiene el poder de hacerlas cumplir. Él puede salvar y destruir de una manera que nadie más puede hacerlo. Puede recompensar plenamente a quienes lo obedecen y castigar a todos los que se niegan a hacerlo. Puede salvar el alma y hacerla feliz para siempre, o puede arrojarla al infierno después de la muerte. Por eso debemos temerle y obedecerle como al gran Legislador, y dejar el juicio en sus manos.
Puesto que hay un solo Legislador, ninguna persona ni grupo debe atribuirse el derecho de atar la conciencia de los demás con reglas propias. Así como Santiago ha advertido contra querer ser muchos maestros, ahora advierte contra querer ser muchos jueces. No debemos imponer reglas severas a nuestros hermanos y hermanas ni condenarlos. La ley de Dios es suficiente para todos, así que no debemos presentar nuestras propias opiniones como si fueran obligatorias para todos. «Hay un solo Legislador».
Santiago pasa entonces a otro peligro: la confianza presuntuosa en el futuro y la planificación descuidada, como si la vida fuera segura. Dice: «Ahora bien», una manera antigua de hablar que buscaba llamar la atención. Es como si dijera: «Deténganse y piensen en esto». Se dirige a personas que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, estaremos allí un año, haremos negocios y ganaremos dinero» (Santiago 4:13). Quiere que se detengan a considerar sus palabras y sus planes.
Reflexionar con cuidado sobre lo que decimos y hacemos nos mostraría muchos pecados en los que caemos sin darnos cuenta. En aquel tiempo había personas que hablaban como muchos lo hacen hoy: hacían planes de negocios y de éxito sin tomar en cuenta la providencia de Dios. Las personas mundanas suelen permitir que las metas terrenales ocupen todos sus pensamientos. Por eso debemos cuidarnos de aferrarnos demasiado a cualquier cosa de este mundo.
Santiago también muestra hasta qué punto la felicidad de las personas se construye sobre las promesas que se hacen a sí mismas por adelantado. Sus mentes están llenas de esperanzas brillantes acerca de lo que harán, llegarán a ser y disfrutarán más adelante. Sin embargo, no pueden estar seguras ni siquiera del tiempo, mucho menos de las cosas que imaginan para sí mismas. Por eso es insensato esperar algo bueno del futuro sin el cuidado y la dirección de Dios.
Santiago pasa de reprender su actitud equivocada a corregir su manera de pensar y de vivir. Esas personas hacían planes como si pudieran contar con llegar a una ciudad como Antioquía, Damasco o Alejandría, importantes centros comerciales de aquella época. Pero ¿cómo podían saber siquiera si llegarían allí? Cualquier cosa podía detener el viaje, obligarlos a tomar otra ruta o acabar con su vida en el camino.
Aunque llegaran a la ciudad que tenían planeada, todavía no podían estar seguros de que permanecerían allí. Algo podía obligarlos a irse antes de lo esperado. Y aun si se quedaban todo el tiempo que pensaban, podían fracasar en los negocios. Podían enfermarse, no encontrar a los compradores o vendedores que esperaban, o incluso perder dinero en vez de ganarlo.
Todo esto muestra cuán frágil, breve e incierta es la vida. Eso debería frenar el orgullo de quienes hacen planes atrevidos para el futuro. Santiago dice: «¿Qué es su vida?». Es solo una neblina que aparece por un poco de tiempo y luego desaparece (Santiago 4:14). Dios, en su sabiduría, nos ha mantenido en la incertidumbre acerca de los acontecimientos futuros e incluso acerca de cuánto tiempo viviremos.
Sabemos lo que pensamos hacer mañana, pero muchas cosas pueden impedirlo. Ni siquiera estamos seguros de la vida misma, porque es como un vapor: se puede ver por un momento, pero no se puede retener. Podemos calcular con exactitud la hora en que sale y se pone el sol, pero no podemos fijar el momento en que desaparecerá una neblina. Así es nuestra vida en este mundo: dura solo un poco de tiempo y después desaparece. Puesto que esta vida es tan incierta, debemos prepararnos para la vida venidera.
También se nos enseña a mantener constantemente presente que nuestra vida y todas nuestras acciones dependen de la voluntad de Dios. «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Santiago 4:15). Santiago acaba de corregirlos y ahora les muestra una mejor manera de vivir. Debemos decir esto en nuestro corazón en todo momento y expresarlo con la boca cuando sea apropiado, especialmente en la oración. Debemos decirlo con sinceridad, no repetirlo como una fórmula, sino hablar con reverencia y seriedad.
Es bueno decirlo al hablar con otras personas, pero es necesario recordárnoslo a nosotros mismos en todo lo que hacemos. Los griegos incluso usaban expresiones como «con el permiso y la bendición de Dios» al comenzar su trabajo. Primero debemos recordar que nuestros tiempos no están en nuestras manos, sino en las manos de Dios. Vivimos todo el tiempo que él determina y bajo las condiciones que él establece, así que debemos estar dispuestos a someternos a él incluso en lo que se refiere a nuestra propia vida.
Segundo, si el Señor quiere, haremos esto o aquello. Todos nuestros planes y acciones están bajo el control del cielo. Podemos tener la mente llena de preocupaciones y planes, y decidir hacer esto o aquello por nosotros mismos, por nuestra familia o por nuestros amigos. Sin embargo, la providencia —es decir, el gobierno sabio de Dios sobre los acontecimientos— puede frustrar nuestros planes y desbaratar nuestros proyectos. Por eso, tanto nuestros planes como nuestras acciones deben entregarse por completo a Dios.
También se nos advierte que evitemos las jactancias vacías, porque no solo son débiles, sino pecaminosas. «Se jactan en su arrogancia. Toda jactancia de esa clase es mala» (Santiago 4:16). Estas personas daban por sentados la vida, el éxito y las grandes cosas de este mundo sin tener la debida consideración por Dios. Luego presumían de lo que pensaban hacer. Así suelen actuar las personas mundanas: se jactan de sus éxitos y, muchas veces, hasta de sus planes antes de saber si tendrán éxito.
Qué común es que las personas se jacten de cosas que no tienen derecho a reclamar, aparte de su propio orgullo y confianza en sí mismas. Santiago dice que semejante jactancia es mala, porque es insensata y dañina. Es un gran pecado a los ojos de Dios, trae decepción a la persona y, al final, conduce a la destrucción. Pero si nos alegramos en Dios, porque nuestros tiempos están en sus manos, todos los acontecimientos están bajo su gobierno y él es nuestro Dios del pacto, entonces esa alegría es buena. En ese caso, la sabiduría, el poder y el cuidado de Dios obran para nuestro bien.
Finalmente, Santiago enseña que, en toda nuestra conducta, debemos vivir de acuerdo con lo que sabemos que es correcto. Ya sea que tratemos con Dios o con otras personas, no debemos actuar en contra de nuestra propia conciencia. «El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, comete pecado» (Santiago 4:17). Esta es una culpa mayor: es pecado con un peso adicional, porque la persona peca contra un conocimiento claro y contra su propia conciencia.
Esto encaja justo después del mandato de decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello». Algunos podrían decir: «Eso es obvio. Todos saben que dependemos del Dios todopoderoso para tener vida, aliento y todo lo demás». Pero si lo sabes y aun así actúas como si no lo supieras, tu culpa es mayor. Saber lo correcto y no hacerlo es pecado, y un pecado serio.
Las omisiones también son pecados, no solo los actos evidentes de maldad. La persona que no hace el bien que sabe que debe hacer será juzgada, igual que la persona que hace el mal que sabe que no debe hacer. Por eso debemos asegurarnos de que nuestra conciencia esté bien instruida y luego obedecerla con fidelidad y constancia. Si nuestro corazón no nos condena, tenemos confianza delante de Dios; pero si decimos: «Vemos», y no vivimos de acuerdo con ello, nuestro pecado permanece (Juan 9:41).
De este capítulo
Santiago 4:1
"¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre ustedes? Vienen de los malos deseos que siempre están luchando en su interior."
Santiago 4:2
"Ustedes quieren algo y no lo obtienen; matan, sienten envidia de alguna cosa y, como no pueden conseguirla, luchan y se hacen la guerra. No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios;"
Santiago 4:3
"y, si se lo piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres."
Santiago 4:4
"¡Oh, gente infiel! ¿No saben ustedes que ser amigos del mundo es ser enemigos de Dios? Cualquiera que decide ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios."
Santiago 4:5
"Por algo dice la Escritura: «Dios ama celosamente el espíritu que ha puesto dentro de nosotros»."
Santiago 4:6
"Pero Dios nos ayuda aún más con su bondad, pues la Escritura dice: «Dios se opone a los orgullosos, pero trata con bondad a los humildes»."
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