Versículo destacado
Santiago 4:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" ¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre ustedes? Vienen de los malos deseos que siempre están luchando en su interior. "
Santiago 4:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 ¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre ustedes? Vienen de los malos deseos que siempre están luchando en su interior.
2 Ustedes quieren algo y no lo obtienen; matan, sienten envidia de alguna cosa y, como no pueden conseguirla, luchan y se hacen la guerra. No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios;
3 y, si se lo piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres.
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El capítulo anterior habló de la envidia como una fuente importante de pleitos y contiendas. Aquí Santiago señala otro problema de raíz: un fuerte deseo por las cosas del mundo y una valoración excesiva de sus placeres y amistades. Ese deseo llevó sus divisiones a un nivel vergonzoso.
Primero, Santiago reprende a los cristianos judíos por sus guerras y por los deseos que las provocaban: «¿De dónde vienen las guerras y las luchas entre ustedes? ¿No vienen de sus deseos, que combaten en sus miembros?» (Santiago 4:1). Los judíos solían rebelarse y tuvieron muchos enfrentamientos con los romanos. También eran un pueblo conflictivo y dividido, que con frecuencia peleaba entre sí. Parece que algunos de estos cristianos equivocados se habían unido a esas disputas comunes.
Santiago les dice que la verdadera fuente de sus guerras no era, como afirmaban, un celo sincero por su país o por el honor de Dios. Detrás de todo estaban sus deseos dominantes. Lo que las personas ocultan bajo un celo por Dios y por la religión que suena noble muchas veces proviene del orgullo, la ira, la avaricia, la ambición y la venganza. Los judíos tuvieron muchos conflictos con el dominio romano antes de su destrucción final. A menudo se acarreaban problemas a sí mismos y luego se dividían en grupos sobre la manera de combatir a sus enemigos comunes. Aunque su causa pudiera parecer correcta, sus acciones nacían de un corazón malo.
Sus deseos carnales impulsaban y organizaban sus guerras y contiendas. Pero eso debería bastar para humillar esos deseos. Ellos producen guerra en el interior, además de pleitos en el exterior. Las pasiones y los deseos fuertes primero luchan dentro de la persona y luego provocan conflictos en la nación. Hay guerra entre la conciencia y la corrupción, y también entre un deseo pecaminoso y otro. De esas luchas interiores surgieron sus disputas externas.
Lo mismo ocurre en la vida privada. ¿Acaso las peleas entre familiares y vecinos no provienen de los deseos que luchan dentro del corazón? El deseo de poder, placer o riquezas —o de las tres cosas— está detrás de los conflictos y las contiendas del mundo. Puesto que todas las guerras y peleas provienen de la corrupción de nuestro propio corazón, la manera correcta de acabar con las contiendas es cortar el problema de raíz y dar muerte a los deseos pecaminosos.
También debería bastar para matar esos deseos recordar lo decepcionantes que son: «Ustedes desean y no tienen, por eso matan. Codician y no pueden obtener» (Santiago 4:2). Quieren grandes cosas para ustedes mismos y creen que las conseguirán derrotando a los romanos o aplastando un grupo tras otro entre ustedes. Esperan alcanzar gran placer y felicidad eliminando todo lo que se interponga en el camino de sus deseos. Pero cuando se matan unos a otros por esas metas, solo desperdician su esfuerzo y su sangre.
Los deseos fuertes y sin control terminan completamente decepcionados, o nunca quedan satisfechos, aun cuando obtienen lo que quieren. La expresión que aquí se traduce «no pueden obtener» significa que no logran alcanzar la felicidad que persiguen. Los deseos mundanos y carnales son una enfermedad que impide que la mente encuentre contentamiento.
Los deseos y sentimientos pecaminosos también impiden que las personas oren y que dirijan sus deseos hacia Dios. «No tienen porque no piden» (Santiago 4:2). Pelean y no tienen éxito porque no oran. No le preguntan a Dios qué permite ni ponen su camino en sus manos. En vez de eso, siguen sus propias ideas y deseos corruptos, y por eso siguen encontrándose con la decepción. O, si oran, sus deseos corrompen sus oraciones y hacen que sean ofensivas para Dios.
«Piden y no reciben, porque piden mal, para gastar lo recibido en sus propios deseos» (Santiago 4:3). Tal vez oran por éxito contra sus enemigos, pero su verdadero objetivo no es usar ese éxito para una verdadera piedad. Lo que quieren servir mediante sus victorias e incluso mediante sus oraciones es el orgullo, la vanidad, el lujo y una vida sensual. Quieren poder, abundancia y una vida cómoda para satisfacer sus deseos egoístas. Esa clase de oración deshonra a Dios, por lo que él la rechaza.
Debemos aprender de esto a mantener propósitos correctos en todo nuestro trabajo relacionado con las cosas de este mundo y en nuestras oraciones por éxito. Una persona puede dedicarse al comercio o a la agricultura, pedirle a Dios prosperidad y, aun así, no recibirla porque su petición está mal orientada. Pide éxito en su trabajo, no para honrar a su Padre celestial y hacer el bien con lo que tiene, sino para gastarlo en sus propios deseos. Quiere mejor comida, mejores bebidas y mejor ropa para alimentar el orgullo, la vanidad y el placer.
Si buscamos las cosas del mundo con fines egoístas, Dios tiene razón al negárnoslas. Pero si buscamos algo para servirle con ello, podemos esperar que él nos lo dé, o que nos conceda contentamiento sin eso y nos abra otra manera de servirlo y glorificarlo.
Cuando nuestras oraciones no reciben respuesta, debemos recordar que es porque pedimos mal. Puede ser que no pidamos por las razones correctas o que no pidamos de la manera correcta, quizá sin fe o sin sinceridad. Los deseos fríos e incrédulos piden cosas que deben ser rechazadas. Y cuando nuestras oraciones suenan más como nuestros deseos pecaminosos que como nuestras virtudes, regresarán vacías.
Ahora Santiago da una fuerte advertencia contra la amistad pecaminosa con el mundo: «¡Adúlteros! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?» (Santiago 4:4). A las personas mundanas se les llama adúlteros y adúlteras porque son infieles a Dios y entregan al mundo su amor más profundo. En otros pasajes, la avaricia es llamada idolatría; aquí es llamada adulterio. Esto significa apartarse de aquel a quien pertenecemos y aferrarnos a otras cosas. Tener la mente puesta en el mundo es presentado como hostilidad contra Dios.
Una persona puede tener una porción justa de las cosas buenas de esta vida y aun así permanecer en el amor de Dios. Pero quien pone su corazón en el mundo, encuentra en él su felicidad y está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de no perder su amistad, es enemigo de Dios. Poner al mundo en el trono de Dios dentro de nuestro corazón es una forma de rebelión contra él. Por lo tanto, quien es amigo del mundo es enemigo de Dios.
Quien siga ese camino, buscando la aprobación del mundo y una amistad constante con él, demostrará ser enemigo de Dios en su corazón y en su vida. No se puede servir a Dios y al dinero (Mateo 6:24). Por eso las guerras y los pleitos crecen a partir de este amor pecaminoso por el mundo y sus caminos. ¿Cómo puede haber paz entre las personas mientras están en guerra con Dios? ¿Quién puede luchar contra Dios y tener éxito?
Piensen detenidamente en el espíritu del mundo y verán que no pueden encajar en él como verdaderos amigos. Los impulsará hacia la envidia y los malos deseos, tal como lo hace con la mayoría de las personas en el mundo. La Escritura no habla en vano cuando dice: «El espíritu que él ha hecho habitar en nosotros nos lleva a la envidia» (Santiago 4:5). El retrato bíblico del corazón humano por naturaleza es claro: todo pensamiento es malo, solamente malo, todo el tiempo (Génesis 6:5).
Esta corrupción natural se manifiesta especialmente en la envidia, y esa inclinación siempre está presente. El espíritu que habita en el ser humano sigue produciendo un deseo malo tras otro. Se compara constantemente con los demás y quiere lo que ellos tienen. Por eso, el amor del mundo por la apariencia y el placer, junto con sus peleas y contiendas por esas cosas, es el resultado seguro de ser amigo del mundo.
La amistad requiere deseos compartidos y un espíritu común. Por eso los cristianos, si quieren evitar los conflictos, deben evitar la amistad con el mundo. Deben demostrar que los guía un camino mejor y que vive en ellos un espíritu más noble. Si pertenecemos a Dios, él nos da más gracia para que no vivamos como el resto del mundo.
El espíritu del mundo enseña a las personas a ser egoístas y tacañas. Dios les enseña a ser generosas. El espíritu del mundo nos dice que gastemos en nosotros mismos y de acuerdo con nuestros propios deseos. Dios nos enseña a compartir con quienes tienen necesidad, a preocuparnos por el bienestar de los demás y a hacer el bien a todos los que podamos. La gracia de Dios es lo opuesto al espíritu del mundo. Por eso, si afirmamos ser amigos de Dios, debemos evitar la amistad con el mundo. Donde Dios da gracia, da un espíritu diferente al del mundo, y esa gracia corrige y sana nuestra corrupción natural.
Aquí también aprendemos la diferencia que Dios establece entre el orgullo y la humildad: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes» (Santiago 4:6). La Escritura dice lo mismo en el Antiguo Testamento. Los Salmos dicen que Dios salvará al pueblo afligido, si su corazón corresponde a su condición humilde, pero humillará a los de mirada altiva (Salmo 18:27). Proverbios dice que él se burla de los burladores, pero da gracia a los humildes (Proverbios 3:34).
Aquí sobresalen dos cosas. La primera es la vergüenza que recae sobre los orgullosos: Dios se opone a ellos. Esta expresión significa que Dios se pone en su contra como un ejército en batalla. ¿Qué mayor vergüenza podría haber que Dios declare a una persona rebelde, enemiga y traidora de su gobierno y de su honor, y luego actúe contra ella como tal? La persona orgullosa se opone a Dios en su mente, en su voluntad y en sus pasiones. Se resiste a la verdad de Dios, a sus mandamientos y a su providencia; por eso no sorprende que Dios se oponga a los orgullosos. Que los orgullosos escuchen esto y tiemblen: Dios se les opone. Nadie puede describir por completo la miseria de quienes hacen de Dios su enemigo. Tarde o temprano, él llenará de vergüenza el rostro de quienes han llenado de orgullo su corazón. Por eso debemos luchar contra el orgullo en nuestro propio corazón, si no queremos que Dios se oponga a nosotros.
La segunda es el honor y la ayuda que Dios concede a los humildes. La gracia, como lo opuesto a la desgracia, es honor, y Dios les da ese honor a los humildes. Cuando Dios concede la gracia que hace humilde a una persona, también le dará otras gracias y, como dice el versículo, más gracia. Dondequiera que Dios concede una gracia verdadera, dará más, porque quien tiene algo y lo usa bien recibirá más. Dios da especialmente más gracia a los humildes porque ellos conocen su necesidad, oran por ella y están agradecidos por recibirla. Esas personas la recibirán.
Por esa razón, se nos dice que nos sometamos por completo a Dios: «Sométanse, pues, a Dios; resistan al diablo, y él huirá de ustedes» (Santiago 4:7). Los cristianos deben dejar atrás la amistad con el mundo. Deben cuidarse de la envidia y el orgullo que se ven en las personas en su estado natural y, por la gracia de Dios, aprender a gozarse en obedecerlo. Sométanse a él como los súbditos a su rey, por deber, y como los amigos a un amigo, por amor y por compartir sus intereses. Someta su entendimiento a la verdad de Dios. Someta su voluntad a la voluntad de Dios, tanto a sus mandamientos como a su providencia.
Somos súbditos, así que debemos estar dispuestos a someternos, no solo por temor, sino también por amor; no solo por causa del castigo, sino también por conciencia. Sométase a Dios recordando cuánto le debe y reconociendo el bien que resulta de hacerlo. Dios no le hará daño por gobernar sobre usted. Él hará lo que es bueno para usted.
Como el diablo trabaja intensamente para impedir esta clase de sometimiento, debemos resistir con cuidado y firmeza sus sugerencias. Si trata de hacernos pensar que ceder tranquilamente a la voluntad y la providencia de Dios solo traerá problemas, vergüenza y sufrimiento, debemos resistir ese temor. Si intenta hacer que someternos a Dios parezca una pérdida de comodidad o de éxito en este mundo, debemos resistir su orgullo y su pereza. Si nos tienta a culpar a la providencia de Dios por nuestros problemas, cargas y sufrimientos, para que sigamos sus consejos en vez de los de Dios, debemos resistir esos impulsos de enojo y no pecar al angustiarnos ni al quejarnos. No permitan que el diablo gane en estos ataques. Resístanlo, y él huirá de ustedes. Si cedemos de manera vergonzosa, seguirá acosándonos. Pero si nos ponemos toda la armadura de Dios y permanecemos firmes contra él, se alejará. Una determinación firme cierra y asegura la puerta contra la tentación.
Después se nos muestra cómo debemos actuar hacia Dios al someternos a él: «Acérquense a Dios» (Santiago 4:8-10). El corazón que se ha rebelado debe volver a los pies de Dios. El espíritu que se ha alejado de una vida de comunión con Dios debe llegar a conocerlo. Acérquense a Dios en la adoración, por medio de los caminos que él ha establecido y en cada deber que les pide.
«Límpiense las manos». Quien se acerca a Dios debe tener las manos limpias.
Por eso Pablo les dice a los creyentes que levanten manos santas, sin enojo ni dudas (1 Timoteo 2:8). Esas manos deben estar libres de sangre, sobornos y toda clase de injusticia o crueldad; libres también de toda mancha de pecado. Nadie está verdaderamente bajo el gobierno de Dios si permanece esclavo del pecado. Las manos deben ser limpiadas por medio de la fe, el arrepentimiento y una conducta transformada; de lo contrario, es inútil acercarse a Dios en oración o en cualquier otra forma de adoración.
También deben ser purificados los corazones de los que tienen una mente dividida. Con «mente dividida», Santiago se refiere a quienes vacilan entre Dios y el mundo. Purificar el corazón significa ser sincero, tener un solo objetivo claro: agradar a Dios en vez de perseguir las cosas de este mundo. La hipocresía es impureza del corazón, pero quienes verdaderamente se someten a Dios limpiarán tanto su corazón como sus manos.
«Aflíjanse, laméntense y lloren». Reciban las dificultades que Dios envía tal como él quiere que las reciban, y siéntanlas profundamente. Laméntense cuando llegue el sufrimiento y no lo traten con ligereza. Laméntense también por sus propios pecados y por los pecados de los demás. Los tiempos de pleitos y división son tiempos de lamento, y deben lamentarse los pecados que conducen a las guerras y las luchas.
«Conviertan su risa en lamento y su alegría en tristeza». Esto puede entenderse como una advertencia de un dolor que vendrá o como un llamado a un arrepentimiento serio. Las personas pueden actuar como si el dolor nunca pudiera alcanzarlas, pero Dios puede traerlo sobre ellas. Nadie se ríe con tanta confianza que esa risa no pueda convertirse en lamento. Santiago advirtió a esos cristianos despreocupados que esto podía sucederles. Por eso, antes de que las cosas empeoraran, debían dejar a un lado la felicidad vacía y los placeres del cuerpo, y dedicarse al dolor piadoso y a las lágrimas de arrepentimiento.
«Humíllense delante del Señor». Su actitud interior debe corresponder a las expresiones externas de aflicción, tristeza y arrepentimiento que se acaban de describir. Dios mira especialmente el espíritu, por eso exige humildad de corazón. Debe haber una humillación verdadera al confesar lo malo y una humildad genuina al hacer lo bueno.
También tenemos un gran estímulo para actuar así delante de Dios. Él se acercará a quienes se acercan a él (Santiago 4:8) y levantará a quienes se humillan delante de él (Santiago 4:10). Quienes se acercan a Dios en el cumplimiento de su deber descubrirán que él se acerca a ellos con misericordia. Acérquense a él con fe, confianza y obediencia, y él se acercará a ustedes para rescatarlos. Si no existe una comunión cercana entre Dios y nosotros, la culpa es nuestra, no de él.
Él levantará a los humildes. Nuestro Señor dijo lo mismo: «El que se humilla será exaltado» (Mateo 23:12). Si verdaderamente lamentamos el pecado y nos humillamos bajo el desagrado de Dios, pronto conoceremos el beneficio de su favor. Puede levantarnos de los problemas o levantar nuestro ánimo y consolarnos mientras aún estamos en medio de ellos. Puede levantarnos a una posición de honor y seguridad en este mundo, o levantarnos en el camino al cielo, elevando nuestro corazón por encima del mundo. Dios reaviva el espíritu de los humildes (Isaías 57:15), escucha el deseo de los humildes (Salmo 10:17) y, al final, los levantará a la gloria. Antes del honor viene la humildad. El honor más grande en el cielo será la recompensa de la humildad más profunda en la tierra.
De este capítulo
Santiago 4:2
"Ustedes quieren algo y no lo obtienen; matan, sienten envidia de alguna cosa y, como no pueden conseguirla, luchan y se hacen la guerra. No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios;"
Santiago 4:3
"y, si se lo piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres."
Santiago 4:4
"¡Oh, gente infiel! ¿No saben ustedes que ser amigos del mundo es ser enemigos de Dios? Cualquiera que decide ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios."
Santiago 4:5
"Por algo dice la Escritura: «Dios ama celosamente el espíritu que ha puesto dentro de nosotros»."
Santiago 4:6
"Pero Dios nos ayuda aún más con su bondad, pues la Escritura dice: «Dios se opone a los orgullosos, pero trata con bondad a los humildes»."
Santiago 4:7
"Sométanse, pues, a Dios. Resistan al diablo, y este huirá de ustedes."
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