Versículo destacado

Romanos 11:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ahora pregunto: ¿Acaso Dios ha rechazado a su pueblo? ¡Claro que no! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abraham y de la tribu de Benjamín. "

Romanos 11:1

menu_book El versículo en contexto

1 Ahora pregunto: ¿Acaso Dios ha rechazado a su pueblo? ¡Claro que no! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abraham y de la tribu de Benjamín.

2 Desde el principio, Dios había reconocido a los israelitas como su pueblo, y ahora no los ha rechazado. ¿No saben ustedes lo que dice la Escritura en la historia del profeta Elías, cuando este, en su oración a Dios, acusó al pueblo de Israel? Dijo:

3 «Señor, han matado a tus profetas y han destruido tus altares; solo yo he quedado con vida, y también a mí me quieren matar».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol plantea una objeción razonable acerca de la manera en que Dios trata a la nación judía en Romanos 11:1: ¿Ha rechazado Dios a su pueblo? ¿Ha sido total y definitiva esa exclusión? ¿Han quedado todos entregados para siempre a la ira y la ruina? ¿Ha dejado Dios de tener un pueblo especial para sí? Como respuesta, Pablo muestra que incluso en este juicio que parece tan severo siguen actuando la misericordia y la bondad de Dios. Destaca tres cosas: algunos judíos fueron rechazados, pero no todos; los gentiles fueron incorporados; y, en el tiempo de Dios, los judíos serían incorporados nuevamente a la iglesia.

El primer punto es que los judíos fueron rechazados en parte, pero no todos. Pablo responde a esa idea con un firme: «¡De ninguna manera!». No permite semejante pensamiento. Dios ya había hecho una distinción entre ellos, y esa distinción se basaba en su propia elección. Había un remanente escogido de judíos creyentes que recibieron justicia y vida por medio de la fe en Jesucristo, como explica Romanos 11:1-7. Se les llama los escogidos, es decir, el pueblo que Dios eligió según su propósito amoroso desde antes de la fundación del mundo.

Pablo muestra que él mismo formaba parte de ese remanente. Dice: «Yo soy israelita», como si dijera: «Si todos los judíos hubieran sido rechazados, yo también estaría rechazándome a mí mismo». Pablo era siervo escogido por Dios (Hechos 9:15), pero también pertenecía a la familia de Abraham y a la tribu de Benjamín, una de las tribus más pequeñas de Israel. También señala que, igual que en los días de Elías, ese remanente escogido era más grande de lo que muchos podrían imaginar al principio. Esto demuestra que no es algo nuevo que el favor salvador de Dios se limite a un remanente dentro de Israel.

Las Escrituras hablan de esto en la historia de Elías, el gran reformador del Antiguo Testamento. Elías llegó a una conclusión equivocada acerca de Israel, pues pensaba que la condición infiel de la nación en tiempos de Acab se había extendido tanto que él era el único que permanecía fiel. Pablo se refiere a 1 Reyes 19:14, donde Elías habla con Dios contra Israel. Era una clase extraña de oración, una súplica que trataba a Israel como si ya estuviera listo para el juicio. Elías dijo que los gobernantes habían matado a los profetas de Dios, habían derribado sus altares y estaban tratando de quitarle la vida. Los fieles habían sido desplazados mientras los idólatras parecían llenar la tierra. En una época así, aun las personas buenas y sabias podían pensar que la causa de la verdadera religión estaba perdida.

Dios corrigió el error de Elías con esta respuesta: había reservado para sí un remanente (Romanos 11:4). Primero, debemos aprender que la iglesia suele estar en mejores condiciones de lo que temen las personas sabias y piadosas. Cuando no todo está perdido, quizá estén dispuestas a abandonar la esperanza demasiado pronto. Segundo, cuando muchas personas se apartan de Dios, por lo general todavía queda un remanente que permanece fiel, aunque sea pequeño. Tercero, ese remanente fiel existe porque Dios lo sostiene. Si lo dejara a su suerte, también seguiría a la multitud. Es la gracia libre y poderosa de Dios la que hace la diferencia.

Los siete mil de los días de Elías eran un número adecuado para hacer frente a la idolatría de Israel, aunque eran muy pocos en comparación con los muchos miles que había en la nación. Eran como las pocas uvas que quedan después de la cosecha. El rebaño de Cristo es pequeño, pero al final se convertirá en una multitud enorme e incontable (Apocalipsis 7:9). Estos fieles no habían doblado la rodilla ante Baal, el dios falso al que entonces se honraba en toda la tierra. En los palacios, las ciudades y el campo, Baal tenía la ventaja, y la mayoría de la gente le rendía respeto de una u otra manera. La mejor prueba de la verdadera fe es rechazar las prácticas corruptas que son comunes en la época y el lugar donde uno vive, aun cuando la corriente avance con fuerza en la dirección contraria. Es digno de alabanza que una persona no se incline ante Baal solo porque todos los demás lo hacen. Una diferencia honesta y constante frente a la multitud suele ser una señal de verdadera sinceridad.

Luego Pablo aplica esto al presente: «Así también aun en este tiempo» (Romanos 11:5-7). Dios todavía trata con su iglesia de la misma manera en que siempre lo ha hecho. Como fue entonces, así es ahora. Si hubo un remanente bajo el Antiguo Testamento, cuando la gracia se manifestaba con menos claridad y el Espíritu se derramaba de manera menos plena, hay todavía más razón para esperar un remanente bajo el evangelio, cuando la gracia salvadora de Dios resplandece con mayor claridad. Es un remanente: unos pocos de entre muchos, judíos creyentes que permanecieron fieles mientras los demás siguieron obstinados en su incredulidad.

A este remanente se le llama un remanente conforme a la elección de la gracia. Son personas escogidas desde la eternidad, dentro del plan amoroso de Dios, para ser recipientes de la gracia y la gloria. «A los que predestinó, también los llamó». Si la diferencia entre ellos y los demás proviene solamente de la gracia de Dios, como ciertamente es así, entonces tiene que ser conforme a la elección. Sabemos que todo lo que Dios hace, lo hace conforme al propósito de su propia voluntad.

En cuanto a este remanente, primero podemos observar de dónde procede: de la gracia libre de Dios (Romanos 11:6), una gracia que no deja lugar para las obras. La elección eterna por la cual Dios hizo primero una diferencia entre unos y otros es pura gracia, gracia libre, no basada en obras realizadas ni previstas. Si dependiera de las obras, ya no sería gracia. La gracia no es verdaderamente gracia si no es completamente gratuita. La elección es conforme al buen propósito de su voluntad (Efesios 1:5).

El corazón de Pablo estaba tan lleno de la libertad de la gracia de Dios que, en medio de su argumento, se detiene para decir: «Si es por gracia, ya no es por obras». Algunos también señalan que la fe misma, que se opone a las obras cuando hablamos de la justificación, queda incluida aquí junto con las obras. La fe es adecuada para recibir la gracia gratuita de Dios para nuestra justificación, es decir, para ser puestos en una relación correcta con Dios, pero no para nuestra elección.

Segundo, observemos lo que recibe este remanente. Israel, es decir, la nación en su conjunto, buscó lo que no alcanzó (Romanos 11:7). «Israel no alcanzó lo que buscaba», es decir, la justificación y la aceptación delante de Dios (ver Romanos 9:31), «pero los escogidos sí lo alcanzaron». En ellos se cumple la promesa de Dios y se recuerda su antiguo favor hacia ese pueblo. Pablo no llama al remanente creyente simplemente «los escogidos», sino «la elección», para mostrar que todo el fundamento de su esperanza y su gozo se encuentra en la elección de Dios. Eran el pueblo que Dios tenía en mente dentro del propósito amoroso de su voluntad. Ellos son la elección, los escogidos de Dios.

Tal era el favor de Dios hacia el remanente escogido. Pero «los demás fueron endurecidos» (Romanos 11:7). Algunos son escogidos y llamados, y ese llamado llega a ser eficaz. Otros son dejados en su incredulidad y hasta empeoran por causa de aquello que debía haberlos ayudado. El evangelio, que es «olor de vida» para los creyentes, se convierte en «olor de muerte» para los incrédulos. El mismo sol ablanda la cera y endurece la arcilla. Simeón, aquel anciano de Jerusalén, había previsto que el niño Jesús sería puesto «para caída y levantamiento de muchos en Israel» (Lucas 2:34).

«Fueron endurecidos» también puede significar «fueron cegados». Se volvieron insensibles y torpes, incapaces de ver la luz o sentir el toque de la gracia del evangelio. La ceguera y la dureza describen la misma muerte espiritual. Cerraron los ojos y no quisieron ver, y eso fue su pecado. Luego Dios, en justo juicio, cegó sus ojos para que no pudieran ver, y eso fue su castigo.

Como esto suena severo, Pablo lo respalda con dos testimonios del Antiguo Testamento. Primero, Isaías habló de un juicio semejante en sus propios días (Isaías 29:10; Isaías 6:9). El «espíritu de sueño» significa una profunda indiferencia hacia el deber y hacia lo que les convenía. Vivían en una despreocupación arraigada, como personas medio dormidas, sin conmoverse por nada de lo que se decía o hacía. Habían decidido permanecer como estaban y no querían cambiar. Las palabras que siguen lo explican con más detalle: ojos que no debían ver y oídos que no debían oír. Aún tenían ojos y oídos, pero no los usaban para aquello que pertenecía a su paz. Vieron a Cristo, pero no creyeron en él. Oyeron su palabra, pero no la recibieron. En ese sentido, su capacidad de oír y ver era inútil, como si no tuvieran ojos ni oídos. De todos los juicios, los espirituales son los más difíciles y los que más debemos temer, aunque sean los que menos ruido hacen.

«Esto ha sido así hasta el día de hoy». Desde que Isaías profetizó, este endurecimiento ha estado actuando. Algunos de ellos estaban ciegos e insensibles entonces. O, mejor dicho, desde que se predicó el evangelio por primera vez, han tenido las pruebas más contundentes de su verdad, la predicación más poderosa, las invitaciones más claras y los llamados más directos de Cristo mismo y de sus apóstoles; sin embargo, permanecen cegados hasta el día de hoy. Esto todavía es cierto para muchos de ellos, generación tras generación. Su incredulidad obstinada ha continuado, conforme a aquella terrible maldición que ellos mismos pronunciaron: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

En segundo lugar, David habla de lo mismo en Romanos 11:9-10, donde cita Salmo 69:22-23. David, hablando por el Espíritu, anunció de antemano el sufrimiento de Cristo a manos de los judíos, especialmente el hecho de que le darían vinagre para beber (Romanos 11:21), algo que se cumplió literalmente (Mateo 27:48). En el mismo pasaje, mediante una oración de juicio contra ellos, anunció también los terribles juicios de Dios por ese acto: «Que su mesa se convierta en una trampa». Aquí se aplica a la ceguera actual de los judíos y al tropiezo que encontraron en el evangelio, lo cual hizo más profunda su dureza. Esto nos ayuda a entender otras oraciones de David contra sus enemigos. Deben leerse como profecías de los juicios de Dios sobre los enemigos abiertos y obstinados de Cristo y de su reino. Su oración para que sucediera así era, en realidad, una profecía de que sucedería, no simplemente una explosión de enojo personal. También servía para justificar a Dios y dejar en claro su justicia en tales juicios.

Primero, David habla de la ruina de sus comodidades: «Que su mesa se convierta en una trampa». Es decir, como explica el salmo, que aquello que debía ser para su bien se convierta en una trampa. La maldición de Dios puede convertir el alimento en veneno. Es como la advertencia de Malaquías 2:2: «Maldeciré sus bendiciones». Su mesa se convierte en una trampa, una ocasión tanto para pecar como para sufrir. Incluso el alimento destinado a nutrirlos les traerá daño.

También habla de la ruina de sus facultades y capacidades (Romanos 11:10): sus ojos se oscurecen y sus espaldas se encorvan, de modo que no pueden encontrar el camino correcto ni, aunque lo encontraran, caminar por él. Después de que los judíos rechazaron a Cristo y su evangelio como nación, se volvieron insensatos en su política; sus propios planes obraron en su contra y contribuyeron a su ruina a manos de los romanos. Parecían un pueblo destinado a la esclavitud y al desprecio, con la espalda encorvada, listo para que las naciones a su alrededor lo montaran y lo pisotearan. O esto puede entenderse espiritualmente: tienen la espalda encorvada por una manera de pensar carnal y mundana. Ponen la mente en las cosas terrenales.

Esto describe con mucha precisión la condición y el espíritu actuales de ese pueblo. Si los informes acerca de ellos son ciertos, no hay otro pueblo en el mundo más mundano, obstinado, ciego, egoísta o malhumorado. Incluso hoy siguen bajo el poder de esta maldición. Las maldiciones de Dios pueden durar mucho tiempo. Si nos dejamos gobernar por una manera de pensar mundana, eso demuestra que nuestros propios ojos están oscurecidos.

Hay otro punto que facilita entender esta enseñanza sobre el rechazo de los judíos: aunque fueron rechazados y dejaron de ser considerados el pueblo visible de Dios, los gentiles fueron incorporados (Romanos 11:11-14). Luego, en Romanos 11:17-22, Pablo usa esto para advertir a los gentiles. La pérdida de los judíos abrió paso a la bienvenida de los gentiles. Lo que los judíos dejaron atrás se convirtió en un banquete para los gentiles pobres (Romanos 11:11). Pablo pregunta: «¿Tropezaron para quedar caídos?». ¿El único propósito de Dios al rechazarlos era destruirlos? Pablo retrocede ante esa idea y la rechaza con firmeza, como suele hacerlo cuando algo parece reflejar negativamente la sabiduría, la justicia o la bondad de Dios. «¡De ninguna manera!». No; por la caída de ellos, la salvación llegó a los gentiles.

Esto no significa que los gentiles solo podían ser salvos si los judíos rechazaban primero el evangelio. Los gentiles podrían haber sido salvos de otra manera si los judíos hubieran creído. Pero, dentro del plan de Dios, el evangelio fue anunciado a los gentiles después de que los judíos lo rechazaron. Eso es lo que vemos en las parábolas: los primeros invitados fueron considerados indignos, y luego la invitación se extendió por los caminos y los alrededores (Mateo 22:8-9; Lucas 14:21). También lo vemos en la historia: «Era necesario que la palabra de Dios se les anunciara primero a ustedes; pero como la rechazan, ahora nos dirigimos a los gentiles» (Hechos 13:46; ver también Hechos 18:6). Dios tendrá una iglesia en el mundo. Llenará de invitados el banquete de bodas. Si uno no quiere venir, vendrá otro; de lo contrario, ¿para qué hacer la invitación? Los judíos rechazaron la oferta, así que esta pasó a los gentiles.

Mira cómo la sabiduría infinita saca luz de la oscuridad, bien del mal, alimento de aquello que devora y dulzura de lo fuerte. Pablo dice lo mismo de otra manera en Romanos 11:12: la caída de ellos se convirtió en las riquezas del mundo. Es decir, hizo que el evangelio llegara mucho antes al mundo gentil. El evangelio es la mayor riqueza que puede tener un lugar. Es mejor que miles de piezas de oro y plata. O quizá quiere decir que las riquezas de los gentiles eran los muchos convertidos que hubo entre ellos. Los verdaderos creyentes son las joyas de Dios.

Dice lo mismo en Romanos 11:15: el rechazo de ellos significó la reconciliación del mundo. La ira de Dios contra los judíos abrió el camino para que mostrara su favor a los gentiles. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo (2 Corintios 5:19). Así, usó la incredulidad de los judíos como una manera pública de apartarlos, aunque antes habían sido su pueblo especial. Mostró que, al conceder su favor, ya no obraría mediante privilegios y restricciones limitados. Ahora, en toda nación, acepta a quien lo teme y hace lo correcto (Hechos 10:34-35).

Luego Pablo aplica esta enseñanza de manera práctica. Como alguien que también era judío, pronuncia unas palabras para despertar a su pueblo y animarlo a recibir la oferta del evangelio. Dios quiso que su favor hacia los gentiles provocara celos en los judíos y los impulsara a regresar (Romanos 11:11). Pablo insiste en ese propósito en Romanos 11:14: «Por todos los medios quisiera provocar a celos a los de mi propia raza». ¿Acaso los gentiles despreciados se llevarán todas las comodidades y los privilegios del evangelio mientras nosotros nos quedamos fuera por haberlo rechazado? ¿No deberíamos arrepentirnos, creer, obedecer y recibir también el perdón y la salvación?

Existe una buena clase de rivalidad santa en la vida del alma. ¿Por qué no habríamos de ser tan santos y tan felices como cualquiera de quienes nos rodean? En este tipo de esfuerzo no hay necesidad de sospechas, de menospreciar a otros ni de una rivalidad que les haga daño. En la iglesia hay suficiente espacio, y la gracia y el consuelo del nuevo pacto son suficientes para todos. Estas bendiciones no disminuyen porque más personas participen de ellas. Pablo también dice: «y quizá logre salvar a algunos de ellos». Eso muestra cuál era su labor: salvar almas. Sin embargo, aun el predicador más talentoso quizá solo pueda salvar a algunos. Los ministros deben considerar bien invertido su trabajo si Dios los usa para salvar aunque sea a algunas personas.

Como apóstol de los gentiles, Pablo también les da una advertencia: «Me dirijo ahora a ustedes, los gentiles». Ustedes, los creyentes de Roma, han oído cuánto de la salvación llegó a ustedes por causa de la caída de los judíos, pero tengan cuidado de no hacer nada que les haga perder esa bendición. Pablo sigue aplicando su enseñanza a los gentiles porque fue llamado a servir a su fe y a plantar y regar iglesias entre ellos. Ese era el propósito de su misión especial: «Te enviaré lejos, a los gentiles» (Hechos 22:21; comparar con Hechos 9:15). También formaba parte de su ordenación y llamado (Gálatas 2:9; comparar con Hechos 13:2). Nuestra principal preocupación debe ser hacerles bien a quienes están bajo nuestro cuidado. Debemos prestar especial atención al trabajo que nos corresponde.

Fue una gran muestra de amor hacia los gentiles pobres que Dios designara como su apóstol a Pablo, quien sobresalía entre los apóstoles en dones y gracia. El mundo gentil era un campo más amplio, y allí se necesitaba un trabajador muy capaz, hábil, fervoroso y valiente. Pablo era esa clase de hombre. Dios llama a las personas a trabajos especiales cuando ve que están preparadas para ellos, o las prepara para cumplirlos. Pablo podía decir: «Hago honor a mi ministerio». Algunas personas despreciaban su ministerio y a él mismo por causa de ese llamado. Precisamente porque era el apóstol de los gentiles, los judíos lo atacaron con tanta violencia (Hechos 22:21-22). Sin embargo, eso no hizo que valorara menos su ministerio.

Es una señal de verdadero amor por Jesucristo considerar honorable el servicio que se le presta, incluso cuando el mundo lo trata como algo bajo y vergonzoso. El ministerio es una responsabilidad que debe honrarse. Los ministros son embajadores de Cristo y administradores de los misterios de Dios, y deben ser muy amados por causa de su trabajo. Pablo lo llama «mi ministerio», mi servicio, no mi señorío ni mi poder. Lo que valoraba tanto no era la dignidad ni la autoridad de un apóstol, sino el deber y la labor que ese llamado implicaba.

Ahora anima a los gentiles a hacer dos cosas respecto de los judíos rechazados. Primero, todavía deben tener consideración por los judíos y desear su conversión. Pablo lo insinúa al mostrar cuánto bien recibiría la iglesia si los judíos fueran incorporados de nuevo, en Romanos 11:12 y Romanos 11:15. Sería como vida después de la muerte. Por eso, los gentiles no deben burlarse de esos judíos pobres ni presumir frente a ellos. Más bien, deben compadecerse de ellos, desear su bienestar y anhelar que sean recibidos nuevamente.

Los gentiles fueron incorporados a la iglesia, pero deben tener cuidado de no tropezar ni caer como lo hicieron los judíos (Romanos 11:17-22). Pablo comienza señalando el privilegio que recibieron al ser injertados, como una rama de olivo silvestre en un buen olivo. Esto es lo contrario de lo que normalmente hacen los agricultores, pues suelen injertar una rama buena en un árbol inferior. Pero cuando Dios injerta a las personas en su iglesia, las encuentra silvestres y estériles, incapaces de producir nada bueno por naturaleza.

La iglesia de Dios es como un olivo que florece y da fruto, como se describe en (Salmo 52:8) y (Oseas 14:6). Su fruto honra tanto a Dios como a las personas, como se muestra en (Jueces 9:9). Quienes están fuera de la iglesia son como olivos silvestres, inútiles e incluso amargos en lo que producen. Son silvestres por naturaleza, como dice (Romanos 11:24). Esa era la condición anterior de los gentiles, sin los privilegios de la iglesia y sin verdadera santidad; y esa es también la condición natural de todos nosotros.

La conversión consiste en injertar las ramas silvestres en el buen olivo. Debemos ser separados de nuestro antiguo tronco y unidos a una nueva raíz. Quienes son injertados en el buen olivo participan de su raíz y de su rica savia. Esto puede señalar a la unión salvadora con Cristo, pues todos los que se unen a él mediante una fe viva reciben de su plenitud. Pero aquí Pablo habla de la pertenencia visible a la iglesia, de la cual los judíos fueron cortados como ramas y en la cual los gentiles fueron injertados entre los que permanecieron, o en su lugar.

Al ser injertados en la iglesia, los gentiles participan de los mismos privilegios que tenían los judíos: la raíz y la rica savia del olivo. El olivo representa aquí a la iglesia visible, como en (Jeremías 11:16). Abraham es la raíz en el sentido de la administración del pacto, no la raíz que da vida, pues esa raíz es únicamente Cristo. Abraham fue el primero con quien se estableció el pacto de una manera tan solemne. Los gentiles creyentes participan de esta raíz. Cristo también es hijo de Abraham (Lucas 19:9), y la bendición de Abraham llega a los gentiles (Gálatas 3:14). También participan de la rica savia del olivo, es decir, de los mismos beneficios espirituales: protección especial, los oráculos vivientes de Dios, los medios de salvación, un ministerio establecido y las ordenanzas instituidas. Entre estos beneficios estaba la pertenencia visible a la iglesia de los hijos pequeños, que formaba parte del privilegio judío y no debe considerarse negada a los gentiles.

Luego Pablo advierte que no se deben abusar de estos privilegios. Primero dice: «No seas orgulloso» (Romanos 11:18). No te jactes contra las ramas. No desprecies a los judíos como un pueblo rechazado ni insultes a los que fueron cortados, mucho menos a los que permanecen. La gracia se nos da para hacernos agradecidos, no orgullosos. La ley de la fe excluye toda jactancia, tanto contra nosotros mismos como contra los demás.

También dice: «No digas: “Las ramas fueron cortadas para que yo fuera injertado”» (Romanos 11:19). No pienses que merecías recibir más de Dios que ellos ni que ocupabas un lugar más alto en su favor. Recuerda que tú no sostienes a la raíz; la raíz te sostiene a ti. Aunque hayas sido injertado, sigues siendo solamente una rama sostenida por la raíz. Más aún, eres una rama injertada contra la naturaleza en el buen olivo (Romanos 11:24), no nacida en él, sino recibida por gracia. Abraham, la raíz de la iglesia judía, no te debe nada. Tú le debes mucho a él, como guardián del pacto y padre de muchas naciones.

En segundo lugar, Pablo dice: «No te sientas seguro» (Romanos 11:20). «No seas orgulloso, sino teme». No te vuelvas demasiado confiado en tus propias fuerzas ni en tu lugar dentro de la iglesia. El temor santo es una buena protección contra el orgullo. Es feliz quien conserva siempre este tipo de temor. No necesitamos temer que Dios deje de cumplir su palabra. El verdadero peligro es que nosotros faltemos a nuestro deber. Por eso debemos temer, como dice (Hebreos 4:1).

Las iglesias deben aprender de lo que les sucedió a otros. Dios le dijo a Jerusalén: «Vean lo que hice con Silo» (Jeremías 7:12). De la misma manera, todas las iglesias deben mirar a Jerusalén y ver qué ocurrió con el tiempo de su visitación, para que escuchen, teman y eviten su pecado. El derecho a los privilegios de la iglesia no se concede por un tiempo fijo ni pasa automáticamente a los descendientes. Continúa solamente mientras una iglesia camina fielmente.

Consideremos cómo fueron cortados los judíos. No ocurrió injustamente ni solamente por un acto de poder, sino a causa de su incredulidad. Esto demuestra que las iglesias que alguna vez permanecieron firmes por la fe pueden caer en una incredulidad tan profunda que termine destruyéndolas. Su incredulidad no solo movió a Dios a cortarlos, sino que también los separó a ellos mismos. Fue tanto la causa que merecía ese juicio como la evidencia de su condición. Los gentiles deben recordar que están igualmente expuestos a la misma debilidad y corrupción.

Los judíos eran ramas naturales (Romanos 11:21). No solo estaban incluidos en el pacto de Abraham; también descendían físicamente de Abraham, por lo que parecían tener un derecho natural. Sin embargo, cuando cayeron en la incredulidad, Dios no los perdonó. El uso prolongado, los privilegios heredados y la fidelidad de sus antepasados no pudieron protegerlos. De nada les sirvió decir, como lo hacían a menudo, que eran descendientes de Abraham (Mateo 3:9; Juan 8:33). Eran los primeros arrendatarios de la viña, pero cuando rompieron el acuerdo, fue justo quitársela (Mateo 21:41, Mateo 21:43).

Esto se llama severidad en (Romanos 11:22). Dios los midió con justicia y juicio, y trató con ellos conforme a sus pecados. La palabra suena dura, y en ningún otro lugar de la Escritura parece usarse de esta manera para referirse a Dios. Aquí se aplica a la remoción de los judíos de su posición en la iglesia visible. Dios es especialmente severo con quienes estuvieron más cerca de él en su profesión de fe cuando se rebelan contra él (Amós 3:2). La paciencia y los privilegios mal aprovechados se convierten en una gran ira. De todos los juicios, los espirituales son los más difíciles, y ese es el tipo de juicio del que Pablo habla en (Romanos 11:8).

Luego Pablo se dirige a los creyentes gentiles y les dice: «¿Cómo permaneces firme?». Habla en general a las iglesias gentiles, aunque también puede estar corrigiendo a una persona en particular que mostraba orgullo por la caída de los judíos. Les pide que consideren por qué medio permanecen firmes: por la fe. La fe es una confianza humilde que recibe su fuerza del cielo.

No permaneces firme por ninguna fuerza propia, así que no tienes motivo para jactarte. Solo eres lo que la gracia gratuita de Dios hace de ti, y la gracia de Dios le pertenece únicamente a él; por eso la concede o la retira como le place. Lo que arruinó a los judíos fue la incredulidad, y tú permaneces firme solamente por la fe. Por tanto, no tienes un apoyo más seguro que el que ellos tuvieron ni permaneces sobre un fundamento mejor que el de ellos.

¿Bajo qué condición, entonces? Pablo dice: «Bondad para contigo, si permaneces en su bondad» (Romanos 11:22). Esto significa que debes seguir dependiendo de la gracia gratuita de Dios y obedeciéndola. Los judíos cayeron porque dejaron de hacerlo. Así que, si quieres conservar tu lugar en el favor de Dios, debes seguir procurando agradarle y teniendo cuidado de no ofenderlo. Todo nuestro deber, y todo el camino hacia la felicidad, consiste en mantenernos en el amor de Dios. «Temerán al Señor y a su bondad» (Oseas 3:5).

Hay algo más que hace menos severa esta enseñanza sobre el rechazo de los judíos: su rechazo no es definitivo. Cuando llegue el tiempo señalado, serán incorporados nuevamente. No han sido desechados para siempre. Aun en medio de la ira, Dios se acuerda de la misericordia.

Su futura conversión se describe de varias maneras. Pablo la llama su «plenitud» (Romanos 11:12), lo que significa que serán incorporados nuevamente a la iglesia y llenarán el lugar que quedó vacío por su rechazo. Esto enriquecerá al mundo, es decir, a la iglesia en el mundo, con mucha más luz, fuerza y belleza. También la llama su «recibimiento». La conversión de una sola persona es recibir a esa persona, y la conversión de toda una nación es lo mismo. Serán recibidos en el favor de Dios, en la iglesia y en el amor de Cristo, cuyos brazos están abiertos para todos los que quieran acudir a él. Será como volver de la muerte a la vida: algo sorprendente y, al mismo tiempo, muy bienvenido. La iglesia tendrá gran alegría cuando los judíos se vuelvan a Cristo. Véase (Lucas 15:32): «Estaba muerto y ha vuelto a vivir»; por eso era correcto celebrar y alegrarse.

Pablo también lo llama ser «injertados de nuevo» (Romanos 11:23), es decir, volverán a la iglesia de la cual habían sido cortados. Una rama injertada en un árbol recibe vida y fuerza de la raíz. De la misma manera, una persona verdaderamente injertada en la iglesia recibe vida, fuerza y gracia de Cristo, la raíz que da vida. Serán injertados en su propio olivo (Romanos 11:24), es decir, en la iglesia donde antes habían sido los miembros más visibles y honrados. De ese modo, recuperarán los privilegios de la pertenencia externa a la iglesia, privilegios de los que habían disfrutado durante mucho tiempo, pero que perdieron por causa de su incredulidad.

Pablo también lo llama «la salvación de todo Israel» (Romanos 11:26). La conversión genuina puede llamarse verdaderamente salvación, porque es el comienzo de la salvación. Véase (Hechos 2:47). Incorporarlos a la iglesia es salvarlos, y Pablo habla de ello como algo que está sucediendo ahora, porque cuando avanza la obra de conversión, también avanza la obra de salvación.

Esta esperanza se fundamenta en la santidad de las primicias y de la raíz (Romanos 11:16). Algunos entienden que las primicias representan a los judíos que ya se convirtieron a Cristo y fueron recibidos en la iglesia. Eran como primicias apartadas para Dios, una señal de que vendría una cosecha más abundante y santa. Un buen comienzo da esperanza de un buen final. Por eso, hay razones para creer que otros pueden ser incorporados con la misma realidad que aquellos que ya han sido incorporados.

Otros entienden que las primicias significan lo mismo que la raíz: Abraham, Isaac y Jacob, los patriarcas de quienes descendieron los judíos. El pacto les fue confiado como sus principales guardianes; por eso eran la raíz de los judíos, no solo como nación, sino también como iglesia. Si eran santos, no principalmente en el sentido de una santidad interior, sino en el sentido de una santidad del pacto —es decir, por pertenecer al pueblo del pacto de Dios—, entonces hay razón para pensar que Dios todavía tiene bondad para con toda la masa, es decir, con el conjunto de ese pueblo, y para con las ramas, sus miembros individuales. Los judíos son, en cierto sentido, una nación santa (Éxodo 19:6), porque descendieron de antepasados santos. Es difícil imaginar que una nación tan santa haya sido rechazada por completo y para siempre.

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