Versículo destacado
Salmos 39:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Yo había prometido cuidar mi conducta, no pecar con mi lengua y ponerle un freno a mis labios mientras hubiera malvados delante de mí. "
Salmos 39:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Yo había prometido cuidar mi conducta, no pecar con mi lengua y ponerle un freno a mis labios mientras hubiera malvados delante de mí.
2 Y me hacía el mudo: no decía nada. ¡Ni siquiera hablaba de lo bueno! Pero mi dolor iba en aumento;
3 ¡el corazón me ardía en el pecho! Mientras pensaba en ello, un fuego se encendió dentro de mí, y entonces dije con voz fuerte:
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Aquí David recuerda y deja por escrito lo que estaba sucediendo en su corazón durante sus aflicciones. También nos hace bien hacer lo mismo, para corregir lo que estaba mal y para que lo que estuvo bien nos ayude la próxima vez.
Primero recuerda las promesas que le había hecho a Dios: caminar con cuidado y ser muy prudente con lo que hacía y decía. Cuando somos tentados a pecar, especialmente con algún pecado en particular, debemos recordar los votos solemnes que hicimos contra él. Dios puede recordarnos esos compromisos, como en Jeremías 2:20, donde dice: «Tú dijiste: “No transgrediré”». Por eso nosotros también debemos recordárnoslos.
David recuerda que, en general, había decidido tener mucho cuidado con su conducta: «Dije: “Cuidaré mis caminos”» (Salmo 39:1). Era una buena resolución, y nunca debió retractarse de ella. Es un gran deber para cada uno de nosotros vigilar nuestros caminos mientras otros viven descuidadamente. Debemos decidirnos firmemente a hacerlo y renovar esa decisión con frecuencia, porque es más fácil cumplir una promesa cuando la hemos hecho con determinación. Una vez que tomamos esa resolución, debemos traerla continuamente a la memoria, pues es un pacto que nunca debemos olvidar.
También recuerda que había prometido especialmente guardarse de los pecados de la lengua: evitar hablar de maneras que deshonraran a Dios o perjudicaran a la generación de los justos (Salmo 73:15). No es tan fácil como quisiéramos evitar pecar en nuestros pensamientos. Pero si surge un pensamiento malo, debemos poner la mano sobre nuestra boca, detenerlo allí y no permitir que avance. Este es un nivel tan alto de dominio propio que, si alguien no ofende con sus palabras, es una persona madura. También es tan importante que, si alguien parece ser religioso, pero no puede controlar su lengua, su religión no sirve de nada.
David había decidido vigilar en todo momento los pecados de palabra: «Pondré freno, o bozal, a mi boca». Mantendría un freno en ella, como se controla a un caballo, y un bozal, como se contiene a un perro indisciplinado. Una determinación firme y constante, sostenida por la gracia de Dios, puede impedir que la corrupción se manifieste en nuestras palabras, aunque la lengua sea difícil de controlar.
Se cuidaría especialmente cuando existiera el mayor peligro de causar daño: «Mientras el malvado esté delante de mí». Si estaba con gente malvada, tendría cuidado de no decir nada que pudiera endurecerlos o darles motivo para blasfemar. Las personas buenas que caen en mala compañía deben vigilar muy de cerca sus palabras. O, si «el malvado está delante de mí» se refiere a sus pensamientos, entonces, al considerar el orgullo, el poder y el éxito de los malvados, se sentía tentado a hablar mal, y por eso tendría un cuidado aún mayor. Mientras más fuerte sea la tentación, más firme debe ser nuestra determinación de resistirla.
De acuerdo con estas promesas, luchó intensamente por controlar su lengua: «Guardé silencio; me mantuve callado aun de lo bueno» (Salmo 39:2). Su silencio era digno de reconocimiento, y cuanto más lo provocaban, más digno de elogio era que permaneciera callado. La vigilancia y una firme determinación, por la gracia de Dios, pueden hacer más de lo que imaginamos para controlar la lengua, aunque esta sea un mal difícil de dominar.
Pero ¿qué debemos entender de que se mantuviera en silencio aun de lo bueno? ¿Se estaba negando sabiamente a hablar de algo útil delante de los malvados, para no echar perlas delante de los cerdos? Creo más bien que esto fue una debilidad. Como pensaba que no podía hablar sin ponerse en peligro, decidió no decir nada y llegó a un extremo. Eso iba en contra de la ley, que nos llama a mantener un camino prudente y equilibrado. La misma ley que prohíbe las palabras corruptas también exige que digamos lo bueno y útil para edificar a los demás (Efesios 4:29).
Mientras menos hablaba, más pensaba, y más se encendían sus sentimientos. Ocultar la aflicción no la eliminó: «Mi dolor se agitó; mi corazón ardía dentro de mí» (Salmo 39:3). Podía contener su lengua, pero todavía no podía calmar su espíritu. Al seguir pensando en sus dificultades y en el éxito de los malvados, el fuego dentro de él se hacía más intenso.
Las personas que suelen sentirse descontentas y se irritan con facilidad no deben quedarse demasiado tiempo dando vueltas a sus problemas. Cuando mantienen la mente fija en lo que les causa dolor, alimentan el fuego del descontento, y este arde con más fuerza. La impaciencia es un pecado que comienza dentro de nosotros, en la manera en que pensamos, y se manifiesta en la inquietud ardiente que viene después. Si queremos evitar que nuestros sentimientos se descontrolen, primero debemos corregir nuestros pensamientos descontrolados.
Finalmente habló, y lo que dijo fue directo al punto. Algunos consideran que sus palabras fueron un fracaso de la resolución anterior y piensan que pecó con su lengua. Entienden lo que sigue como un deseo imprudente de morir, parecido al de Elías (1 Reyes 19:4) y Job (Job 6:8-9). Pero me parece mejor entenderlo como una corrección de su error de haber guardado silencio por demasiado tiempo. Se había abstenido de decir algo bueno, pero ya no seguiría haciéndolo. No tenía nada que decirles a los malvados que lo rodeaban, porque no sabía cómo expresarlo correctamente. Entonces, después de mucho pensar, lo primero que dijo fue una oración y una seria meditación sobre un tema que todos necesitamos considerar.
Le pide a Dios que le haga sentir lo breve e incierta que es la vida, y la cercanía de la muerte: «Señor, hazme saber cuál será mi fin y cuánto durarán mis días» (Salmo 39:4). No quiere decir: «Señor, dime exactamente cuánto tiempo viviré y cuándo moriré». No podemos orar correctamente por eso, porque Dios no ha prometido revelárnoslo. En su sabiduría, ha guardado ese conocimiento entre las cosas secretas que no nos pertenecen, y no nos haría bien conocerlo. Más bien, David quiere decir: «Señor, dame sabiduría y gracia para pensar en ello y aprovechar bien ese conocimiento» (Deuteronomio 32:29).
Los vivos saben que morirán (Eclesiastés 9:5), pero pocos desean pensar en la muerte. Por eso necesitamos pedir que Dios, por su gracia, venza nuestro rechazo natural a considerar ese tema. «Señor, hazme pensar en lo que es la muerte». Es mi fin: el fin de mi vida y de todo el trabajo y placer que la acompañan. Es el fin de todas las personas (Eclesiastés 7:2). Es el cierre definitivo de nuestro tiempo de prueba y preparación, y la entrada solemne en un tiempo de recompensa y juicio. Para los malvados, es el fin de toda alegría. Para los justos, es el fin de todo dolor.
«Señor, ayúdame a conocer mi fin, a familiarizarme más con la muerte y a sentir cuán grande será ese cambio» (Job 17:14). Ayúdame a pensar seriamente en lo que significa morir. «Señor, ayúdame a considerar cuán pocos son mis días, pues están establecidos por tu sabio plan» (Job 14:5). El fin está fijado y mis días son limitados. Pronto serán contados y llegarán a su término.
Cuando pensamos que la muerte está muy lejos, somos tentados a posponer nuestra preparación para ella. Pero cuando recordamos lo corta que es la vida, comprendemos que debemos hacer lo que tenemos por delante no solo con todas nuestras fuerzas, sino también con toda la rapidez posible. «Señor, ayúdame a considerar cuán débil soy, cuán pequeña es mi reserva de vida y cuán tenue es mi espíritu, como el aceite que mantiene encendida una lámpara». Cada día nos muestra que esta tienda terrenal en la que vivimos se está desgastando. Señor, haznos verlo, para que aseguremos un hogar en la casa no hecha por manos humanas.
También piensa en lo breve y vacío que es vivir, y lleva esa verdad delante de Dios para encontrar alivio en medio de las cargas de la vida, como Job lo hacía con frecuencia. También la pone delante de sí mismo, para impulsarse a cumplir con la obra de la vida. La vida humana en la tierra es corta y pasajera, y eso debe enseñarnos a no aferrarnos a ella y a prepararnos para el fin (Salmo 39:5). «Has hecho mis días como un palmo»: la anchura de cuatro dedos, una medida muy pequeña que siempre llevamos con nosotros y tenemos delante de los ojos. No necesitamos una vara, un poste ni una cuerda de medir para calcular nuestros días, ni tampoco operaciones matemáticas para contarlos. Nuestro tiempo es corto, y Dios lo ha hecho así, pues el número de nuestros meses está en sus manos. Es corto, y él sabe que es corto: «No es nada delante de ti» (Salmo 39:13; Salmo 79:11).
La vida humana en la tierra también es vacía y carece de valor duradero. Por eso es una insensatez aferrarse a ella, y es sabio asegurarse una vida mejor. Adán, que significa «hombre», es Abel, que significa «aliento» o «vanidad», en su condición actual. No es lo que parece ser ni posee lo que esperaba tener. Él y todas sus comodidades son siempre inciertos; y si no hubiera vida después de esta, entonces, considerando todas las cosas, habría sido creado en vano. Es vanidad porque es mortal y cambiante.
Observa cuán enfáticamente se expresa esto. Primero, toda persona es vanidad, sin excepción: la de posición alta y la de posición humilde, la rica y la pobre, todas por igual. Segundo, es vanidad aun en su mejor momento: cuando es joven, fuerte, saludable, próspera, honrada y está en la cima de su bienestar; cuando se siente segura y piensa que su posición es firme. Tercero, es completamente vanidad, tan vana como pudiera imaginarse. Todo lo que hay en el ser humano es vanidad, como también puede entenderse, porque todo lo relacionado con él es incierto. Nada es firme ni duradero, excepto lo que pertenece al nuevo ser, la persona renovada en Cristo. Cuarto, la palabra «ciertamente» muestra que se trata de una verdad segura, aunque somos muy reacios a creerla y necesitamos que se nos repita una y otra vez. Quinto, se añade «Selah» como un llamado a detenerse y reflexionar. Es una invitación a hacer una pausa y meditar cuidadosamente para aplicar esta verdad: toda persona es vanidad.
Para demostrar que el ser humano es vano porque es mortal, el salmista menciona tres cosas. La primera es el vacío de nuestras alegrías y honores: «Ciertamente, toda persona camina», aun cuando camine con elegancia o entre placeres, «como una sombra», como una imagen, como una exhibición vana. Cuando alguien hace gran ostentación de sí mismo, su fama desaparece rápidamente, y su pompa no es más que una demostración vacía (Hechos 25:23). Es solo una apariencia y, por eso, una apariencia vana, como un arcoíris, cuyos colores brillantes pronto se desvanecen porque descansan sobre una nube, sobre vapor. Así también es la vida (Santiago 4:14), y lo mismo ocurre con todos sus placeres.
La segunda es el vacío de nuestros sufrimientos y temores. Ciertamente, se angustian en vano. Muchas de nuestras preocupaciones carecen de fundamento, porque nos alteramos sin una razón real, y a menudo lo que nos aflige proviene de nuestra propia imaginación. Además, siempre son inútiles. Nos inquietamos en vano, porque ninguna cantidad de preocupación puede cambiar la realidad ni alterar el plan de Dios. Después de angustiarnos por las cosas, estas seguirán siendo tal como son.
La tercera es el vacío de nuestras preocupaciones y de nuestro trabajo arduo. Una persona trabaja intensamente para acumular riquezas, pero estas son como montones de estiércol en los surcos de un campo: no sirven para nada a menos que se esparzan. Cuando llena sus almacenes de bienes, no sabe quién los recogerá ni quién los recibirá después de su partida, porque no puede llevárselos consigo. No se pregunta: «¿Para quién estoy trabajando?», y esa es su necedad (Eclesiastés 4:8). Incluso si se lo preguntara, no podría saber si quien los reciba será sabio o necio, amigo o enemigo (Eclesiastés 2:19). Esto también es vanidad.
De este capítulo
Salmos 39:2
"Y me hacía el mudo: no decía nada. ¡Ni siquiera hablaba de lo bueno! Pero mi dolor iba en aumento;"
Salmos 39:3
"¡el corazón me ardía en el pecho! Mientras pensaba en ello, un fuego se encendió dentro de mí, y entonces dije con voz fuerte:"
Salmos 39:4
"Señor, hazme saber qué fin tendré y cuánto tiempo voy a vivir, para que comprenda cuán breve es mi vida."
Salmos 39:5
"Me has dado una vida muy corta; mi vida no es nada delante de ti. ¡Todo hombre dura lo que un suspiro!"
Salmos 39:6
"¡Todo hombre pasa como una sombra! De nada le sirve amontonar riquezas, pues no sabe quién se quedará con ellas."
Salmos 39:7
"Y así, Señor, ¿qué puedo esperar ya? ¡Mi esperanza está en ti!"
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