Versículo destacado
Salmos 106:13 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pero muy pronto olvidaron los hechos de Dios y no esperaron a conocer sus planes. "
Salmos 106:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 El agua cubrió a sus rivales y ni uno de ellos quedó con vida.
12 Entonces creyeron en las promesas de Dios y le cantaron alabanzas.
13 Pero muy pronto olvidaron los hechos de Dios y no esperaron a conocer sus planes.
14 Allá, en la soledad del desierto, pusieron a prueba a Dios, exigiéndole que cumpliera sus deseos.
15 Y Dios les dio lo que pidieron, pero les mandó una enfermedad mortal.
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Este versículo ofrece un breve resumen de las rebeliones de Israel en el desierto y de la ira de Dios contra esos pecados. El apóstol también usa esta historia para advertir a los cristianos (1 Corintios 10:5 y siguientes), porque estas cosas fueron escritas para enseñarnos a no pecar como ellos, a fin de que no suframos como ellos sufrieron.
La primera causa de su pecado fue que ignoraron las obras y la palabra de Dios, como dice Salmos 106:13. Pronto olvidaron lo que él había hecho por ellos, y el bien que les había mostrado no dejó una huella duradera en su corazón. En verdad, las personas olvidan las misericordias de Dios cuando no las valoran ni procuran corresponder a su bondad con una obediencia agradecida.
El salmo dice que «se apresuraron», y esto puede entenderse de dos maneras. Se apresuraron a olvidar, y también se apresuraron a quejarse. Esperaban llegar muy pronto a Canaán, y cuando eso no sucedió, dudaron de que alguna vez llegarían. Como no quisieron esperar en Dios, cada demora les parecía insoportable y cada obstáculo, demasiado grande. Pero el creyente no se adelanta con incredulidad, como dice Isaías: «El que cree no se apresura» (Isaías 28:16).
También olvidaron las obras de Dios, que eran señales claras de su sabiduría, poder y bondad. Fue como si negaran lo que habían visto con sus propios ojos. Esto se repite más adelante, cuando dice que olvidaron a Dios, su Salvador; es decir, olvidaron que él los había salvado. Cuando las personas olvidan las obras de Dios, en realidad están olvidando a Dios mismo, porque él se da a conocer por medio de lo que hace.
Lo que olvidaron no era algo lejano ni poco claro. Era lo que Dios había hecho por ellos en Egipto, en la tierra de Cam y junto al mar Rojo: cosas que ellos mismos habían visto y de las que habían hablado hacía muy poco. Eran grandes obras, obras maravillosas y obras imponentes, en el sentido de que inspiraban asombro en Israel y temor en sus enemigos. Sin embargo, hasta los milagros pueden desvanecerse de la memoria cuando las personas no los toman en serio ni los guardan en el corazón.
También ignoraron lo que Dios les había dicho y no quisieron confiar en su promesa. No esperaron su consejo. Aunque Moisés hablaba de parte de Dios, tomaron decisiones sin buscarlo y formularon exigencias sin consultarlo. Querían Canaán de inmediato y no tenían paciencia con el tiempo de Dios. Salmos 106 explica más adelante que no creyeron en su palabra ni escucharon la voz del Señor, aunque él les dio consejo por medio de Moisés, Aarón, Caleb y Josué (Números 14:6-7). Quienes no quieren esperar el consejo de Dios a menudo terminan gobernados por sus propios deseos y planes.
Luego el salmo menciona varios de sus pecados, junto con señales de la ira de Dios. Primero, exigieron carne, aunque ya estaban recibiendo pan del cielo. Se encontraban en el desierto, donde Dios los estaba sustentando milagrosamente, y aun así nada los satisfacía excepto comer carne. Además, estaban muy cerca de Canaán, pero no quisieron esperar la comida mejor que encontrarían allí. Tenían sus propios rebaños y ganado, pero se negaron a usarlos. En vez de eso, querían que Dios les diera carne de la misma manera que les daba pan; de lo contrario, no confiarían en él en absoluto.
Su deseo no era simplemente un anhelo legítimo, sino una avidez codiciosa. Aun un deseo permitido se vuelve pecaminoso cuando se descontrola y se vuelve egoísta. Por eso el Nuevo Testamento puede describirlo como el deseo de cosas malas (1 Corintios 10:6), aunque las codornices mismas eran un regalo de Dios y algo bueno en sí mismas (Salmos 105:40). También pusieron a prueba a Dios en el desierto, donde ya habían visto suficiente de su poder y bondad como para confiar en él. Pusieron en duda si podía y si quería satisfacerlos.
La respuesta de Dios fue severa. Les dio lo que pidieron, pero se lo dio con ira y bajo maldición. Envió escasez a sus almas, es decir, angustia interior, culpa, temor y una profunda insatisfacción. Sus cuerpos fueron alimentados, pero sus corazones quedaron vacíos. La plaga que los hirió mientras la carne todavía estaba en su boca también mostró claramente este juicio (Números 11:33). Lo que una persona pide en una actitud pecaminosa, a menudo Dios se lo concede con ira.
Muchas personas pueden vivir en abundancia y, aun así, tener el alma empobrecida. Sus cuerpos pueden estar satisfechos, pero no tienen amor por Dios, gratitud ni apetito por el pan de vida. Esas personas se olvidan por completo de sí mismas, alimentando el cuerpo mientras dejan morir de hambre el alma. Dios da las bendiciones terrenales con amor cuando también concede la gracia para usarlas para su gloria; entonces el alma encuentra su verdadera satisfacción (Isaías 55:2).
También desafiaron la autoridad que Dios había establecido sobre ellos, tanto en la nación como en la adoración. Envidiaron la autoridad de Moisés en el campamento, donde guiaba al pueblo y servía como juez. Envidiaron el cargo de Aarón como el santo del Señor, apartado como sumo sacerdote. Coré quería para sí el sacerdocio, mientras que Datán y Abiram, príncipes de la tribu de Rubén, reclamaban el derecho de dirigir como si el orden de nacimiento, por sí solo, les diera ese lugar. Quienes envidian los honores que Dios ha dado a otros están encaminándose a su propia ruina.
El juicio de Dios sobre aquella rebelión fue suficiente para hacer temblar a cualquiera. Los que se levantaron contra la autoridad civil fueron castigados cuando la tierra se abrió y se los tragó, como si fueran indignos de permanecer sobre el suelo de Dios porque no quisieron someterse a su gobierno. Los que intentaron apoderarse de la autoridad sacerdotal, de las cosas que pertenecían a Dios, fueron alcanzados por fuego del Señor y consumidos. Los que intentaron actuar como sacerdotes se convirtieron ellos mismos en sacrificio bajo la justicia divina.
La llama consumió a los malvados. Aunque competían con Aarón, el santo siervo del Señor, por la santidad (Números 16:3, Números 16:5), Dios los juzgó como malvados y los destruyó. A su debido tiempo, él destruirá al hombre de pecado, aquel malvado, aun con todas sus orgullosas pretensiones de santidad.
También hicieron y adoraron el becerro de oro en Horeb, precisamente el lugar donde se había dado la ley y donde Dios había dicho claramente que no hicieran ni se inclinaran ante ninguna imagen tallada. Hicieron ambas cosas: fabricaron un becerro y lo adoraron (Salmos 106:19). Al hacerlo, desafiaron abiertamente las dos grandes luces que Dios ha dado para guiar la vida humana.
Primero, desafiaron la razón humana. Cambiaron su gloria, su Dios o, al menos, la manifestación visible de él, que siempre había estado en una nube, por la imagen de Apis, un ídolo egipcio. Fue una elección absurda y vergonzosa, porque adoraron a un buey que come hierba, una de las formas de vida más bajas (Salmos 106:20). Los idólatras se convierten en necios. Deshonran a Dios al representarlo como un animal y se deshonran a sí mismos al adorar lo que ellos mismos fabricaron.
Pablo explica esto como cambiar la gloria del Dios inmortal (Romanos 1:23). Segundo, desafiaron la revelación divina, que Dios les había dado tanto por medio de sus palabras como de sus obras poderosas. Sus hechos maravillosos habían mostrado claramente que el Señor Jehová es el único Dios verdadero y viviente, y que solo él debe ser adorado (Salmos 106:21, Salmos 106:22).
Por este pecado, Dios declaró que los eliminaría como pueblo, así como ellos, en efecto, lo habían excluido a él de ser su Dios. Habló de destruirlos (Salmos 106:23). Lo habría hecho si Moisés, su siervo escogido, no se hubiera puesto en la brecha (Salmos 106:23). Moisés intervino en el momento preciso y le rogó a Dios acerca de la ruina que estaba a punto de traer sobre ellos; así apartó la ira de Dios.
Aquí vemos la misericordia de Dios y cuán pronto puede apartarse su ira, aun contra un pueblo provocador. También vemos el poder de la oración y el honor que Dios concede a sus siervos escogidos en el cielo. Moisés también es una figura de Cristo, el escogido de Dios, aquel en quien se deleita su alma, quien se puso en la brecha para apartar la ira de un mundo pecador y todavía vive para interceder.
También creyeron el informe negativo de los espías acerca de Canaán, aunque contradecía la promesa de Dios (Salmos 106:24). Despreciaron la tierra agradable. Canaán era una tierra buena y fértil (Deuteronomio 8:7), pero la trataron como si no valiera la pena arriesgarse, aun cuando Dios mismo los guiaba. Por eso quisieron escoger un capitán y regresar a Egipto. No creyeron en la palabra de Dios. En cambio, murmuraron en sus tiendas y acusaron injustamente a Dios de haberlos llevado allí para que los cananeos los destruyeran (Números 14:2, Números 14:3).
Cuando se les recordó el poder y la promesa de Dios, se negaron a escuchar e incluso intentaron apedrear a quienes les hablaban (Números 14:10). La Canaán celestial también es una tierra agradable. Dios nos ha dejado la promesa de entrar en ella, pero muchos la desprecian. Descuidan o rechazan la invitación, prefiriendo las riquezas y los placeres de este mundo, y se resienten por las dificultades y los peligros de esta vida que conducen a aquella patria mejor. Esto también le desagrada profundamente a Dios.
Así que levantó su mano contra ellos y amenazó con destruirlos en el desierto. Incluso juró en su ira que no entrarían en su reposo (Salmo 95:11; Números 14:28). También amenazó con derribar y dispersar a sus hijos (Salmo 106:26-27), y con esparcir a toda la nación y quitarle su herencia. Pero Moisés obtuvo misericordia para sus hijos, de modo que pudieran entrar en Canaán. Quienes desprecian los regalos de Dios, especialmente la tierra deseable, pierden esos regalos y quedarán excluidos para siempre de la verdadera tierra deseable.
También cometieron un gran pecado en el asunto de Peor. Este fue el pecado de la nueva generación, cuando ya estaban cerca de Canaán (Salmo 106:28). Se unieron a Baal-peor, un ídolo moabita, y quedaron atrapados tanto en la idolatría como en el adulterio: una infidelidad física y espiritual, semejante a la traición de un matrimonio contra Dios (Números 25:1-3). Quienes a menudo comían del altar del Dios vivo ahora comían sacrificios ofrecidos a los muertos, es decir, a los ídolos de Moab o a falsos dioses relacionados con los muertos. De esta manera provocaron a Dios con sus propias invenciones, mostrando desprecio por él, por sus mandamientos y por sus advertencias (Salmo 106:29).
La culpa de Peor fue tan grave que, mucho tiempo después, se dijo que todavía no habían sido purificados de ella (Josué 22:17). Dios manifestó su ira de dos maneras. Envió una plaga que rápidamente acabó con veinticuatro mil pecadores desvergonzados. También impulsó a Finees, un líder sacerdotal, a ejercer su autoridad como juez y detener la propagación del pecado. Finees se levantó con celo por el Señor de los ejércitos y ejecutó el juicio contra Zimri y Cozbi, quienes guiaban a los pecadores. Hizo cumplir la ley de Dios, y esa acción agradó tanto a Dios que la plaga se detuvo (Salmo 106:30).
Mediante este y otros actos de justicia pública en aquella ocasión (Números 25:4-5), la culpa dejó de ser nacional y el juicio general fue retirado. Cuando los funcionarios correspondientes cumplieron con su deber, Dios dejó el asunto en sus manos y ya no continuó la plaga. La justicia nacional ayuda a prevenir los juicios nacionales. Debido al gran celo de Finees, recibió un honor especial. Lo que hizo le fue contado como justicia para todas las generaciones futuras (Salmo 106:31), y su familia recibió el sacerdocio como herencia permanente.
Es un honor para el pueblo de Dios mostrar celo contra el pecado. Los israelitas continuaron murmurando hasta el final de su peregrinaje, pues en el año cuarenta provocaron la ira de Dios en las aguas de Meriba (Salmo 106:32), el acontecimiento descrito en Números 20:3-5.
Lo que hizo este pecado aún más grave fue que afectó profundamente a Moisés a causa de ellos. Moisés era el hombre más humilde de la tierra, pero sus constantes quejas lo irritaron tanto que perdió la calma. Para entonces ya era muy anciano y estaba menos alerta, así que habló sin pensar, como dice el Salmo 106:33, y no habló como debía en ese momento. En su enojo dijo: «¡Escuchen ahora, rebeldes! ¿Acaso tenemos que sacarles agua de esta roca?».
Esta fue la debilidad de Moisés, y las Escrituras la registran para advertirnos. Cuando estamos bajo presión, debemos controlar cuidadosamente nuestras palabras, como dice el Salmo 39:1-3, y vigilar nuestro espíritu para que la amargura no se apodere de él. Cuando alguien es provocado, incluso una persona con mucha sabiduría y gracia encuentra difícil no hablar precipitadamente. Pero la culpa también recae sobre el pueblo, porque provocaron el espíritu de Moisés de la misma manera en que habían provocado la ira de Dios.
No solo tendremos que responder por nuestras propias palabras de enojo, sino también por los problemas que provocamos en los demás, especialmente en quienes de otro modo serían amables y tranquilos. Dios mostró su desagrado por el pecado del pueblo al impedir que Moisés y Aarón entraran en Canaán a causa de lo sucedido allí. De esta manera, Dios mostró cuánto aborrece el temperamento impulsivo y las palabras descuidadas, incluso en sus siervos más cercanos. Si trató con tanta severidad a Moisés por una sola palabra descuidada, ¿qué merecen quienes han pronunciado muchas palabras orgullosas y perversas?
Dios también les quitó la bendición del liderazgo de Moisés precisamente cuando más lo necesitaban. Por eso, la muerte de Moisés fue más un castigo para ellos que para él. Es justo que Dios nos quite a las personas que nos bendicen cuando somos irritables con ellas y herimos su espíritu.
De este capítulo
Salmos 106:1
"¡Aleluya! Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor es eterno."
Salmos 106:2
"¿Quién podrá describir las victorias del Señor? ¿Quién podrá alabarlo como merece?"
Salmos 106:3
"Felices los que practican la justicia y hacen siempre lo que es justo."
Salmos 106:4
"Acuérdate de mí, Señor, cuando hagas bien a tu pueblo; tenme presente cuando vengas a salvar,"
Salmos 106:5
"para que yo vea la dicha de tus escogidos, para que me alegre y me enorgullezca con el pueblo que te pertenece."
Salmos 106:6
"Hemos pecado igual que nuestros padres; nos hemos pervertido; hemos hecho lo malo."
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