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Salmos 106:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Hemos pecado igual que nuestros padres; nos hemos pervertido; hemos hecho lo malo.

Salmos 106:6

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esto da comienzo a una confesión sincera de pecado, y era especialmente apropiada porque la iglesia estaba sufriendo. Cuando estamos angustiados, debemos reconocer que Dios tiene razón en todo lo que permite, admitiendo que él es justo porque nosotros hemos obrado mal. Recordar los pecados del pasado y, aun así, ver que Dios no abandonó a su pueblo nos da esperanza de que puede corregirnos sin dejarnos.

El pueblo afligido de Dios reconoce su culpa delante de él: «Hemos pecado junto con nuestros padres» (Salmos 106:6). Esto significa que pecaron de la misma manera que sus padres, siguiendo su patrón de rebelión. Se sumaron al largo registro de culpa heredada y colmaron la medida de la maldad de sus padres, aumentando así la ira del Señor (Números 32:14; Mateo 23:32). También se atribuyen la culpa de una manera propia del arrepentimiento verdadero: «Hemos cometido iniquidad», es decir, hemos hecho lo que es pecaminoso; y «hemos actuado con maldad», es decir, pecamos de manera atrevida y deliberada.

Esto también puede significar que no solo confiesan haber imitado los pecados de sus padres, sino haber participado en ellos. «Hemos pecado junto con nuestros padres» puede indicar que estaban vinculados a aquellos pecados anteriores, pues todavía estaban en sus padres y cargaban con su culpa (Lamentaciones 5:7). En cualquiera de los dos sentidos, reconocen claramente su culpa, sin excusas.

También lamentan los pecados de sus padres desde los primeros tiempos en que Israel fue formado como pueblo. Puesto que los hijos con frecuencia sufren por los pecados de generaciones anteriores, es correcto que también lloren por esos pecados, incluso hasta la tercera y cuarta generación. Aun hoy, la historia de la rebelión de Israel debería hacernos lamentar cuán profundamente la naturaleza humana se inclina al mal y cuán poco pueden cambiarla incluso las advertencias más fuertes.

Primero vemos la extraña insensibilidad de Israel en medio de la bondad de Dios hacia ellos: «No entendieron tus maravillas en Egipto» (Salmos 106:7). Vieron los milagros, pero no comprendieron su significado ni su propósito. Bienaventurados los que no han visto y, aun así, han entendido. Pensaron que las plagas solo tenían el propósito de liberarlos, pero también buscaban enseñarles y convencerlos de pecado, y librarlos de su amor por la idolatría egipcia al mostrarles el poder soberano del Dios de Israel sobre todos los dioses.

Con frecuencia perdemos el beneficio de lo que Dios hace porque no lo entendemos. Sus mentes estaban embotadas y su memoria no era confiable. Aunque aquellos acontecimientos tan extraordinarios nunca debieron olvidarse, no los recordaron, especialmente las muchas misericordias que Dios había mostrado por medio de ellos. Cuando las personas no recuerdan la bondad de Dios, desconfían de él.

De esa insensibilidad surgió su obstinación: «Se rebelaron junto al mar, junto al mar Rojo». Su queja expresaba desesperación ante la magnitud del peligro y el deseo de que los hubieran dejado en Egipto (Éxodo 14:11-12). Discutir con la providencia de Dios y dudar de su poder, bondad y fidelidad son pecados graves. El lugar hizo aún más serio su pecado, pues ocurrió junto al mar, inmediatamente después de salir de Egipto y de haber visto las maravillas de Dios. Sin embargo, hablaron contra él como si todo aquel poder no estuviera acompañado de misericordia, y como si los hubiera sacado de Egipto solo para matarlos en el desierto.

Aun así, Dios los salvó a pesar de su rebelión (Salmos 106:8-11). Abrió un camino para ellos a través del mar, reprendiéndolo por bloquearles el paso, y las aguas se secaron de inmediato. Así como en la creación Dios reprendió las aguas y estas huyeron (Salmos 104:7), aquí también ordenó al mar y este obedeció. No solo les abrió el camino, sino que los condujo por él mediante la columna de nube y de fuego; y, por medio de Moisés, los guio con seguridad, como si caminaran por el desierto. Fortaleció su corazón para que dieran el paso y venció su temor cuando el peligro parecía mayor.

También se interpuso entre ellos y sus perseguidores, impidiendo que los egipcios los destruyeran como se proponían. Israel iba a pie, pero Egipto tenía carros y caballos, y estaba listo para alcanzarlos. Sin embargo, Dios los salvó de la mano del faraón, quien los odiaba y ahora los odiaba aún más por las plagas que había sufrido a causa de ellos. Los redimió de la mano de su enemigo (Salmos 106:10), colocándose, por así decirlo, en la columna de fuego entre los oprimidos y sus opresores.

Para completar la misericordia y convertir el rescate en victoria, el mar Rojo se convirtió en una tumba para los egipcios (Salmos 106:11). Las aguas cubrieron a sus enemigos y les dieron muerte, pero no ocultaron su vergüenza. Con la siguiente subida de la marea, sus cuerpos fueron arrojados a la orilla (Éxodo 14:30). Ninguno quedó con vida para contarles a los demás lo que había sucedido.

¿Por qué hizo Dios esto por ellos? Él mismo nos dice que fue por causa de su propio nombre (Salmos 106:8). Aunque no merecían ese favor, Dios lo había determinado, y la indignidad de ellos no cambiaría su propósito, frustraría su plan ni impediría que cumpliera su promesa. Lo hizo para su gloria, para que se conociera su gran poder, no solo al dividir el mar, sino también al hacerlo después de que el pueblo lo había provocado. Moisés oró: «Sea grande el poder de mi Señor y perdona la iniquidad de este pueblo» (Números 14:17, 14:19). El poder de la gracia de Dios para perdonar el pecado y perdonar la vida a los pecadores es una maravilla tan grande como su poder para dividir las aguas.

Por un momento, esta misericordia produjo en ellos una buena impresión: «Entonces creyeron en sus palabras» (Salmos 106:12). Reconocieron que Dios realmente estaba con ellos y que los había sacado de Egipto por misericordia, no para matarlos en el desierto. Entonces temieron al Señor y a su siervo Moisés (Éxodo 14:31), y cantaron sus alabanzas en el cántico que Moisés compuso para celebrar aquella gran liberación (Éxodo 15:1). En esto vemos cómo Dios, en ocasiones, silencia misericordiosamente la incredulidad de su pueblo y convierte su temor en alabanza. Como dice la Escritura, quienes se equivocaban de espíritu llegarán a entender y quienes se quejaban aprenderán la verdad (Isaías 29:24).

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