Versículo destacado

Proverbios 4:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Hijos, atiendan a los consejos de su padre; pongan atención para que adquieran buen juicio. "

Proverbios 4:1

menu_book El versículo en contexto

1 Hijos, atiendan a los consejos de su padre; pongan atención para que adquieran buen juicio.

2 Yo les he dado una buena instrucción, así que no descuiden mis enseñanzas.

3 Pues yo también he sido hijo: mi madre me amaba con ternura

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Salomón invita a sus hijos a acercarse y aprender de él (Proverbios 4:1, 2). Les dice: «Escuchen, hijos, la instrucción de un padre». En primer lugar, se refiere a que sus propios hijos deben prestar mucha atención a las enseñanzas que él les da para el bien de todos. Quienes dirigen grupos numerosos, como gobernantes y ministros, deben tener especial cuidado de enseñar bien a sus propias familias. El deber público no cancela el deber familiar. La bondad debe comenzar en casa, aunque no debe terminar allí.

Si un hombre no mantiene a sus hijos bajo control con dignidad ni se esfuerza por criarlos bien, no puede cuidar correctamente de la iglesia de Dios (1 Timoteo 3:4, 5). Los hijos de padres sabios y útiles deben crecer en conocimiento y gracia, pues cuentan con grandes ventajas. Al mismo tiempo, puede consolar a los padres cuyos hijos no resultan como esperaban recordar que Roboam, el hijo de Salomón, no fue ni muy sabio ni muy bueno. Muchas personas han recibido más provecho de los proverbios de Salomón que el que parece haber recibido su propio hijo, aunque quizá algunos de esos proverbios fueron escritos pensando en él.

Salomón también les habla a todos los jóvenes. La niñez y la juventud son los mejores años para aprender, porque la mente todavía se está formando. No dice «mis hijos», sino «ustedes, hijos». Solo tenía un hijo propio, pero estaba dispuesto a ser maestro de los hijos de otras personas. A esa edad suele haber más esperanza de éxito, porque una rama joven se dobla con facilidad. Por eso, todos los que desean recibir instrucción deben acercarse con un espíritu de niño, aunque ya sean adultos. Deben dejar a un lado los prejuicios, estar dispuestos a aprender y recibir la palabra como si viniera de un padre.

Esto significa que deben escucharla como proveniente de Dios, su Padre celestial, de quien piden bendiciones. También significa que deben recibirla de sus maestros como de padres amorosos que buscan su bien. Por eso, aun cuando la instrucción incluya reprensión y corrección, debemos recibirla con agrado. Para hacerla atractiva, Salomón dice que no es solamente la instrucción de un padre, sino también entendimiento. La religión tiene la razón de su lado y se enseña mediante argumentos sólidos. También es una ley (Proverbios 4:2), pero una ley fundada en la doctrina verdadera. Si aceptamos la doctrina, no podemos rechazar correctamente la ley.

Salomón también nos dice cómo conservar esta instrucción. Debemos recibirla con entusiasmo, aprenderla por completo y no dejarla ir al rechazar la enseñanza o desobedecer el mandamiento. Después muestra de dónde recibió él esas lecciones. Las recibió de sus padres y ahora las transmite a sus propios hijos, tal como ellos se las transmitieron a él (Proverbios 4:3, 4).

Sus padres lo amaban, y por eso le enseñaban. Él dice: «Yo fui hijo de mi padre». David tenía muchos hijos, pero Salomón era su hijo especial, así como Isaac fue llamado hijo de Abraham en un sentido especial del pacto (Génesis 17:19). Dios amaba especialmente a Salomón, y David probablemente lo amaba de la misma manera, pues era un hombre conforme al corazón de Dios. Si los padres alguna vez muestran más afecto por un hijo que por otro, solo debe ser cuando está claro que Dios mismo ha mostrado primero esa distinción. Su madre también lo trataba con especial ternura. En ambos padres había una razón evidente para esa diferencia.

Podemos ver su amor en la manera en que lo criaron. Le enseñaron con cuidado, se aseguraron de que atendiera sus lecciones y lo sometieron a una disciplina firme. Aunque era príncipe y heredero del trono, no permitieron que creciera sin límites. De hecho, lo formaron de esa manera precisamente por su posición. David quizá fue especialmente estricto con Salomón porque había visto el daño causado por el exceso de indulgencia con Adonías, a quien nunca había contrariado en nada (1 Reyes 1:6), y también con Absalón.

Lo que sus padres le enseñaron, Salomón ahora se lo enseña a otros. Cuando llegó a la edad adulta, no solo recordó las buenas lecciones que había recibido, sino que disfrutaba repetirlas. No las olvidó, porque habían dejado una huella profunda en él. No se avergonzaba de ellas ni las trataba como cosas infantiles que debían dejarse de lado al convertirse en hombre y rey. Ciertamente no se burlaba de ellas, como hacen algunos hijos malvados, usando las palabras serias de sus padres para divertir a sus amigos y presumir de que viven sin restricciones.

Aunque Salomón era sabio y estaba inspirado por Dios, consideraba apropiado citar a su padre al enseñar sabiduría. Quienes desean aprender y enseñar bien en la religión no deben correr tras ideas extrañas o frases novedosas que desprecian la enseñanza antigua. Si hemos de permanecer en el buen camino antiguo, no hay razón para despreciar las buenas palabras antiguas (Jeremías 6:16). Como Salomón había sido bien instruido por sus padres, se sentía obligado a darles a sus propios hijos una formación semejante. Esa es una manera de corresponder a nuestros padres por el cuidado que nos brindaron: mostrar piedad en casa, es decir, honrar a Dios dentro de la familia (1 Timoteo 5:4). Ellos no nos enseñaron solo para nuestro propio aprendizaje, sino también para que pudiéramos enseñarles a nuestros hijos el conocimiento de Dios (Salmo 78:6). Si no lo hacemos, somos infieles a la responsabilidad que se nos confió, pues el depósito de la sana enseñanza nos fue dado para transmitirlo fielmente a quienes vendrán después de nosotros (2 Timoteo 2:2).

Salomón también fortalece su exhortación con la autoridad de su padre David, un hombre honrado por su generación por muchas razones. Esto es un reconocimiento a la religión, porque las personas más sabias y mejores de cada época siempre han estado muy dispuestas no solo a practicarla, sino también a comunicarla a otros. Por eso nosotros también debemos permanecer firmes en lo que hemos aprendido, recordando de quién lo aprendimos (2 Timoteo 3:14).

Luego comienza a explicar cuáles eran esas instrucciones (Proverbios 4:4-13), empezando con mandamientos y palabras de ánimo.

Al enseñar a su hijo, David era serio e insistente, aunque Salomón, su hijo, tenía una mente ágil y grandes capacidades. Repetía las mismas lecciones una y otra vez para que quedaran grabadas en él. Así es como deben enseñar los padres a sus hijos. Deuteronomio 6:7 dice: «Enséñenselas cuidadosamente a sus hijos». Aunque David estaba ocupado con sus responsabilidades públicas y su hijo tenía tutores, se tomaba el tiempo para enseñarle personalmente.

David dirige a Salomón a su Biblia y a su catecismo, es decir, a las verdades y lecciones que ya le había enseñado. Estas aparecen como las palabras de su padre, las palabras de su boca y sus dichos (Proverbios 4:4, 5, 10). Tal vez se refiere especialmente al libro de los Salmos, muchos de los cuales son salmos de enseñanza, y dos de ellos están dirigidos directamente a Salomón. Salomón debía prestar atención a todos ellos. Tenía que escucharlos y recibirlos con cuidado, como la tierra seca que absorbe la lluvia que cae sobre ella con frecuencia (Hebreos 6:7). Dios pide de nosotros esa misma atención: «Escucha, hijo mío, y recibe mis palabras».

Salomón también debía guardar esas palabras en su corazón (Proverbios 4:4). Si la palabra de Dios no está escondida en el corazón, afirmada en la voluntad y en los afectos, no permanecerá allí. Debía obedecer esos mandamientos, porque la obediencia es el camino para crecer en entendimiento (Juan 7:17). También debía mantenerse unido a ellos y no apartarse (Proverbios 4:5). No debía temer que lo restringieran, sino aferrarse firmemente a la instrucción (Proverbios 4:13) y nunca soltarla. Una buena formación puede permanecer adherida a una persona durante mucho tiempo, aun cuando trate de deshacerse de ella; y es triste cuando no permanece.

David también anima a Salomón a buscar sabiduría y entendimiento como la meta de todos estos medios. Debía obtener la sabiduría que tiene la máxima importancia, especialmente el temor de Dios (Proverbios 1:7). Un principio religioso en el corazón es lo único verdaderamente necesario. Por eso dice: «Adquiere sabiduría, adquiere entendimiento» (Proverbios 4:5, 7). Ora por ella, trabaja por ella y usa todos los medios establecidos para obtenerla. Espera a las puertas de la sabiduría (Proverbios 8:34). Somete tus deseos corruptos, que son tus necedades. Adquiere principios sabios y los hábitos propios de la sabiduría. Por encima de todas las ganancias terrenales, busca esto. Si tienes que escoger aquello que más te importa, dale a esto la mayor importancia.

La verdadera sabiduría es un regalo de Dios; sin embargo, se nos ordena adquirirla porque Dios se la da a quienes se esfuerzan por obtenerla. Aun así, nunca debemos decir: «Mi propia fuerza y poder me la dieron». Quienes han adquirido esta sabiduría también deben tener cuidado de no perderla al volver a la necedad. La sabiduría es una buena herencia y no nos será quitada, pero podemos desecharla por descuido, olvidarla, dejar que se nos escape de la mente o apartarnos de sus buenos caminos. Todo bien que se nos confía debemos conservarlo. No debemos dejarlo caer, permitir que nos lo arrebaten ni dejar que nos convenzan de abandonarlo.

También dice que debemos amar la sabiduría (Proverbios 4:6) y abrazarla (Proverbios 4:8), así como la gente mundana ama sus riquezas. La fe debe ser preciosa para nosotros, más querida que cualquier cosa de este mundo. Si no podemos llegar a ser grandes maestros de la sabiduría, al menos debemos ser sus verdaderos amantes. Cualquiera que sea la gracia que tengamos, debemos recibirla con sincero afecto y admirar su belleza. «Exáltala» (Proverbios 4:8) significa pensar siempre en la fe con gran estima y hacer todo lo posible para que tenga buena reputación entre la gente.

Debemos unirnos al propósito de Dios: hacer grande y honorable su ley y contribuir a ese propósito en todo lo que podamos. Los hijos de la sabiduría no solo deben defenderla, sino también elevarla y preferirla por encima de todo lo que más aprecian en este mundo. Cuando honramos a quienes temen al Señor, aunque ocupen una posición humilde, y cuando respetamos a una persona pobre pero sabia, estamos exaltando la sabiduría.

David también presenta razones por las que Salomón debía buscar la sabiduría y someterse a ella. Primero, la sabiduría es lo principal, la preocupación más importante de toda persona en esta vida (Proverbios 4:7). Todo lo demás que perseguimos es insignificante comparado con ella. Es «el deber de toda persona» (Eclesiastés 12:13). Nos recomienda ante Dios, embellece el alma, nos ayuda a vivir con un buen propósito y finalmente nos conduce al cielo. Por eso es lo principal.

Segundo, la sabiduría es correcta y razonable (Proverbios 4:11). David dice: «Te he enseñado el camino de la sabiduría», y al final ese camino demostrará ser verdadero. No guio a Salomón por los caminos torcidos de la astucia mundana, que hacen lo malo mientras aparentan ser sabios, sino por caminos rectos que concuerdan con las normas eternas de Dios acerca del bien y del mal. La rectitud de la naturaleza de Dios se manifiesta en la rectitud de sus leyes. David no enseñó únicamente con buenas palabras, sino también mediante un buen ejemplo y aplicando las enseñanzas generales a situaciones específicas. Por su parte, no faltó nada de lo necesario para hacer sabio a Salomón.

Tercero, la sabiduría sería de gran beneficio para el propio Salomón. Si fuera sabio y bueno, lo sería para su propio bien. Sería su vida, su consuelo y su felicidad, algo sin lo cual no podría vivir (Proverbios 4:4). Jesús confirma esto cuando dice: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mateo 19:17). Estamos llamados a vivir en la fe bajo la advertencia de la muerte eterna y con la esperanza de la vida eterna. «Recibe las palabras de la sabiduría, y serán muchos los años de tu vida» (Proverbios 4:10): tantos como la Sabiduría infinita considere apropiados en este mundo, y en el mundo venidero, una vida sin fin. «Aférrate a ella, porque ella es tu vida» (Proverbios 4:13). En ella se encuentra toda satisfacción verdadera, y un alma sin verdadera sabiduría y gracia es, en realidad, un alma muerta.

Cuarto, la sabiduría será una defensa y una guía, un acompañamiento seguro a través de todos los peligros y lugares difíciles de este peregrinaje por el desierto.

Ama la sabiduría y mantente cerca de ella; te preservará y te protegerá (Proverbios 4:6) del pecado, que es el peor mal y el peor enemigo. Te guardará de hacerte daño a ti mismo, y si eres protegido de eso, nadie más podrá dañarte verdaderamente. Como dice el refrán: «Cuida tu negocio, y tu negocio te cuidará». De la misma manera: «Cuida tu sabiduría, y tu sabiduría te cuidará». Ella nos protegerá de los aprietos y tropiezos que pueden surgir en la manera en que nos conducimos y manejamos nuestros asuntos (Proverbios 4:12).

Primero, evita que nuestros pasos se estrechen cuando caminamos. Nos impide meternos en una situación como aquella en la que se encontró David (2 Samuel 24:14). Quienes hacen de la palabra de Dios su norma caminarán con libertad y tendrán paz en su corazón.

Segundo, evita que nuestros pies tropiecen cuando corremos. Si a las personas sabias y buenas las obligan a tomar decisiones repentinas, la norma segura de la palabra de Dios aún las guardará de dar un paso hacia algo dañino. La integridad y una vida recta serán su protección.

Tercero, será nuestro honor y nuestra reputación (Proverbios 4:8). Exalta la sabiduría y haz todo lo posible por apoyarla; aunque ella no necesita tu servicio, te lo recompensará abundantemente. Te elevará y te dará honra. Salomón iba a ser rey, pero su sabiduría y bondad serían más honorables que su corona o su manto real. Eso fue lo que hizo que sus vecinos lo respetaran tanto. Y sin duda, durante los reinados de Salomón y de David, los hombres sabios y buenos eran los más aptos para recibir reconocimiento y autoridad.

Aun así, tarde o temprano, la fe traerá honra a todos los que verdaderamente la abrazan. Serán aceptados por Dios, respetados por todas las personas sabias, reconocidos en el gran día y recibirán una gloria duradera. Salomón recalca este punto en Proverbios 4:9. La sabiduría pondrá sobre tu cabeza «un adorno de gracia» en esta vida. Te hará grato ante Dios y ante la gente, y en la vida venidera te dará una corona de gloria, una corona que nunca se caerá ni se marchitará. Ese es el verdadero honor que pertenece a la fe. Como dice el antiguo refrán: «La virtud es la única verdadera nobleza».

Puesto que David recomendó así la sabiduría a su hijo, no sorprende que, cuando Dios le dijo que pidiera lo que quisiera, él orara: «Señor, dame un corazón sabio y entendido». Debemos demostrar mediante nuestras oraciones cuánto hemos aprendido.

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