Versículo destacado

Mateo 7:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuídense de esos mentirosos que pretenden hablar de parte de Dios. Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. "

Mateo 7:15

menu_book El versículo en contexto

13 Entren por la puerta angosta. Porque la puerta y el camino que llevan a la perdición son anchos y espaciosos, y muchos entran por ellos;

14 pero la puerta y el camino que llevan a la vida son angostos y difíciles, y pocos los encuentran.

15 Cuídense de esos mentirosos que pretenden hablar de parte de Dios. Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces.

16 Ustedes pueden reconocerlos por sus acciones, pues no se cosechan uvas de los espinos ni higos de los cardos.

17 Así, todo árbol bueno produce fruto bueno, pero el árbol malo produce fruto malo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos una advertencia contra los falsos profetas, para que no nos engañen ni nos hagan apartarnos del camino. En sentido estricto, un profeta es alguien que anuncia acontecimientos futuros. En el Antiguo Testamento, algunas personas afirmaban hablar de parte de Dios sin tener ninguna autoridad para hacerlo, y los acontecimientos demostraron que estaban equivocados, como Sedequías en (1 Reyes 22:11) y otro Sedequías en (Jeremías 29:21). Pero los profetas también enseñaban al pueblo cuál era su deber; por eso, aquí los falsos profetas son falsos maestros.

Cristo mismo es el Profeta y Maestro enviado por Dios, y se propuso enviar maestros bajo su autoridad. Por eso advierte a todos que estén atentos a los impostores. Estas personas afirman que sanarán las almas con una enseñanza sana, pero en realidad las envenenan. Son falsos maestros y falsos profetas de dos maneras. Primero, presentan credenciales falsas: afirman tener autoridad directa e inspiración de Dios cuando no las tienen. Aunque algunas de sus palabras sean verdaderas, debemos cuidarnos de ellos como falsos profetas. Los falsos apóstoles son personas que dicen ser apóstoles, pero no lo son (Apocalipsis 2:2), y lo mismo ocurre con los falsos profetas. Hay que tener cuidado con cualquiera que diga haber recibido una revelación. No debemos aceptarlo sin pruebas sólidas, porque un paso imprudente puede abrir la puerta a muchos más.

Segundo, predican doctrinas falsas acerca de las verdades centrales de la religión. Enseñan cosas contrarias a la verdad que está en Jesús, la verdad que conduce a una vida piadosa. El primer tipo de falso profeta es quien finge hablar de parte de Dios. El segundo tipo suele estar relacionado con el primero, porque ¿quién mostraría una identidad falsa si no fuera para ocultar su verdadero propósito y atacar la verdad con mayor eficacia? Por eso debemos cuidarnos de ellos, sospechar de sus enseñanzas, examinarlas y, cuando descubramos su falsedad, apartarnos. No debemos tener nada que ver con ellos. Mantengámonos alerta ante esta tentación, que suele aparecer cuando la reforma avanza y la luz divina brilla con mayor fuerza. Cuando la obra de Dios revive, Satanás y sus colaboradores se vuelven especialmente activos.

Hay una buena razón para esta advertencia: son lobos disfrazados de ovejas (Mateo 7:15). Debemos tener cuidado, porque sus afirmaciones son atractivas y probablemente nos engañarán si no estamos atentos. Vienen vestidos como ovejas, usando la apariencia exterior de los profetas: una vestimenta sencilla y áspera, como la ropa que se usaba para engañar en (Zacarías 13:4). La Septuaginta llama al manto de Elías una capa de piel de oveja. Por eso, no debemos dejarnos engañar por la ropa ni por el estilo exterior de una persona, como los escribas, a quienes les gustaba caminar con vestiduras largas (Lucas 20:46).

Esto también significa que solo parecen ovejas. Por fuera parecen inofensivos, amables, útiles y buenos, al punto de parecer mejores que los demás. Actúan como si fueran personas justas y, gracias a ese disfraz, son recibidos entre las ovejas. Así tienen la oportunidad de hacer daño antes de que alguien se dé cuenta. Ellos y sus errores quedan cubiertos por la falsa belleza de la santidad y la devoción. El mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:13-14). El enemigo tiene apariencia de cordero, pero sigue siendo peligroso (Apocalipsis 13:11). Sus servidores pueden parecer humanos y razonables por fuera, pero aun así ser engañadores (Apocalipsis 9:7-8). Estas personas hablan con suavidad y actúan con amabilidad, pero sus palabras son engañosas y dañinas (Romanos 16:18; Isaías 30:10).

Su apariencia exterior es engañosa, pero su propósito interior es malvado. Por dentro son lobos feroces. Todo hipócrita es una cabra disfrazada de oveja; no es una oveja en absoluto, sino el peor enemigo que las ovejas pueden tener. Vienen solamente para desgarrar, devorar, dispersar al rebaño y alejar a las personas de Dios y unas de otras, llevándolas por caminos torcidos (Juan 10:12). Todo el que quiera robarnos la verdad y llenarnos de error busca dañar nuestras almas, diga lo que diga. Pablo los llama lobos feroces (Hechos 20:29). Se alimentan de los demás y sirven a sus propios deseos (Romanos 16:18); tratan a las personas como presas y las usan para obtener ganancias. Puesto que es tan fácil ser engañados y tan peligroso serlo, debemos cuidarnos de los falsos profetas.

También hay una buena regla que guía esta advertencia: debemos examinarlo todo (1 Tesalonicenses 5:21) y poner a prueba los espíritus (1 Juan 4:1). Aquí Cristo nos da una prueba clara: por sus frutos los conocerán (Mateo 7:16-20). El fruto revela qué clase de árbol es. No siempre se puede saber por la corteza, las hojas o la extensión de las ramas, pero sí se puede saber por el fruto. El fruto corresponde a la naturaleza del árbol. Las personas pueden obligarse, por medio de sus palabras, a actuar en contra de lo que realmente son, pero su vida y sus hábitos normalmente estarán de acuerdo con su verdadera naturaleza.

Si conoces el árbol, sabes qué clase de fruto esperar. No buscas uvas en los espinos ni higos en los cardos, porque eso va en contra de su naturaleza. Podría haber una manzana colocada sobre un espino, o un racimo de uvas colgado allí, pero ese fruto no creció del espino. De la misma manera, los corazones corruptos y no santificados son como espinos y cardos. Entraron al mundo con el pecado, no sirven para nada, causan problemas a los demás y al final solo sirven para el fuego. Las buenas obras son buen fruto, como las uvas y los higos. Le agradan a Dios y ayudan a las personas. Pero nunca debemos esperar buen fruto de personas malas, así como no puede salir algo limpio de lo que es impuro. No tienen en su interior el principio que produce lo que es aceptable para Dios. De un tesoro malo saldrán cosas malas.

Por otro lado, si conoces el fruto, puedes saber qué clase de árbol es. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, y un árbol malo no puede producir frutos buenos. De hecho, no puede evitar producir frutos malos. Aun así, el fruto del árbol es el que produce de manera natural, abierta, frecuente y constante; es su verdadera producción. Las personas no se conocen por uno o dos actos, sino por el curso y el patrón de su vida, especialmente por las acciones que realizan con mayor frecuencia y, sobre todo, por aquellas que parecen más espontáneas y verdaderamente propias de ellas. Lo principal es su conducta habitual, no sus apariencias ocasionales.

El destino de los árboles estériles es seguro: serán cortados y arrojados al fuego. Dios tratará con ellos como las personas tratan con los árboles secos que solo estorban en el suelo. Dará señales claras de su desaprobación, les quitará sus dones y capacidades, los cortará por medio de la muerte y los echará al fuego del infierno, un fuego encendido por la ira de Dios y alimentado con la madera de los árboles sin fruto. Compárese esto con (Ezequiel 31:12-13), (Daniel 4:14) y (Juan 15:6).

La manera de poner a prueba a los falsos maestros es observar sus frutos, como dice Cristo: «Por sus frutos los conocerán». Primero, hay que observar el fruto de su vida: sus palabras, sus acciones y toda su manera de vivir. Si quieres saber si son personas firmes en la verdad o falsas, observa cómo viven, porque sus obras hablarán a favor o en contra de ellos. Los escribas y los fariseos, maestros judíos de la ley, ocupaban el lugar de Moisés y enseñaban la ley, pero eran orgullosos, codiciosos, falsos y duros. Por eso Cristo advirtió a sus discípulos que se cuidaran de ellos y de su enseñanza, como de la levadura que se extiende por toda la masa (Marcos 12:38).

Si las personas afirman ser profetas, pero viven en pecado, eso demuestra que sus afirmaciones son falsas. Quienes tienen como dios su propio apetito y ponen la mente en las cosas terrenales no son verdaderos amigos de la cruz de Cristo, digan lo que digan (Filipenses 3:18-19). No son personas enseñadas ni enviadas por el Dios santo, porque su vida demuestra que están guiadas por un espíritu impuro. Dios puede poner un tesoro en vasijas de barro, es decir, en vidas humanas débiles, pero no en vasijas corruptas como estas. Pueden hablar de los estatutos de Dios, pero ¿qué derecho tienen a declararlos?

Segundo, hay que ponerlos a prueba por el fruto de su doctrina, es decir, por la enseñanza que ofrecen como profetas. Esta no es la única prueba, pero sí es una buena manera de evaluar si una doctrina viene de Dios. Hay que observar hacia dónde conduce. ¿Qué deseos y acciones produce en quienes la aceptan? Si la enseñanza viene de Dios, conducirá a una devoción sincera, humildad, amor, generosidad, santidad y otras virtudes cristianas. Pero si claramente hace que las personas se vuelvan orgullosas, mundanas, conflictivas, desordenadas en su conducta, injustas, crueles o causantes de división y desorden público, podemos concluir que esa persuasión no viene de Dios, quien nos llama (Gálatas 5:8). Una sabiduría viene de lo alto, mientras que la otra es terrenal y dañina (Santiago 3:15). La fe y una buena conciencia deben permanecer unidas (1 Timoteo 1:19; 1 Timoteo 3:9).

Por eso, las enseñanzas que son objeto de debate deben evaluarse a la luz de las virtudes y los deberes que se exigen claramente. Toda opinión que conduce al pecado no viene de Dios. Pero si no podemos juzgarlas por su fruto, debemos acudir a la prueba principal: la ley y el testimonio, y preguntar si hablan de acuerdo con esa norma.

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